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Florones y libresas

Ah, la selección de libros. ¿Imprescindible, no? Si leyéramos todo lo heredado seguiríamos formando a los pequeños en literatura+moral con los clásicos de los bancos segregados del XIX (y no pocas décadas del XX). Pero cuando uno lee esto: Vetada ‘La Caperucita Roja’ por sexista, vale la pena poner los demonios sobre la mesa. Demonios por lo endemoniada que es la espinosa en cuestión, porque ¿cómo conjugar las distintas libertades? ¿La de forjar el futuro sin cargar con los prejuicios del pasado? ¿La de vivir con la historia, no como si esta no existiera? ¿La de forjar el futuro por los caminos que no son políticamente correctos pero ser, son (como demuestra el que no tengan pocos votantes: la corrección política también está haciendo daño en las urnas)?

Personalmente yo me sitúo así: no me gusta Sant Jordi. ¿La gran fiesta del libro, que tanto se envidia desde fuera, disgusta a un escritor catalán? Sí a mí, por sus excesos, por sus superventas hilarantes, y también porque entronca con una tradición insostenible hoy de dragOnes y princesAs que merece las versiones y reversiones actuales pero que, como pasa a menudo, sencillamente ha muerto porque incluso las inversiones carecen de fuerza narrativa propia. Así que personalmente paseo por los laterales de la fiesta, si queda dinero compro libros y rosas y procuro regalarlos indistintamente, o mejor dicho: distintamente: a cada uno, a cada libresa, a cada draflor, a cada rosíncipe o prinrosa o libruego o llamétalo, lo que puedo y creo que más le vendrá, pero sin partir los derechos: flores y libros para todes. Eso no tiene cuento que yo conozca; la realidad de la calle es otra, a menudo ante todo mercantil, aunque hay puestos y más aún personas con encanto; habrá que ver, y sobre todo hacer el camino propio. Yo no cuento la leyenda de Sant Jordi porque no quiero; y las versiones, tampoco, porque en general me aburren.

¿Qué hacer pues en la biblioteca? No lo sé. Confiarse a lo viejo y a lo nuevo, diría yo; seleccionar sin vetar, a poder ser; mostrar alternativas y confiar en el sentido común, y el sentido moral, de quienes los leerán. ¿Corregir excesos sin caer en los excesos? ¿Esa clase de censura, por bienintencionada que suene, no hará lectores etiquetísicos?

Voces Rescatadas invita a hablar a la cuentera Martha Escudero

Me ha gustado escuchar a Martha explayarse sobre los qués y porqués de narrar cuentos. La añoranza como motor de la palabra creativa y compartida, de ese trazar mundos para ti y contigo que es narrar cuentos. Y muchas sugerencias más…

la autoría triangular

Pienso, invitado (¿cuántas veces pensamos por invitación, sea de alguien para algo, o de las simples palabras que vuelan?), en los triángulos de autoría. Es vuelo por dos lados: leo que un escritor se preguntaba por su propio peso, rodeado de la creatividad de ilustradoras y editoras; ayer vi cómo dos escritor*s hacían hincapié en cómo su trabajo había sido en realidad el fruto de un diálogo –hasta el punto, poco habitual, de poner palabras a una propuesta de imágenes, y no a la inversa–. ¿Cuántos libros son de autorías? (Yo mismo caigo a menudo en el sinónimo de “autor” para decir escritor, y es sencillamente injusto.) En concreto, ¿cuántos libros son de autoría triangular, hijos de la edición, la ilustración y la escritura? Habrá también la pose, como, en el mundo del cine, todo el mundo cuenta lo fantááástico que ha sido trabajar con tal dirección o reparto. Pero también habrá, ¿y se reconoce poco?, esos hijos de esos amores.

Palabras para viajar, de Ana Alonso y Ángeles Agrela

Hablar de libros es una convención en la que, vista con algo de sorna, fingimos por un rato que yo sé de qué hablo, y además puedo hacerlo con objetividad. Por lo general el sistema, cuando se practica con prudencia, no solo no rechina, sino que incluso resulta útil: para empezar, se publica más de lo que nadie puede leer. Con Palabras para viajar he tenido una relación no sé si extraña o complicada, que ha hecho saltar las costuras de la convención, y por eso he empezado poniéndola sobre la mesa.

Se trata de un libro de poemas organizado (semántica y estructuralmente) en torno de los dos conceptos del título: el movimiento y la palabra. La quinta sección, por ejemplo, «Palabras para llegar», incluye los poemas «Casa», «Verano», «Amigo» y «Montaña». Predomina el verso libre sin base métrica, con algunos versos extralargos que me hacen pensar en la tradición surrealista («Yo podría respirar agua y ser una estrella blanda y roja en la arena / y no vería nada porque estaría tan oscuro que no distinguiría el día de la noche, / y ni siquiera podría oír», en «Fondo»), aunque algunos son de raíz clásica («Herida», que quizá puede leerse con el «Llegó con tres heridas» hernandiano, es un 5x5a5b11a11b). Predomina la expresión relativamente directa, de imágenes cotidianas y lenguaje corriente, unido a un afán comunicativo claro en torno a los problemas del crecimiento y las relaciones personales con los otros, del buscar el lugar propio en el mundo, típicos (aunque no exclusivos) de la adolescencia («A veces decir adiós cuesta tanto trabajo / como levantar la mano en clase / aunque te sepas la pregunta. // A veces solo quieres que los demás no noten que tú aún sigues ahí. // Hasta que te das cuenta / de que siendo tú mismo / no le haces daño a nadie», en «Adiós».)

En mi lectura la convención salta, y vale la pena explicarlo, por muchas coincidencias a medias. Yo también escribo poesía, pero más para niños que para adolescentes; me ha interesado el verso libre, pero sobre todo el de raíz métrica; me atraen el juego verbal, el lenguaje extraño y la imagen relativamente poco explicada. Lógicamente, mi yo aquí no importa nada: pero lectora (o lector, que también existe), si no te dijera que esto ha sido una relación de amor y odio, con chispazos por igual de descubrimiento y enfado, estaría falseando demasiado. He leído demasiado lejos de la convención de la lectura neutra y la exposición objetiva. Así que de momento aparquemos la ficción del observador no comprometido.

En el peor de los casos —dicho lo anterior, que no se olvide—, los poemas me han sonado tan prosaicos, directos y de voluntad útil que si quitamos el espacio que delimita los versos podrían estar en un libro de la (¿denostada pero imprescindible?) sección de autoayuda. Véase «Adiós» (citado parcialmente arriba) o «Amigo»: «¿Tú tienes un amigo en el que piensas / como en un fuego alegre que te espera lejano / ardiendo muy despacio en una chimenea? // Si aún no lo tienes / busca un amigo así. / Un amigo al que siempre / puedas volver. / Y trátalo muy bien. ¡Quiérelo mucho!». Según aquella vieja definición de la poesía como arte de lo memorable, ¿qué habría de memorable en esta expresión lingüística concreta (no en la idea, sino en las palabras elegidas y dispuestas como poema)?

A lo mejor, claro, aquella vieja definición es sencillamente una definición caducada. La poesía en los tiempos de whatsapp, ¿es el mensaje que podemos copiar en un «estado» para etiquetar a otro, como apelación directa? Con las formas de lectura real de nuestros adolescentes, ¿hasta qué punto tiene sentido complicar el poema en sus estructuras y elecciones léxicas? Con el sentido métrico de nuestra sociedad, el heredado de la música pop y no de Góngora, ¿cómo y hasta dónde hay que pulir el resultado? Si queremos que la poesía no sea el ratito obligado de la clase de literatura sino lo que copiaremos en las puertas del lavabo, ¿de qué nos sirve la tradición?

En el mejor de los casos, pues, los poemas de Alonso me acompañará mucho tiempo precisamente porque rompen mis costuras y me hacen dudar. No es la primera vez que me pasa con los premios de «El príncipe preguntón», de línea a mi juicio irregular, pero más arriesgada que los «Luna de aire» o «Ciudad de Orihuela».

Mención aparte merece la ilustración, que potencia el libro por el lado metafórico. Con imágenes grandes y claras, en su mayoría de personajes femeninos —recordemos de paso que Alonso es Ana, Agrela es Ángeles y hay más lectoras y profesoras que lectoros y profesoros—, y un estilo que yo situaría entre el neorrealismo y la ilustración científica, la ilustración juega a provocar y hacer volar la imaginación con dualidades, casi binomios fantásticos —mujer y árbol (o y nube, y libélula, y agua), caras de sol o de flor, corazones gigantes y otras cosas que llevamos a cuestas—, desde luego enigmáticos.

  • Palabras para viajar. Libro de poemas de Ana Alonso, ilustrado por Ángeles Agrela. Diputación de Granada, 2017. X Premio de poesía para niños “El príncipe preguntón”.

