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La ascensión de Remedios, la bella

… Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
—¿Te sientes mal? —le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo—, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Ausencias

.
… Una mañana, Tomás llenó el cuenco de leche y Mikos no acudió. Tomás se fue al colegio y Mikos no le acompañó hasta la esquina o dos casas más lejos. Por la tarde, Tomás jugó al fútbol con sus amigos y no estuvo para contar los goles. Tomás atravesó el parque para contemplar los trenes en el terraplén y ningún gato negro se sentó a su lado parpadeando con sus enormes ojos amarillos.

Tomás corrió de un lado a otro buscando y llamando a gritos a su amigo. Pero la búsqueda y los gritos no sirvieron de nada.

Un vecino, el señor Brake, dijo …

  • Jurij Brězan, El gato Mikos. Ilustraciones de Květa Pacovská. Traducción del alemán por José A. Santiago Tagle. SM, Madrid, 1993.

‘La gitanilla’

La primera de las Novelas ejemplares, como en general todas ellas, no me parece especialmente recomendable para la lectura escolar (ni siquiera en Bachillerato). Son demasiado antiguas en los valores y retóricas en la expresión, me temo. Quizá contribuya a la rotundidad de este juicio que, en su momento, tuve dos como lecturas obligatorias, y no las disfruté nada.

Una combinación de resumen oral y lectura de pasajes, sin embargo, puede tener más jugo. Por ejemplo, para comprender que nuestros prejuicios, antes que confirmarse en la realidad, suelen ser heredados. Esa gitanilla que era tan blanca, guapa y lista («discreta») que solo podía ser una paya de clase alta, ¡buf! «Ni los soles, ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo a quien más que otras gentes están sujetos los gitanos pudieron deslustrar su rostro ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en extremo cortés y bien razonada» (p. 90); Preciosa «siempre había creído ser gitana y ser nieta de aquella vieja, pero … siempre se había estimado en mucho más que lo que de ser gitana se esperaba» (174).

Un elemento secundario, pero útil, estriba en la otra cara de este desprecio: el orgullo con el que es recibido y con que se afirma la diferencia. «… la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias … Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad; ninguno solicita la prenda del otro; libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos … nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas … Con estas y otras leyes y estatutos nos conservam0s y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos … Para nosotros son los duros terrenos colchones de blandas plumas … Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades … No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla … Un mismo rostro hacemos al sol que al hielo; a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico [‘habilidad y verborrea’] … Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos» (134-137). Quizá exagero, y sin duda no es un comentario filológico, sino una transposición de nuestro presente; pero tiene algo de queer, de coger el guante del desprecio y exhibir con orgullo los rasgos diferenciadores.

Si este discurso es famoso, la apostilla de la gitanilla también lo es, y con justicia, por una defensa de la libertad frente al hombre que aún no está lo consolidada que debiera (y menos, según parece, en nuestros institutos): «Puesto que [‘aunque’] estos legisladores han hallado por sus leyes que soy tuya … yo he hallado por la ley de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo si no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos concertamos … [las condiciones] que he puesto sabes; si las quisieres guardar, podrá ser que yo sea tuya y tú seas mío; y donde no, [aún puedes irte] … Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto yo quisiere» (138).

Otro punto que desarrollar podría ser la exageración tópica del amor (a primera vista, dependiente de la belleza externa, confirmado por la palabra, y con su retahíla de desmayos, celos y pasiones), y su comparación con las exageraciones tópicas del presente. Muy secundariamente, ya solo para los intereses de este blog y la poesía popular, cierro con este conjuro simpático (lo único que yo salvaría de los varios poemas intercalados):

Cabecita, cabecita,
tente en ti, no te resbales [‘desanimes’],
y apareja dos puntales
de la paciencia bendita.
Solicita
la bonita
confiancita;
no te inclines
a pensamientos ruines;
verás cosas
que toquen en milagrosas,
Dios delante
y San Cristóbal gigante. (131)

  • Citas y números de página de la edición de Jorge García López: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, Crítica (col. Clásicos y modernos), 2005.

Navegaciones a contra corriente (Antares, de Francisco Díaz Villadares)

Antares, de Francisco Díaz Villadares, premio Alandar de 2012, es una novela de aventuras en el mar. A mí, las del género suelen resultarme atractivas, en parte por las maravillas del léxico marítimo; además trata temas de actualidad, como el de las mafias del transporte de inmigrantes en condiciones lamentables y el de la piratería marítima. Aun así, personalmente, debo reconocer que me ha resultado más correcta que apasionante.

