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De bruces con la “calidad”

… Dicho de otro modo, nos da de bruces con la idea misma de la “calidad”, lo que está bien o mal hecho, quién lo decide y cómo se negocia también desde las instituciones. No se trata de un tema menor, muy al contrario, dado que dicha “calidad” se ha convertido a lo largo de la historia en un lugar para las exclusiones, en especial de las minorías y en particular de las mujeres artistas, borradas argumentando a veces su no excesiva “calidad”. ¿Vale la pena descolgar un caravaggio para colgar un artemisia gentileschi menor? Pero ¿menor cómo? ¿Como la mayor parte de la producción de Renoir? Aunque claro, Artemisia Gentileschi igual no alcanza las grandes cifras de los impresionistas en el mercado. …

Entresacado de “Renoir apesta”, de Estrella de Diego. Difícil, no volver una y otra vez sobre el tema de la calidad/”calidad”. Lo que no quita hablar de ella: la necesitamos. Solo que, en efecto, como concepto variable y revisable, circunstanciado y firmado en origen (como un “así lo sostengo yo, aquí y ahora”), y fruto de una suma de firmas coincidentes, pero no de otras coincidencias como por ejemplo con valores abstractos, predefinidos y ahistóricos.

Calidad literaria, eficacia literaria y transformación del lector: una reflexión de Elsa Aguiar

[…] La calidad literaria es completamente intersubjetiva. Lo que unos consideran una buena construcción, para otros es mediocre; lo que a unos les parece inteligente e interesante, a otros les aburre; cuando unos se identifican plenamente con unos personajes, otros los sienten de cartón piedra; lo que para unos es lenguaje rico y cuidado para otros es pedantería ininteligible; los mensajes o la visión del mundo que unos reciben como edificantes para otros son sectarios y poco recomendables… […] Yo, personalmente, creo en una LIJ, en una literatura en general, que sea capaz de enriquecer al lector, de transformar, de alguna manera, su vida y su visión del mundo. Para mí un buen libro es, más que otra cosa, el que consigue este fin. Si lo hace, cualquier otro pecado me parecerá venial. […] quizá la LIJ que aporta al niño lo que necesita (concentración en la lectura, evasión, conocimiento de otras realidades, entretenimiento, compromiso, impulso transformador, diversión…) no es necesariamente una literatura de magnífica calidad literaria, sino una literatura “suficientemente buena”.

¿Se puede determinar la calidad? Un ejemplo de mal periodismo

La calidad es algo huidizo, hasta cierto punto opinable. Pero yo creo que se puede hablar de ella y se pueden aportar argumentos para, con criterio y diálogo, determinar una valoración crítica. Andábamos en eso enredados hace poco, en una nota y sus comentarios; un punto de vista paralelo, que entiendo que arroja más luz sobre el tema, puede ser el de este artículo de Quim Monzó, que protesta (o se mofa, con él nunca se sabe) por un ejemplo de mal periodismo, grandilocuente, huero y absurdo.

«Grandilocuente, huero y absurdo» son adjetivos que determinan la calidad y yo he usado deliberadamente, y creo que con justicia, aunque siempre abierto a que otras ideas me hagan matizar la opinión. Me parece, además, más útil que limitarse a decir: «el titular (no) me ha gustado». Es obvio que no se trata de una descripción científica; la elección de los adjetivos incide en que quien habla está algo harto del tema y la retórica de marras le parece risible. Podría haber sido más neutro, pero eso no quita razón, solo tiñe de colores e intenciones el lenguaje, algo que sin duda es una suerte, no una desventaja.

El artículo de Monzó:

«SOPA DE AJO A LA FRANCESA

Me jugaría un huevo de codorniz a que no fue Lluís Uría quien puso título y subtítulo a su crónica del sábado pasado en las páginas salmón de este diario. La crónica iba sobre el documental que el jueves emitió la cadena de televisión Arte: La cara oculta de las nalgas.

En el titular había un detalle que descolocaba. La fascinación francesa por el culo, se leía. Descolocaba porque, dicho así, sugiere que los franceses están más fascinados por el culo que el resto de los humanos, y no es verdad. Que el canal de televisión Arte (franco-alemán, con estudios tanto en Estrasburgo como en Baden-Baden) le dedique un programa sólo demuestra que ese canal franco-alemán está más al corriente que otros canales de televisión de lo que de verdad interesa a la gente, y tienen menos remilgos a la hora de explicarlo como Dios manda. Qué fácil sería, llegados a este punto, sacar las vinagreras, el salero y el pimentero y aliñarlo todo con el cuento ese de que, históricamente, los franceses son los grandes expertos en artes amatorias. Pero no sacaremos ni las vinagreras, ni el salero ni el pimentero, porque lo mismo podríamos decir de los italianos, los españoles, los ingleses, los polinesios y los senegaleses. Y del resto de los habitantes del planeta, a la que nos olvidásemos por completo de los clichés.

