Vamos a contar mentiras, mentides, lies, Lügen…

Para un filopolíglota como yo, esta narración de Susana Tornero e Ignasi Potrony es una auténtica delicia. “Variacions Knoist”, del canal ProjectGrimm2012. Vale además para resumir en pocos minutos el viaje del cuento popular (aquí, en forma de poema con posibilidad de improvisar) a través de los años y las culturas.

De bruces con la “calidad”

… Dicho de otro modo, nos da de bruces con la idea misma de la “calidad”, lo que está bien o mal hecho, quién lo decide y cómo se negocia también desde las instituciones. No se trata de un tema menor, muy al contrario, dado que dicha “calidad” se ha convertido a lo largo de la historia en un lugar para las exclusiones, en especial de las minorías y en particular de las mujeres artistas, borradas argumentando a veces su no excesiva “calidad”. ¿Vale la pena descolgar un caravaggio para colgar un artemisia gentileschi menor? Pero ¿menor cómo? ¿Como la mayor parte de la producción de Renoir? Aunque claro, Artemisia Gentileschi igual no alcanza las grandes cifras de los impresionistas en el mercado. …

Entresacado de “Renoir apesta”, de Estrella de Diego. Difícil, no volver una y otra vez sobre el tema de la calidad/”calidad”. Lo que no quita hablar de ella: la necesitamos. Solo que, en efecto, como concepto variable y revisable, circunstanciado y firmado en origen (como un “así lo sostengo yo, aquí y ahora”), y fruto de una suma de firmas coincidentes, pero no de otras coincidencias como por ejemplo con valores abstractos, predefinidos y ahistóricos.

Cuentos de encantamiento que con la boca abierta oía yo en mi niñez

Dícese que un emperador propuso un premio para cualquiera que descubriese un nuevo placer. Si lo que intentaba era hallar placeres de un nuevo género, el programa debiera haber propuesto la invención de un nuevo sentido o facultad en el hombre; pero si su Majestad imperial se contentaba con los placeres conocidos con tal que fueran nuevos en su clase, la imaginación de por sí hubiera bastado a satisfacer su apetito mental por mucho tiempo, con tal que desterrase de sus estados a cierta especie de críticos.

El método que yo hubiera propuesto para esta “purificación” sería que a cada cual de sus Señorías críticas que se presentasen a pedir el permiso de quedarse en el reino, se le contase un cuento de encantamiento tal como los que con la boca abierta me acuerdo que yo leía en mi niñez; o que se le pusiesen en las manos los cuentos árabes llamados “Mil y una noches”, que igualmente me acuerdo que, cuando muchacho, leí a razón de tomo por día; y si el dicho crítico bostezaba, o daba señal de impaciencia, por ningún título se le permitiese permanecer en el reino más de veinticuatro horas.

Así José María Blanco White, hacia 1825. No sé qué pasaría hoy por nuestras tierras si un emperador sometiera a nuestros gobernantes a atender un “cuento de encantamiento” sin bostezar ni dar señal de impaciencia. ¿Imaginan a Rajoy o Mas en la tesitura, o vendría Albiol a decir que “se ha acabado la broma” y los respectivos de Interior, Puig como Fernández Díaz, a desalojar la plaza? ¿A Rivera o Sánchez, tan gazmoños como tiesos y grandilocuentes? ¿Pasaría Iglesias de la risita de superioridad? Me veo solo a los denostados “antisistema”, y da que pensar si no será que tienen razón y el “pro” –el “pronosotros”, claro, que es el que importa– no pasa por la revolución… solo que ya sabemos que luego vienen los Napoleones.

Da igual, en cualquier caso, porque lo que seguiría habiendo, en los márgenes no escritos de la historia, en la historia pequeña pero esencial, es padres con hijos (y muchas más madres con hijos) abriéndoles mundo a través de la palabra, de esa boca abierta, cerebro y plenitud del ser en ebullición, con la firme seguridad del “te quiero, es una plataforma para siempre, tú sube y anda, sube y sueña que érase una vez, y será”.

  • Cita de Vicente Llorens, El Romanticismo español, Castalia, 1989, p. 37.

De tertulia en Al·lots

No sé cuánto escribiré en la nueva etapa del blog; sí espero escuchar y leer (aún) más que antes. Mensualmente, como un participante más de la tertulia de literatura infantil de la librería Al·lots. Es un espacio feliz en el que ya tuve la suerte de estar y al que ahora vuelvo, espero, para quedarme. Allí no solo escucho, también doy rienda bastante suelta a mis convicciones, porque no conozco manera mejor de ponerlas a prueba.