A vueltas con el canon y la “biblioteca ideal”

Llovet hace en este artículo un breve repaso a la historia del canon, de las bibliotecas ideales, las listas de títulos que no deberían faltarnos.

… Basten estos ejemplos para comprender que las listas de una “biblioteca ideal” pecan siempre de alguna arbitrariedad y suelen tener un valor epocal, refigurado con el paso de los años gracias al número de ediciones y de lectores que puede llegar a poseer un libro, por la entronización de determinados autores a cargo de la academia o de colectivos fanáticos, o por el reconocimiento tardío de ciertos valores que han pasado siglos en el desván del olvido.

La academia, y con ella los programas de enseñanza de la literatura en escuelas y universidades, serían desde hace tiempo la única garantía de conservación de un criterio estético en relación con el mercado y la difusión de productos literarios. Invisible e ineficaz, cada vez más, la autoridad de esas instancias, lo que corresponde es suponer que cada lector posee hoy su biblioteca de excelencias. …

Entre la crítica blanda, que no se atreve a afirmar nada sobre la calidad comparada, y la que dicta jerarquías sin mayor problema, el mundo de internet, y más en la literatura infantil, tiende a una forma blanduzca de lo blando: elogios por amistad o por interés y una fundamentación nula (menos aún, en aspectos estructurales o retóricos, que son ambos adjetivos claramente alérgenos). Más allá de propuestas bloggyproof que la realidad desmiente, en ese último espacio, la biblioteca de excelencias personal, hacemos justo lo que da miedo reconocer que hacemos: elegir, priorizar, descartar. Por fortuna. Si el autor se pica –yo mismo, cuando me toque–, ajos coma; pero compartámoslo.

Humildad y transparencia

Abro 2017 con… cierto grado de ficción, porque esta nota está escrita antes, y programada para publicarse hoy, este nuevo día 1. Hoy se funde con ayer, como debería ser, por otro lado: en mis voces hay poco de original y mucho de lo que he leído. Si la combinación resulta original, como a veces me han dicho, ¿qué tiene que ver conmigo, qué con el azar?

En mi hoy de la escritura, acabar el año es buena época para recapitular y encender el año nuevo compartiendo dos pizcas en este hoy de la lectura. Una es sobre la humildad. ¿Un blog es una atalaya? ¿Una tarima? En todo caso, una posición elevada que habla sobre otros. ¿Con qué rigor? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué capacidad?

El estilo de un ilustrador, a menudo, es reconocible. Lo impone el mercado, más que la lógica. El mercado pictórico nos hace daño, creo. Decimos «un picasso», y así se lo comercializó, pero antes de ser marca, Picasso fue un inquieto en evolución. En un blog como este, que habla más de ilustrados que de novela, es un problema, pero: ¿cuánto resistiríamos una cata a ciegas? ¿Cuán sólidos son nuestros criterios, cuándo dependemos de la opinión ajena y de la obra previa? Esta nota de Capel es sugerente. El laberinto de la lectura, de la mirada…

Dos: la transparencia. Sea atalaya, sea tarima, sea mirada, ¿cuánto debe compartir un espacio sobre su constitución y funcionamiento, con la honradez de, por ejemplo, eldiario.es? Este blog es monopersonal (eso es simple y no hay misterio) y recibe libros. A veces habla de los libros que recibe, con frecuencia, no. Para hablar de ellos no importa que me los manden o no, sino que encuentre qué decir sobre ellos y el tiempo para plasmarlo. Mi propia gestión al respecto entró en crisis y ha sido uno de los motivos de silencio. En ocasiones me pregunto si debería enumerar los libros recibidos. En general entiendo que sí, que sería más correcto, pero no lo hago porque el blog no pide ni genera dinero (para mí). No hay cuenta asociada en los gigantes, La Casa del Libro, Amazon, no hay suscripción, si veis anuncios y generan dinero son para WordPress (un alojamiento estable y una plataforma cómoda, de paso). Así que el escaso tiempo personal liberable prefiero reservarlo para las notas con contenido. Espero que os parezca aceptable, al menos comprensible.

365 abrazos, amigas, lectores.

Bla Bla Bla

 

Volviendo sobre el síndrome de Down y la dificultad de gestionar las intenciones en el proceso creativo, me ha gustado Bla Bla Bla, un corto dirigido por Alexis Morante en colaboración con la asociación Apadis.

(A través de este artículo.)

So wie du bist partía del tópico de que los niños con síndrome de Down son superdotados emocionales, mientras que muchos adultos «normales» somos discapacitados desde el punto de vista emocional. Como la mayoría de tópicos, se parte de una base real y, en la medida en que la obra introduzca matices (en So wie du bist no vi muchos) no es mala base para esa clase de calidad  artística que denominamos «profundidad». La diversidad funcional no es solo un eufemismo. Mi yo niño mismo, por ejemplo, destacaba en aplicación y comportamiento, quedaba muy atrás en capacidad visual y en parte en socialización. La playa sin gafas era experimentar en primera persona lo que supone no llegar a la borderline en algún campo.

Bla Bla Bla se construye sobre dos tópicos parecidos: la bondad inherente al síndrome de Down y la dificultad de planear y hacer realidad proyectos complejos. También juega con la dificultad de los «normales» para tratar normalmente la discapacidad en los contextos en los que no la esperamos (¿dónde queda nuestra capacidad de adaptación, por cierto?). Al ser una obra tan breve no necesita matices, al contrario, puede explotar plenamente, como un buen chiste gráfico, elementos que se dan por sentado: desde las nuevas formas de compartir coche hasta la sensación de incomodidad e inseguridad de los «normales» antes los «sub… ay ahora no sé cómo te tengo que llamar».

Síndrome de Down, amor, sexo e intenciones

Me ha gustado, no sin matices, So wie du bist (aquí, con subtítulos en alemán, pero con caducidad; aquí, sin subtítulos), valdría decir (Te quiero) tal como eres.

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Fotograma de So wie du bist (2012; entrada en wikipedia.de)

Una de las razones de este blog fue explorar mis límites, los límites de mi curiosidad, por eso quizá hay tantos poemas en más idiomas que el español de mi madre. Quizá una de las razones de haber parado este blog, aparte de dificultades personales, sea que salí de ese camino y los pasos no me transmitían la vibración de la tierra. A veces, por falta de tiempo, sobre todo de tiempo de calidad; otras, por no hablar mal de amigos, o de proyectos que no me parecían redondos, pero sí bien intencionados; otras, por haber hablado bien de estos sin terminar de sentirrlo. Pido disculpas como debe ser: saludando con una película alemana (subtitulada en alemán, al menos unos días, que no en vano es Navidad). O sea riéndome y con esa curiosidad.

Tal como eres también es bien intencionada, y ese quizá sea su mayor defecto, porque le hace dibujar personajes adorables, tan adorables que el maniqueísmo tira para atrás. Pero a veces esto cae bien, a mí me ha caído bien, es de esas películas que pueden hacer sonreír, buenas para un domingo por la tarde. Películas de suizo* cohecho y cotomado con tus hijos. (*chocolate con nata) Los temas son importantes: una mirada próxima a las personas que viven con síndrome de Down, a las relaciones entre ellas, a nuestras dudas y temores al respecto, a la relación de las leyes y las autoridades con las personas.

Las intenciones, ay. Buenas, pueden lastrarlo todo. Ideológicas, también. Políticas, no digamos. Pero hacen falta, porque estamos vivos y somos sociales, y peor es el solipsismo (del yo por mí mismo o del arte por el arte, me da igual). Más que las intenciones, quizá: el mensaje, ay. Difícil de gestionar (se le puede atragantar al lector/espectador), pero imprescindible (mil veces mejor que un material predigerido e inmediatamente olvidable). Desde el punto de vista creativo, en lo que yo puedo juzgar por mi propia vivencia de crear, hay que fiarse del sentido inconsciente, del impulso no dibujado del todo. La voluntad expresa se traduce mal en arte (la traduzco yo, al menos). El deseo de expresar una voluntad aún no perfilada, en cambio, puede ser creativamente feliz.

Feliz diciembre, feliz Navidad, feliz 2017.

El músculo de la atención

Ya he dicho que este blog es un espacio de paso, pero constitutivamente, para mí mismo: ir y venir, de unas páginas a otras, de papel o virtuales, y de vez en cuando pararse aquí a contaros y saber de vosotros. Hoy vengo de Ellen Duthie, de un artículo que ha escrito para la revista Leo y Lalío, de este grupo de Librerías Independientes, en el que habla de leer con los bebés sin renunciar a que sean textos complejos: no necesitan entenderlo todo y se beneficiarán de la calidad. Buscando la revista completa doy con un número anterior donde la columna corresponde a Pep Bruno:

… Por eso, admirados adultos que pensáis que es importante que vuestros vástagos o alumnado venga a escuchar cuentos, os recuerdo que es necesario que seáis vosotros, vosotras, quienes estéis pendientes de vuestras criaturas y veáis que están escuchando con atención y sin cansarse: y es que cada edad tiene un tiempo de escucha, tiempo que varía notablemente si han ejercitado o no con empeño el músculo de la atención.