El otro detalle que descoloca está en el subtítulo: Un programa del canal de televisión Arte y varios libros devuelven al primer plano el culto a las nalgas. ¿Devuelven al primer plano el culto a las nalgas? ¿Cómo van a devolver al primer plano algo que nunca ha dejado de estar en primer plano? …» [Seguir leyendo en La Vanguardia]

Literatura, calidad, negocio y agentes literarios: toda una discusión

Hoy el tablero de WordPress recogía como nota muy visitada esta de título llamativo: The Talent Killers. Es una andanada contra los agentes literarios, como elemento de freno de la difusión del talento literario frente a la masa de imitadores:

I can tell you why your desk is piling up with flimsy bits of vampire literature, fantasy, romance, detective stories and the kind of first-draft bubble gum that used to be called chick-lit but is now shuffled in with other women’s writing in order to give it heft-although as far as you can see, neither the quality nor the subject matter has improved-which you are required to somehow turn into publishable books. It is because the vast majority of literary agents do not, in fact, have any interest in literature.

La edición en Estados Unidos es otro mundo. Abundan los editores, desde luego, que ni siquiera quieren trato directo alguno con el autor. ¿Vamos hacia ahí? De lo que no cabe duda es de que después del éxito de AA explicado a los niños, cien editoriales publicaron hasta la Z y los números explicados a los niños. Pero no es nada raro: los estantes de la cadena de supermercados más extendida en España están llenos del producto caro y, justo al lado, de la marca blanca copiada. Y a una mayoría le satisface la marca blanca, ¿no?

Quizá sea extraño que alguien que (como yo) literariamente se define sobre todo como poeta pueda afirmar que la literatura es comparable a los yogures. Valga en mi descargo que me gusta mucho el yogur (y que ya Ausiàs March cantaba aquello de «a un bon iogurt vos acompararé»).

Yo no tengo apenas experiencia en agentes literarios; para empezar, porque aquí pintan menos que en EE. UU., porque la LIJ no es un género que todos acepten y porque yo apenas escribo novelas, que son el 95% del pastel literario, que a su vez será solo el 30% del pastel de los libros. (Pongo porcentajes, pero no hay un estudio científico detrás.) La única novela que envié a uno de ellos aceptaron estudiarla, pero la rechazaron. Mis dos mejores amigos-lectores, por el contrario, me dicen que vale la pena.

Las preguntas son muchas, diversas y no todas justas: ¿Quién sabe más? ¿La edito yo mismo? ¿La subo a Bubok o Lulú o similares? ¿La venderé? En realidad, ¿quiero venderla?  ¿Para qué escribo? ¿Para vivir de lo que vendo? ¿O para escribir? ¿Qué quiero defender: mi libertad de autor o mi fuente de ingresos? Necesito comprar tiempo para escribir, desde luego, pero ¿se vale querer aprovechar la máquina comercial y dictar a un tiempo yo las condiciones? ¿Por qué no creo mi propia máquina y todo para mí?

Del enlace original, que es demasiado largo y sobre todo parcial, lo que más vale la pena son los comentarios (aún más largos, por desgracia). Hay un agente, Nathan Bransford, que se me antoja bastante sensato. También comentarios como estos:

The truth is, only a small percentage of the reading population is capable of enjoying and purchasing literary fiction to the degree that will support a large publishing company. It’s not the agents, it’s not even the publishers. It’s the readers. I personally am incapable of enjoying opera. Yes, it’s beautiful and complicated and requires great range. That’s all well and good – but it doesn’t make me feel the way I’m willing to pay to feel.

La figura del autor llorón e incomprendido me pone malo, para ser sincero, porque parte de situar al escritor por encima del común de los mortales. Por fortuna, no es lo que más abunda en la literatura infantil y juvenil; pero en este mercado sí abundan las copias, hasta la náusea, y producidas lo antes posible, antes de que se agote el boom. Ahora hay incluso «analistas de tendencias», por ejemplo: gente que sabe lo que se está pidiendo y puede intuir cambios de rumbo. ¿Qué tiene de malo? Alguien quiere ofrecer lo que otro espera comprar. ¿Acaso tendrían que comprarme a mí, y no a ese (zafio, cutre, barato, imitador, sanguijuela, aprovechado, vacuo, efímero)? No creo en toda esa ristra del paréntesis ni en esa comparación grotesca. Si a mí me molesta que la gente se meta con mi cesta de la compra, ¿por qué iba entonces a creer que mi cesta vale y la de los otros, no?

