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Botánica poética, de Juan Lima

Botánica poética, de Juan Lima, editado por Calibroscopio —me lo recomendó Germán Machado, de El petit tresor— es el mejor libro de poesía para niños que he leído en los últimos años. Pero mejor es una palabra muy vacía, que destaca sin explicar. El mejor también ha sido el Trastario de Pedro Mañas, con ilustraciones de Betania Zacarías, editado por Kalandraka: es el libro que me gustaría escribir cuando sea mayor, por su perfección técnica (métrica y estructural) y diversión verbal (es una bomba lúdica). Botánica poética es el mejor en otros sentidos: el que más me ha movido a querer escribir y más imágenes me ha dejado flotando. Un libro verde que se abre con fotos y pospone los créditos a la última página quizá promete de entrada, pero mi entusiasmo es por haber salido prometido.

*

Una araucaria
un tulipán
cuatro filodendros
medio limón
una semilla de arrayán
un pétalo de rosa mosqueta
millones de microalgas
algunos granos de maní
tres hebras de azafrán
están escondidos
en algún lugar
de este poema

algunos los encuentran
y otros no
como casi todas las cosas
que valen la pena

 

(para el poeta
jugar es casi un juego)

*

Aparte quizá debería ser obligación nuestra cruzar más el charco. La globalización, la red, la multiplicación de posibilidades, sí, pero en la realidad seguimos sabiendo muy poco y leyendo muy poco lo que se escribe allá. Otro pequeño gran puente es LibreRío de la Plata, en Sabadell. Buscadlos en Facebook o Twitter, su web está ahora de reformas.

*

No insistas: el baobab
no cabe en tu terraza
no insistas: la coliflor no vuela
no insistas: hay más flores que islas

y prohibido romper los cocos
y prohibida la palabra kaki

algunos lectores se ponen de pie
(esto es opcional)
y protestan

todos quisiéramos inventar
un paraíso perdido

 

 

(el poeta está ahí
para atender reclamos)

*

Donde menos me ha seducido es en los montajes fotográficos con los que se ilustran los poemas (aunque ¿si el libro se abre con imágenes, no serán los poemas los que las ilustran a ellas?, y también ¿debo separarlos o saber mirarlos en conjunto?). Creo que veo la chispa, y la intención artística de los montajes, pero no me prenden o no las comprendo. No está de más decir, para situar lo anterior, que estoy poco preparado en este campo.

*

Nunca le creas
ni media palabra a la papaya
andá a saber con qué cara
se levanta de la siesta
parece un melón
cambiando de humor a cada rato

es fruta de agua
y la Luna hace lo que quiere
con sus mareas

 

(la papaya tiene cara de poeta
que ya no se afeita)

 

  • Juan Lima (textos, ilustraciones y diseño), Botánica poética. Calibroscopio: Buenos Aires, 2015. ISBN 978-987-1801-90-9.

Reina de la noche

Son los días de Carnal contra Cuaresma, tocan vestidos, extremos y vestidos extremos. Para los barbados como yo, Tinos Casales, Locomías y reinas de la noche. En este enlace una breve reseña (en catalán) de la obra Opera for Kids; aquí Diana Damrau espectacularmente verde y coronada.

Bla Bla Bla

 

Volviendo sobre el síndrome de Down y la dificultad de gestionar las intenciones en el proceso creativo, me ha gustado Bla Bla Bla, un corto dirigido por Alexis Morante en colaboración con la asociación Apadis.

(A través de este artículo.)

So wie du bist partía del tópico de que los niños con síndrome de Down son superdotados emocionales, mientras que muchos adultos «normales» somos discapacitados desde el punto de vista emocional. Como la mayoría de tópicos, se parte de una base real y, en la medida en que la obra introduzca matices (en So wie du bist no vi muchos) no es mala base para esa clase de calidad  artística que denominamos «profundidad». La diversidad funcional no es solo un eufemismo. Mi yo niño mismo, por ejemplo, destacaba en aplicación y comportamiento, quedaba muy atrás en capacidad visual y en parte en socialización. La playa sin gafas era experimentar en primera persona lo que supone no llegar a la borderline en algún campo.

Bla Bla Bla se construye sobre dos tópicos parecidos: la bondad inherente al síndrome de Down y la dificultad de planear y hacer realidad proyectos complejos. También juega con la dificultad de los «normales» para tratar normalmente la discapacidad en los contextos en los que no la esperamos (¿dónde queda nuestra capacidad de adaptación, por cierto?). Al ser una obra tan breve no necesita matices, al contrario, puede explotar plenamente, como un buen chiste gráfico, elementos que se dan por sentado: desde las nuevas formas de compartir coche hasta la sensación de incomodidad e inseguridad de los «normales» antes los «sub… ay ahora no sé cómo te tengo que llamar».

Cuarteto concertante para artefactos sanitarios

«Compuesto para los siguientes instrumentos: calefón, lirodoro, desafinaducha y nomeolbídet». Me lo recuerda esta nota de Alberto Mut, cuya frase «Cualquiera puede hacer un chiste de cacas» resume no pocas propuestas de LIJ y, sobre todo, propuestas más o menos escénicas en las que en teoría se aspiraba a acercar a los niños a la lectura (pero concluyen, después de no poco ruido y agitación invertidos, sin que ningún chaval coja un cuento, aunque se hayan hecho en una biblioteca).

Sería injusto compararlo, qué sé yo, con la escena de los aseos del primer Austin Powers (un proyecto de infinito menos presupuesto), que no es que tenga gracia (ahora sin ironía: ¡ese tejano implorando el «courtesy flush»!), pero es un concepto ciertamente distinto de lo memorable.