Por un lado, la responsabilidad: no se trata de aparcar al niño en “el cuentacuentos”, como ocurre a veces, para empezar por respeto al propio niño y a sus tiempos. Por otro lado, recordar que esos tiempos son maleables, podemos influir en ellos, en realidad dependen de nosotros y de cómo organicemos la vida de los pequeños. Aquí el texto completo.

Enlaces vivos

Mi concepción de este espacio es ante todo como espacio de paso. Ven, párate, rompe a volar de nuevo hacia otro lugar en el que te apetezca pararte. Seleccionar enlaces, más que coleccionarlos, ha sido tanto o más que seleccionar los libros que me daban de hablar. La columna derecha, de comentarios y fuentes de noticias de otros blogs, no ha sido menos importante para mí que la central de mis propias notas.

Mantener los enlaces, sin embargo, es un problema, y si van pasando los meses con poco tiempo disponible, los enlaces se mueren, sea porque reviven en otro lugar o simplemente completan su fase. Esa sección tiene ahora tantas cicatrices como flores y me disgusta que sea así, veré qué hago. Mantener los comentarios no es problema, aunque pasada la moda de los blogs, encuentro que hay pocos. En Facebook los debates son más vivos, pero se entierran en una temporalidad implacable, que prima lo de hoy sin atender a lo que importa (o confunde esto con aquello), así que lo disfruto, pero no me basta como sustituto del blog.

Para los enlaces vivos que incorpore, quizá retome otra que fue costumbre: destacarlos en una nota expresa. Empiezo por un blog que me ha entusiasmado, primero por su tema, que es el central de mi pasión literaria, la poesía infantil. Segundo porque los libros se comentan con detalle, sin rehuír la terminología literaria y retórica (que espanta al lector medio pero tiene su utilidad técnica), abordando los aspectos constructivos del libro como totalidad, y más importante aún: sin rehuír las dudas. El blog me gustó al encontrarlo pero me entusiasmó al ver cómo recogía problemas o distancias que yo he encontrado con algún libro (distancias que reconozco que yo no he acertado a expresar: o me he callado o he publicado una nota breve, poco entusiasta pero sin acento crítico).

Muy, pero que muy recomendable, como primero de la sección de enlaces vivos: Dulce pepinillo.

He admirado

Tener un blog tanto tiempo me ha servido para admirar a gusto. Aprender de otros, que te estiran a probar, o simplemente a leerlos con cariño, sabedor de que por mucho que estire no será mi terreno. A veces surgen diálogos sobre esa atracción misma, en especial si es mutua. Una de las madres a las que he admirado por su blog de educación en casa me decía, si no recuerdo mal, que le gustaban en particular las notas que recogían poemas populares con una ilustración buscada.

La voz actual del blog, supongo, es un austeri(sui)cidio. No es que no busque imágenes que vayan bien a poemas rescatados, es que hablo de álbumes sin dar más que palabras, hablo de ilustración sin mostrarla.

Otra voz que por suerte aún admiro, pues no solo no ha dejado de escribir sino que ha abierto un blog personal firme y estable, quería este blog por su regularidad. Aparente, desde luego: yo escribía irregularmente y programaba una aparición regular. En estos días publico cuando escribo, sin apariencias.

Es así porque por un lado prefiero que el blog muestre a su persona detrás, con sus vaivenes, su existencia. La crítica y la reflexión vienen siempre de una persona, de vez en cuando conviene dejarlo claro, para empezar ante uno mismo. Aparte, estoy descontento con un par de años en los que publiqué mucha imagen y poca reflexión, y desequilibrando las notas confío en reequilibrar el rumbo del barco. Además, a Austeri se la puede querer. Al menos, los que hemos querido a las 3 brujas de Solotareff. Esqueli, Escoli, Escori, Austeri.

De bruces con la “calidad”

… Dicho de otro modo, nos da de bruces con la idea misma de la “calidad”, lo que está bien o mal hecho, quién lo decide y cómo se negocia también desde las instituciones. No se trata de un tema menor, muy al contrario, dado que dicha “calidad” se ha convertido a lo largo de la historia en un lugar para las exclusiones, en especial de las minorías y en particular de las mujeres artistas, borradas argumentando a veces su no excesiva “calidad”. ¿Vale la pena descolgar un caravaggio para colgar un artemisia gentileschi menor? Pero ¿menor cómo? ¿Como la mayor parte de la producción de Renoir? Aunque claro, Artemisia Gentileschi igual no alcanza las grandes cifras de los impresionistas en el mercado. …

Entresacado de “Renoir apesta”, de Estrella de Diego. Difícil, no volver una y otra vez sobre el tema de la calidad/”calidad”. Lo que no quita hablar de ella: la necesitamos. Solo que, en efecto, como concepto variable y revisable, circunstanciado y firmado en origen (como un “así lo sostengo yo, aquí y ahora”), y fruto de una suma de firmas coincidentes, pero no de otras coincidencias como por ejemplo con valores abstractos, predefinidos y ahistóricos.

Cuentos de encantamiento que con la boca abierta oía yo en mi niñez

Dícese que un emperador propuso un premio para cualquiera que descubriese un nuevo placer. Si lo que intentaba era hallar placeres de un nuevo género, el programa debiera haber propuesto la invención de un nuevo sentido o facultad en el hombre; pero si su Majestad imperial se contentaba con los placeres conocidos con tal que fueran nuevos en su clase, la imaginación de por sí hubiera bastado a satisfacer su apetito mental por mucho tiempo, con tal que desterrase de sus estados a cierta especie de críticos.

El método que yo hubiera propuesto para esta “purificación” sería que a cada cual de sus Señorías críticas que se presentasen a pedir el permiso de quedarse en el reino, se le contase un cuento de encantamiento tal como los que con la boca abierta me acuerdo que yo leía en mi niñez; o que se le pusiesen en las manos los cuentos árabes llamados “Mil y una noches”, que igualmente me acuerdo que, cuando muchacho, leí a razón de tomo por día; y si el dicho crítico bostezaba, o daba señal de impaciencia, por ningún título se le permitiese permanecer en el reino más de veinticuatro horas.

Así José María Blanco White, hacia 1825. No sé qué pasaría hoy por nuestras tierras si un emperador sometiera a nuestros gobernantes a atender un “cuento de encantamiento” sin bostezar ni dar señal de impaciencia. ¿Imaginan a Rajoy o Mas en la tesitura, o vendría Albiol a decir que “se ha acabado la broma” y los respectivos de Interior, Puig como Fernández Díaz, a desalojar la plaza? ¿A Rivera o Sánchez, tan gazmoños como tiesos y grandilocuentes? ¿Pasaría Iglesias de la risita de superioridad? Me veo solo a los denostados “antisistema”, y da que pensar si no será que tienen razón y el “pro” –el “pronosotros”, claro, que es el que importa– no pasa por la revolución… solo que ya sabemos que luego vienen los Napoleones.

Da igual, en cualquier caso, porque lo que seguiría habiendo, en los márgenes no escritos de la historia, en la historia pequeña pero esencial, es padres con hijos (y muchas más madres con hijos) abriéndoles mundo a través de la palabra, de esa boca abierta, cerebro y plenitud del ser en ebullición, con la firme seguridad del “te quiero, es una plataforma para siempre, tú sube y anda, sube y sueña que érase una vez, y será”.

  • Cita de Vicente Llorens, El Romanticismo español, Castalia, 1989, p. 37.

De tertulia en Al·lots

No sé cuánto escribiré en la nueva etapa del blog; sí espero escuchar y leer (aún) más que antes. Mensualmente, como un participante más de la tertulia de literatura infantil de la librería Al·lots. Es un espacio feliz en el que ya tuve la suerte de estar y al que ahora vuelvo, espero, para quedarme. Allí no solo escucho, también doy rienda bastante suelta a mis convicciones, porque no conozco manera mejor de ponerlas a prueba.

Sociológicamente somos en nuestra gran mayoría bibliotecarias, más unos pocos perfiles aislados, mitad libristas, mitad meramente lectores y colectores (que no es poco ni hace falta más). Prima el álbum ilustrado, quizá por la facilidad de exponerlo, quizá por la calidad de muchas propuestas, luego la novela, muy por detrás la poesía, la divulgación y solo con suerte el teatro. Nada muy distinto al panorama esperable, por ejemplo el que resultaría de vernos a los blogs a vista de e-pájaro.

