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A vueltas con el canon y la “biblioteca ideal”

Llovet hace en este artículo un breve repaso a la historia del canon, de las bibliotecas ideales, las listas de títulos que no deberían faltarnos.

… Basten estos ejemplos para comprender que las listas de una “biblioteca ideal” pecan siempre de alguna arbitrariedad y suelen tener un valor epocal, refigurado con el paso de los años gracias al número de ediciones y de lectores que puede llegar a poseer un libro, por la entronización de determinados autores a cargo de la academia o de colectivos fanáticos, o por el reconocimiento tardío de ciertos valores que han pasado siglos en el desván del olvido.

La academia, y con ella los programas de enseñanza de la literatura en escuelas y universidades, serían desde hace tiempo la única garantía de conservación de un criterio estético en relación con el mercado y la difusión de productos literarios. Invisible e ineficaz, cada vez más, la autoridad de esas instancias, lo que corresponde es suponer que cada lector posee hoy su biblioteca de excelencias. …

Entre la crítica blanda, que no se atreve a afirmar nada sobre la calidad comparada, y la que dicta jerarquías sin mayor problema, el mundo de internet, y más en la literatura infantil, tiende a una forma blanduzca de lo blando: elogios por amistad o por interés y una fundamentación nula (menos aún, en aspectos estructurales o retóricos, que son ambos adjetivos claramente alérgenos). Más allá de propuestas bloggyproof que la realidad desmiente, en ese último espacio, la biblioteca de excelencias personal, hacemos justo lo que da miedo reconocer que hacemos: elegir, priorizar, descartar. Por fortuna. Si el autor se pica –yo mismo, cuando me toque–, ajos coma; pero compartámoslo.

Humildad y transparencia

Abro 2017 con… cierto grado de ficción, porque esta nota está escrita antes, y programada para publicarse hoy, este nuevo día 1. Hoy se funde con ayer, como debería ser, por otro lado: en mis voces hay poco de original y mucho de lo que he leído. Si la combinación resulta original, como a veces me han dicho, ¿qué tiene que ver conmigo, qué con el azar?

En mi hoy de la escritura, acabar el año es buena época para recapitular y encender el año nuevo compartiendo dos pizcas en este hoy de la lectura. Una es sobre la humildad. ¿Un blog es una atalaya? ¿Una tarima? En todo caso, una posición elevada que habla sobre otros. ¿Con qué rigor? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué capacidad?

El estilo de un ilustrador, a menudo, es reconocible. Lo impone el mercado, más que la lógica. El mercado pictórico nos hace daño, creo. Decimos «un picasso», y así se lo comercializó, pero antes de ser marca, Picasso fue un inquieto en evolución. En un blog como este, que habla más de ilustrados que de novela, es un problema, pero: ¿cuánto resistiríamos una cata a ciegas? ¿Cuán sólidos son nuestros criterios, cuándo dependemos de la opinión ajena y de la obra previa? Esta nota de Capel es sugerente. El laberinto de la lectura, de la mirada…

Dos: la transparencia. Sea atalaya, sea tarima, sea mirada, ¿cuánto debe compartir un espacio sobre su constitución y funcionamiento, con la honradez de, por ejemplo, eldiario.es? Este blog es monopersonal (eso es simple y no hay misterio) y recibe libros. A veces habla de los libros que recibe, con frecuencia, no. Para hablar de ellos no importa que me los manden o no, sino que encuentre qué decir sobre ellos y el tiempo para plasmarlo. Mi propia gestión al respecto entró en crisis y ha sido uno de los motivos de silencio. En ocasiones me pregunto si debería enumerar los libros recibidos. En general entiendo que sí, que sería más correcto, pero no lo hago porque el blog no pide ni genera dinero (para mí). No hay cuenta asociada en los gigantes, La Casa del Libro, Amazon, no hay suscripción, si veis anuncios y generan dinero son para WordPress (un alojamiento estable y una plataforma cómoda, de paso). Así que el escaso tiempo personal liberable prefiero reservarlo para las notas con contenido. Espero que os parezca aceptable, al menos comprensible.