 

La ascensión de Remedios, la bella

… Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
—¿Te sientes mal? —le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo—, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

La facilidad para simpatizar

El pasaje es doblemente curioso porque no refleja sin más el desconcierto del hombre (bastante verosímil, por otro lado), sino en concreto el desconcierto ante las mujeres imaginado en un hombre por una mujer, la autora, en un juego de enfoques sucesivos:

Brunetti miraba y escuchaba, asombrado de la facilidad con que las mujeres pueden demostrarse simpatía y confianza desde el primer momento de conocerse. Unidas por una común preocupación …, ellas dos hablaban como si se conocieran desde hacía años. No había entre ellas ni asomo de aquel abrasivo recelo con que se habían medido mutuamente él y la doctora. Ésta y Paola habían realizado una especie de evaluación instantánea y se habían sentido perfectamente satisfechas del resultado. Era un fenómeno que había observado muchas veces y que temía no llegar a comprender. Él tenía la misma facilidad para simpatizar con otro hombre, pero el proceso se detenía en una capa más superficial, no tenía tanto calado como esta intimidad instantánea de la que era testigo, que parecía llegar hasta un punto central y que, evidentemente, no había concluido, sino que sólo se había interrumpido hasta el siguiente encuentro.

  • Donna Leon, Muerte en La Fenice,Seix Barral y Booket. Traducción de Ana M.ª de la Fuente.

A que por muy gran fremosura

Elijo esta versión del Ensemble Gilles Binchois, quizá más lenta de lo habitual, porque con ayuda de los subtítulos permite seguir muy bien el texto. Mi versión favorita, desde una perspectiva puramente personal, es la de Esther Lamandier:

Membrillos tóxicos

Los membrillos lo pueden intoxicar a uno de recuerdos, como a Martín Garzo (o como en Trece años de Blanca, de Agustín Fernández Paz: cita), pero no siempre sientan igual de bien, y menos, me temo, a los que atienden más a sus libros que a otros pasatiempos.

Sucedió que en este tiempo llegó a aquella ciudad una dama de todo rumbo y manejo … por ver si la conocía, [Tomás] fue a visitarla, de cuya visita y vista ella quedó enamorada. Y él, sin echar de ver en ello, si no era por fuerza y llevado de otros no quería entrar en su casa. Finalmente, ella le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda. Pero como él atendía más a sus libros que a otros pasatiempos, en ninguna manera respondía al gusto de la señora. La cual, viéndose desdeñada y, a su parecer, aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podía conquistar la roca de la voluntad de Tomás, acordó de buscar otros modos, a su parecer más eficaces y bastantes para salir con el cumplimiento de sus deseos.

Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le forzase la voluntad a quererla, como si hubiese en el mundo hierbas, encantos ni palabras suficientes a forzar el libre albedrío …

Comió en tan mal punto Tomás el membrillo, que al momento comenzó a herir de pie y de mano, como si tuviera alferecía. Y sin volver en sí estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo, con lengua turbada y tartamuda, que un membrillo que había comido le había muerto …

Seis meses estuvo en la cama Tomás, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos. Y aunque le hicieron los remedios posibles, solo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no de lo del entendimiento, porque quedó sano, y loco de la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginose el desdichado que era todo hecho de vidrio y, con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando, con palabras y razones concertadas, que no se le acercasen, porque le quebrarían, que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio de pies a cabeza.

  • dama de todo rumbo y manejo: prostituta. herir de pie y mano: realizar movimientos violentos y convulsos, como de epilepsia.
  • «El licenciado Vidriera», de Cervantes. Se cita por Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, edición de Jorge García López, Crítica, Barcelona, 2005, pp. 357-359, de donde tomo también la información de las dos notas léxicas.
  • «La gitanilla»

‘Hávalas, hávalas, hala’

.

¡Hávalas, hávalas, hala,
hava la frol y la gala!

Allá arriba, arriba,
junto a mi llogare,
viera yo serranas
cantar y baxlare,
y entre todas ellas,
mi linda zagala.
¡Hava la frol y la gala!

.

  • hava (o aba, en otras fuentes): ‘mira’. frol: ‘flor’. llogare: ‘lugar, aldea’. baxlare: ‘bailar’.
  • Tomado de Margit Frenk Alatorre, Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica, siglos XV a XVII. Colegio de México-FCE, 2003. Poema núm. 86, p. 100.

Nuestra formidable salud moral y cívica

Ha muerto Félix Grande. De las pocas palabras con las que la prensa suele resumirnos las vidas, parecen destacarse sus facetas de «poeta» y «flamencólogo». Los artículos que le he leído en El País suelen ser biográficos o necrológicos. Pero los fechados en la Transición tienen un tono distinto, no solo combativo, sino de un optimismo por la obra colectiva que se añora en el actual clima de desengaño (probablemente justificado). Además, Grande era de la más bien exigua minoría gitanófila. Al hilo de la nota anterior sobre «La gitanilla», me decanto por el pasaje siguiente; pero tampoco tiene desperdicio, para nuestro presente, su «Del artículo 35».

No ignoro que la cuestión gitana, considerada en su totalidad, es muy compleja. Están en juego no sólo una discriminación centenaria, sino también unos profundos rasgos culturales gitanos que pueden obstruir -en ocasiones, de forma no ilegítima- a un proceso de ayuda, a un movimiento de reparación. Están en juego unas constantes de Indiferencia, desconfianza e incluso de racismo más o menos encubierto y más o menos agresivo en parte de la cultura paya. Está en juego una muy sólida y casi pavorosa desconfianza gitana hacia todo lo payo, a veces sin discriminación, a veces lindando el racismo. Que esa desconfianza esté consolidada por la inmisericorde historia es un hecho tajante, pero que en nada ayuda a la supresión de un escándalo. El racismo, cuando existe, tampoco ayuda nada, por supuesto, y en muchas ocasiones es mutuo.

