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Reconocerse, construirse (#HOreel 1)

A O y a mí nos gusta reconocernos en Tipos duros (También tienen sentimientos) (Keith Negley, ed. Impedimenta). Es uno de los nocturnos habituales, una o varias veces por semana. En parte porque una de las tareas necesarias de un padre separado, creo, es transmitir seguridad pero a la vez sin bloquear la expresión de nervios, inquietudes, angustias. El abrazo con margen, quizá; el abrazo que no aprieta. Tipos duros nos gusta en general: O y yo somos hombre y niño típico, si quieren, con nuestros sueños de ninja y astronauta, motorista y superhéroe. Además nos gusta en particular porque nos deja lugar a la tristeza, y en la vida también la hay, y en una separación puede haberla, o abundar incluso, por todas las partes.

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En realidad, donde digo reconocernos, digo construirnos. Por eso preciso que nos gusta reconocernos. Aquí nuestro leer reconociéndonos no es pasivo, sino activo. No siempre estamos donde quisiéramos: no siempre sabemos volar, no siempre encontramos la puerta buena del espejo. La encontramos a menudo y volamos más que bien, desde luego, pero eso no es ni siempre ni todo ni Dios, como querríamos, porque también somos humanos en el afán, en la sed, en ir siempre una curva más allá, hasta que caigamos rendidos.

#HOreel

Álbumes subordinados a la oralidad

Habla Ana Garralón, con la capacidad crítica que es habitual en ella, de algunas ideas equivocadas sobre lo que es escribir para niños. Y le responde en parte Pep Bruno, que tampoco es manco, en concreto sobre los narradores que escriben. Además de aconsejar la lectura de esas notas, a Ana le llevaré la contraria en un punto: aparte de las confusiones entre oralidad y escritura, que en efecto tienen ritmos distintos, creo que hay un género de álbumes que nacen claramente subordinados a su uso para la explicación oral. Y que está bien que sea así. Contar con un álbum útil, con los libros en la mano, es una buena idea. Que el texto sea suficientemente simple y que la ilustración sea más una compañía que una revelación estética no son defectos, sino las condiciones para que esto funcione. Por eso hay editores que lo trabajan así y maestras que lo buscan así. Es un buen uso colectivo del libro.

Un género parecido serían los cuentos de buenas noches. Esperamos un texto asequible, repetitivo, cálido, sin una ilustración rupturista. Está bien que sea así, dentro de este género específico. No significa: «reduce todo cuento a esto, noche tras noche», sino más bien: «qué bien nos va esta forma literaria en este contexto concreto».

Luego queda pensar sobre el peso de la ilustración. Claro, idealmente tiene tanto valor como el texto, dialoga con este para armar una propuesta conjunta de mayor valor que la suma de las partes. Pero hay géneros donde esto no ocurre casi nunca, como en la poesía infantil… y tampoco se hunde nada. Hay géneros que no aspiran al todo y no por eso son imperfectos.

La gente arrojó al fuego la corona del rey

Hoy, una nota más personal que de costumbre. Uno escribe con intención, claro, incluso con intención política; en su sentido genuino, como en su sentido último, la política no debería ser ajena a los niños, pues trata simplemente de cómo gobernarse mejor en una colectividad. Y de forma muy acertada, de hecho, en muchas aulas se trata con cuidado la resolución de conflictos en todas sus fases, desde el planteamiento a la negociación, resolución y seguimiento. Educar (lo sepan o no los ministros del ramo) es educar para la vida, no para la competitividad económica. También escribir para los pequeños debería serlo: para su vida.

De 'A partes iguales'. Texto de Darabuc, a partir de un cuento tradicional español. Ilustraciones de Lina Zutaute. OQO, 2012

De ‘A partes iguales’. Texto de Darabuc, a partir de un cuento tradicional español. Ilustraciones de Lina Zutaute. OQO, 2012

No escribí A partes iguales (más propiamente: no me propuse adaptar a mi gusto el cuento de la tradición popular) porque España fuera el paraíso de la igualdad social y económica, pero en los cinco años que han pasado, nuestros indicadores han empeorado mucho más. El rey del cuento era injusto, mentiroso y cruel; el nuestro, cada cuál lo valore. En los extremos, nos ensalzaron mucho su papel tras el golpe de estado, pero en los últimos años, han destacado bastante más las meteduras y aun rompeduras de pata. Es lamentable que le suceda su tercer hijo, con prioridad por ser varón; y luego aún nos piden que demos a la Constitución valor de Biblia… También es de lamentar que nunca hayamos podido elegir como presidenta a una mujer; pero es que de haberlo podido hacer, en el actual sistema de partidos, tan anquilosado y mediocre, el que aquí suscribe dista de considerar a las candidatas que se han podido acercar a la meta (Aguirres o Sáenz de Santamarías, Valencianos o Chacones, a su gusto) como la persona más sabia y bondadosa del país. Siempre con interrogantes (hasta en el título, como en ¿Tres han de ser?) queda mucho por hacer, mucho por escribir.

‘El rebaño’, de Margarita del Mazo y Guridi

Contar ovejas, se dice, invita a dormir. Si los lectores más pequeños no lo saben, valdría la pena introducir el tema antes de contarles o leerles El rebaño, de la narradora Margarita del Mazo y de Guridi, un ilustrador que está abriendo una brecha propia con su estilo de apariencia sencilla, pero con más riqueza que la perceptible a primera vista.