Sociológicamente somos en nuestra gran mayoría bibliotecarias, más unos pocos perfiles aislados, mitad libristas, mitad meramente lectores y colectores (que no es poco ni hace falta más). Prima el álbum ilustrado, quizá por la facilidad de exponerlo, quizá por la calidad de muchas propuestas, luego la novela, muy por detrás la poesía, la divulgación y solo con suerte el teatro. Nada muy distinto al panorama esperable, por ejemplo el que resultaría de vernos a los blogs a vista de e-pájaro.

En esta primera sesión del segundo grupo (a Paula ya no le cabemos los ahijados y hubo que duplicar grupo por el éxito, y léase utilidad y buen funcionamiento, del primero) se recomendaron con mayor o menor entusiasmo, si no me falla la libreta, El meravellós Peludiu-Renudiu-Xiquitiu, Un día de pesca, Del enebro, Un hijo, la serie de Agus, Un día curioso con el Sr. Oso, El libro sin dibujos, La mujer esqueleto, ¡Genios!, Et menjadé!, Con el ojo de la i, La niña de rojo, Contes infantils contra tot pronòstic y El elefante ha ocupado la catedral. Hoy lo dejo así, como retahíla. Algún día irán saliendo comentarios más detallados y valdrá como decir que, de lo que sé, la mayor parte lo he aprendido de otros.

Mendacidad

En una avenida de mi ciudad se suele instalar un grupo que, con cuerda y un cubo de agua jabonosa, hace unas pompas descomunales. El paseo es despejado y el baile de las pompas al viento es fabuloso. A mis hijos les encanta y les desata la alegría primitiva de los huskies en la nieve. Las persiguen con esa risa particular en la que late aún la alegría pura de los bebés.

Ese grupo dedica a vino buena parte de la calderilla que recoge en el sombrero y abundan las peleas entre ellos. La frase más expresiva al respecto me la dijo mi hija mayor: “Me da miedo cómo dicen ‘gracias'”.

¿Qué obra de literatura infantil recoge esta dualidad que mis hijos perciben perfectamente, de observar a la vez belleza y degradación, de sentir a la vez felicidad y miedo? Quizá la haya; lo que yo he leído presenta casi siempre a una especie de mendigo mágico y no alcoholizado, de trato sutil, no abotargado. Pero si no recogemos estos temas que a ellos les llegan tan hondo por los dos lados, por el de la vitalidad y por el del temor, ¿para qué escribimos?

El papel público del humanismo

Sería bueno plantear y analizar el papel público del humanismo, lo cual, entre otras cosas, llevaría a replantearse de forma crítica el significado social del conocimiento en una época en la que toda idea se instrumentaliza en beneficio corporativista, o, muchísimo peor, se demoniza o se incrimina mediáticamente porque pertenecen al otro bando, a los otros, a los que van en otra dirección (cuando lo normal es que nadie vaya a ningún lugar, a no ser que este lugar se llame complejidad).

Víctor Moreno. En La manía de leer, luego no habla de las elecciones que se avecinan cuando escribo esto, aunque por desgracia el tema de la demonización de los otros sea el recurso básico de nuestros políticos (casi de cualquier color). La cita me interesó por eso (aunque espero no caer en la retórica prolectora que tanto ofende a Moreno, confío al menos en que una de las posibilidades de usar la lectura sea aprender a tolerar otras visiones del mundo), pero me resultó irresistible por el paréntesis.

Esa complejidad de la vida quizá sea una de las razones de escribir. Lo es de las mías, a veces buscando el sentido, a veces el consuelo, a veces no sé si el desquite. Esto último, en el sentido del humor, que la convicción de trascendencia (la incapacidad de tomarse a broma) parece mala compañera de viaje en este trayecto no siempre fácil por la complejidad.

  • La manía de leer. Caballo de Troya: Barcelona, 2009, p. 57.

Pasen, la obra es buena

Le doy vueltas a las dos obras de teatro que he podido ver o leer recientemente y más me han gustado: Jan Totlifan, de L’Estaquirot, con diversas técnicas titiriteras, y El elefante ha ocupado la catedral, de Juan Mayorga (editorial Veintisiete Letritas, ilustraciones de Daniel Montero Galán).

Que más me han gustado o, simplemente, que me han parecido mejores. De vez en cuando algún comentarista (por lo general anónimo, no sé por qué razón no puede suscribir sus palabras con nombre y enlace) me atiza que quién me creo que soy para ir diciendo si tal cosa es buena o no.

La respuesta es sencilla: uno más, nada menos. ¿Más calificado? No lo sé ni me importa gran cosa. Leo cuanto puedo, incluidas las voces que no piensan como yo, con las que coincido menos, pero de las que también aprendo. Si me preguntaran qué calificación necesita un crítico, esa no me parece la peor. Y luego sin más al jaleo, jaleo: el jaleo de las voces, evidentemente, la democracia pura y viva de todo el que comparta interés, voluntad y tanta crítica como autocrítica.