En esta primera sesión del segundo grupo (a Paula ya no le cabemos los ahijados y hubo que duplicar grupo por el éxito, y léase utilidad y buen funcionamiento, del primero) se recomendaron con mayor o menor entusiasmo, si no me falla la libreta, El meravellós Peludiu-Renudiu-Xiquitiu, Un día de pesca, Del enebro, Un hijo, la serie de Agus, Un día curioso con el Sr. Oso, El libro sin dibujos, La mujer esqueleto, ¡Genios!, Et menjadé!, Con el ojo de la i, La niña de rojo, Contes infantils contra tot pronòstic y El elefante ha ocupado la catedral. Hoy lo dejo así, como retahíla. Algún día irán saliendo comentarios más detallados y valdrá como decir que, de lo que sé, la mayor parte lo he aprendido de otros.

Mendacidad

En una avenida de mi ciudad se suele instalar un grupo que, con cuerda y un cubo de agua jabonosa, hace unas pompas descomunales. El paseo es despejado y el baile de las pompas al viento es fabuloso. A mis hijos les encanta y les desata la alegría primitiva de los huskies en la nieve. Las persiguen con esa risa particular en la que late aún la alegría pura de los bebés.

Ese grupo dedica a vino buena parte de la calderilla que recoge en el sombrero y abundan las peleas entre ellos. La frase más expresiva al respecto me la dijo mi hija mayor: “Me da miedo cómo dicen ‘gracias'”.

¿Qué obra de literatura infantil recoge esta dualidad que mis hijos perciben perfectamente, de observar a la vez belleza y degradación, de sentir a la vez felicidad y miedo? Quizá la haya; lo que yo he leído presenta casi siempre a una especie de mendigo mágico y no alcoholizado, de trato sutil, no abotargado. Pero si no recogemos estos temas que a ellos les llegan tan hondo por los dos lados, por el de la vitalidad y por el del temor, ¿para qué escribimos?

El papel público del humanismo

Sería bueno plantear y analizar el papel público del humanismo, lo cual, entre otras cosas, llevaría a replantearse de forma crítica el significado social del conocimiento en una época en la que toda idea se instrumentaliza en beneficio corporativista, o, muchísimo peor, se demoniza o se incrimina mediáticamente porque pertenecen al otro bando, a los otros, a los que van en otra dirección (cuando lo normal es que nadie vaya a ningún lugar, a no ser que este lugar se llame complejidad).

Víctor Moreno. En La manía de leer, luego no habla de las elecciones que se avecinan cuando escribo esto, aunque por desgracia el tema de la demonización de los otros sea el recurso básico de nuestros políticos (casi de cualquier color). La cita me interesó por eso (aunque espero no caer en la retórica prolectora que tanto ofende a Moreno, confío al menos en que una de las posibilidades de usar la lectura sea aprender a tolerar otras visiones del mundo), pero me resultó irresistible por el paréntesis.

Esa complejidad de la vida quizá sea una de las razones de escribir. Lo es de las mías, a veces buscando el sentido, a veces el consuelo, a veces no sé si el desquite. Esto último, en el sentido del humor, que la convicción de trascendencia (la incapacidad de tomarse a broma) parece mala compañera de viaje en este trayecto no siempre fácil por la complejidad.

  • La manía de leer. Caballo de Troya: Barcelona, 2009, p. 57.

Álbumes subordinados a la oralidad

Habla Ana Garralón, con la capacidad crítica que es habitual en ella, de algunas ideas equivocadas sobre lo que es escribir para niños. Y le responde en parte Pep Bruno, que tampoco es manco, en concreto sobre los narradores que escriben. Además de aconsejar la lectura de esas notas, a Ana le llevaré la contraria en un punto: aparte de las confusiones entre oralidad y escritura, que en efecto tienen ritmos distintos, creo que hay un género de álbumes que nacen claramente subordinados a su uso para la explicación oral. Y que está bien que sea así. Contar con un álbum útil, con los libros en la mano, es una buena idea. Que el texto sea suficientemente simple y que la ilustración sea más una compañía que una revelación estética no son defectos, sino las condiciones para que esto funcione. Por eso hay editores que lo trabajan así y maestras que lo buscan así. Es un buen uso colectivo del libro.

Un género parecido serían los cuentos de buenas noches. Esperamos un texto asequible, repetitivo, cálido, sin una ilustración rupturista. Está bien que sea así, dentro de este género específico. No significa: «reduce todo cuento a esto, noche tras noche», sino más bien: «qué bien nos va esta forma literaria en este contexto concreto».

Luego queda pensar sobre el peso de la ilustración. Claro, idealmente tiene tanto valor como el texto, dialoga con este para armar una propuesta conjunta de mayor valor que la suma de las partes. Pero hay géneros donde esto no ocurre casi nunca, como en la poesía infantil… y tampoco se hunde nada. Hay géneros que no aspiran al todo y no por eso son imperfectos.

La gente arrojó al fuego la corona del rey

Hoy, una nota más personal que de costumbre. Uno escribe con intención, claro, incluso con intención política; en su sentido genuino, como en su sentido último, la política no debería ser ajena a los niños, pues trata simplemente de cómo gobernarse mejor en una colectividad. Y de forma muy acertada, de hecho, en muchas aulas se trata con cuidado la resolución de conflictos en todas sus fases, desde el planteamiento a la negociación, resolución y seguimiento. Educar (lo sepan o no los ministros del ramo) es educar para la vida, no para la competitividad económica. También escribir para los pequeños debería serlo: para su vida.

De 'A partes iguales'. Texto de Darabuc, a partir de un cuento tradicional español. Ilustraciones de Lina Zutaute. OQO, 2012

De ‘A partes iguales’. Texto de Darabuc, a partir de un cuento tradicional español. Ilustraciones de Lina Zutaute. OQO, 2012

No escribí A partes iguales (más propiamente: no me propuse adaptar a mi gusto el cuento de la tradición popular) porque España fuera el paraíso de la igualdad social y económica, pero en los cinco años que han pasado, nuestros indicadores han empeorado mucho más. El rey del cuento era injusto, mentiroso y cruel; el nuestro, cada cuál lo valore. En los extremos, nos ensalzaron mucho su papel tras el golpe de estado, pero en los últimos años, han destacado bastante más las meteduras y aun rompeduras de pata. Es lamentable que le suceda su tercer hijo, con prioridad por ser varón; y luego aún nos piden que demos a la Constitución valor de Biblia… También es de lamentar que nunca hayamos podido elegir como presidenta a una mujer; pero es que de haberlo podido hacer, en el actual sistema de partidos, tan anquilosado y mediocre, el que aquí suscribe dista de considerar a las candidatas que se han podido acercar a la meta (Aguirres o Sáenz de Santamarías, Valencianos o Chacones, a su gusto) como la persona más sabia y bondadosa del país. Siempre con interrogantes (hasta en el título, como en ¿Tres han de ser?) queda mucho por hacer, mucho por escribir.

Lo que PISA no mide

Me ha interesado vivamente esta nota de Elisa Silió sobre «Las tiranías del informe PISA», que probablemente también resume bien por qué la reforma de Wert halla tanta oposición entre los maestros. Entresaco aquí dos pasajes:

“Hay, naturalmente, diferentes énfasis entre los críticos de PISA. Pero uno de los grandes problemas es la apresurada interpretación con puntos débiles que hacen los políticos”, explica el primer firmante, Heinz-Dieter Meyer, de la Universidad de Nueva York, en Albany. “Pero en mi opinión, la problemática es más profunda y afecta a: 1) el estrecho alcance de lo que se ha medido; 2) el hecho de que la OCDE —como organización dedicada al desarrollo económico— tiene un sesgo en favor al papel económico de la educación, olvidando que, en democracia, hay muchos otros aspectos importantes de la educación pública: la salud, el desarrollo moral, artístico y creativo; la participación cívica y la felicidad”. … PISA evalúa tres competencias básicas —matemáticas, comprensión lectora y ciencias—, pero no otras difícilmente cuantificables y que, a juicio de estos expertos, son fundamentales para enfrentarse a los retos del siglo XXI: los objetivos psicológicos, morales, cívicos y de desarrollo artístico. En los nuevos planes de estudios de primaria y secundaria españoles la música, la plástica o la filosofía pierden terreno a favor del cálculo o la lectura, medidos en PISA. “Los niños españoles van demasiadas horas a clase —más que la media— pero menos de las necesarias de Matemáticas. Se entiende que se aumenten”, sostiene Antonio Cabrales, catedrático de la University College London. “Pero debería existir más flexibilidad de horas en los centros. En Estados Unidos, Reino Unido u Holanda, dependiendo del itinerario, uno recibe más o menos clases”.