El problema de gitanos y payos es cuantioso y complejo. Dos cosas están claras. Primera: la muerte de unos niños en chabolas o en carromatos, gitanos o payos (porque también hay niños payos que viven en chabolas), antes que el resultado de una complejidad histórica y racial es un.suceso simple y bárbaro, cuya solución puede y debe iniciarse sin esperar a hallar una forma de coexistencia total de culturas. Y segunda: la coexistencia de estas dos culturas, la necesaria erosión paulatina de su mutua desconfianza, será una conquista laboriosa y difícil, pero ha de iniciarla ya la cultura más fuerte. Si cinco hijos del presidente de un consejo de administración de cualquier multinacional murieran carbonizados a causa de inercias sociales, temblarían, sin duda, los cimientos de unos cuantos países. Si cinco niños gitanos mueren carbonizados y un país se traga esa noticia como un aperitivo, de modo soñoliento y despiadado, ese país tendría en sus cimientos morales un cemento de barbarie y de podredumbre. España está en este momento construyendo una formidable salud moral y cívica. Esa salud debe servir también a los gitanos españoles. Quien no lo entienda así no será únicamente insolidario contra los gitanos: será también insolidario contra nuestro completo porvenir.

‘La gitanilla’

La primera de las Novelas ejemplares, como en general todas ellas, no me parece especialmente recomendable para la lectura escolar (ni siquiera en Bachillerato). Son demasiado antiguas en los valores y retóricas en la expresión, me temo. Quizá contribuya a la rotundidad de este juicio que, en su momento, tuve dos como lecturas obligatorias, y no las disfruté nada.

Una combinación de resumen oral y lectura de pasajes, sin embargo, puede tener más jugo. Por ejemplo, para comprender que nuestros prejuicios, antes que confirmarse en la realidad, suelen ser heredados. Esa gitanilla que era tan blanca, guapa y lista («discreta») que solo podía ser una paya de clase alta, ¡buf! «Ni los soles, ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo a quien más que otras gentes están sujetos los gitanos pudieron deslustrar su rostro ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en extremo cortés y bien razonada» (p. 90); Preciosa «siempre había creído ser gitana y ser nieta de aquella vieja, pero … siempre se había estimado en mucho más que lo que de ser gitana se esperaba» (174).

Un elemento secundario, pero útil, estriba en la otra cara de este desprecio: el orgullo con el que es recibido y con que se afirma la diferencia. «… la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias … Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad; ninguno solicita la prenda del otro; libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos … nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas … Con estas y otras leyes y estatutos nos conservam0s y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos … Para nosotros son los duros terrenos colchones de blandas plumas … Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades … No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla … Un mismo rostro hacemos al sol que al hielo; a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico [‘habilidad y verborrea’] … Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos» (134-137). Quizá exagero, y sin duda no es un comentario filológico, sino una transposición de nuestro presente; pero tiene algo de queer, de coger el guante del desprecio y exhibir con orgullo los rasgos diferenciadores.

Si este discurso es famoso, la apostilla de la gitanilla también lo es, y con justicia, por una defensa de la libertad frente al hombre que aún no está lo consolidada que debiera (y menos, según parece, en nuestros institutos): «Puesto que [‘aunque’] estos legisladores han hallado por sus leyes que soy tuya … yo he hallado por la ley de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo si no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos concertamos … [las condiciones] que he puesto sabes; si las quisieres guardar, podrá ser que yo sea tuya y tú seas mío; y donde no, [aún puedes irte] … Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto yo quisiere» (138).

Otro punto que desarrollar podría ser la exageración tópica del amor (a primera vista, dependiente de la belleza externa, confirmado por la palabra, y con su retahíla de desmayos, celos y pasiones), y su comparación con las exageraciones tópicas del presente. Muy secundariamente, ya solo para los intereses de este blog y la poesía popular, cierro con este conjuro simpático (lo único que yo salvaría de los varios poemas intercalados):

Cabecita, cabecita,
tente en ti, no te resbales [‘desanimes’],
y apareja dos puntales
de la paciencia bendita.
Solicita
la bonita
confiancita;
no te inclines
a pensamientos ruines;
verás cosas
que toquen en milagrosas,
Dios delante
y San Cristóbal gigante. (131)

  • Citas y números de página de la edición de Jorge García López: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, Crítica (col. Clásicos y modernos), 2005.

Lo que me decía mi madre

—¿Sabes una cosa? —dijo Arthur—, en ocasiones como esta, cuando estoy atrapado en una escotilla neumática vogona con un habitante de Betelgeuse y a punto de morir asifixiado en el espacio profundo, realmente desearía haber escuchado lo que me decía mi madre cuando era joven.
—¡Vaya! ¿Y qué te decía?
—No lo sé; no la escuchaba.

  • Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, 1983, múltiples reediciones.

Don Quijote en bicicleta

darabuc-don-quijote-flixMe ha llamado la atención esta «adaptación libre» del Quijote, del alemán Flix, cuyas primeras páginas podéis ver en este documento de Dibbuks. ¿Habrá un parque eólico en Tobosow?

Navegaciones a contra corriente (Antares, de Francisco Díaz Villadares)

Antares, de Francisco Díaz Villadares, premio Alandar de 2012, es una novela de aventuras en el mar. A mí, las del género suelen resultarme atractivas, en parte por las maravillas del léxico marítimo; además trata temas de actualidad, como el de las mafias del transporte de inmigrantes en condiciones lamentables y el de la piratería marítima. Aun así, personalmente, debo reconocer que me ha resultado más correcta que apasionante.

Lo que más me ha llamado la atención es un aspecto secundario con respecto a la trama: que se trata de una novela que podríamos calificar de políticamente incorrecta. No por sí misma (no es en ningún caso un texto de tono provocador), sino en contraste con lo esperable hoy en la novela juvenil (de canon ideológico estable, previsible y tirando a cansino, pese a que en algunos temas aún sea socialmente necesario). Hay casi un juego de expectativas, que se inicia por sendas que luego no se atienen a lo previsible.