365 abrazos, amigas, lectores.

Crítica literaria y afecto personal

Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien: un crítico sólo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo.

Álbum de imágenes y fotos de ‘La bruja Horripilarda’ y una bonita reseña del ‘Libro de Brun’

Aunque la información sobre mis libros se recoge en este otro blog, de vez en cuando también me gusta dejar caer mis buenas noticias personales por aquí. Una: ya podéis disponer de La bruja Horripilarda, mi cuento de humor ilustrado por JuanolO, que incluye una adaptación a la lengua de signos española y un DVD (con la animación y la narración oral y en lengua de signos, además del vocabulario en LSE); edita Carambuco. Humor, sí, pero también una invitación a hablar con los pequeños sobre la presión del canon estético y la conveniencia de saber reírse de aquellos rasgos que son personales, pero el canon define como «feos». En este enlace podéis ver imágenes del interior y fotos de las actividades que iré haciendo en bibliotecas, librerías y escuelas. Lo presentamos el pasado día 24 en la biblioteca Armand Cardona, de Vilanova i la Geltrú. ¡Qué día más bonito y qué gusto de público, pequeños y grandes! ¡Muchas gracias!

¡SHA... MA... LA... CUC! ¡Ay, la bruja, cuando se enfada!

Dos: os invito a leer esta reseña del Libro de Brun en el blog de Carlos Lapeña. Al hilo de la reflexión bloguera sobre la crítica positiva y negativa, que se recoge por ejemplo en El Tiramilla, añado una razón en favor de la positiva: puede crear sentidos y enriquece la lectura orientando al lector hacia caminos más hondos o menos obvios. La negativa, en cambio, para no ser arbitraria, se ve obligada a gastar mucha energía en justificar y documentar sus razonamientos y exponer el canon de cada lector crítico, por el que se explican los «defectos» más o menos objetivables de la obra en cuestión. Así que, por simple economía, que al menos la mayoría del esfuerzo se dedique a la construcción (con la generación de sentidos asociada, esto es, doble valor) me parece lógico y sano.

La mediación del crítico entre libros y lectores ¿irá a peor en el mundo digital?

Dice Ricardo Senabre, según esta cita de El Cultural:

[Ricardo Senabre] sabe que los críticos internautas (“a menudo simples blogueros o amigos de los autores”) están sustituyendo en la red a los “verdaderos especialistas, aunque con resultados deplorables, por lo general. Es ya asombrosa la cantidad de aficionados que pontifican sobre la literatura. De todos modos, la disminución de competencia y peso específico de la crítica se producirá de modo inexorable si continúa el proceso de trivialización y degradación cultural a que asistimos”. Por eso no oculta su pesimismo, ya que, a su juicio, “es indudable que aparecerá un número mayor aún que ahora de obras infraliterarias, aunque bien aireadas y elogiadas por los mecanismos publicitarios. Lo que habrá que hacer será procurar que el público no se deje engañar por la bazofia y vaya depurando sus gustos. Como ahora, sólo que en un terreno más infestado aún de productos nocivos”.

No sé. Quizá. Entiendo que Senabre parte de que los lectores son fácilmente engañables, si no un poco tontos, incluso. Para mí, el que coge un mal libro por recomendación y no lo disfruta pone en duda al crítico; y si la red aclama al libro, pero al lector no le gusta, tenderá a encogerse de hombros. Sin duda hay posibilidad de vender más por el ansiado efecto viral que tiene a veces la red, pero… a mí esto no me resume el mundo ni encaja como resumen de mis expectativas de futuro personales. Al revés, en la red hay mucha reflexión interesante que leer, si uno la busca; entre otras cosas, porque pueden estar los mismos críticos, y sin limitaciones de espacio. Y también hay mucha paja, ya. Pero ¿cuándo no la ha habido? ¿Cuándo no ha habido camarillas, por otro lado? Si se dan hasta entre los mismos críticos, que también tiene «amigos» y presiones obvias de sus grupos editoriales… ¿Acaso muchas revistas de papel, con la seriedad que les atribuimos de entrada, no venden reseñas que se escriben desde las mismas editoriales? No, para mí el mundo no se acaba pasado mañana. Solo cambia. A estas alturas, podríamos empezar a acostumbrarnos a que en el futuro nunca reconoceremos las fotos del pasado, por mucho que podamos añorarlo. Simplemente, quizá el experto no está ya solo en los suplementos culturales de la prensa encorbatada, sino también detrás de determinadas librerías y bibliotecas, por ejemplo.