Lo que más me ha llamado la atención es un aspecto secundario con respecto a la trama: que se trata de una novela que podríamos calificar de políticamente incorrecta. No por sí misma (no es en ningún caso un texto de tono provocador), sino en contraste con lo esperable hoy en la novela juvenil (de canon ideológico estable, previsible y tirando a cansino, pese a que en algunos temas aún sea socialmente necesario). Hay casi un juego de expectativas, que se inicia por sendas que luego no se atienen a lo previsible.

Así, la protagonista es una chica en un contexto marítimo donde hay un exponente claro del machismo irracional (Romi, el pecoso). Hasta aquí, se diría que es lo esperable. Pero la chica no es la heroína salvadora; además de la confusión inicial por la que se ve embarcada en la aventura, cuando en un momento crucial desobedece a su padre, también mete la pata; así, cuando en contra de la orden expresa de este (p. 191), pretende asaltar a los bandidos, se encuentra con una pistola apuntándole a la cabeza (192) y serán otros quienes los rescaten.

Por otro lado, la chica está enamorada de un inmigrante, Abdoulaye o Abdú (que, aunque «no era precisamente un Apolo de ébano», tenía «unos grandes ojos de mirada directa y una hermosa sonrisa blanca», 14). Y la pretende un cocinero, Raúl, que la corteja sin éxito y (para colmo, podríamos decir) goza de la aprobación del padre («Ojalá el día que te cases lo hagas con un hombre como él», 35). En la novela actual está cantado que triunfará el amor con el inmigrante, pero Abdú compartirá destino ni más ni menos que con el machista Romi: una vez acabada la aventura, los dos «se esfumaron como fantasmas» (205).

En el epílogo, aunque la protagonista se decide por una vida poco habitual para una mujer (estudiar Marina Mercante y mandar un remolcador, 206), acaba siendo «conquistada» por Raúl («acabó conquistándome … el que la sigue, la consigue»). Su noviazgo «duró una eternidad, porque todos opinaron que éramos demasiados jóvenes … y todos esos sermones», con un peso del criterio adulto que en la novela juvenil se suele desdeñar. Y como afirmándose expresamente contra los valores hoy típicos: «sí, estamos casados, felizmente casados, y tenemos dos hijos preciosos».

En suma: sea deliberado o no, veo un contraste claro entre esta novela y el común de las novelas juveniles de las editoriales mayoritarias, que me llama la atención y me mueve a pensar. Veo un desgaste en la previsibilidad y blandura de todas esas novelas de amor-que-triunfa-contra-las-barreras-de-la-inmigración y de heroína-que-demuestra-que-la-mujer-puede-con-todo, un desgaste literario, independiente de la bondad de sus valores. La realidad apenas ha cambiado (para empezar, el país no se avergüenza de que nos vaya a heredar un rey por el mero hecho de ser varón, pasando por delante de sus hermanas mayores), pero eso no quita que una novela del todo previsible carece de eficacia. Por otro lado, la verdadera libertad nace de la capacidad de elegir, no del adoctrinamiento en una vía única (sea la «tradicional» o la «liberada»). A este respecto coincido como lector con esta nota de Luis Daniel González: prefiero buenas novelas, sean o no políticamente correctas.

Pippi y Kalle

Me ha alegrado que, entre el fresco social combativo de Millenium —que empieza como una novela negra típica, de injusticia, periodista comprometido, triángulos amorosos, etc., pero se va convirtiendo en toda una guerra entre el Bien y el Mal en la que se difuminan los protagonismos—, hubiera un espacio tan señalado para dos héroes de la novela infantil como Pippi y Kalle, que actúan como códigos que permiten abrir puertas. Me gusta pensar que, cuando se ha escrito con calidad y respeto para el lector infantil, se deja una huella en esos lectores, que comprenden que la novela es un buceo por la complejidad humana y, de mayores, si además se animan a escribir, recuerdan con un guiño a quienes los iniciaron. Es una interpretación voluntariosa, me temo. Quizá la novela nos esté diciendo solo que, cuando crezcan, en el mundo según es (vale decir, según lo hacemos), Pippi y Kalle se verán obligados a renunciar a la integridad o tendrán que plantar cara a toda clase de abusos.