Nuestra formidable salud moral y cívica

Ha muerto Félix Grande. De las pocas palabras con las que la prensa suele resumirnos las vidas, parecen destacarse sus facetas de «poeta» y «flamencólogo». Los artículos que le he leído en El País suelen ser biográficos o necrológicos. Pero los fechados en la Transición tienen un tono distinto, no solo combativo, sino de un optimismo por la obra colectiva que se añora en el actual clima de desengaño (probablemente justificado). Además, Grande era de la más bien exigua minoría gitanófila. Al hilo de la nota anterior sobre «La gitanilla», me decanto por el pasaje siguiente; pero tampoco tiene desperdicio, para nuestro presente, su «Del artículo 35».

No ignoro que la cuestión gitana, considerada en su totalidad, es muy compleja. Están en juego no sólo una discriminación centenaria, sino también unos profundos rasgos culturales gitanos que pueden obstruir -en ocasiones, de forma no ilegítima- a un proceso de ayuda, a un movimiento de reparación. Están en juego unas constantes de Indiferencia, desconfianza e incluso de racismo más o menos encubierto y más o menos agresivo en parte de la cultura paya. Está en juego una muy sólida y casi pavorosa desconfianza gitana hacia todo lo payo, a veces sin discriminación, a veces lindando el racismo. Que esa desconfianza esté consolidada por la inmisericorde historia es un hecho tajante, pero que en nada ayuda a la supresión de un escándalo. El racismo, cuando existe, tampoco ayuda nada, por supuesto, y en muchas ocasiones es mutuo.

El problema de gitanos y payos es cuantioso y complejo. Dos cosas están claras. Primera: la muerte de unos niños en chabolas o en carromatos, gitanos o payos (porque también hay niños payos que viven en chabolas), antes que el resultado de una complejidad histórica y racial es un.suceso simple y bárbaro, cuya solución puede y debe iniciarse sin esperar a hallar una forma de coexistencia total de culturas. Y segunda: la coexistencia de estas dos culturas, la necesaria erosión paulatina de su mutua desconfianza, será una conquista laboriosa y difícil, pero ha de iniciarla ya la cultura más fuerte. Si cinco hijos del presidente de un consejo de administración de cualquier multinacional murieran carbonizados a causa de inercias sociales, temblarían, sin duda, los cimientos de unos cuantos países. Si cinco niños gitanos mueren carbonizados y un país se traga esa noticia como un aperitivo, de modo soñoliento y despiadado, ese país tendría en sus cimientos morales un cemento de barbarie y de podredumbre. España está en este momento construyendo una formidable salud moral y cívica. Esa salud debe servir también a los gitanos españoles. Quien no lo entienda así no será únicamente insolidario contra los gitanos: será también insolidario contra nuestro completo porvenir.

‘La gitanilla’

La primera de las Novelas ejemplares, como en general todas ellas, no me parece especialmente recomendable para la lectura escolar (ni siquiera en Bachillerato). Son demasiado antiguas en los valores y retóricas en la expresión, me temo. Quizá contribuya a la rotundidad de este juicio que, en su momento, tuve dos como lecturas obligatorias, y no las disfruté nada.

Una combinación de resumen oral y lectura de pasajes, sin embargo, puede tener más jugo. Por ejemplo, para comprender que nuestros prejuicios, antes que confirmarse en la realidad, suelen ser heredados. Esa gitanilla que era tan blanca, guapa y lista («discreta») que solo podía ser una paya de clase alta, ¡buf! «Ni los soles, ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo a quien más que otras gentes están sujetos los gitanos pudieron deslustrar su rostro ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en extremo cortés y bien razonada» (p. 90); Preciosa «siempre había creído ser gitana y ser nieta de aquella vieja, pero … siempre se había estimado en mucho más que lo que de ser gitana se esperaba» (174).

Un elemento secundario, pero útil, estriba en la otra cara de este desprecio: el orgullo con el que es recibido y con que se afirma la diferencia. «… la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias … Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad; ninguno solicita la prenda del otro; libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos … nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas … Con estas y otras leyes y estatutos nos conservam0s y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos … Para nosotros son los duros terrenos colchones de blandas plumas … Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades … No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla … Un mismo rostro hacemos al sol que al hielo; a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico [‘habilidad y verborrea’] … Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos» (134-137). Quizá exagero, y sin duda no es un comentario filológico, sino una transposición de nuestro presente; pero tiene algo de queer, de coger el guante del desprecio y exhibir con orgullo los rasgos diferenciadores.

Si este discurso es famoso, la apostilla de la gitanilla también lo es, y con justicia, por una defensa de la libertad frente al hombre que aún no está lo consolidada que debiera (y menos, según parece, en nuestros institutos): «Puesto que [‘aunque’] estos legisladores han hallado por sus leyes que soy tuya … yo he hallado por la ley de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo si no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos concertamos … [las condiciones] que he puesto sabes; si las quisieres guardar, podrá ser que yo sea tuya y tú seas mío; y donde no, [aún puedes irte] … Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto yo quisiere» (138).

Otro punto que desarrollar podría ser la exageración tópica del amor (a primera vista, dependiente de la belleza externa, confirmado por la palabra, y con su retahíla de desmayos, celos y pasiones), y su comparación con las exageraciones tópicas del presente. Muy secundariamente, ya solo para los intereses de este blog y la poesía popular, cierro con este conjuro simpático (lo único que yo salvaría de los varios poemas intercalados):

Cabecita, cabecita,
tente en ti, no te resbales [‘desanimes’],
y apareja dos puntales
de la paciencia bendita.
Solicita
la bonita
confiancita;
no te inclines
a pensamientos ruines;
verás cosas
que toquen en milagrosas,
Dios delante
y San Cristóbal gigante. (131)

  • Citas y números de página de la edición de Jorge García López: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, Crítica (col. Clásicos y modernos), 2005.

‘Traducir literatura infantil y juvenil: Notas a vuelapluma’, artículo de Mario Grande

Viene en El Trujamán un artículo de Mario Grande sobre la traducción de la literatura infantil y juvenil. No es lo más frecuente, desde luego (como autor de esa misma sección del Centro Virtual del Instituto Cervantes, yo he aportado cuanto he podido al respecto, pero para constatar, me temo, que mi grano de sal salaba muy poco el mar de los traductores). Este es el enlace original: Traducir literatura infantil y juvenil: Notas a vuelapluma. Por su interés específico para este blog, me permito también copiarlo íntegro a continuación:

No es raro oír la opinión de que la traducción de textos de literatura infantil y juvenil es «más fácil» que la traducción de literatura sin adjetivos, o sea, para adultos. Dejando para otro momento la incongruencia de incluir «infantil y juvenil» en un solo saco, tal vez convenga confrontar esa opinión con el hecho de que el epígrafe de literatura infantil y juvenil sirve para nombrar un cajón de sastre, pues apenas hay época o género (y súbgenero) literario que no abarque, lo que exige del traductor una buena dosis de versatilidad. Cualidad que debe extenderse a un buen conocimiento de las tradiciones literarias y culturales en las que cobran vida, se difunden y perduran los textos que va a traducir.

La diversidad de géneros se queda chica si contemplamos la literatura infantil y juvenil desde el punto de vista del lenguaje. Desde balbuceos, aliteraciones, trabalenguas y rimas a jergas adolescentes a veces efímeras y localizadas, slang, neologismos, ocurrencias del autor y un peso de la oralidad que tiñe muchos relatos de una carga ponderativa que no puede obviarse al traducir.

Por eso muchas veces la labor del traductor, además de traducir, consiste en adaptar e incluso crear a partir no de palabras, sino de ideas o imágenes. Además de tener presente la diversidad del español.

Vamos, que de «más fácil», nada. Visto lo visto, en la traducción de literatura infantil y juvenil quizá sea necesario matizar la invisibilidad del traductor. La cuestión es acertar en las estrategias de intervención, dar con el equilibrio adecuado.

A diferencia de otros ámbitos o géneros de la cultura popular (cómic, cine, música, videojuegos), en la literatura infantil y juvenil de nuestros días influye la pedagogía, que no tiene nada que ver con la literatura. Tal vez en ello radique la distinción entre libros de prescripción y libros comerciales que practican las editoriales del ramo y, sin duda, habrá razones que lo justifiquen. El inconveniente podría surgir si un criterio extraliterario como es el pedagógico funcionara como filtro, limando y reduciendo el lenguaje a la pura sintaxis, con riesgo de exclusión de otros referentes lingüísticos, culturales y estéticos, o decidiendo qué se incluye en el canon y qué es tabú. Ciertamente, es un tema delicado porque la edición forma parte de la industria cultural y está imbricada en el sistema educativo, por lo que debe tener necesariamente en cuenta muchas variables, aunque el conservadurismo tampoco sea sinónimo o garantía de rentabilidad. El caso es que, en ocasiones, estorba al trabajo del traductor, que se guía por criterios lingüísticos y literarios, no de modulación del aprendizaje.

