Archivo de la categoría: Ed. Destino

Pippi y Kalle

Me ha alegrado que, entre el fresco social combativo de Millenium —que empieza como una novela negra típica, de injusticia, periodista comprometido, triángulos amorosos, etc., pero se va convirtiendo en toda una guerra entre el Bien y el Mal en la que se difuminan los protagonismos—, hubiera un espacio tan señalado para dos héroes de la novela infantil como Pippi y Kalle, que actúan como códigos que permiten abrir puertas. Me gusta pensar que, cuando se ha escrito con calidad y respeto para el lector infantil, se deja una huella en esos lectores, que comprenden que la novela es un buceo por la complejidad humana y, de mayores, si además se animan a escribir, recuerdan con un guiño a quienes los iniciaron. Es una interpretación voluntariosa, me temo. Quizá la novela nos esté diciendo solo que, cuando crezcan, en el mundo según es (vale decir, según lo hacemos), Pippi y Kalle se verán obligados a renunciar a la integridad o tendrán que plantar cara a toda clase de abusos.

Sobre la obra interrumpida de Larsson se ha escrito mucho y no ahondaré en ella. Creo que es de los pocos superéxitos que, sin salir de su género, pueden pervivir bastante tiempo. Tiene una enorme agilidad narrativa (superada cierta lentitud de las primeras 200 páginas), crea personajes memorables, tira bien del hilo de la empatía y arma un conjunto social rico (no un fresco realista, a lo Balzac; es solo la guerra de los que se comprometen, pero la diversidad es suficiente para alcanzarnos, quizá, a casi todos, en un campo u otro de nuestras vidas). A los buenos lectores juveniles les puede gustar, sin duda, aunque se debe tener en cuenta cuánto ahonda en la violencia sexual, un tema que requiere un mínimo de madurez previa.

‘El príncipe destronado’, de Miguel Delibes

Con el punto de vista centrado en un protagonista de solo 3 años, con varios hermanos mayores y una menor, El príncipe destronado es una novela próxima a los niños (que no para ellos). Narra el conflicto de un matrimonio cuyo enfrentamiento recoge el de las dos Españas, el de tradicionalismo y modernidad, y la negociación de los roles masculino y femenino:

«—… ¿Qué edad tienes tú, Quico? [le pregunta su padre]
Quico abatió los dedos anular y meñique de su mano derecha y dejó los otros tres enhiestos:
—Tres —respondió—. Pero voy a hacer cuatro.
Su rostro se hizo todo sonrisa. Añadió:
—¿Me regaralás un tanque el día de mi santo?

—Claro que sí. Lo malo es si alguien piensa que al regalarte un tanque te estoy inculcando sentimientos belicosos. Hay personas que prefieren hacer de sus hijos unos entes afeminados antes que verles agarrados a una metralleta como hombres.
Mamá carraspeó.
—Quico —dijo—. A palabras necias, oídos sordos.
Papá se inclinó hacia adelante. Las aletillas de su nariz temblaban como un pájaro sin plumas; sin embargo, no miraba a Mamá, sino al niño:
—El día que te cases, Quico, lo único que has de mirar es que tu mujer no tenga la pretensión de que piensa.
—En el mundo —le dijo Mamá, y el cigarrillo se movía a compás de sus labios como si fuera un apéndice propio —hay personas absorbentes, que creen que sólo lo suyo merece respeto. Huye de ellas, Quico, como de la peste.
Quico asentía, mirando ora al uno ora a la otra. Papá estalló:
—La mujer en la cocina, Quico.»

La organización familiar es distinta a la más común hoy, con «servicio» que se ocupa de los niños, muy distantes del padre y relativamente de la madre («Hijo, por Dios, déjame, qué pesado, me tienes aburrida»). Aparte de separar con ello el cuidado de la educación, los niños quedan expuestos a un doble nivel cultural y a la cultura popular más cruda:

«La Domi carraspeó; entonó al fin:
—Prestad mucha atención
al hecho criminal
de un padre ingrato, degenerado,
hombre sin corazón,
sin ninguna piedad,
que en Valdepeñas ha secuestrado
a un hijo suyo
este hombre infame
en un establo y sin comer,
La Domi imprimía a la copla unas inflexiones, unos trémolos que subrayaban el patetismo de la letra. Quico le miraba el hueco negro en la fila de dientes de abajo, aquel vano oscuro que acentuaba la gustosa sensación de terror que le recorría la espalda como un escalofrío».