Sobre la obra interrumpida de Larsson se ha escrito mucho y no ahondaré en ella. Creo que es de los pocos superéxitos que, sin salir de su género, pueden pervivir bastante tiempo. Tiene una enorme agilidad narrativa (superada cierta lentitud de las primeras 200 páginas), crea personajes memorables, tira bien del hilo de la empatía y arma un conjunto social rico (no un fresco realista, a lo Balzac; es solo la guerra de los que se comprometen, pero la diversidad es suficiente para alcanzarnos, quizá, a casi todos, en un campo u otro de nuestras vidas). A los buenos lectores juveniles les puede gustar, sin duda, aunque se debe tener en cuenta cuánto ahonda en la violencia sexual, un tema que requiere un mínimo de madurez previa.

El contagioso e incontenible entusiasmo del héroe

Pues yo estoy vivo, eso sí; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, máquinas, minas, nada quieto, nada inmóvil…

Son palabras de Zalacaín poco antes de morir. A este clásico, aún recomendable por su acción y rapidez, la funcionalidad de su estructura, y el carácter propio y curioso en general de casi todo Baroja, le reprocharía uno hoy que los personajes femeninos sean tan rematadamente planos. A cambio, el carácter juvenil masculino clásico se retrata de primera:

¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, cómo aparece entre el verde de las heredades el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compás del tambor… ¡Qué emociones debían de ser aquellas!

—… ¿Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.
—¿Y por qué prefieres la guerra? Para robar.
—No hables, Capistun, que eres comerciante.
—¿Y qué?
—Que tú y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

Unos valores previos al antibelicismo que hoy es políticamente correcto, desde luego. Sobre eso, antes que cargarse a Baroja con los valores del presente, quizá habría que recordar que nuestras sociedades desdeñan la guerra… pero hacerla, la hacen exactamente igual que en 1909, aunque ahora sea so guisa de presidentes elegidos democráticamente que la justifican pidiéndonos televisadamente que los miremos a los ojos, o con encomiables Premios Nobel de la Paz que cerrarán los Guantánamos del mundo, salvo que no los cierren.

  • Pío Baroja, Zalacaín el aventurero, Austral, ed. R. Senabre, 1987, pp. 236 y 113.

Vídeo de la presentación de ‘Aún te quedan ratones por cazar’, de Blanca Álvarez, en la Fundación Japón

‘Tú’, de Charles Benoit

tu_9788427901308[1], de Charles Benoit, es una novela juvenil dirigida totalmente hacia su final, anunciado como el «último año de tu vida». Tiene un estilo directo y enfático-dramático, con la preferencia por los párrafos de una línea que se ve a menudo, por ejemplo, en Sierra i Fabra, intensificada a su vez por la narración en segunda persona. Opta por el mismo énfasis en la construcción del entorno que rodea al personaje condenado: en su mayoría, personas amorales o completamente desanimadas y desmotivadas. En esta elección está, desde mi lectura, su mayor defecto: lo que se plantea como una novela para la reflexión —sobre la carrera descendente que causa la mezcla de las propias decisiones y de un entorno poco atento— se pierde por la absoluta, y en exceso simplificada, hostilidad del entorno.

Supongo que esta clase de libros enganchan, o no, según sea la percepción personal de su veracidad/verosimilitud. En mi caso, por ejemplo, esto ha sido cierto más de una vez: «Nunca te había ocurrido antes. Te encantaba leer y siempre tenías un libro en las manos. Pero entonces te hicieron leer el libro “verdaderamente inspirador” y descubriste lo desesperante que podía ser leer. Así que te leíste el texto de la contracubierta, buscaste en internet e hiciste el trabajo. Era una M de trabajo y lo sabías, por eso te pasaste todo el fin de semana histérico … Pero el lunes te devolvieron el trabajo y te habían puesto un sobresaliente alto». En la misma línea, el ejercicio que «está mal» de la hermana pequeña (que había dado con otra solución correcta al planteamiento) o frases de intención demoledora como «los adultos no hablan contigo. Te hablan a ti», que bien pueden encajar con la percepción adolescente. El conjunto, sin embargo, a mí se me ha caído de las manos, por exceso de ruido y pretenciosidad (la misma que mueve a usar a Shakespeare aunque sea con calzador).

  • , de Charles Benoit. Noguer, Barcelona, 2011. Traducción del inglés de Elvira Delgado Gutiérrez. ISBN 978-84-279-0130-8.

‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, ilustrada por Ralph Steadman

Rebelion-en-la-granja

Me ha gustado especialmente la edición de Rebelión en la granja ilustrada por Ralph Steadman. Como en La isla del tesoro, entiendo que el ilustrador logra multiplicar, ante un lector juvenil, el potencial de un texto algo gastado por la tradición (aunque ya más conocido de segunda mano que leído de primera, probablemente). A destacar, asimismo, el formato grande y resistente, que se diría idóneo para bibliotecas. En la nota del editor podéis ver más de las peculiares y expresivas imágenes de Steadman.