Quizá en mayor medida que otros sectores editoriales, en la traducción de literatura infantil y juvenil es muy necesaria la cooperación y la buena sintonía de los traductores con los editores y correctores. Es decir, el enfoque del trabajo como algo colaborativo, de equipo, no de mera coordinación o, en el peor de los casos, competitivo. De ello depende en buena medida el éxito o el fracaso de una buena traducción y edición. La colaboración se inicia con los preceptivos informes de lectura: resumen de la obra y valoración. El resumen debe ser descriptivo, sin hacer comentario de textos; las opiniones deben reservarse para la valoración. Las editoriales suelen pedir valoración literaria y comercial. La calidad literaria no siempre coincide con el gancho comercial. Pero hay que defenderla. Y en cuanto a lo segundo, ser sinceros: si el libro puede venderse bien ¿por qué no decirlo? El traductor no ejerce aquí de crítico literario, sino de asesor para la toma de decisión editorial. Elegido el libro, queda un amplio campo de colaboración: título, léxico, nombres de personajes y lugares, glosarios, encaje en colección… no siempre fácil, pero que debe conducir a mejorar el producto final. El lema, para todos los intervinientes en el proceso, sería «menos ego y más lego».

Navegaciones a contra corriente (Antares, de Francisco Díaz Villadares)

Antares, de Francisco Díaz Villadares, premio Alandar de 2012, es una novela de aventuras en el mar. A mí, las del género suelen resultarme atractivas, en parte por las maravillas del léxico marítimo; además trata temas de actualidad, como el de las mafias del transporte de inmigrantes en condiciones lamentables y el de la piratería marítima. Aun así, personalmente, debo reconocer que me ha resultado más correcta que apasionante.

Lo que más me ha llamado la atención es un aspecto secundario con respecto a la trama: que se trata de una novela que podríamos calificar de políticamente incorrecta. No por sí misma (no es en ningún caso un texto de tono provocador), sino en contraste con lo esperable hoy en la novela juvenil (de canon ideológico estable, previsible y tirando a cansino, pese a que en algunos temas aún sea socialmente necesario). Hay casi un juego de expectativas, que se inicia por sendas que luego no se atienen a lo previsible.

Así, la protagonista es una chica en un contexto marítimo donde hay un exponente claro del machismo irracional (Romi, el pecoso). Hasta aquí, se diría que es lo esperable. Pero la chica no es la heroína salvadora; además de la confusión inicial por la que se ve embarcada en la aventura, cuando en un momento crucial desobedece a su padre, también mete la pata; así, cuando en contra de la orden expresa de este (p. 191), pretende asaltar a los bandidos, se encuentra con una pistola apuntándole a la cabeza (192) y serán otros quienes los rescaten.

Por otro lado, la chica está enamorada de un inmigrante, Abdoulaye o Abdú (que, aunque «no era precisamente un Apolo de ébano», tenía «unos grandes ojos de mirada directa y una hermosa sonrisa blanca», 14). Y la pretende un cocinero, Raúl, que la corteja sin éxito y (para colmo, podríamos decir) goza de la aprobación del padre («Ojalá el día que te cases lo hagas con un hombre como él», 35). En la novela actual está cantado que triunfará el amor con el inmigrante, pero Abdú compartirá destino ni más ni menos que con el machista Romi: una vez acabada la aventura, los dos «se esfumaron como fantasmas» (205).

En el epílogo, aunque la protagonista se decide por una vida poco habitual para una mujer (estudiar Marina Mercante y mandar un remolcador, 206), acaba siendo «conquistada» por Raúl («acabó conquistándome … el que la sigue, la consigue»). Su noviazgo «duró una eternidad, porque todos opinaron que éramos demasiados jóvenes … y todos esos sermones», con un peso del criterio adulto que en la novela juvenil se suele desdeñar. Y como afirmándose expresamente contra los valores hoy típicos: «sí, estamos casados, felizmente casados, y tenemos dos hijos preciosos».

En suma: sea deliberado o no, veo un contraste claro entre esta novela y el común de las novelas juveniles de las editoriales mayoritarias, que me llama la atención y me mueve a pensar. Veo un desgaste en la previsibilidad y blandura de todas esas novelas de amor-que-triunfa-contra-las-barreras-de-la-inmigración y de heroína-que-demuestra-que-la-mujer-puede-con-todo, un desgaste literario, independiente de la bondad de sus valores. La realidad apenas ha cambiado (para empezar, el país no se avergüenza de que nos vaya a heredar un rey por el mero hecho de ser varón, pasando por delante de sus hermanas mayores), pero eso no quita que una novela del todo previsible carece de eficacia. Por otro lado, la verdadera libertad nace de la capacidad de elegir, no del adoctrinamiento en una vía única (sea la «tradicional» o la «liberada»). A este respecto coincido como lector con esta nota de Luis Daniel González: prefiero buenas novelas, sean o no políticamente correctas.

De membrillos, mondas, corazones y literatura (Gustavo Martín Garzo)

Ayer nos regalaron un par de hermosos membrillos, a punto para la conserva, y coincide con que yo leía estas páginas de Martín Garzo:

Nuestro veraneo terminaba a finales de septiembre, y cuando regresábamos del pueblo dejábamos los membrillos en los árboles, que aún tendrían que esperar hasta comienzo de noviembre para madurar. Un buen día, al regresar del colegio, estaban en la cocina, metidos en sus cajas, como corazones embebidos de la luz del sol otoñal. Mi madre preparaba con ellos dulce de membrillo, pero también jalea. Siempre en proporciones muy inferiores, pues, mientras que con todos aquellos membrillos llenábamos latas y latas, que, dicho sea de paso, terminaban hartándonos, de jalea apenas se conseguía una minúscula fuente, que desaparecía en su totalidad en la primera merienda. Su preparación consistía en recoger las mondas y los corazones de los membrillos, ricos en gelatina, y, añadiendo azúcar, hervirlo todo lentamente hasta que se formaba un delicado jarabe, que luego, al secarse, tenía la consistencia de la carne. Recuerdo que nos las veíamos y deseábamos para repartir aquel tesoro. También que lo que más nos maravillaba era la escena de su preparación. A mi madre en medio de aquel país de mondas y tristes despojos, y como una maga haciendo de ellos el dulce maravilloso cuya sola evocación todavía ahora hace que me chupe los dedos. Pues bien, ésa es la materia de la verdadera literatura, que no opera con grandes palabras o conceptos, sino con mondas, peladuras, restos que no parecen servir para nada. Coge esos restos y prepara con ellos un elixir, pues la literatura es el instante de la transfiguración. …

  • Gustavo Martín Garzo, El pozo del alma. Anaya, Madrid, 2000. Con ilustraciones (metafóricas y sugerentes) de Pablo Amargo.

Pippi y Kalle

Me ha alegrado que, entre el fresco social combativo de Millenium —que empieza como una novela negra típica, de injusticia, periodista comprometido, triángulos amorosos, etc., pero se va convirtiendo en toda una guerra entre el Bien y el Mal en la que se difuminan los protagonismos—, hubiera un espacio tan señalado para dos héroes de la novela infantil como Pippi y Kalle, que actúan como códigos que permiten abrir puertas. Me gusta pensar que, cuando se ha escrito con calidad y respeto para el lector infantil, se deja una huella en esos lectores, que comprenden que la novela es un buceo por la complejidad humana y, de mayores, si además se animan a escribir, recuerdan con un guiño a quienes los iniciaron. Es una interpretación voluntariosa, me temo. Quizá la novela nos esté diciendo solo que, cuando crezcan, en el mundo según es (vale decir, según lo hacemos), Pippi y Kalle se verán obligados a renunciar a la integridad o tendrán que plantar cara a toda clase de abusos.

Sobre la obra interrumpida de Larsson se ha escrito mucho y no ahondaré en ella. Creo que es de los pocos superéxitos que, sin salir de su género, pueden pervivir bastante tiempo. Tiene una enorme agilidad narrativa (superada cierta lentitud de las primeras 200 páginas), crea personajes memorables, tira bien del hilo de la empatía y arma un conjunto social rico (no un fresco realista, a lo Balzac; es solo la guerra de los que se comprometen, pero la diversidad es suficiente para alcanzarnos, quizá, a casi todos, en un campo u otro de nuestras vidas). A los buenos lectores juveniles les puede gustar, sin duda, aunque se debe tener en cuenta cuánto ahonda en la violencia sexual, un tema que requiere un mínimo de madurez previa.

Sobre la reforma educativa

Copio:

Si hemos criticado la reforma educativa conservadora de este partido ha sido porque no atajaba los problemas que decía venir a resolver (la mejora de la calidad), porque los enfocaba desde esquemas viejos y simplistas, culpabilizaba al alumnado de su fracaso y del malestar docente y porque era regresiva para el avance del derecho de todos a la educación. Desconsideraba el papel incluyente que debe tener el sistema educativo y prometía la calidad sin aumentar los recursos y mediante métodos selectivos.

