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Mendacidad

En una avenida de mi ciudad se suele instalar un grupo que, con cuerda y un cubo de agua jabonosa, hace unas pompas descomunales. El paseo es despejado y el baile de las pompas al viento es fabuloso. A mis hijos les encanta y les desata la alegría primitiva de los huskies en la nieve. Las persiguen con esa risa particular en la que late aún la alegría pura de los bebés.

Ese grupo dedica a vino buena parte de la calderilla que recoge en el sombrero y abundan las peleas entre ellos. La frase más expresiva al respecto me la dijo mi hija mayor: “Me da miedo cómo dicen ‘gracias'”.

¿Qué obra de literatura infantil recoge esta dualidad que mis hijos perciben perfectamente, de observar a la vez belleza y degradación, de sentir a la vez felicidad y miedo? Quizá la haya; lo que yo he leído presenta casi siempre a una especie de mendigo mágico y no alcoholizado, de trato sutil, no abotargado. Pero si no recogemos estos temas que a ellos les llegan tan hondo por los dos lados, por el de la vitalidad y por el del temor, ¿para qué escribimos?

La enchufada A y otras sátiras necesarias (‘¿A quién le bajamos el sueldo?’, de Herminia Mas)

La sátira no abunda en los textos juveniles, pese a que es un género muy atractivo. ¿A quién le bajamos el sueldo?, de Herminia Mas, es un conjunto de cuentos satíricos breves dirigidos ante todo contra la clase de los trepas, parásitos y faltos de escrúpulos (en buena medida, colocados por la clase política) y en parte contra determinadas concepciones de las mujeres (asumidas a veces por ellas mismas). Si se lee todo seguido, puede resultar monótono, creo, pero contiene materiales muy seleccionables para el aula, tanto para la risa como para el debate. Desde un punto de vista literario, quizá los cuentos más interesantes son los de construcción bimembre, que dan cierto contrapunto a una intención siempre muy clara.

«El día que bajaron los sueldos Pablo Romero se entristeció. Pablo Romero era el encargado de trabajar en la cuarta planta del Departamento de Elucubración. En cada planta tenía que haber uno que trabajara, y en su planta era él.» (Frases iniciales del primer cuento, «¿A quién le bajamos el sueldo?»)

«La enchufada A entró a trabajar en Elucubración porque estaba como un tren —desde el punto de vista del jefe de personal— y también porque era del partido A. Pero los años fueron pasando y el jefe del departamento y la enchufada A —que ya no estaba como un tren— se dieron cuenta de que el poco trabajo que llevaban a cabo todavía podía repartirse más, y decidieron de mutuo acuerdo buscar a otra persona.» (Frases iniciales del segundo cuento, «Departamento de Elucubración»)

«La princesa no era hija de ningún rey ni de ningún príncipe, como suelen ser las princesas tradicionales. Nuestra princesa era hija de un constructor de la costa mediterránea que pensaba que su hija bien merecía llamarse princesa … El constructor despreciaba a aquellas gentes cultas a las que la cultura solo les servía para seguir siendo pobres como ratas, pero en el fondo del fondo tenía una especie de envidia secreta por aquellas familias que poseían patrimonio y dinero y lo habían conservado a través de las generaciones … Pensaba que al fin y al cabo la princesa era hermosa, y que para una mujer, a la postre, este era el atributo más preciado, opinaran lo que opinaran algunos intelectuales. Un buen culo era y siempre sería un buen culo … muchos hombres pretendidamente sabios lo habían echado todo por la borda por un buen culo.» («El albañil y la princesa»)

«Ana se preguntaba cómo podía ser que se sintiera mal si lo había hecho todo bien. Había cogido todos los trenes adecuadamente: el del dinero, el de la política, el de los contactos… pero algo fallaba en su vida … Mientras tanto, Paula … pensaba que, al fin y al cabo, la felicidad no dependía del tren que cogías, sino de cómo lo cogías.» («Los trenes y la felicidad»)

  • Herminia Mas, ¿A quién le bajamos el sueldo? RDCR ediciones, La Garriga, 2013. Traducción de Abelardo Martín.

The Giver (El Dador de recuerdos), de Lois Lowry

Me ha gustado mucho The Giver, de Lois Lowry. En inglés resulta una lectura asequible, pero, como novela bien trabada que va más allá de la aventura, importa no perderse de más. Hay traducción castellana de la reconocida María Luisa Balseiro, publicada por Everest primero como El Dador y ahora, al hilo de una película próxima, como El Dador de recuerdos (con web incluida, donde la editorial la vende como novela polémica y censurada; pero eso se funda en agua de borrajas*).