Martes mudo

Página inicial de ‘Count Karlstein, or, the Ride of the Demon Huntsman’, novela cómico-melodramática de Philip Pullman. Pulsad para ampliar

Martes mudo

Martes mudo

El silencio de los libros (premios Edelvives 2012)

Edelvives propone un vídeo a lo cine mudo, con la narración en pantalla y el piano en vivo, para que nos interesemos por sus premios (Ala Delta, Alandar y Álbum Ilustrado 2012), y a mí me parece una idea graciosa y como tal os la copio. Tráiler:

Versión completa (vía Pep Bruno):

‘Mundodisco’, de Terry Pratchett

Hablar sobre los libros de Mundodisco quizá se parezca a la propia serie: un laberinto derivado descrito con mayor o menor ingenio. Desde el punto de vista de la crítica orgánica, para la cual la novela ejemplar aspira a asemejarse a un ser vivo en plenitud, probablemente son obras demasiado inconexas, que pierden fuelle buscando las explosiones de ingenio y dependen en buena medida de referencias externas (el mundo fantástico más o menos compartido), más que de las creadas por el propio texto. Según se mire, sin embargo, aunque no se parezcan a un ser vivo, en realidad se parecen a la vida: cuando llegamos ya está en marcha, la información es siempre parcial y provisional y ante las dudas, mejor reír que dramatizar.

El carácter episódico-chusquero facilita que puedan desgajarse pasajes. El siguiente, por ejemplo, podría ser un microcuento plenamente autónomo:

«Aproximadamente al mismo tiempo, una adivina —hasta entonces poco afortunada— que vivía al otro lado de la manzana, miró por casualidad su bola de cristal, dejó escapar un gritito y, antes de una hora, había vendido todas sus joyas, varios instrumentos mágicos, la mayor parte de su ropa y casi todas las demás posesiones que no podía llevar convenientemente en el caballo más rápido que consiguió comprar. El hecho de que más tarde, cuando su casa se derrumbó bajo las llamas, ella muriera en una extraña avalancha en las Montañas Morpork, demuestra que también la Muerte tiene sentido del humor.»

En realidad, esto tampoco supone un deslavazamiento total, porque casi todo pasa a formar parte de series: en este caso, la Muerte se convierte en personaje recurrente de situaciones cómicas. Cuando más adelante espera a que Rincewind muera al caer de una rama a la boca de los lobos que lo aguardan en tierra, y su deseo se frustra, el narrador dice:

«La Muerte lo observó todo, impasible.
Contempló la nube de moscas de mayo que bailaban en alegres zigzags cerca de su cráneo, y chasqueó los dedos. Los insectos cayeron en el acto. Pero, claro, no era lo mismo.»

  • Terry Pratchett, El color de la magia. Traducción de Cristina Macía. DeBolsillo (Random House Mondadori), Barcelona, 1998, 2007. ISBN 978-84-9759-679-4.

‘El secreto del huevo azul’, de Catalina González Villar, con ilustraciones de Tomás Hijo

El secreto del huevo azul, de Catalina González Villar, premio El Barco de Vapor de 2012, es una bonita historia de aventuras cuyo protagonista deberá lidiar con un enemigo interior: el miedo a reconocer un error y el miedo posterior a reconocer la mentira con la que se ha intentado salir del apuro. Aunque es una obra claramente moral, e incluso didáctica, no es aliteraria: se aprovecha el poder creador de las mentiras para que, en un mundo fantástico, estas se vayan encarnando en personajes reales; así, el lector puede vivir la aventura como, por citar el ejemplo más vistoso, el enfrentamiento con un dragón temible con ayuda de un tigre blanco. Solo en ocasiones el tono moral es demasiado explícito, o demasiado abstracto («Más allá del Puente del Adud acechan la traición, la cobardía, la falsedad»), con el riesgo de distanciamiento del lector que esto supone; pero en conjunto la reflexión me parece bien integrada con la narración, y toma cuerpo en metáforas con peso narrativo («Comenzaba a comprender que con una mentira los problemas, lejos de desaparecer, se multiplicaban a la misma velocidad que aquella plaga de lagartijas»; la plaga la ha creado la mentira inicial).

