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A vueltas con el canon y la “biblioteca ideal”

Llovet hace en este artículo un breve repaso a la historia del canon, de las bibliotecas ideales, las listas de títulos que no deberían faltarnos.

… Basten estos ejemplos para comprender que las listas de una “biblioteca ideal” pecan siempre de alguna arbitrariedad y suelen tener un valor epocal, refigurado con el paso de los años gracias al número de ediciones y de lectores que puede llegar a poseer un libro, por la entronización de determinados autores a cargo de la academia o de colectivos fanáticos, o por el reconocimiento tardío de ciertos valores que han pasado siglos en el desván del olvido.

La academia, y con ella los programas de enseñanza de la literatura en escuelas y universidades, serían desde hace tiempo la única garantía de conservación de un criterio estético en relación con el mercado y la difusión de productos literarios. Invisible e ineficaz, cada vez más, la autoridad de esas instancias, lo que corresponde es suponer que cada lector posee hoy su biblioteca de excelencias. …

Entre la crítica blanda, que no se atreve a afirmar nada sobre la calidad comparada, y la que dicta jerarquías sin mayor problema, el mundo de internet, y más en la literatura infantil, tiende a una forma blanduzca de lo blando: elogios por amistad o por interés y una fundamentación nula (menos aún, en aspectos estructurales o retóricos, que son ambos adjetivos claramente alérgenos). Más allá de propuestas bloggyproof que la realidad desmiente, en ese último espacio, la biblioteca de excelencias personal, hacemos justo lo que da miedo reconocer que hacemos: elegir, priorizar, descartar. Por fortuna. Si el autor se pica –yo mismo, cuando me toque–, ajos coma; pero compartámoslo.

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La voz propia y el papel de los editores: una reflexión de Sergio Lairla

… Quien, como yo, haya tenido la suerte de toparse alguna vez con un buen editor sabe que su labor es el empujón crucial a la hora del alumbramiento de un libro: bien para que el libro salga fuerte y redondo o bien para que no salga, para que quede como sustrato de la verdadera obra que aún está por salir. La labor de un editor es sacar el tono adecuado, la voz propia de cada autor. De la misma forma que el cantante precisa escuchar su grabación para saber (entender) cómo suene su voz fuera de la resonancia de su propia cabeza, el autor necesita de alguien que le muestre cómo resuenan sus palabras dentro del lector. Para hablar con voz propia es necesario saber cómo suena la propia voz: dónde sujeta, dónde se pierde, qué repite, lo que calla, cuándo tartamudea, por qué habla…