El Dador empieza en un mundo cómodo, agradable, tranquilo, observado y regulado minuciosamente de forma que se garantiza la felicidad de todos. Imperan la cordialidad, la cortesía y el buen humor, y hay sitio, incluso, para la chanza colectiva sobre algunas Normas. No ocurre así con las Normas graves: si se incumplen tres, uno es «liberado». También se «libera», ahora con la alegría de una vida cumplida, a los Viejos. Y, con algo más de pesar, a los niños que resultan «inadecuados» por falta de salud. «Liberar» consiste en enviar «Afuera» (Elsewhere) y es algo que un ciudadano podría incluso pedirse para sí. Pero la comunidad lo toma como un chiste: ¿quién querría abandonar un lugar tan cómodo y feliz?

Sin desvelar más de la trama, la novela se mueve hacia dos puntos de reflexión: ¿con qué hondura vivimos la vida?, y ¿qué realidades oscuras disfrazamos, para nuestra comodidad, con eufemismos que nos adormecen? Pero eso no basta para una buena novela, claro está. Si destaca es porque desarrolla una aventura emocionante, en la que acompañamos —con el corazón cada vez más encogido— al protagonista en su descubrimiento de la cara oculta de su sociedad, en su determinación de actuar y la huida desesperada. E importa señalar también que es una novela muy bien trabada, cuyos elementos están hábilmente seleccionados para que la bola de nieve corra con intensidad creciente y todo cobre un sentido cada vez más claro.

Quizá por el eco obtenido, Lowry continuó el mundo del Dador de recuerdos en dos novelas ya algo posteriores: Gathering Blue y Messenger. Pero El Dador es una novela autónoma y cerrada y me cuesta creer que esas continuaciones no diluyan su fuerza. Mi reacción de lector, al menos, no ha sido buscar más de lo mismo, sino releer The Giver con la alegría de captar detalles que me habían pasado por alto, fijarme más en su construcción y poder ahondar en la propuesta de reflexión, que abarca temas de importancia y actualidad.

  • Lois Lowry, The Giver. Bantam Books, 1993. 0-553-57133-8.
  • El Dador. Traducción de María Luisa Balseiro. Everest, 1995 (84-241-5953-5). Nueva edición en 2009 (978-84-241-3584-3).
  • Ficha de Lois Lowry en Bienvenidos a la fiesta.
  • El Dador en Libros juveniles.
  • * En agua de borrajas, porque siguiendo la pista del ruido, no hay más nueces que las protestas de algunos padres de alumnos estadounidenses porque aparezca un suicidio sin añadir «el suicidio es malo» en la típica negrita de las cajetillas de tabaco («El suicidio es perjudicial para la salud. El suicidio mata»). Esa lista de «censurados» la encabeza Harry Potter con su «apología de la magia negra» y sandeces similares y, en el fondo, obedece a algo que se cuece y sufre en todas partes: el ruido de unos pocos padres que creen que sus hijos son burros con anteojeras y la literatura, pastillas de «educación en valores» donde amablas y amables borreguit@s triscan castamente y comparten la comida en soleados piqueniques (pero saltarán al primer abismo del que alguien les hable). Darle importancia a eso venderá libros, pero ¡qué cutre! Eso sí, es divertido comprobar cómo, en el enorme juego del teléfono que es la red, hay quien afirma sin sonrojo que es una «novela prohibida por muchos años en Estados Unidos». Quevedo lo habría pasado en grande, en nuestros días.

Lectura y placer: unas palabras de Elia Barceló

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Será verdad que la literatura infantil y juvenil es cada día un poco más visible, porque el otro día, en las páginas de opinión de un diario comarcal, encontré una reseña de Cordeluna, la novela de Elia Barceló que obtuvo el premio Edebé de 2006. Allí se reclamaba la necesidad de olvidarse de etiquetas, como la de «literatura juvenil», y hablar a secas de literatura. Lo que vale, vale; y lo que no, a la basura, en suma (entiendo yo). Poco más hay que decir y, por mi parte, estoy de acuerdo en lo esencial.

También es cierto que Elia Barceló puede ser un caso un poco especial: profesora en una Universidad de Filología austriaca10px-external-3.png, en Innsbruck, y doctorada en Julio Cortázar, reivindica sobre todo el placer de la lectura. Extracto unas palabras de la nota que le dedicó la revista CLIJ10px-external-3.png. en su número de abril de 2007.

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