Aunque dragón y tigre son llamativos, la novela es más interesante porque crea todo un mundo, todo un país de las mentiras, plagado de secundarios imaginativos y divertidos (y aquí, sin caer en los excesos del género, digamos en Walter Moers). El diverso nivel de desarrollo de los personajes permite agruparlos en categorías: genéricos (babosas, yalohehechos, dolordebarrigas), individuales tópicos (el rey y la reina, el príncipe de más edad) e individuos algo más redondos, casi siempre nombrados (con nombres que conviene leer al revés, como el conjuro del mago, para resumir su función en esta obra moral: Rolav, Aritnem, Noisuli…), además de simbólicos, como el Ave de la Verdad.

Mención aparte merece la ilustración de Tomás Hijo, que, como el texto, quita hierro a la mentira, en el sentido en que la presenta como temible, pero no oscura. Hay un trabajo particularmente interesante en las simetrías y, teniendo en cuenta que es una novela pero se presenta en formato grande, en la creación de espacios hábiles para las cajas de texto.

  • Catalina González Villar, El secreto del huevo azul. Ilustraciones de Tomás Hijo. SM, Madrid, 2012. ISBN 978-84-675-5435-9.
  • Reseña de Óscar L. Mencía en Babar

Okupada, de Care Santos

Okupada, de Care Santos, es una novela coral sobre la okupación y contra las drogas. A través de una serie de capítulos narrados cada uno por un personaje distinto, cuenta cerca de un mes de okupación de una casa abandonada en una zona señorial de Barcelona, con sus fases de felicidad y final trágico.

Me llama la atención, sobre todo, la encomiable ambición con la que se pretende recrear la voz y el tono de personajes tan distintos. Para mi gusto personal, este punto fuerte es también el punto flaco de la novela: el género tragicómico quizá sea el más difícil de todos (no en vano, su modelo principal en la tradición española es La Celestina, una obra excesiva que casi nunca se lleva a las tablas en su forma completa) y a mí personalmente, la combinación última me suena menos a vida que a ejercicio literario, y las risas me aguan la tragedia. Pero esto depende también, según creo, de las expectativas de verosimilitud y de descarga cómica, que pueden variar de un lector a otro (y más, del lector joven medio a un lector adulto con pretensiones de crítico).

Otro punto literariamente delicado es el «no a las drogas», del todo legítimo e incluso exigible a un autor que se dirige a los jóvenes —aunque esto no suene moderno ni cool, así lo pienso—; pero que, como suele ocurrir con el traslado de las buenas intenciones a la obra literaria, puede interferir fácilmente en la verosimilitud de la trama y los personajes: de nuevo, la intención moral y la pretensión de veracidad son muy difíciles de conjugar. En este artículo de Jorge González del Pozo hay un análisis de novelas juveniles que se ocupan de la droga, con referencia expresa a esta novela y otras dos.

‘El príncipe destronado’, de Miguel Delibes

Con el punto de vista centrado en un protagonista de solo 3 años, con varios hermanos mayores y una menor, El príncipe destronado es una novela próxima a los niños (que no para ellos). Narra el conflicto de un matrimonio cuyo enfrentamiento recoge el de las dos Españas, el de tradicionalismo y modernidad, y la negociación de los roles masculino y femenino:

«—… ¿Qué edad tienes tú, Quico? [le pregunta su padre]
Quico abatió los dedos anular y meñique de su mano derecha y dejó los otros tres enhiestos:
—Tres —respondió—. Pero voy a hacer cuatro.
Su rostro se hizo todo sonrisa. Añadió:
—¿Me regaralás un tanque el día de mi santo?

—Claro que sí. Lo malo es si alguien piensa que al regalarte un tanque te estoy inculcando sentimientos belicosos. Hay personas que prefieren hacer de sus hijos unos entes afeminados antes que verles agarrados a una metralleta como hombres.
Mamá carraspeó.
—Quico —dijo—. A palabras necias, oídos sordos.
Papá se inclinó hacia adelante. Las aletillas de su nariz temblaban como un pájaro sin plumas; sin embargo, no miraba a Mamá, sino al niño:
—El día que te cases, Quico, lo único que has de mirar es que tu mujer no tenga la pretensión de que piensa.
—En el mundo —le dijo Mamá, y el cigarrillo se movía a compás de sus labios como si fuera un apéndice propio —hay personas absorbentes, que creen que sólo lo suyo merece respeto. Huye de ellas, Quico, como de la peste.
Quico asentía, mirando ora al uno ora a la otra. Papá estalló:
—La mujer en la cocina, Quico.»