El mundo es más libre y más bonito que eso. Uno escribe por interés en un personaje o un tema, por amor, por curiosidad, por inquietud, por mil razones que se originan en uno (y sus circunstancias). Si lo que escribe encuentra cabida en el negocio editorial, felicidades: vocación y negocio, mira tú, tiene algo de lotería. Pero si no cabe, ¿qué cambia? Esencialmente, nada.

Marimba reflexiona sobre el teatro para niños

Hace poco he escrito aquí mi perplejidad como autor ante el género del teatro: veo el edificio, en algunos aspectos conozco la teoría del edificio, pero no encuentro la puerta o el modo de acceder al otro lado del espejo. José Luis García, de Marimba Marionetas, ha colgado en su blog unas breves reflexiones sobre el teatro para niños (y niñas, si alguien necesita la precisión). Curiosamente, parte de la reflexión es el otro lado de ese espejo cerrado:

… hay que tener en cuenta que es muy difícil que un autor o autora que no tiene experiencia escénica con niños pueda escribir algo que llegue a ellos. ¿Y esto por qué? Hay autores de teatro que no tienen ninguna vinculación con la escena que se autoproclaman como los únicos capaces de escribir para niños, porque tienen una formación literaria. Yo discrepo de ellos. De igual manera que un estudiante de medicina que acaba la carrera necesita contacto con los pacientes para convertirse en médico, un escritor necesita tener contacto estrecho con los espectadores para convertirse en escritor de teatro, en creador escénico. La historia del teatro no da suficientes pruebas de que aquellos que han producido obras universales son los que de una manera u otra vivían cerca de la escena.

Pues si la teoría la ha de dar ante todo la experiencia, «¡manos al guante!», o a las varillas, o a los objetos, y a ver qué ocurre. Pero eso no quita lo contrario: es frecuente ver obras de teatro para niños a las que les sobran buenas intenciones pero les falta calidad teatral propiamente dicha, como unidad de propósito, vocabulario y público modelo, por no hablar de los problemas de la interpretación… o de la falta de respeto del público, que «como es una cosa para niños», se pone a hablar por el móvil compitiendo en volumen de voz con los actores.

Juicio a los superventas

Rodrigo Fresán reflexiona en ABCD, con desapego y gracia, sobre los «best seller» y una supuesta crisis de la literatura seria. Lo que dice no es verdad (no porque sea mentira, sino porque casi todo lo que tiene que ver con la literatura queda fuera de la categoría de verdad y mentira y cae en la de mundos de palabra construidos de tal o tal otra manera), pero aporta varios elementos de reflexión sobre el presente de la literatura comercial (denostada de antemano, pero habría que prescindir de la pose: también son comerciales el pan, la lechuga, los huevos, la carne y el pescado, pero no por ello es lo mismo el pan precocido que el artesano ni la lechuga corchoberg que la batavia o la hoja de roble). Y mucho de ello tiene que ver con los temas de este blog, sobre todo (quizá) en el campo de la literatura juvenil. Veamos, a bala de cañón: obras de poca calidad que pasan el filtro editorial y se convierten en superventas, a veces con apoyo mercadotécnico, a veces por misterios de la vida; autores que se plagian a sí mismos; superventas (a veces pésimos) que desatan una avalancha de imitaciones (por lo general pesimérrimas); géneros tramposos de lagrimilla y superficialidad sobre las grandes tragedias del siglo; títulos no menos tramposos que se amparan en los grandes nombres para dar barniz de cultura a la nada o menos…

No es que el mundo se hunda: el artículo (y el resumen de arriba) es en buena medida irónico y juega a lo grandilocuente. Pero creo que hay rasgos que son claramente identificables en buena parte de las mesas de novedades de la actual literatura de ficción, incluida la juvenil. Selecciono unos párrafos de un original más extenso.

Lo que sí está pasando por una grave crisis es el best seller. Los best sellers están cada vez peor escritos. Y no me refiero aquí a firmas que suelen ascender alto en las listas -como Amis, Auster, Ballard, Ellroy, Irving, McCarthy, McEwan, Murakami, Roth, Le Carré o a best sellers de culto como DeLillo, Pynchon y Wallace-, sino a los encargados de gestionar policiales, romances, novelas de terror, sagas históricas, esas cosas. Digámoslo así: colocados junto a Dan Brown y sus demasiados epígonos de la conspiración boba, gente como Robert Ludlum, Irving Wallace o Morris West adquieren hoy -comparativamente- la categoría de Balzac, Hugo y Zola. Sus novelas estaban bien construidas y había una cierta preocupación por que sus personajes fueran algo más que máquinas de correr rápido y parlotear teorías absurdas.