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Que la vida de una oveja es sencilla se nos resume en la primera página: “Ser oveja es fácil. Solo tenemos que pasear, comer, dormir y ayudar a dormir. Cada persona tiene asignado un rebaño de ovejas diferente…”. Pero ¿qué pasa si una de las ovejas, Cuatro (¡la oveja negra de la familia!, ¡la oveja descarriada!), se niega a seguir haciendo “lo que hace el resto”? El “manual de comportamiento” no lo prevé. Las compañeras se llevan las pezuñas a la cabeza. Lamentan que Cuatro sea más tozuda que una cabra. E insisten. Que sí. Que no. ¡Que sí! ¡Que no! La solución solo la encontrarán el niño que no podía dormir, con una carta a la oveja rebelde, y esta última, con una interpretación muy libre, pero muy tierna y acertada del problema.

Son especialmente interesantes las tres páginas de fondo negro: la primera sitúa gráficamente los dos mundos (la noche del niño que no puede dormir, las ovejas que deberían ayudarlo), la segunda incluye una estupenda metáfora visual del insomnio y en la tercera hay que mirar con atención (pues una parte del final se muestra sin decirse). Sobre el fondo blanco corre la parte de las ovejas, que hace sonreír con un retrato de pocos rasgos pero plena eficacia (la vida tranquila, el maestro oveja, el disimulo imposible, la rabia, la resistencia…).

  • Margarita del Mazo (texto) y Guridi (ilustración), El rebaño. ISBN 978-84-942019-5-0.

‘Negros y blancos’, de David McKee

«Hace ya mucho tiempo, todos los elefantes del mundo eran negros o blancos. Amaban a los demás animales, pero se odiaban entre sí, así que ambos grupos se mantenían apartados: los negros vivían a un lado de la jungla, y los blancos, en el lado opuesto. Un día, los elefantes negros decidieron matar a todos los elefantes blancos, y los elefantes blancos decidieron matar a todos los elefantes negros. Los elefantes negros y blancos que querían la paz se internaron en lo más profundo de la selva. Y nunca más se les volvió a ver. Comenzó la batalla…»

Con esta parquedad narrativa y una gran claridad visual, trufada de paralelismos, McKee invita a reflexionar sobre la guerra, sobre los conflictos en general y, más importante aún, sobre la necesidad de no olvidar el pasado, de modo que no repitamos los errores.

(Pulsad para ampliar.)

Con la potencia de las fábulas de origen, que Kipling narró tan bien, descubrimos por qué los elefantes son grises. Pero ¿nos libra eso de la guerra, en el presente? No, porque «desde hace algún tiempo… los elefantes de orejas pequeñas y los elefantes de orejas grandes se miran unos a otros de forma un tanto extraña e inquietante». El cuento acaba así, para que no perdamos de vista la inquietud que —según parece invitarnos a pensar el autor, lejos del mito del «buen salvaje»— nos permitirá contener la violencia.

  • David McKee, Negros y blancos (Tusk, Tusk). Traducción de Juan Ramón Azaola. Anaya, Madrid, 2008. ISBN 978-84-667-7646-2.
  • Reseña publicada primero en la Revista Babar.

Riqueza y pulcritud (a propósito de Gracia Iglesias)

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Pulsad para ampliar. Ilustración de Francesca Assirelli

Las páginas iniciales de una novela son cruciales; en un cuento infantil, las primeras líneas. Este texto de Gracia Iglesias me hace pensar en riqueza y pulcritud. Mirémoslo como requisitos divergentes: muchos textos aspiran a la riqueza de matices (a lo «poético», se suele decir) y se pierden en los laberintos de la retórica, la pedantería, la cursilería o el distanciamiento excesivo, si no mueren en el infantilismo, que es lo peor. En el camino de la pulcritud, muchos textos se quedan sin la riqueza mínima que necesita un texto literario y, salvo que la ilustración los enriquezca, no aportan. En mi opinión personal —¿cómo se objetiva esto?—, la propuesta de Gracia supera el listón con comodidad e invita a pasar página como cabe pedirle a una primera página.

De Gracia Iglesias no os perdáis también las Memorias de un saltamontes.

  • Gracia Iglesias, El dragón de la chimenea. Ilustrado por Francesca Assirelli. Editorial Pintar-Pintar, 2014. Más información del editor.

‘El libro rojo’, de Barbara Lehman

Los libros sin palabras tienen una dificultad especial, y por ello mismo, cuando funcionan, transmiten algo especial. El libro rojo, de Barbara Lehman, me parece un buen ejemplo. Con una línea de ilustración especialmente clara, parte del concepto del libro como puerta a un mundo mágico (o quizá de la idea de «meterse en la lectura») y lo desarrolla con la conexión de dos niños que, desde lugares muy distintos, usan un mismo «libro rojo», hallado al azar, como ventana de acceso a un mundo compartido. Importa señalar que la transmisión del sentido a los pequeños lectores es inmediata, y no abstracta; en un primer nivel, es una aventura que funciona sola, sin problemas.

darabuc-The-Red-Book_02Como ocurre a menudo con los libros sin palabras, resulta bastante más complicado de explicar que de ver y aún quedan sin decir múltiples sugerencias (como la complejidad de niveles de la imagen superior). Pero confío en que baste para que no os lo perdáis; os lo recomiendo vivamente, a partir de unos 4 años.