La organización familiar es distinta a la más común hoy, con «servicio» que se ocupa de los niños, muy distantes del padre y relativamente de la madre («Hijo, por Dios, déjame, qué pesado, me tienes aburrida»). Aparte de separar con ello el cuidado de la educación, los niños quedan expuestos a un doble nivel cultural y a la cultura popular más cruda:

«La Domi carraspeó; entonó al fin:
—Prestad mucha atención
al hecho criminal
de un padre ingrato, degenerado,
hombre sin corazón,
sin ninguna piedad,
que en Valdepeñas ha secuestrado
a un hijo suyo
este hombre infame
en un establo y sin comer,
La Domi imprimía a la copla unas inflexiones, unos trémolos que subrayaban el patetismo de la letra. Quico le miraba el hueco negro en la fila de dientes de abajo, aquel vano oscuro que acentuaba la gustosa sensación de terror que le recorría la espalda como un escalofrío».

La novela es principalmente eso: el retrato de unos personajes, con su diversidad, a través de sus palabras. Adquiere efecto de crónica de unos tiempos y unas formas, matizada por el peculiar humor y la ingenuidad de su protagonista, y como tal sigue siendo atractiva de leer.

  • Miguel DELIBES, El príncipe destronado. Destino, 1973.

Premios Lazarillo 2011: Ángela Cabrera (ilustración, con texto de Margarita del Mazo) y J. A. Ramírez Lozano (creación literaria)

Ángela Cabrera y Margarita del Mazo

La OEPLI ha dado a conocer en esta nota de prensa los premios Lazarillo 2011, que han correspondido a la ilustradora Ángela Cabrera y la narradora Margarita del Mazo, por su adaptación de El flautista de Hamelin, y al poeta y novelista José Antonio Ramírez Lozano, por Lengua de gato. ¡Enhorabuena! El acto de entrega de los premios tendrá lugar en el marco del XXXV Salón del Libro Infantil y Juvenil de Madrid, el día 17 de diciembre, a las 11:30h en el Centro Cultural Galileo (c/ Galileo 39).

‘Una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler’ (‘Alfanhuí’)

… A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar vi que era un mendigo y me decía: «Dame de tu merienda».
—–Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.
—–Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero que cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.
—–Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima. El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas. …

‘Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia’

—–—Nunca pensé, Alfanhuí, que llegarías a hacerme compañía. Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia.
—–Y le gustaba mucho repetir el nombre de Alfanhuí porque él se lo había puesto. Luego empezó la historia.
—–—Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día, y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la «piedra de vetas». Era esta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de be ber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender, para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse. Pero si se quería de nuevo el aceite, sólo una lechuza sabía sacárselo, hasta dejar la piedra enjuta como antes. Mi padre hablaba siempre de esta piedra, y nada hubiera deseado en el mundo tanto como tenerla. Mi padre solía mandarme por los caminos para que aprendiera los colores de las cosas, y yo tardaba muchos días en volver.
—–Un día salí para uno de mis viajes. Llevaba un palo al hombro, y en la punta del palo, un pañuelo con merienda. Iba por un camino calizo entre colinas de polvo, sin hierba, con apenas algunos árboles secos donde se posaban las urracas. También había por el campo muchos hoyos r harapos y pucheros de barro quebrados, y ruedas y destrozos de carro y otro sinfín de despojos, porque todo lo que se rompía iban a tirarlo a aquella tierra. Apenas nadie iba por el camino porque era un día de mucho sol, y el sol era muy malo allí, aunque todavía no había entrado el verano. …

‘Los cocodrilos del barrio’, de Max von der Grün

Los cocodrilos del barrio, de Max von der Grün, es una novela popular en los países de lengua alemana, llevada al cine con cierto éxito en 1977 y de nuevo en 2009 (con dos continuaciones). Retrata un mundo callejero en parte envejecido por los 25 años transcurridos desde su publicación. Sin embargo, la realidad social española quizá no le queda tan distante, hoy, si pensamos en el lugar que suele conceder nuestra sociedad a los inmigrantes con pocos recursos y que en esta novela ocupan los Gastarbeiter (el eufemismo público de «trabajadores invitados»), más popularmente Itaker (despectivo por «italianos»). Que hoy España haya pasado a formar parte de la Europa excluyente y tengamos nuestros propios Itaker con los moros no le resta utilidad, probablemente al contrario.