Así, la protagonista es una chica en un contexto marítimo donde hay un exponente claro del machismo irracional (Romi, el pecoso). Hasta aquí, se diría que es lo esperable. Pero la chica no es la heroína salvadora; además de la confusión inicial por la que se ve embarcada en la aventura, cuando en un momento crucial desobedece a su padre, también mete la pata; así, cuando en contra de la orden expresa de este (p. 191), pretende asaltar a los bandidos, se encuentra con una pistola apuntándole a la cabeza (192) y serán otros quienes los rescaten.

Por otro lado, la chica está enamorada de un inmigrante, Abdoulaye o Abdú (que, aunque «no era precisamente un Apolo de ébano», tenía «unos grandes ojos de mirada directa y una hermosa sonrisa blanca», 14). Y la pretende un cocinero, Raúl, que la corteja sin éxito y (para colmo, podríamos decir) goza de la aprobación del padre («Ojalá el día que te cases lo hagas con un hombre como él», 35). En la novela actual está cantado que triunfará el amor con el inmigrante, pero Abdú compartirá destino ni más ni menos que con el machista Romi: una vez acabada la aventura, los dos «se esfumaron como fantasmas» (205).

En el epílogo, aunque la protagonista se decide por una vida poco habitual para una mujer (estudiar Marina Mercante y mandar un remolcador, 206), acaba siendo «conquistada» por Raúl («acabó conquistándome … el que la sigue, la consigue»). Su noviazgo «duró una eternidad, porque todos opinaron que éramos demasiados jóvenes … y todos esos sermones», con un peso del criterio adulto que en la novela juvenil se suele desdeñar. Y como afirmándose expresamente contra los valores hoy típicos: «sí, estamos casados, felizmente casados, y tenemos dos hijos preciosos».

En suma: sea deliberado o no, veo un contraste claro entre esta novela y el común de las novelas juveniles de las editoriales mayoritarias, que me llama la atención y me mueve a pensar. Veo un desgaste en la previsibilidad y blandura de todas esas novelas de amor-que-triunfa-contra-las-barreras-de-la-inmigración y de heroína-que-demuestra-que-la-mujer-puede-con-todo, un desgaste literario, independiente de la bondad de sus valores. La realidad apenas ha cambiado (para empezar, el país no se avergüenza de que nos vaya a heredar un rey por el mero hecho de ser varón, pasando por delante de sus hermanas mayores), pero eso no quita que una novela del todo previsible carece de eficacia. Por otro lado, la verdadera libertad nace de la capacidad de elegir, no del adoctrinamiento en una vía única (sea la «tradicional» o la «liberada»). A este respecto coincido como lector con esta nota de Luis Daniel González: prefiero buenas novelas, sean o no políticamente correctas.

La enchufada A y otras sátiras necesarias (‘¿A quién le bajamos el sueldo?’, de Herminia Mas)

La sátira no abunda en los textos juveniles, pese a que es un género muy atractivo. ¿A quién le bajamos el sueldo?, de Herminia Mas, es un conjunto de cuentos satíricos breves dirigidos ante todo contra la clase de los trepas, parásitos y faltos de escrúpulos (en buena medida, colocados por la clase política) y en parte contra determinadas concepciones de las mujeres (asumidas a veces por ellas mismas). Si se lee todo seguido, puede resultar monótono, creo, pero contiene materiales muy seleccionables para el aula, tanto para la risa como para el debate. Desde un punto de vista literario, quizá los cuentos más interesantes son los de construcción bimembre, que dan cierto contrapunto a una intención siempre muy clara.

«El día que bajaron los sueldos Pablo Romero se entristeció. Pablo Romero era el encargado de trabajar en la cuarta planta del Departamento de Elucubración. En cada planta tenía que haber uno que trabajara, y en su planta era él.» (Frases iniciales del primer cuento, «¿A quién le bajamos el sueldo?»)

«La enchufada A entró a trabajar en Elucubración porque estaba como un tren —desde el punto de vista del jefe de personal— y también porque era del partido A. Pero los años fueron pasando y el jefe del departamento y la enchufada A —que ya no estaba como un tren— se dieron cuenta de que el poco trabajo que llevaban a cabo todavía podía repartirse más, y decidieron de mutuo acuerdo buscar a otra persona.» (Frases iniciales del segundo cuento, «Departamento de Elucubración»)

«La princesa no era hija de ningún rey ni de ningún príncipe, como suelen ser las princesas tradicionales. Nuestra princesa era hija de un constructor de la costa mediterránea que pensaba que su hija bien merecía llamarse princesa … El constructor despreciaba a aquellas gentes cultas a las que la cultura solo les servía para seguir siendo pobres como ratas, pero en el fondo del fondo tenía una especie de envidia secreta por aquellas familias que poseían patrimonio y dinero y lo habían conservado a través de las generaciones … Pensaba que al fin y al cabo la princesa era hermosa, y que para una mujer, a la postre, este era el atributo más preciado, opinaran lo que opinaran algunos intelectuales. Un buen culo era y siempre sería un buen culo … muchos hombres pretendidamente sabios lo habían echado todo por la borda por un buen culo.» («El albañil y la princesa»)

«Ana se preguntaba cómo podía ser que se sintiera mal si lo había hecho todo bien. Había cogido todos los trenes adecuadamente: el del dinero, el de la política, el de los contactos… pero algo fallaba en su vida … Mientras tanto, Paula … pensaba que, al fin y al cabo, la felicidad no dependía del tren que cogías, sino de cómo lo cogías.» («Los trenes y la felicidad»)

  • Herminia Mas, ¿A quién le bajamos el sueldo? RDCR ediciones, La Garriga, 2013. Traducción de Abelardo Martín.