El mismo tema, casualmente, en El País, quizá con un menor número de agoreros.

Calidad literaria, eficacia literaria y transformación del lector: una reflexión de Elsa Aguiar

[…] La calidad literaria es completamente intersubjetiva. Lo que unos consideran una buena construcción, para otros es mediocre; lo que a unos les parece inteligente e interesante, a otros les aburre; cuando unos se identifican plenamente con unos personajes, otros los sienten de cartón piedra; lo que para unos es lenguaje rico y cuidado para otros es pedantería ininteligible; los mensajes o la visión del mundo que unos reciben como edificantes para otros son sectarios y poco recomendables… […] Yo, personalmente, creo en una LIJ, en una literatura en general, que sea capaz de enriquecer al lector, de transformar, de alguna manera, su vida y su visión del mundo. Para mí un buen libro es, más que otra cosa, el que consigue este fin. Si lo hace, cualquier otro pecado me parecerá venial. […] quizá la LIJ que aporta al niño lo que necesita (concentración en la lectura, evasión, conocimiento de otras realidades, entretenimiento, compromiso, impulso transformador, diversión…) no es necesariamente una literatura de magnífica calidad literaria, sino una literatura “suficientemente buena”.

‘La educación de los críticos’: Ignacio Echevarría habla de la relación entre el márketing editorial y la crítica

Una interesante reflexión de Ignacio Echevarría a propósito de la crítica, en esta ocasión con respecto a la influencia de los editores y las técnicas de márketing y promoción editorial en las consideraciones de los críticos, a los que se «prepara» de esta forma para que piensen de una forma concreta. Cito los dos párrafos finales:

«… Es frecuente oír insinuaciones a propósito de la venalidad de la crítica, de sus corruptelas, de sus amiguismos. La mayor parte de las veces, tales insinuaciones producen más risa que irritación. Quien las hace se muestra ciego a los mecanismos que desde hace mucho suelen determinar el juicio de una crítica menoscabada, sumida en la desorientación y en la indigencia, para la que, cada vez más, el llamado periodismo cultural sirve de sucedáneo o de contrapeso.

Lo que Galassi viene a sugerir, con indisimulada satisfacción, es la creciente eficacia con que la industria editorial acierta a cumplir su empeño en reclutar a la crítica como herramienta de divulgación de sus propios contenidos, asumiendo ella misma esa tarea de instruir, de guiar previamente al crítico que, amedrentado primero, y luego agradecido, ha olvidado entretanto que era más bien a él a quien correspondía educar, guiar a los editores, tratando de hacer ver, a ellos y a los lectores, cuáles de sus propuestas guardan o no interés.»