En cualquier caso, la novela no se centra en esto, sino en las aventuras de una banda de barrio, con prueba de valor incluida, a partir de la llegada de un chico en silla de ruedas; más en concreto, la trama se mueve en torno de la resolución de unos robos. Lo cuenta con vivacidad y un aire bastante gamberro que no pasa el filtro actual de lo políticamente correcto, pero que a mí me resulta genuino. No he leído la traducción española, que no debió de ser fácil y quizá también haya envejecido.

Tráiler de la reedición de la película de 1977 (¡atención a la banda sonora!):

¿Infantiles o felices?: ‘La guarida del zorro’, de Ivan Southall

Ken, de diez años, se anima a viajar en solitario para pasar unos días con sus primos y tíos. Pero el viaje resulta más difícil de lo que imaginaba y, al llegar, sus huéspedes lo trastornan inesperadamente: «Él permanecía en pie en el bosque, alicaído, extraviado y completamente solitario. Hugh estaba a tan solo unos pasos de distancia, muy cerca, y todos los demás estaban en sus camas […] lo suficientemente próximos como para acercarse corriendo en un minuto o dos, pero no constituían precisamente su tipo ideal de personas. Siempre había creído que sí lo eran, pero no lo eran. Ellos eran unos extraños que se regían por normas diferentes y vivían según modelos de vida diversos. Demasiado bullangueros, excesivamente infantiles. ¿Era esa la palabra apropiada? Al menos, esa era una de las palabras que utilizaba su madre. O muy felices. Le sacaban de sus casillas con casi todo cuanto hacían […] Hubiera deseado tanto que todo discurriera con normalidad aquella mañana… Pero no era así.»

Se ha desvelado un conflicto familiar en torno a dos modelos de vida, uno «ordenado» y conservador, otro «desordenado» y en apariencia más alegre. Pero la novela no transcurre por el camino de convertir a Ken al modo alocado, sino que es mucho más amarga (y quizá más interesante): tras un accidente del chico, el primo y, sobre todo, el tío, reaccionan particularmente mal, incluso poniendo en peligro su vida; y ello se debe, en buena medida, al exceso de presión del modelo «ordenado», que acaba haciendo verdad los malos augurios. La crítica feroz del otro, en ocasiones, solo consigue funcionar como profecía de cumplimiento provocado.

  • Ivan Southall, La guarida del zorro. Ilustraciones de Teo Puebla. Traducción de Jesús Mayor Val. Noguer, Barcelona, 1987. ISBN 84-279-3171-9.

‘Un alfabeto raro que nadie le entendía’ (‘Alfanhuí’)

… La madre se puso muy contenta al ver las industrias de su hijo, y en premio lo mandó a la escuela. Todos los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo brillante y lo bonita que era, porque daba un tono sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no saldría de allí hasta que no escribiera como los demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgando de un árbol.

II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO

Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba.
—–Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría. …

‘Lili, Diango y el sheriff’, de Klaus-Peter Wolf

Al terminar el día, la madre pregunta: «Bueno, ¿qué tal has pasado el día, qué has hecho hoy?». Y el hijo, que pasa el día solo, salvo por un amigo, responde: «¡Bah, nada! Me he aburrido como siempre. Aquí, en Iglesias, nunca pasa nada». Pero esto lo oiremos después de toda una aventura de western tragicómico, con la que el niño reinterpreta la experiencia cotidiana: su madre pasa de vender dulces en Iglesias a despachar güisqui en «el saloon más libertino de Polvodeoro».

La realidad familiar es dura (una madre sola, con muchas horas de trabajo y pocos ingresos) y se reinterpreta con más dureza aún, pero también con heroicidad de humor tirando a grueso: la madre, acosada en la realidad por el propietario de la tienda, en la ficción es Lili la Roja, acosada por el pistolero Diango y el jefe indio Vaso de Güisqui fresco; entre tanto, un abuelo sordo e inútil desafía a todos a un duelo mortal (mortal para sí mismo, si llegara a realizarse). Al primero, Lili lo reduce con laxantes; al segundo, lo emborracha hasta que su esposa Escoba Voladora regresa de pronto y se lo lleva del bar a bofetones. Es el mundo ficticio que corresponde a una plaza en la que los bebés «gateaban por el suelo recogiendo colillas de cigarrillos y anillas arrancadas de latas de refrescos». La novela se sitúa más cerca de los títeres burlescos de Punch y Judy que de la mayoría de la narrativa infantil actual; más aún, si tenemos en cuenta que se presenta a partir de 7 años.