De membrillos, mondas, corazones y literatura (Gustavo Martín Garzo)

Ayer nos regalaron un par de hermosos membrillos, a punto para la conserva, y coincide con que yo leía estas páginas de Martín Garzo:

Nuestro veraneo terminaba a finales de septiembre, y cuando regresábamos del pueblo dejábamos los membrillos en los árboles, que aún tendrían que esperar hasta comienzo de noviembre para madurar. Un buen día, al regresar del colegio, estaban en la cocina, metidos en sus cajas, como corazones embebidos de la luz del sol otoñal. Mi madre preparaba con ellos dulce de membrillo, pero también jalea. Siempre en proporciones muy inferiores, pues, mientras que con todos aquellos membrillos llenábamos latas y latas, que, dicho sea de paso, terminaban hartándonos, de jalea apenas se conseguía una minúscula fuente, que desaparecía en su totalidad en la primera merienda. Su preparación consistía en recoger las mondas y los corazones de los membrillos, ricos en gelatina, y, añadiendo azúcar, hervirlo todo lentamente hasta que se formaba un delicado jarabe, que luego, al secarse, tenía la consistencia de la carne. Recuerdo que nos las veíamos y deseábamos para repartir aquel tesoro. También que lo que más nos maravillaba era la escena de su preparación. A mi madre en medio de aquel país de mondas y tristes despojos, y como una maga haciendo de ellos el dulce maravilloso cuya sola evocación todavía ahora hace que me chupe los dedos. Pues bien, ésa es la materia de la verdadera literatura, que no opera con grandes palabras o conceptos, sino con mondas, peladuras, restos que no parecen servir para nada. Coge esos restos y prepara con ellos un elixir, pues la literatura es el instante de la transfiguración. …

  • Gustavo Martín Garzo, El pozo del alma. Anaya, Madrid, 2000. Con ilustraciones (metafóricas y sugerentes) de Pablo Amargo.

Pippi y Kalle

Me ha alegrado que, entre el fresco social combativo de Millenium —que empieza como una novela negra típica, de injusticia, periodista comprometido, triángulos amorosos, etc., pero se va convirtiendo en toda una guerra entre el Bien y el Mal en la que se difuminan los protagonismos—, hubiera un espacio tan señalado para dos héroes de la novela infantil como Pippi y Kalle, que actúan como códigos que permiten abrir puertas. Me gusta pensar que, cuando se ha escrito con calidad y respeto para el lector infantil, se deja una huella en esos lectores, que comprenden que la novela es un buceo por la complejidad humana y, de mayores, si además se animan a escribir, recuerdan con un guiño a quienes los iniciaron. Es una interpretación voluntariosa, me temo. Quizá la novela nos esté diciendo solo que, cuando crezcan, en el mundo según es (vale decir, según lo hacemos), Pippi y Kalle se verán obligados a renunciar a la integridad o tendrán que plantar cara a toda clase de abusos.

Sobre la obra interrumpida de Larsson se ha escrito mucho y no ahondaré en ella. Creo que es de los pocos superéxitos que, sin salir de su género, pueden pervivir bastante tiempo. Tiene una enorme agilidad narrativa (superada cierta lentitud de las primeras 200 páginas), crea personajes memorables, tira bien del hilo de la empatía y arma un conjunto social rico (no un fresco realista, a lo Balzac; es solo la guerra de los que se comprometen, pero la diversidad es suficiente para alcanzarnos, quizá, a casi todos, en un campo u otro de nuestras vidas). A los buenos lectores juveniles les puede gustar, sin duda, aunque se debe tener en cuenta cuánto ahonda en la violencia sexual, un tema que requiere un mínimo de madurez previa.

El contagioso e incontenible entusiasmo del héroe

Pues yo estoy vivo, eso sí; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, máquinas, minas, nada quieto, nada inmóvil…

Son palabras de Zalacaín poco antes de morir. A este clásico, aún recomendable por su acción y rapidez, la funcionalidad de su estructura, y el carácter propio y curioso en general de casi todo Baroja, le reprocharía uno hoy que los personajes femeninos sean tan rematadamente planos. A cambio, el carácter juvenil masculino clásico se retrata de primera:

¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, cómo aparece entre el verde de las heredades el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compás del tambor… ¡Qué emociones debían de ser aquellas!

—… ¿Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.
—¿Y por qué prefieres la guerra? Para robar.
—No hables, Capistun, que eres comerciante.
—¿Y qué?
—Que tú y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

Unos valores previos al antibelicismo que hoy es políticamente correcto, desde luego. Sobre eso, antes que cargarse a Baroja con los valores del presente, quizá habría que recordar que nuestras sociedades desdeñan la guerra… pero hacerla, la hacen exactamente igual que en 1909, aunque ahora sea so guisa de presidentes elegidos democráticamente que la justifican pidiéndonos televisadamente que los miremos a los ojos, o con encomiables Premios Nobel de la Paz que cerrarán los Guantánamos del mundo, salvo que no los cierren.

  • Pío Baroja, Zalacaín el aventurero, Austral, ed. R. Senabre, 1987, pp. 236 y 113.

Comotto ilustra ‘La muerte de Iván Ilich’ (tráiler)

El Optimista y El Criticón hablan de la guerra (Karl Kraus)

EL OPTIMISTA: ¿Quiere usted poner en entredicho el entusiasmo con que nuestros valientes soldados van a la guerra y el orgullo de quienes, quedándose en casa, los siguen con la mirada?
EL CRITICÓN: En absoluto; solo pretendo afirmar que los valientes soldados ocuparían más a gusto el lugar de quienes los siguen orgullosos con la mirada, que estos el de aquellos.

  • Karl Kraus, Los últimos días de la humanidad. Tusquets, 1991. Traducción de Adán Kovacsics.

Vídeo de la presentación de ‘Aún te quedan ratones por cazar’, de Blanca Álvarez, en la Fundación Japón

‘Tú’, de Charles Benoit

tu_9788427901308[1], de Charles Benoit, es una novela juvenil dirigida totalmente hacia su final, anunciado como el «último año de tu vida». Tiene un estilo directo y enfático-dramático, con la preferencia por los párrafos de una línea que se ve a menudo, por ejemplo, en Sierra i Fabra, intensificada a su vez por la narración en segunda persona. Opta por el mismo énfasis en la construcción del entorno que rodea al personaje condenado: en su mayoría, personas amorales o completamente desanimadas y desmotivadas. En esta elección está, desde mi lectura, su mayor defecto: lo que se plantea como una novela para la reflexión —sobre la carrera descendente que causa la mezcla de las propias decisiones y de un entorno poco atento— se pierde por la absoluta, y en exceso simplificada, hostilidad del entorno.