‘La crítica de mi tiempo’, vista por Javier Marías

En un artículo reciente sobre la crítica literaria, Javier Marías dibuja con ferocidad un panorama desolador: «Cuando leo o veo una de esas proclamadas “obras maestras”, detecto con frecuencia en ellas trucos de mala ley, o percibo que son inertes, o que caen en cursilerías inadmisibles, o que no inquietan ni interesan ni turban ni intrigan ni desde luego hacen pensar, o que halagan al lector con baraturas y lugares comunes de su agrado, o que copian descaradamente de otros (he dicho “copian”, no “plagian”, casi nadie es tan tonto como para plagiar hoy en día), o que se presentan como novedosas y repiten fórmulas ya gastadas hace cuarenta o más años, o que el autor es un simple y no suelta más que obviedades, o que se está adornando estilísticamente como si esperara un “olé” tras cada frase, o que se ha equivocado de arte y remeda series de televisión o cómics creyendo que con eso inaugura una nueva literatura, cuando no está entregando más que obras deudoras y epigonales, o que es un mero pendolista acumulativo y puntilloso, o que sus mayores fuerza y mérito no son suyos, sino de unos archivos policiales a los que tuvo acceso. Entonces no me queda sino preguntarme por qué los críticos profesionales no han visto nada de eso, cuando se les paga por verlo, o si es que yo no estoy capacitado para apreciar y disfrutar la literatura de mi tiempo. Lo cual sería muy grave en mi caso, dado que también lo que escribo pertenece a ese mismo tiempo.»

Antes ha insistido en la necesaria diferencia entre gusto y juicio (ciertamente, crítica viene de crinein, ‘juzgar’) y carga igualmente contra los blogs, o quizá solo aquellos que no van más allá del impresionismo: «Con “objetivamente” quiero decir que me siento capaz de explicar por qué lo son, de razonarlo y argumentarlo. “El gusto es la anticipación del juicio”, escribió Sánchez Ferlosio, y a un crítico se le solía exigir que no se quedara en el gusto —que está al alcance de cualquiera— y que desarrollara el juicio. Demasiados reseñadores no pasan hoy de lo primero, se comportan como cualquier espectador a la salida del cine (“No me toca, no me ha llegado”) o como cualquier lector común al cerrar el volumen (“Qué apasionante”, o “Vaya rollo”). O como cualquier iletrado bloguero, a los que los críticos profesionales se van asemejando peligrosamente.»

Más allá de sentirse herido y quizá devolver desprecio con doble de desprecio —pero la frase que he citado al final, en un blog y ante lectores de un blog, en realidad es solo una mención muy secundaria en una larga secuencia—, a mí me interesan vivamente estas reflexiones sobre la crítica, cómo leemos, cómo valoramos y juzgamos y cómo lo contamos.

¿Se puede determinar la calidad? Un ejemplo de mal periodismo

La calidad es algo huidizo, hasta cierto punto opinable. Pero yo creo que se puede hablar de ella y se pueden aportar argumentos para, con criterio y diálogo, determinar una valoración crítica. Andábamos en eso enredados hace poco, en una nota y sus comentarios; un punto de vista paralelo, que entiendo que arroja más luz sobre el tema, puede ser el de este artículo de Quim Monzó, que protesta (o se mofa, con él nunca se sabe) por un ejemplo de mal periodismo, grandilocuente, huero y absurdo.

«Grandilocuente, huero y absurdo» son adjetivos que determinan la calidad y yo he usado deliberadamente, y creo que con justicia, aunque siempre abierto a que otras ideas me hagan matizar la opinión. Me parece, además, más útil que limitarse a decir: «el titular (no) me ha gustado». Es obvio que no se trata de una descripción científica; la elección de los adjetivos incide en que quien habla está algo harto del tema y la retórica de marras le parece risible. Podría haber sido más neutro, pero eso no quita razón, solo tiñe de colores e intenciones el lenguaje, algo que sin duda es una suerte, no una desventaja.

El artículo de Monzó:

«SOPA DE AJO A LA FRANCESA

Me jugaría un huevo de codorniz a que no fue Lluís Uría quien puso título y subtítulo a su crónica del sábado pasado en las páginas salmón de este diario. La crónica iba sobre el documental que el jueves emitió la cadena de televisión Arte: La cara oculta de las nalgas.