El rebaño de la moda. Y tal vez no sea culpa exclusiva del escritor de best sellers sino un delito en complicidad con el leedor de best sellers. Alguien a quien ya no le interesa una lectura ligera a cargo de un autor profesional como Robert Harris -y, hay que reconocerlo, cuyas ventas a menudo financian la publicación de obras más artísticamente arriesgadas y comercialmente riesgosas- sino, sencillamente, unirse al rebaño de la moda. Y leer el libro que están leyendo todos para después poder conversar con todos sobre ese libro que todos leyeron.

Y allá vamos de nuevo: sábanas santas, catedrales misteriosas, pequeños hechiceros, vampiros juveniles, secretos y profecías de autoayuda, manuscritos y teoremas, títulos incluyendo apellido de prestigio y prestigiante por ósmosis (Dante, Shakespeare, Mozart, y que pase el que sigue) y esa suerte de artefacto maquiavélico que es El niño con el pijama a rayas, perteneciente, como La ladrona de libros, al ya subgénero niño + esvástica.

Panorama crítico, y tirando a negro, de la literatura infantil

Dos de los poquísimos críticos que se ocupan de la literatura infantil han publicado en fechas recientes un panorama que no invita exactamente al optimismo. Con distinta extensión y muy distinto estilo, vale la pena leerlos a los dos.

«… Las dos situaciones antes apuntadas no son más que síntomas del avance y consolidación de la paraliteratura destinada al público infantil y juvenil: de esas obras de apariencia literaria que responden exclusivamente a necesidades comerciales y se ajustan a una fórmula exitosa. … son escasos los [autores] que tienen algo propio que contar. A esto se debe la preponderancia de temáticas sociales extraídas de los noticieros y del periódico, la proliferación de polizones en la conmemoración del quinto centenario de la muerte de Colón, el cansino compromiso y óptica rousseauniana con que variopintas minorías y discriminados oprimen las colecciones juveniles de los principales grupos editoriales, el resurgimiento del libro rosa o la plantilla fantástica caza recompensas. …»

Gustavo Puerta, “El emperador está desnudo” [http://www.elcultural.es/HTML/20071220/LETRAS/LETRAS21998.asp; enlace roto]

«… Si esto muchas veces no es así [y ahora no hay una orientación para el lector infantil] se debe a que la literatura es cada vez más un mercado, y la LIJ especialmente. Entre otras manifestaciones, esto se refleja en que las editoriales cortejan a los colegios pues si consiguen que den prioridad a sus libros, las ventas crecen no de uno en uno sino de cien en cien. Algunos colegios y profesores se dejan querer pues, piensan, así consiguen libros para ellos a más bajo precio y tienen solucionadas algunas actividades con sus alumnos. Esto, tan útil, puede ser corruptor, y lo es, en no pocos casos, cuando la consecuencia es recomendar libros de baja calidad y no se intenta seriamente darle al niño siempre lo mejor, venga de donde venga. …»

Luis Daniel González, “Antes y ahora de la literatura infantil”

Esa presión de la escuela es quizá la principal deformación del mercado; lo que le ha dado buena salud económica y en cierta medida ha originado un boom de la LIJ, pero a la vez, ha derivado en una primacía de las buenas intenciones muy por encima de la buena literatura. Para saber a dónde vamos, quizá se puede echar un vistazo a un club de una editorial estadounidense. Los maestros compran los libros con descuento y, cuantos más libros del club compren sus alumnos, las aulas reciben más regalos. El maestro “invita” a los padres a participar con cartas preparadas por la propia editorial y los padres pueden invitar al maestro con el otro texto “amablemente” redactado por la editorial. Y si te niegas a comprar… ¡sabe que tus niños se verán privados de materiales gratuitos! Todo vale, hasta el chantaje.

La relación de las editoriales y la escuela no es nueva, claro. Los comerciales hacían y hacen lo que pueden para vender sus libros de texto y de lectura a comisión, y si pudieran, regalarían viajes como hacen algunas farmacéuticas con los médicos. Lo que a mí me ha llamado la atención es la desfachatez del sistema, expuesto con franqueza e incluso preparado en pastillitas para el consumo instantáneo (¿no tiene su miga, ese “Sincerely” con el que se firma una carta escrita por un departamento de márketing?).

Ante la intensificación, queda confiar en que llegue a cuantos más niños mejor, en cuantos más países mejor, una educación pública universal bien financiada, con bibliotecas escolares seleccionadas por profesionales independientes. También como autor: me encanta ir a las aulas, pero confío en que nunca me llamen porque sumo puntos…

Sobre bibliotecas escolares, hay mucha actividad en la red. Si tuviera que escoger algunos primeros pasos posibles, os diría de visitar los blogs Gurrión o Lectura y biblioteca (este, sin actualizar desde hace unos meses, pero con el fondo consultable).