Supongo que esta clase de libros enganchan, o no, según sea la percepción personal de su veracidad/verosimilitud. En mi caso, por ejemplo, esto ha sido cierto más de una vez: «Nunca te había ocurrido antes. Te encantaba leer y siempre tenías un libro en las manos. Pero entonces te hicieron leer el libro “verdaderamente inspirador” y descubriste lo desesperante que podía ser leer. Así que te leíste el texto de la contracubierta, buscaste en internet e hiciste el trabajo. Era una M de trabajo y lo sabías, por eso te pasaste todo el fin de semana histérico … Pero el lunes te devolvieron el trabajo y te habían puesto un sobresaliente alto». En la misma línea, el ejercicio que «está mal» de la hermana pequeña (que había dado con otra solución correcta al planteamiento) o frases de intención demoledora como «los adultos no hablan contigo. Te hablan a ti», que bien pueden encajar con la percepción adolescente. El conjunto, sin embargo, a mí se me ha caído de las manos, por exceso de ruido y pretenciosidad (la misma que mueve a usar a Shakespeare aunque sea con calzador).

  • , de Charles Benoit. Noguer, Barcelona, 2011. Traducción del inglés de Elvira Delgado Gutiérrez. ISBN 978-84-279-0130-8.

La mejor literatura infantil y juvenil de 2012, en Babelia

El blog de Babelia publica una lista de títulos seleccionados como lo mejor de la LIJ de 2012, en tres categorías: álbum ilustrado, primeros lectores y lectores jóvenes. La diferencia de raíz con otras listas del estilo, más o menos afortunadas, es que no responde a una selección individual, sino que «una treintena de investigadores de literatura infantil y juvenil, libreros, animadores a la lectura, profesores y blogueros (…) han elegido en tres categorías los mejores libros del sector en 2012». Me alegra que Babelia se haya hecho eco de la queja de Pep Bruno, porque la ausencia de la LIJ en el suplemento era escandalosa y, cuando aparecía, solía reducirse a Laura Gallego, otros superventas y una lista de premios del año. Si el resultado de este sistema de selección es razonable o no, lo dejo a vuestro criterio; yo soy uno de los treinta consultados, y por un lado lo agradezco, y por el otro, me gustará saber vuestra opinión (aunque los resultados conjuntos, lógicamente, no son los míos, sino los derivados de la suma de votos, en álbum e infantil no tengo gran queja; en juvenil, me abstuve, por no haber leído suficiente número de títulos publicados este 2012).

‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, ilustrada por Ralph Steadman

Rebelion-en-la-granja

Me ha gustado especialmente la edición de Rebelión en la granja ilustrada por Ralph Steadman. Como en La isla del tesoro, entiendo que el ilustrador logra multiplicar, ante un lector juvenil, el potencial de un texto algo gastado por la tradición (aunque ya más conocido de segunda mano que leído de primera, probablemente). A destacar, asimismo, el formato grande y resistente, que se diría idóneo para bibliotecas. En la nota del editor podéis ver más de las peculiares y expresivas imágenes de Steadman.

Martes mudo

Página inicial de ‘Count Karlstein, or, the Ride of the Demon Huntsman’, novela cómico-melodramática de Philip Pullman. Pulsad para ampliar

Presentación de ‘Los corazones del pulpo’, de Marisa López Soria

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Exposición de Pablo Auladell en Alicante (21-set a 14-oct)

Titiriguada: festival internacional de títeres y teatro total

Hoy empieza Titiriguada 2012, que se celebra en los jardines del Palacio del Infantado. Pulsad en la imagen para acceder al sitio web del festival.

O meu primeiro Celso Emilio (tráiler)

Presentación de ‘Hierro ilustrado’ en la librería Gil

Presentación de ‘Dun tempo e dunha terra. Antoloxía poética de Celso Emilio Ferreiro’, ilustrada por David Pintor

Ilustratour para familias, Valladolid, 7-8 de julio

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‘Mundodisco’, de Terry Pratchett

Hablar sobre los libros de Mundodisco quizá se parezca a la propia serie: un laberinto derivado descrito con mayor o menor ingenio. Desde el punto de vista de la crítica orgánica, para la cual la novela ejemplar aspira a asemejarse a un ser vivo en plenitud, probablemente son obras demasiado inconexas, que pierden fuelle buscando las explosiones de ingenio y dependen en buena medida de referencias externas (el mundo fantástico más o menos compartido), más que de las creadas por el propio texto. Según se mire, sin embargo, aunque no se parezcan a un ser vivo, en realidad se parecen a la vida: cuando llegamos ya está en marcha, la información es siempre parcial y provisional y ante las dudas, mejor reír que dramatizar.

El carácter episódico-chusquero facilita que puedan desgajarse pasajes. El siguiente, por ejemplo, podría ser un microcuento plenamente autónomo:

«Aproximadamente al mismo tiempo, una adivina —hasta entonces poco afortunada— que vivía al otro lado de la manzana, miró por casualidad su bola de cristal, dejó escapar un gritito y, antes de una hora, había vendido todas sus joyas, varios instrumentos mágicos, la mayor parte de su ropa y casi todas las demás posesiones que no podía llevar convenientemente en el caballo más rápido que consiguió comprar. El hecho de que más tarde, cuando su casa se derrumbó bajo las llamas, ella muriera en una extraña avalancha en las Montañas Morpork, demuestra que también la Muerte tiene sentido del humor.»