Lo más curioso de esta cita tan actual es que… no es de 2013, sino de 2004*. No se ha logrado, y es lamentable, una ley de consenso en un tema tan fundamental. Tampoco la logró Gabilondo, de infinito mejor recuerdo que Wert, pero sin legado tangible. Me temo que en este país las anteojeras ideológicas priman por encima de los maestros, las familias y los niños. Que no cunda el pánico. En la próxima reforma educativa prohibiremos a los niños por no haber sabido estar a la altura de tan magna Ley.

* José Gimeno Sacristán, «Recuperar el pulso de la política educativa», en Cuadernos de pedagogía, n.º 338, septiembre de 2004.

Sin libros: en desamparo

Hay diferentes formas de leer y de aprender, pero quien no puede tener sus libros, los más inmediatamente necesarios, los más a mano, los siquiera mínimos, los textos básicos, se halla desprovisto, en una suerte de desamparo, y lejos de la maravilla de aquello que también a su modo va configurando todo un entorno intelectual, afectivo y emocional que, a su manera, también nos constituye y va haciendo que seamos quienes somos y buscamos ser, quienes necesitamos ser.

  • Del artículo de Ángel Gabilondo (ay, ¡cómo se lo añora en estos días de Wert!), que vale la pena leer completo: Relegados sin libros

‘La reina de las ranas’, de Davide Cali y Marco Somà

darabuc-La reina de las ranas

Me ha gustado La reina de las ranas (no puede mojarse los pies), de Davide Cali y Marco Somà, como adaptación amable del cuento clásico. La ilustración, de personajes humanizados, como la historia invita a hacer, abunda en detalles sin perder un tono mesurado y de colores suaves. El texto reelabora el cuento en una variante que se aleja de algunas posibilidades del original, como son lo brusco y lo grotesco. También se aleja (sobre esto valdría la pena pensar, creo, y más en un libro de origen portugués) de las posibilidades políticas de la historia, que hoy son muchas y muy idóneas. Pero esto no lo pretenden los autores y entiendo que la línea elegida la desarrollan con riqueza y acierto, y en cuanto a posibles usos para la reflexión moral (implícita en tanta fábula), diría que es un buen álbum para determinados conflictos de patio.

Sara y Ulises / Ulises y Sara, de Amaia Cia y Vanessa Cabrera

El niño pequeño vive centrado en el yo: no hay más «realidad» que «lo que yo veo». Poco a poco, tiene que ir aprendiendo a ponerse en el lugar de los otros, a ver cómo les sientan a los demás las cosas que hacemos (y no solo cuál era nuestra intención). Sara y Ulises / Ulises y Sara, de Amaia Cia (texto) y Vanessa Cabrera (ilustración) parece responder a esta necesidad al plantear una serie de libros centrados en episodios de una historia compartida (el regalo del peluche, Ulises, a la niña, Sara; el temor o no a los monstruos) que se cuentan dos veces, según cada uno los ve.

La idea del libro que se lee de la cubierta al centro y, tras darle la vuelta, de una segunda cubierta al centro, no es una idea novedosa en sí; tampoco el hecho de aplicarla a versiones de la misma historia (en fecha reciente, está desde el libro-disco de Rolf & Flor a Qui diu la veritat: el cavaller o el drac?). Pero quizá lo sea aplicada de forma sistemática a los prelectores. Más allá de la posible originalidad  (que no es un valor por sí sola), me interesa que la serie se resuelve, tanto en el vocabulario como en la distribución de texto e imágenes, con un desparpajo que la aleja del libro típico de niña-con-peluche. La historia no conquista como tal, a mi entender, por su simple virtud narrativa; pero sí destaca por la propuesta de juego, y puede resultar especialmente útil por ejemplo cuando hay varios hermanos en casa.

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  • Beascoa, 2013. La colección empieza con dos volúmenes: Un regalo muy especial y Entre monstruos.
  • Adición: me apuntan una propuesta de Isol que no he visto: Tener un patito es útil / Tener un nene es útil, de 2007  (Fondo de Cultura). Por el formato de acordeón y por la calidad general de la autora, tan capaz de expresar mucho con muy pocos rasgos, pinta fantástica.

Vídeo de narración de ‘Ahora no, Bernardo’, de David McKee

He encontrado este vídeo donde un psicólogo cuenta y muestra el provocador Ahora no, Bernardo, de David McKee. Me interesan distintos aspectos. Uno, la propia narración: sin intención de ofender, diría que el narrador no tiene especial gracia y eso, en sí, le concede la gracia especial que tiene cualquiera por el mero hecho de atreverse a contar. Hay una diferencia clara entre el narrador profesional y el aficionado, que no debe confundirse; pero animarse sin complejos es sano, útil y particularmente bonito en lo que aporta a la relación familiar (y a veces, con conciencia de los límites, en la relación social). Otro, el cuento como tal, construido con gran eficacia textual y visual y capaz en efecto de despertar muchas preguntas entre los adultos y un buen diálogo con los pequeños. Y, por último, tengo una vinculación personal con la historia, dado que fui el responsable (en este caso: tuve la suerte) de traducir la edición usada aquí, bilingüe español-inglés con texto simplificado.

‘Seis barbudos’, de Mar Pavón y Vitali Konstantinov (y feliz año nuevo)

Termina un año muy difícil para la cultura y la educación públicas, que a mi juicio se resume bien en dos titulares de contraste doloroso: si en 2013, las bibliotecas públicas del estado tendrán 0 euros para nuevas adquisiciones, en cambio para la adquisición de material antidisturbios el gobierno cuenta con 3,26 millones de euros. Hay escasez, sí, lo sabemos; también hay, a todas luces, prioridades cuyo sentido no alcanzo a ver. Las bibliotecas son un factor cada vez más imprescindible de formación y corrección de la desigualdad, y se las limita, cuando no condena al cierre; en cambio, para reprimir las protestas con más medios, no faltan fondos.

Seis barbudosPara desearos que 2013 no sea el año ominoso que nos anuncian, elijo Seis barbudos, con texto de Mar Pavón e ilustraciones de Vitali Konstantinov (OQO).

Es una obra lúdica por lo que narra, por las divertidas y eficaces ilustraciones de Konstantinov y también por su carácter poético, en el sentido primordial del término: creador de realidades. Del bicipétalo al motocíclope, hay más de un invento memorable.

En el campo de los deseos: aunque 2013 se presenta muy, pero que muy barbudo, seguro que también hallaremos ocasiones que celebrar. Aquí estaré, y me gustará saber de vosotros y vuestra opinión.

La mejor literatura infantil y juvenil de 2012, en Babelia

El blog de Babelia publica una lista de títulos seleccionados como lo mejor de la LIJ de 2012, en tres categorías: álbum ilustrado, primeros lectores y lectores jóvenes. La diferencia de raíz con otras listas del estilo, más o menos afortunadas, es que no responde a una selección individual, sino que «una treintena de investigadores de literatura infantil y juvenil, libreros, animadores a la lectura, profesores y blogueros (…) han elegido en tres categorías los mejores libros del sector en 2012». Me alegra que Babelia se haya hecho eco de la queja de Pep Bruno, porque la ausencia de la LIJ en el suplemento era escandalosa y, cuando aparecía, solía reducirse a Laura Gallego, otros superventas y una lista de premios del año. Si el resultado de este sistema de selección es razonable o no, lo dejo a vuestro criterio; yo soy uno de los treinta consultados, y por un lado lo agradezco, y por el otro, me gustará saber vuestra opinión (aunque los resultados conjuntos, lógicamente, no son los míos, sino los derivados de la suma de votos, en álbum e infantil no tengo gran queja; en juvenil, me abstuve, por no haber leído suficiente número de títulos publicados este 2012).

Aquí no se fía (nadie de las recomendaciones de Navidad)

Ayer me llegó, por vía de Twitter, el enlace a una “selección” de “treinta títulos para los más pequeños de la casa”, publicada en ABC. Aparte de la alegría personal porque uno de esos libros lo ha traducido mi mujer (y, cosa rara, el editor cumple con la Ley de Propiedad Intelectual y paga derechos de autor por la traducción; así que ojalá se venda por miles), la sensación general era negativa: algunas presencias poco dignas y muchas ausencias clamorosas. Buscando datos objetivables, terminé por reducir la selección a los editores mencionados. En orden alfabético: Anaya (5), Cuento de Luz (4), Edelvives (1), Juventud (4), La Galera (3), Macmillan (2), Palabra (3), Planeta (3), Siruela (4) y SM (1).

