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El Optimista y El Criticón hablan de la guerra (Karl Kraus)

EL OPTIMISTA: ¿Quiere usted poner en entredicho el entusiasmo con que nuestros valientes soldados van a la guerra y el orgullo de quienes, quedándose en casa, los siguen con la mirada?
EL CRITICÓN: En absoluto; solo pretendo afirmar que los valientes soldados ocuparían más a gusto el lugar de quienes los siguen orgullosos con la mirada, que estos el de aquellos.

  • Karl Kraus, Los últimos días de la humanidad. Tusquets, 1991. Traducción de Adán Kovacsics.

‘La leona blanca’, de Henning Mankell (sobre la tristeza, y 3)

Cuando a los lectores jóvenes no les satisface ya el optimismo de la literatura escrita y publicada para ellos y les mueve más la sed de realismo —incluso de realismo sucio aunque no necesariamente bukowskiano—, el auge actual de la novela negra es un enorme campo de exploración. Aquí la tristeza se matiza poco, es más bien un melancólico telón de fondo en el que se mueve todo. «El cansancio y la falta de sueño eran como un dolor incesante en su cuerpo», dice una frase típica sobre el estado del policía Kurt Wallander, en La falsa pista. Abundan, hasta lo tópico incluso, los policías adictos al trabajo con una vida familiar en gran medida infeliz. Además de la adicción al empeño policial (cotidiano, no heroico), suelen tener pasiones muy concretas: la gastronomía, la ópera. Más allá de algún Carvalho yo no leí esta clase de novelas a los 17 o 18 años como para formarme una idea personal de cómo funciona la empatía del lector joven con estos protagonistas habitualmente de mediana edad y con hijos.

En el género abundan las novelas bien tramadas pero no, quizá, las que van más allá de la anécdota más o menos truculenta. Me refiero con esto a la ambición literaria de explicar el mundo, al menos en parte. En otro sentido, sí van más allá de la anécdota al crear personajes con claroscuros por los que el lector cobra simpatía y se interesa casi como un amigo, con voluntad de seguir su vida; sin la extremosidad de los culebrones, pero con su fidelidad. Por eso muchos decimos «un Brunetti» o «un Wallander». Y esto en realidad se parece a pintar frescos de la sociedad en su conjunto, como nuevos Balzac.

La leona blanca, de Henning Mankell, me parece una excepción a lo anterior porque sí tiene una notable ambición de explicar: narra momentos clave de la historia de Sudáfrica y se esfuerza por comprender otras formas de pensar al tiempo que presenta la crisis de la sociedad noreuropea del bienestar. Podría pensarse que es una novela optimista (como positiva ha sido la dirección general de la evolución histórica reciente de Sudáfrica), pues comparte el «final feliz» de los thriller a lo 24 horas para localizar una bomba; pero no lo es para el protagonista, ya que Wallander pagará muy caro haber matado, con la honda depresión que se cuenta en la novela posterior de la serie, El hombre sonriente.

  • Henning Mankell, La leona blanca. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets editores, 2003 (colección Andanzas CA 507), ISBN 978-84-8310-237-4, 504 pág. 2008 (colección MAXI MAX Serie Wallander 3/1), ISBN 978-84-8383-522-7, 656 pág.

‘Los niños han de tener la oportunidad de crecer, de expandirse’

Dice Victor Mabasha, el complejo asesino a sueldo de La leona blanca, el tercer caso de Wallander:

«¿Quién soy yo? Un ser humano que ha perdido su identidad no es ya un ser humano, sino un animal. Eso es lo que me ha ocurrido a mí. Empecé a matar personas porque yo mismo estaba muerto. Cuando era niño y veía los rótulos, aquellos condenados rótulos que indicaban dónde podían estar los negros y qué lugares eran sólo para blancos…, fue entonces cuando empezó a menguar mi persona. Los niños han de tener la oportunidad de crecer, de expandirse. Sin embargo, en mi país, el niño negro debe aprender a disminuir cada vez más. Yo veía a mis padres sucumbir bajo su propia condición de invisibles, su propia amargura reprimida. Yo era un niño obediente, que aprendió a ser nadie entre otros nadie. Mi condición de ser diferente fue mi auténtico padre. Ella me enseñó lo que nadie debería verse obligado a aprender: a vivir en la falsedad, en el desprecio, en una mentira que, en mi país, adquirió la categoría de única verdad. Una mentira por la que velaban la policía y las leyes y, sobre todo, un río de aguas blancas, un río de palabras acerca de la diferencia natural entre el blanco y el negro, acerca de la superioridad de la civilización blanca.»

  • Henning Mankell, La leona blanca. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets, Madrid, 2003; cita de la colección Maxi, 2008, pp. 234-235.