En realidad, esto tampoco supone un deslavazamiento total, porque casi todo pasa a formar parte de series: en este caso, la Muerte se convierte en personaje recurrente de situaciones cómicas. Cuando más adelante espera a que Rincewind muera al caer de una rama a la boca de los lobos que lo aguardan en tierra, y su deseo se frustra, el narrador dice:

«La Muerte lo observó todo, impasible.
Contempló la nube de moscas de mayo que bailaban en alegres zigzags cerca de su cráneo, y chasqueó los dedos. Los insectos cayeron en el acto. Pero, claro, no era lo mismo.»

  • Terry Pratchett, El color de la magia. Traducción de Cristina Macía. DeBolsillo (Random House Mondadori), Barcelona, 1998, 2007. ISBN 978-84-9759-679-4.

Adaptación para iPad/iPhone/iBook del ‘Robinson Crusoe’ de Ajubel

Dos preguntas a Shaun Tan, tomadas de una nueva revista: Pezlinterna

Actualmente, el libro álbum dirigido al público infantil y juvenil también está alcanzando el interés de un lector adulto. ¿Crees que la imagen se está fortaleciendo como un tipo de discurso académico sin prejuicios? 

Es una pregunta interesante en la que pienso mucho. Ciertamente en Australia, el país que mejor conozco, ha habido un cambio notable en la manera en la cual los álbumes ilustrados (como los llamamos nosotros) son recibidos por los adultos, con una crítica más académica y seria que hace diez o veinte años atrás. Los límites entre los cómics, animación y álbumes ilustrados se están diluyendo un poco, y la proliferación de una comunidad global, blogs y festivales internacionales pueden tener algo que ver con esto. Libros inusuales y pequeños (como los míos) tienen una oportunidad de ser ampliamente considerados y relacionados con otros libros experimentales, creando un desastre para la crítica. Lo mismo está pasando con los cómics.

¿Cómo ves el futuro del álbum ilustrado?

Pienso que el álbum ilustrado continuará desarrollándose junto a los nuevos medios. Hay mucha discusión sobre un potencial reemplazo de los libros impresos por los libros electrónicos (e-books), pero no estoy seguro de que eso sea aplicable para los libros ilustrados, que son objetos cuidadosamente diseñados; el hecho de que sean objetos físicos es parte esencial en la experiencia de su lectura. De hecho, podríamos ver mayor atención en los diseños y otros formatos interesantes a medida que los álbumes ilustrados examinen su singularidad. Pero también pienso que habrán muchas formas nuevas e interesantes como resultado de las oportunidades tecnológicas, como ha sido siempre en la historia.

‘Parson’s pleasure’, de Roald Dahl, y unas reflexiones sobre moral y literatura

La reflexión moral es consustancial al ser humano, pero en literatura no tiene acomodo fácil. En la literatura infantil, satura muchos libros, escritos demasiado «de arriba abajo», lo que cancela el placer propiamente literario. A medida que nos acercamos a la juvenil, la situación es casi peor: da origen a personajes más falsos que una promesa electoral, con un grado de «madurez» que apenas soportaríamos ni en la bisabuela. El terreno más favorable es el compartido, «horizontal», como denuncia de vicios genéricos; funciona especialmente bien en la narración oral y a menudo se relaciona con tópicos.

«Parson’s pleasure», una de las «Tales of the unexpected», cumple todos estos requisitos: es particularmente apta como base para la narración oral, denuncia un vicio que todos denostamos y se ancla en tópicos como «la avaricia rompe el saco»; el fruto es, sencillamente, una enorme carcajada. (Personalmente, la carcajada colectiva sobre la avaricia me parece irresistible; de ahí el sesgo de mi Sopa de nada, adaptación de la tradición de la «sopa de piedras».) Si pensamos en lectores jóvenes, no es probable que nuestros alumnos de Bachillerato tengan el inglés preciso, pero ya sea despacio o con adaptación, puede ser una buena lectura de grupo. Recojo aquí el final, que culmina en la frustración de la gloria anticipada por el mezquino sr. Boggis:

            Mr Boggis walked out into the yard and through the gate and then down the long track that led across the field towards the road. He found himself giggling quite uncontrollably, and there was a feeling inside him as though hundreds and hundreds of tiny bubbles were rising up from his stomach and bursting merrily in the top of his head, like sparkling-water. All the buttercups in the field were suddenly turning into golden sovereigns, glistening in the sunlight. The ground was littered with them, and he swung off the track on to the grass so that he could walk among them and tread on them and hear the little metallic tinkle they made as he kicked them around with his toes. He was finding it difficult to stop himself from breaking into a run. But clergymen never run; they walk Slowly. Walk slowly, Boggis. Keep calm, Boggis.

There’s no hurry now. The commode is yours! Yours for twenty pounds, and it’s worth fifteen or twenty thousand! The Boggis Commode! In ten minutes it’ll be loaded into your car–it’ll go in easily and you’ll be driving back to London and singing all the way! Mr Boggis driving the Boggis Commode home in the Boggis car. Historic occasion. What wouldn’t a newspaperman give to get a picture of that! Should he arrange it? Perhaps he should. Wait and see. Oh, glorious day! Oh, lovely sunny summer day! Oh, glory be!

Back in the farmhouse, Rummins was saying, “Fancy that old bastard giving twenty pound for a load of junk like this.”

“You did very nicely, Mr Rummins,” Claud told him. “You think he’ll pay you?”

“We don’t put it in the car till he do.”

“And what if it won’t go in the car?” Claud asked. “You know what I think, Mr Rummins? You want my honest opinion? I think the bloody thing’s too big to go in the car. And then what happens? Then he’s going to say to hell with it and just drive off without it and you’ll never see him again. Nor the money either. He didn’t seem all that keen on having it, you know.”

Rummins paused to consider this new and rather alarming prospect.

“How can a thing like that possibly go in a car?” Claud went on relentlessly. “A parson never has a big car anyway. You ever seen a parson with a big car, Mr Rummins?”

“Can’t say I have.”