La novela es principalmente eso: el retrato de unos personajes, con su diversidad, a través de sus palabras. Adquiere efecto de crónica de unos tiempos y unas formas, matizada por el peculiar humor y la ingenuidad de su protagonista, y como tal sigue siendo atractiva de leer.

  • Miguel DELIBES, El príncipe destronado. Destino, 1973.

‘Una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler’ (‘Alfanhuí’)

… A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar vi que era un mendigo y me decía: «Dame de tu merienda».
—–Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.
—–Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero que cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.
—–Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima. El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas. …

‘Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia’

—–—Nunca pensé, Alfanhuí, que llegarías a hacerme compañía. Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia.
—–Y le gustaba mucho repetir el nombre de Alfanhuí porque él se lo había puesto. Luego empezó la historia.
—–—Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día, y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la «piedra de vetas». Era esta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de be ber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender, para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse. Pero si se quería de nuevo el aceite, sólo una lechuza sabía sacárselo, hasta dejar la piedra enjuta como antes. Mi padre hablaba siempre de esta piedra, y nada hubiera deseado en el mundo tanto como tenerla. Mi padre solía mandarme por los caminos para que aprendiera los colores de las cosas, y yo tardaba muchos días en volver.
—–Un día salí para uno de mis viajes. Llevaba un palo al hombro, y en la punta del palo, un pañuelo con merienda. Iba por un camino calizo entre colinas de polvo, sin hierba, con apenas algunos árboles secos donde se posaban las urracas. También había por el campo muchos hoyos r harapos y pucheros de barro quebrados, y ruedas y destrozos de carro y otro sinfín de despojos, porque todo lo que se rompía iban a tirarlo a aquella tierra. Apenas nadie iba por el camino porque era un día de mucho sol, y el sol era muy malo allí, aunque todavía no había entrado el verano. …

‘Un alfabeto raro que nadie le entendía’ (‘Alfanhuí’)

… La madre se puso muy contenta al ver las industrias de su hijo, y en premio lo mandó a la escuela. Todos los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo brillante y lo bonita que era, porque daba un tono sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no saldría de allí hasta que no escribiera como los demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgando de un árbol.

II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO

Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba.
—–Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría. …

‘De un gallo de veleta que cazó unos lagartos y lo que con ellos hizo un niño’ (‘Alfanhuí’)

… I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO

El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama «amarillor», pues tienen una vergüenza amarilla y fría.
—–Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía, porque esa parte se había encogido al sol más que la del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a quedar los lagartos con la postura de los alacranes, todos hacia una misma parte, y ya, como habían perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban vergüenza.
—–Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia, que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus pieles un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las lluvias había llenado los botes de aquel zumo y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco.
—–Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y cuando volvieron los días de sol tan sólo se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras y que apenas destacaban del encalado.
—–Pero el niño era más hermano de los lagartos que del gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo, blanco. Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un carbón grande, para no perderse del todo. El niño paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón.
—–Volvió el niño a su palangana …

  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí. Destino, 1961. Cito de la edición de 1987, col. Destinolibro, pp. 11-13. ISBN 84-233-0803-0.

‘Una tristeza desteñida y gris’ (Marcovaldo, de Italo Calvino)

Marcovaldo[1]Buena parte de la literatura juvenil, en el sentido de la que se publica en colecciones específicamente dirigidas a ese público, es más optimista de lo que autorizaría un examen objetivo de la vida. Pueden tratarse temas duros, pero casi siempre hay una puerta de salida y remontada. En cambio no abundan (si las hay) narraciones centradas en la clase de desánimo sin salida que no es infrecuente ni en la vida adulta ni quizá en mucha de la literatura actual. Entiendo que es una de las barreras que, de un modo más o menos consciente, no se suelen saltar cuando se escribe para lectores jóvenes (dejemos por ahora a un lado que «escribir para» sea un concepto muy denostado). No me parece mal, pero tarde o temprano, por invitación, curiosidad o simple madurez de la manzana, el filtro se retira.