Visto lo visto, mi enhorabuena a los servicios de márqueting de los editores recomendados repetidamente, porque han cumplido a la perfección con la labor por la que cobran: hacer llegar sus obras a los medios. Pero al periódico, una de dos: si venden publicidad, llámenla por tal nombre; y si lo que quieren es ofrecer a sus lectores selecciones mínimamente merecedoras del calificativo, antes pasen por una buena librería en la que puedan ver igualmente los catálogos de (de nuevo en orden alfabético) A buen paso, Bárbara Fiore, Coco Books, Combel, Corimbo, Cuatro azules, Ekaré, Flamboyant, FCE, Jinete azul, Kalandraka (y Factoría K), Kókinos, Libros del Zorro Rojo, Lóguez, Lumen, Media Vaca, Nórdica, OQO, Pintar-Pintar, Proteus, República Kukudrulu, Sd, Thule… y los que me dejo. Se sorprenderán muy gratamente y, de paso, no engañarán a los lectores, cuestión que tal vez figure en esa letra pequeña del periodismo que fueron los códigos deontológicos.

Visto algún comentario, añado un abrazo a los autores, ilustradores y editores recomendados en ese artículo. No va, en ningún caso, contra ellos.

Vídeo con reflexiones de Tonucci sobre la escuela y el proyecto de reforma escolar (LOMCE)

Inmigración, (des)integración y cambio: Mi hermosa lavandería, de Hanif Kureishi

El aumento de la xenofobia, nacida de la incomprensión mutua pero potenciada por intereses políticos claros, unido (al menos, en mi ciudad) al incremento de la población pakistaní y su dedicación a trabajos similares a los que esta ocupa desde hace tiempo en el mundo anglosajón, me hace rescatar Mi hermosa lavandería, de Hanif Kureishi, de la que leo el guión (My beautiful laundrette, Faber & Faber, 1986). No es un texto juvenil, en el sentido habitual del término (edad preuniversitaria, violencia contenida y sexo ausente o explicado), pero tiene una gran fuerza a la hora de explicar las relaciones de amor-odio de los «nuevos» loquesea (catalanes, españoles, ingleses).

También es muy sugerente el prólogo, «The Rainbow Sign», estructurado en tres bloques, Inglaterra, Pakistán e Inglaterra. Un comentario como «strangely, anti-British remarks made me feel patriotic, though I only felt patriotic when I was away from England», recoge, probablemente, un sentimiento típico en los entornos culturales asfixiantes (donde o comulgas o eres considerado un extraño, aun siendo «nacional»); igualmente, cuando un conocido le augura que «you will always be a Paki» (en ese terreno de nadie en el que, sin poder ser ya «Pakistani», tampoco lo aceptarán nunca como «English»), también da en la diana de lo que supone nuestra inclusión, a lo sumo parcial, del otro.

Citando más en extenso, y como afirmación directamente política, en tanto petición de cambio de la sociedad (fácilmente extrapolable a España y los «sudacas», a Cataluña y «els nous catalans», etc.; negritas mías):

I stress that it is the British who have to make these adjustments.

It is the British, the white British, who have to learn that being British isn’t what it was. Now it is a more complex thing, involving new elements. So there must be a fresh way of seeing Britain and the choices it faces: and a new way of being British after all this time. Much thought, discussion and self-examination must go into seeing the necessity for this, what this ‘new way of being British’ involves and how difficult it might be to attain.

The failure to grasp this opportunity for a revitalized and broader self-definition in the face of a real failure to be human, will be more insularity, schism, bitternes and catastrophe.

The two countries, Britain and Pakistan, have been part of each other for years, usually to the advantage of Britain. They cannot now be wrenched apart, even if that were desirable. Their futures will be intermixed. What that intermix means, its moral quality, whether it is violently resisted by ignorant whites and characterized by inequality and injustice, or understood, accepted and humanized, is for all of us to decide.

This decision is not one about a small group of irrelevant people who can be contemptuously described as ‘minorities’. It is about the direction of British society. About its values and how humane it can be when experiencing real difficulty and possible breakdown. It is about the respect it accords individuals, the power it gives to groups, and what it really means when it describes itself as ‘democratic’. The future is in our hands.

Crítica literaria y afecto personal

Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien: un crítico sólo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo.

Sobre la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas

Abro aquí un tema que puede ser polémico, pero agradecería que no recibiera respuestas gremiales de ningún tipo, pues no pretendo atacar a ningún colectivo. Quizá lo más interesante será la opinión de las madres y los padres, como transmisores de la opinión de los niños. Pero con matices: hay formas de narrar donde, al menos a mi entender, hay un exceso de gritos y recursos fáciles (como una escatología barata) y sin embargo quizá los niños se estén partiendo de risa. La narración debe tener un mínimo de calidad y ese juicio, aunque no sea objetivo, no les corresponde a los pequeños.

Me refiero a la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas, más específicamente, en aquellas actividades de «cuentacuentos» que suponen un coste para la biblioteca (dejo aparte los casos de voluntarios, ya sean usuarios o empleados del centro).

En las actividades que he podido ver en Barcelona (que no han sido muchas, luego esto no es un estudio de campo), yo he encontrado dos aspectos a mejorar. Uno: que apenas se narra con libros en la mano. Hay más o menos teatro, pero casi nadie muestra los álbumes que, con suma frecuencia, son origen de la historia contada. Tengo la impresión de que la biblioteca, en su afán de ser moderna, ha renunciado en exceso a los libros. Y para mí, no es lo mismo contar en un cumpleaños que en una biblioteca. Dos: que abundan las longanizas desaboridas. Imagino (no tengo datos al respecto) que es un dilema de tipo «me pagas por llenar una hora, pero no puedo llenar una hora de plena calidad con lo que me pagas, así que estiro las narraciones de más». Estas son mis sugerencias ante lo que he podido ver, con afán absolutamente constructivo. En las actividades que pude ver en pueblos de Murcia y Albacete, no saqué una impresión regular: dependía en gran medida de quién contara. Una tercera sugerencia a todos los que organizan tales actividades, por lo tanto, es que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejen de indicar quién contará.

Esta reflexión nace de la siguiente nota de la asociación de narradores MANO, que protesta porque, a su juicio, la «calidad de las sesiones de cuentos en las Bibliotecas Municipales de Madrid está cayendo en picado desde que el Ayuntamiento privatizara la gestión». La reproduce otra asociación, AEDA, en este enlace.

¿Qué opinión tenéis al respecto? ¿Cómo es vuestra experiencia? ¿Cómo lo viven vuestros niños?

Censura a las voces críticas

Si algo está demostrando esta crisis es que, como decía Brecht en uno de sus poemas, al gobierno le sobra el pueblo y está pensando en abolirlo y nombrar un pueblo nuevo (le sobraba a aquella dictadura de la RDA y le sobra a este gobierno nuestro, aunque se vanaglorie de democrático). Las diversas formas de represión de la libertad de pensamiento y expresión (desde las más inmediatas, como el acoso a manifestantes pacíficos, el uso generalizado de antidisturbios y los diversos mecanismos de veto a la reunión crítica; pasando por la incomprensible furia que desata algo tan netamente democrático como es un referéndum; y llegando a las formas menos inmediatas, pero más destructivas a largo plazo, como privar de presupuestos a las bibliotecas públicas y aumentar las cargas y reducir la financiación de la escuela pública) son inquietantes y merecen una repulsa enérgica, incluso de este blog de voluntad apolítica y raíz apartidista. En algunos casos, además de inquietantes, diría que son ridículas hasta el asombro, como este ejemplo de censura de la alcaldía de Alpedrete a la narradora Ana Griott. Lógicamente, el intento de censura salió rana, como acostumbra (y como sabrían nuestros políticos, si gobernaran con la cabeza y no visceralmente), y acabó en una fiesta aún más mayoritaria.

Pablo Bernasconi, sobre las diferencias entre los libros para niños y para adultos

¿Dónde reside la diferencia –además de en los temas- entre los libros para chicos y los libros para grandes?

La verdad es que últimamente me sorprende encontrar mis libros para adultos entre niños lectores, y viceversa, libros para niños entre seguidores adultos. Me sorprende pero me reconforta, porque es en definitiva algo que me propuse cuando los hice. Estoy seguro de que un libro para niños tiene que ser disfrutado también por sus padres. Es tan positivo que un niño comparta legítimamente el espacio de la lectura con un adulto, que no podemos obviarlo sólo porque el mercado así lo instale. Con respecto a los libros para adultos, como su construcción apela a un sistema de pistas y metáforas entrelazadas, más allá de que el niño las comprenda o no completamente, el mecanismo lúdico lo atrae y lo invita a jugar. Luego aparecen ciertos guiños naturales que cada narración utiliza como herramienta, y que son propios de las edades, pero en lo posible intento no dividir tanto las aguas, hay suficiente material para que todos la pasen bien.

La música de los “booktrailers”

Pienso que los mediadores de la lectura deberemos ir teniendo en cuenta la necesidad de deconstruir el carácter publicitario de los tráilers de libros, en la medida en que pueden afectar nuestra opinión. En el siguiente tráiler, ¿qué parte de su efecto se debe a la estructura narrativa, cuánto a las imágenes y cuánto, puramente, a la música de Ella Fitzgerald?