“Exactly! Arid now listen to me. I’ve got an idea. He told us, didn’t he, that it was only the legs he was wanting. Right? So all we’ve got to do is to cut “em off quick right here on the spot before he comes back, then it’ll be sure to go in the car. All we’re doing is saving him the trouble of cutting them off himself when he gets home. How about it, Mr Rummins?” Claud’s flat bovine face glimmered with a mawkish pride.

“It’s not such a bad idea at that,” Rummins said, looking at the commode. “In fact it’s a bloody good idea. Come on then, we’ll have to hurry. You and Bert carry it out into the yard. I’ll get the saw. Take the drawers out first.”

Within a couple of minutes, Claud and Ben had carried the commode outside and had laid it upside down in the yard amidst the chicken droppings and cow dung and mud. In the distance, half-way across the field, they could see a small black figure striding along the path towards the road. They paused to watch. There was something rather comical about the way in which this figure was conducting itself. Every now and again it would break into a trot, then it did a kind of hop, skip, and jump, and once it seemed as though the sound of a cheerful song came rippling faintly to them from across the meadow.

“I reckon he’s barmy,” Claud said, and Bert grinned darkly, rolling his misty eye slowly round in its socket.

Rummins came waddling over from the shed, squat and froglike, carrying a long saw. Claud took the saw away from him and went to work.

“Cut “em close,” Rummins said. “Don’t forget he’s going to use “em on another table.”

The mahogany was hard and very dry, and as Claud worked, a fine red dust sprayed out from the edge of the saw and fell softly to the ground. One by one, the legs came off, and when they were all severed, Bert stooped down and arranged them carefully in a row.

Claud stepped back to survey the results of his labour. There was a longish pause.

“Just let me ask you one question, Mr Rummins,” he said slowly. “Even now, could you put that enormous thing into the back of a car?”

“Not unless it was a van.”

“Correct!” Claud cried. “And parsons don’t have vans, you know. All they’ve got usually is piddling little Morris Eights or Austin Sevens.”

“The legs is all he wants,” Rummins said. “If the rest of it won’t go in, then he can leave it. He can’t complain. He’s got the legs.”

“Now you know better’n that, Mr Rummins,” Claud said patiently. “You know damn well he’s going to start knocking the price if he don’t get every single bit of this into the car. A parson’s just as cunning as the rest of “em when it comes to money, don’t you make any mistake about that. Especially this old boy. So why don’t we give him his firewood now and be done with it. Where d’you keep the axe?”

“I reckon that’s fair enough,” Rummins said. “Ben, go fetch the axe.”

Bert went into the shed and fetched a tall woodcutter’s axe and gave it to Claud. Claud spat on the palms of his hands and rubbed them together. Then, with a long-armed high-swinging action, he began fiercely attacking the legless carcass of the commode.

It was hard work, and it took several minutes before he had the whole thing more or less smashed to pieces.

“I’ll tell you one thing,” he said, straightening up, wiping his brow. “That was a bloody good carpenter put this job together and I don’t care what the parson says.”

“We’re just in time!” Rummins called out. “Here he comes!”

  • La edición inglesa es de Penguin (ISBN 978-0-14-005131-5) y la española, de Anagrama (ISBN 978-84-339-2308-0, en col. Contraseñas, o 978-84-339-2086-7, en bolsillo).

‘Primavera’, de Gloria Fuertes

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PRIMAVERA

Eres tan cursi hija
que no hay por dónde cogerte.
Hasta en febrero cuando estás desnuda eres cursi,
adornada de odas y vergeles no digamos.
Primavera,
más que cantarte te han hecho la viñeta ciertos poetas sin agua;
pero a pesar de todo te defiendo,
porque haces retoñar ese geranio,
que se me seca siempre en el invierno.

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  • Gloria Fuertes, fragmento de «Sin tren de regreso: estaciones», del libro Cómo atar los bigotes del tigre, en Obras incompletas, edición de la autora, Cátedra, Madrid, 1975, numerosas reediciones. ISBN 84-376-0056-1.

‘Aria agraria’, de Les Luthiers

Con este hilarante ejemplo de «tarareo conceptual» retomo el blog, ya en nuestra nueva dirección postal. ¡Qué buenos son Les Luthiers!

Okupada, de Care Santos

Okupada, de Care Santos, es una novela coral sobre la okupación y contra las drogas. A través de una serie de capítulos narrados cada uno por un personaje distinto, cuenta cerca de un mes de okupación de una casa abandonada en una zona señorial de Barcelona, con sus fases de felicidad y final trágico.

Me llama la atención, sobre todo, la encomiable ambición con la que se pretende recrear la voz y el tono de personajes tan distintos. Para mi gusto personal, este punto fuerte es también el punto flaco de la novela: el género tragicómico quizá sea el más difícil de todos (no en vano, su modelo principal en la tradición española es La Celestina, una obra excesiva que casi nunca se lleva a las tablas en su forma completa) y a mí personalmente, la combinación última me suena menos a vida que a ejercicio literario, y las risas me aguan la tragedia. Pero esto depende también, según creo, de las expectativas de verosimilitud y de descarga cómica, que pueden variar de un lector a otro (y más, del lector joven medio a un lector adulto con pretensiones de crítico).

Otro punto literariamente delicado es el «no a las drogas», del todo legítimo e incluso exigible a un autor que se dirige a los jóvenes —aunque esto no suene moderno ni cool, así lo pienso—; pero que, como suele ocurrir con el traslado de las buenas intenciones a la obra literaria, puede interferir fácilmente en la verosimilitud de la trama y los personajes: de nuevo, la intención moral y la pretensión de veracidad son muy difíciles de conjugar. En este artículo de Jorge González del Pozo hay un análisis de novelas juveniles que se ocupan de la droga, con referencia expresa a esta novela y otras dos.

‘Una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler’ (‘Alfanhuí’)

… A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar vi que era un mendigo y me decía: «Dame de tu merienda».
—–Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.
—–Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero que cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.
—–Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima. El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas. …