En el titular había un detalle que descolocaba. La fascinación francesa por el culo, se leía. Descolocaba porque, dicho así, sugiere que los franceses están más fascinados por el culo que el resto de los humanos, y no es verdad. Que el canal de televisión Arte (franco-alemán, con estudios tanto en Estrasburgo como en Baden-Baden) le dedique un programa sólo demuestra que ese canal franco-alemán está más al corriente que otros canales de televisión de lo que de verdad interesa a la gente, y tienen menos remilgos a la hora de explicarlo como Dios manda. Qué fácil sería, llegados a este punto, sacar las vinagreras, el salero y el pimentero y aliñarlo todo con el cuento ese de que, históricamente, los franceses son los grandes expertos en artes amatorias. Pero no sacaremos ni las vinagreras, ni el salero ni el pimentero, porque lo mismo podríamos decir de los italianos, los españoles, los ingleses, los polinesios y los senegaleses. Y del resto de los habitantes del planeta, a la que nos olvidásemos por completo de los clichés.

El otro detalle que descoloca está en el subtítulo: Un programa del canal de televisión Arte y varios libros devuelven al primer plano el culto a las nalgas. ¿Devuelven al primer plano el culto a las nalgas? ¿Cómo van a devolver al primer plano algo que nunca ha dejado de estar en primer plano? …» [Seguir leyendo en La Vanguardia]

Crítica literaria con guantes de terciopelo y autocensura

«En este país, en el que abundan quienes se calzan los guantes de terciopelo para hablar de literatura y donde el linimento de la autocensura (basada en el prudente principio del hoy por ti, mañana por mí) suaviza hasta desvirtuarlas no pocas críticas literarias, sería difícil que funcionara un galardón semejante al Bad Sex Award, instituido en 1993 por la prestigiosa Literary Review para “llamar la atención hacia el uso vulgar, de mal gusto y a menudo descuidado y redundante” del sexo en la novela contemporánea…»

Son palabras de Manuel Rodríguez Rivero en «“Esproemios” del “merpasmo”», que me hacen pensar en el estado de nuestra crítica literaria de LIJ. Hace poco leía una fantasía paramedieval muy vendida que a mí me ha resultado pesada y redicha hasta la extenuación: la frase más suave era del tipo «un páramo desprovisto de toda vegetación y arbolado», como si los páramos no fueran yermos por definición. Pero esa escritura chicletosa, al igual que los otros defectos de la novela (falta de matices, reflexiones pretenciosas de contenido pasado por agua, deformación histórica al capricho, diálogos insostenibles, personajes fotocopiados), solo se menciona en una de las críticas que he leído en diversos espacios que pasan por serios. Los otros hablan de «agilidad», calcando la contracubierta, pero sin precisar el dato clave: que se refieren a la de un caracol perezoso en mañana de domingo; y en cuanto al resto de defectos, o callan o mienten (¿o será que reseñan sin haber leído?).

Yo soy partidario de una crítica enamorada en lo posible de sus textos… pero con un amor realista, no ciego. Cuando lo que más destaca es lo malo, para mí vale callar (como yo callo autor y novela), pero no mentir. Aunque la editorial pague una página entera de publicidad o, en el caso de los blogs, envíe libros gratis que en Navidad me hacen quedar como un rey con mis sobrinos. Dejando a un lado la dimensión ética de la mentira (que sin duda importa, pero esto no es un púlpito), recomendar lo malo en espacios de literatura infantil y juvenil solo puede contribuir o a deformar o a desanimar la educación literaria de niños y jóvenes.

El Equipo Tigre, de Thomas Brezina

darabuc-thomas-brezina-el-equipo-tigre-bLos libros de El Equipo Tigre, de Thomas Brezina, son un buen ejemplo de la distancia que con frecuencia separa (pero no necesariamente debería separar) a los críticos literarios de los lectores. Esa discrepancia quizá puede resumirse en el hecho de si el crítico sitúa y orienta (y deja elegir con libertad) o si bien solo compara con sus modelos de buena literatura y descalifica u omite lo demás.