En la frontera del desánimo y la frustración vive Marcovaldo, personaje de una serie de cuentos estacionales de Italo Calvino cuya miseria se ve moderada por rasgos de humor, ternura y, con el tiempo (la serie se escribió a lo largo de un decenio y hay variación estilística), algún rasgo de fantasía. La traducción española de Juan Ramón Masoliver (editoriales Destino y, en este siglo, Siruela) es curiosa por su riqueza léxica. Copio a continuación el principio del cuento 12, de Invierno, titulado «Una equivocación de parada». El título le hace justicia…, pero el final, no os lo contaré yo.

INVIERNO
12. UNA EQUIVOCACIÓN DE PARADA

Para quien detesta la casa inhóspita, el refugio preferido en las veladas frías es siempre el cinematógrafo. La pasión de Marcovaldo eran las películas en color, sobre la pantalla panorámica que permite abrazar los más dilatados horizontes: praderas, montañas rocosas, selvas ecuatoriales, islas en que se vive coronado de flores. Se veía la película dos veces, salía sólo cuando cerraban el local; y en su magín seguía habitando aquellos paisajes y respirando sus colores. Pero al volver para casa en la noche lloviznosa, el aguardar en la parada el tranvía número 30, el comprobar que su vida ya no conocería más escenario que tranvías, semáforos, vivienda en semisótanos, fogones de gas, ropa tendida, almacenes y sección de embalaje, le iban desvaneciendo el esplendor de la película en una tristeza desteñida y gris.
Aquella noche el film que había visto se desarrollaba en las selvas de la India: del suelo pantanoso se alzaban nubes de vapores, y las serpientes reptaban por las lianas y se encaramaban a las estatuas de antiguos templos engullidos por la jungla.
Al salirse del cine abrió los ojos en derredor, volvió a cerrarlos, a abrirlos otra vez: no veía nada. Absolutamente nada. Ni siquiera a un palmo de sus narices. En las horas que permaneció allá adentro, la niebla había invadido la ciudad, una niebla espesa, opaca, que envolvía las cosas y los sonidos, trabucaba las distancias en un espacio sin dimensiones, barajaba las luces en la oscuridad transformándolas en relumbres sin lugar ni forma.
Marcovaldo se dirigió maquinalmente a la parada del 30 y dio de narices contra el poste del cartel. En aquel momento cayó en la cuenta de que era feliz: la niebla, al borrar el mundo en torno, le permitía conservar en sus ojos las visiones de la pantalla panorámica. Incluso el frío parecía mitigado, como si la ciudad se hubiera echado encima una nube a guisa de manta. Marcovaldo, arropado en su gabán, se sentía a cubierto de cualquier sensación exterior, disponible en el vacío, y podía colorear este vacío con las imagenes de la India, del Ganges, de la jungla, de Calcuta.
Llegó el tranvía, evanescente como un fantasma, campanilleando lentamente; las cosas existían en la mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía, dando la espalda a los demas pasajeros, fijando la vista mas allá de los cristales en la noche vacía, atravesada sólo por indistintas presencias luminosas y tal cual sombra más negra que la oscuridad era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y adondequiera que fuese un film ininterrumpido sobre una pantalla sin límites.
Fantaseando de esta suerte había perdido la cuenta de las paradas; de pronto se preguntó dónde estaría; vio que el tranvía se quedaba casi vacío; escrutó al través de los cristales, interpretó los clarores que se insinuaban, dedujo que su parada era la próxima, se afanó hacia la salida en el último momento, se apeó. Echó un vistazo en derredor buscando algún punto de referencia. Pero las pocas sombras y luces que sus ojos alcanzaban a percibir no se componían en ninguna imagen conocida. Se había confundido de parada y no sabía dónde estaba.

  • Italo Calvino, Marcovaldo o sea Las estaciones en la ciudad. Traducción de Juan Ramón Masoliver. Destino, Barcelona, 1970 (cito por la reed. de 1994, col. Destinolibro, pp. 93-95, ISBN 84-233-1046-9). Hay nueva edición en Siruela, Madrid, 1999 y 2010, ISBN 978-84-7844-437-3. Y, con ilustraciones de Alessandro Sanna, en Libros del Zorro Rojo, 2013 (enlace).