A mí, estos libros me gustan. ¿En qué medida? No dejo de verles defectos claros en comparación con (lo que para mí es) la buena literatura: los personajes son planos, se emplean recursos casi omnipotentes próximos al deus ex-machina (como una fantástica agenda-ordenador con respuesta para todo) y la verosimilitud general es nula.

Pero esto son decisiones de autor con una finalidad clara: sirven para que en la página 10, los personajes ya estén corriendo peligro. Sigue leyendo

La crítica, los críticos y un concurso

Rafael Argullol reflexiona en su blog sobre la función de la crítica y algunos excesos de los críticos:

… en principio la función de la crítica en los medios de comunicación (en el sentido tradicional del término) estaba fundamentalmente destinada a informar, valga la redundancia, críticamente al lector, a informar críticamente al espectador. En ese sentido la polémica sobre la crítica, y la polémica entre autores y críticos, … viene de muy lejos … Lo que me parece importante indicar sobre lo que está surgiendo en la actualidad es que, de alguna manera, parece ser que el lenguaje crítico en muchos momentos haya olvidado esa necesidad de informar críticamente al lector y al espectador para convertirse muchas veces o bien en un ajuste de cuentas personal, o bien en un tipo de lenguaje más bien vinculado al propio gremio, más bien dirigido al propio gremio. En ese sentido aspectos fundamentales de la crítica, que es contextualizar el texto y contextualizar la obra, muchas veces se olvidan.

La crítica es necesaria, porque cumple una función social de desbrozar el bosque de las novedades y debería permitir que el lector sepa por dónde enfocar los textos que no responden al modo de lectura y valoración típico. (El caso de la pintura es el más claro: si mucha gente tenía la impresión que lo de Picasso «lo podía hacer cualquiera» y carecía de valor, era porque para ellos, lo valioso era el modo de lo realista y difícil de ejecutar.) No por eso es una patente de corso; algunos autores también deberían pensar si no tienen la piel demasiado fina.

Pero voy más allá: la crítica es sana, antes que nada, para el que la suscribe, porque lo obliga a abrirse de miras ante una propuesta estética y a exponer el fruto de forma razonada. Así que sacad al crítico que hay en todos y cada uno de nosotros —porque lo hay, aunque quizá lo subestimemos— y animaos a participar en la Librografía.

Lo nuevo y lo viejo en la crítica literaria

En la crítica literaria, o en la sociedad literaria en general, todos los adjetivos son conocidos, empezando por los de «nuevo» y «viejo». El que va de guays se presenta como «nuevo» (aunque muchas veces se remonta al mismo tiempo a un pasado olvidado en su presente; Catulo a Calímaco, Lorca y Dalí a Góngora), que es una clase de codazo que siempre merece respeto ajeno (si es nuevo, tiene razón para empujar; es el empuje de la «savia nueva»). Más tarde o más temprano, alguien se ríe de los nuevos y afirma que su novedad es simple caspa disfrazada y que no aporta nada (la originalidad es sí no es un valor que dé placer, aunque sea un valor muy publicitable; solo es un valor genuino cuando va a alguna parte y crea un todo literario orgánico). Probablemente, el equilibrio más sensato tiene que ver con el paréntesis: todo está inventado, pero la combinación puede sentirse como más o menos propia de nuestro tiempo; o de otros tiempos, porque los hay que salen feos en la foto del presente y el futuro los rescata, mientras echa al olvido a los cracks de la modernidad.

Me ha recordado toda esta guerra —o más bien, ¿pelea de cantos en la calle?— esta reseña de Asuntos propios, de José Morella, por el Sr. Molina. Sea como fuere, es algo a lo que quien habla de literatura ha de enfrentarse constantemente; está la presión comercial de las «novedades» (el nombre mismo ya es un timbrazo de abran paso) al lado de la fuerza de los «clásicos» (otro nombrazo que pretende arredrar al lector); es inevitable bostezar cuando lees por millonésima vez un conjuro de bruja con alas de murciélago o el verano que tuve que pasar con mis abuelos, de modo que lo innovador se agradece; pero lo innovador como secuencia constante solo marea, y lo que hace falta, en el fondo, es lo «bueno».

¿Qué literatura es buena? ¿La que complace al lector descansándolo o la que le exige hasta atormentarlo? ¿La que nos hace llegar tarde a una cita o la que pasa el filtro Rottenmeier? Si esas preguntas tuvieran respuesta, ¿tendría sentido este blog?…

La sonrisa de piedra, de José María Latorre, y una reflexión sobre crítica literaria

José María Latorre, crítico cinematográfico y escritor, cultiva una novela de aventuras para jóvenes que me parece, en lo esencial, heredera de los grandes textos aventureros del XIX y principios del XX, en sus dos ramas: la más o menos realista y la gótica, misteriosa y fantasmagórica. El autor da mucha importancia a su estilo, que sin duda, junto con la reconstrucción de ambientes exóticos, lo separa netamente de la actual y mayoritaria novela realista de jerga y ambientación contemporánea.

Personalmente, como lector adulto que no leyó a Latorre de joven, sus textos me producen sensaciones contradictorias. Tengo la impresión, sobre todo, de que entonces me habrían gustado más que ahora; creo que representan una excursión de estilo, ambientes y descubrimientos por la que ya he pasado. Lo explico así, con franqueza, porque tiendo a creer que no todos valemos para criticar (evaluar razonadamente) todas las obras literarias. Las hay que se nos resisten (al menos en parte) y, sin embargo, son eficaces. En suma: entiendo que no hay que confundir discrepancias de gustos (ligera o estridente, poco importa) con topetazos contra la calidad infumable de un Dan Brown, que es malo sin paliativo posible. Pero no estoy seguro de que todos los críticos, no ya de LIJ, sino en general, vayan por el mundo con esa prevención. De modo que esta nota habla más de la crítica, que de Latorre.

Para concluir, dejo una cita que me ha parecido característica:

«A primera vista, la ciudad parecía formada por medio centenar de casas. El espectáculo era a la vez fabuloso y sobrecogedor. Puertas y ventanas se hallaban selladas con enredaderas y ningún ser humano habría podido entrar y salir de ellas si no rompía previamente las lianas y las ramas que cruzaban de unas a otras formando un maravilloso laberinto vegetal. Por los tejados, a punto de desmoronarse, saltaban docenas de monos, los cuales saludaron nuestra llegada profiriendo asustados chillidos. Un río de aguas negras surgía de entre un dédalo de callejas y corría por en medio de la extinta ciudad para perderse, tras doblar un recodo, entre la sombra de la vegetación. En una plaza vimos un pozo semiderruido y una fuente de mármol, completamente seca, cuyo caño de hierro estaba cubierto de verdín.
Pero lo más impresionante de la ciudad perdida era el templo: se trataba de un edificio mucho más alto que aquél, cercano a la guarnición, donde habíamos tenido el encuentro con los shijahs. La piedra y el mármol de su monumental fachada habían desaparecido bajo una espesa capa de musgo que desprendía un olor acre y fuerte, como a putrefacción orgánica, pero a pesar de ello se veía que estaba presidida por un rostro resquebrajado, de enormes dimensiones, cuyos ojos, tan grandes como la altura de un ser humano adulto, parecían no perder detalle de nuestros movimientos. El rostro tenía un cuerpo dotado de cuatro brazos (dos erguidos hacia lo alto, otros dos en actitud de orar), cuya base se situaba justo encima del portón de entrada. Una cobra se deslizaba por entre los pétreos labios, erosionados por décadas de sol, viento y lluvia, y la vistosidad de su piel provocaba un hermoso contraste de colores al lado del musgo que cubría la estatua. Era tan fascinante que, si yo hubiera sido pintor, me habría gustado reflejar el paisaje y la estampa en un lienzo.
—Kali —dije.»

(La sonrisa de piedra, Alba, col. Alba joven, 1997, pp. 92-93)