Ilustración de Federico Delicado

  • Klaus-Peter Wolf, Lili, Diango y el sheriff. Traducción de Elsa Alfonso Mori. Ilustraciones de Federico Delicado. SM (El barco de vapor, serie azul), 1989. ISBN 84-348-2759-X.

‘De un gallo de veleta que cazó unos lagartos y lo que con ellos hizo un niño’ (‘Alfanhuí’)

… I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO

El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama «amarillor», pues tienen una vergüenza amarilla y fría.
—–Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía, porque esa parte se había encogido al sol más que la del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a quedar los lagartos con la postura de los alacranes, todos hacia una misma parte, y ya, como habían perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban vergüenza.
—–Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia, que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus pieles un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las lluvias había llenado los botes de aquel zumo y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco.
—–Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y cuando volvieron los días de sol tan sólo se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras y que apenas destacaban del encalado.
—–Pero el niño era más hermano de los lagartos que del gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo, blanco. Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un carbón grande, para no perderse del todo. El niño paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón.
—–Volvió el niño a su palangana …

  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí. Destino, 1961. Cito de la edición de 1987, col. Destinolibro, pp. 11-13. ISBN 84-233-0803-0.

Los miedos de la abuela (‘La abuela’, Peter Härtling)

—Tu abuelo, Karli, algunas veces empinaba bastante el codo. De vez en cuando te diré que hasta llegaba a casa a cuatro patas y yo, entonces, me juré no probar en la vida esos brebajes. Incluso cuando nos invitaban o cuando celebrábamos cualquier cosa yo la bebida apenas la tocaba. Ahora es diferente. Y ocurrió de una forma bien sencilla. El día en que murió el abuelo yo daba vueltas por la casa queriendo poner orden y enredándolo todo, en realidad, mucho más de lo que estaba. En la mesilla de noche del abuelo encontré, por casualidad, dos botellas de aguardiente y, en medio de toda la tristeza, me quedaron fuerzas todavía para ponerme furiosa. Abrí una de las botellas y me bebí un buen trago, como para contrariar al abuelo difunto. ¿Y sabes tú lo que pasó, Karli? Me sentó bien. Me dije que era estupendo para matar las penas. Y desde entonces me las mato con una copita o dos. Sobre todo cuando me entra miedo.
Karli la miró asombrado.
—¡Pero abuela, si tú no tienes miedo! Nunca te lo he notado.
—Tú, Karli, a tus ocho años, ya sabes mucho. Lo que pasa es que el miedo no puede verse.
Karli le aseguró que lo notaría. La abuela se rió.
—Tú confías demasiado en tus fuerzas, jovencito. Yo, sabes, no es que tenga miedo del gordo ese del tutelar de menores, o de la asistente social, o del portero, o de quién sea. Yo tengo miedo de cosas muy distintas y no sólo un miedo, muchos miedos. Tengo miedo de que venga otra inflación y se me lleve todo lo que he ahorrado, como ya nos sucedió otra vez. Yo entonces, en 1923, era casi una niña y mi padre, tu bisabuelo, tampoco es que hubiera podido ahorrar mucho. Pero, de la noche a la mañana, el poquitó de dinero que tenía no valía nada. Lo que antes había costado un marco costaba, de repente, miles de ellos. ¡De locura! Y luego, en 1931, cuando el dinero recuperó su valor lo que no hubo fue trabajo. Yo estaba recién casada, tu abuelo se había quedado sin empleo y vivíamos con lo poco que nos daban del subsidio de paro. No conseguíamos salir de apuros.
De eso tengo miedo. Y tengo miedo de ponerme enferma. ¿Qué va a ser de ti, entonces? Cada vez que vas a la escuela tengo miedo de que te pase algo. Tengo miedo de que nos suban el alquiler del piso. Estos son mis miedos. Y no consigo librarme de ellos. Me rondan constantemente por la cabeza. Y, cuando me fastidian demasiado, voy al aparador, me sirvo una copita de aguardiente, me la bebo de un trago y me digo: «¡Quién dijo miedo, Erna Bittel!». Y por un momento se me pasa.

  • Peter Härtling, La abuela (Oma. Die geschichte von Kalle, der seine Eltern verliert und von seinem Großmutter aufgenommen wird), pp. 60-61. Traducción de Víctor Canicio. Alfaguara, Madrid, 1978, 2002. ISBN 84-204-4768-4.
  • Como ocurre a menudo con las reediciones de la novela realista, la  cubierta más reciente promete personajes más alegres y menos problemáticos que el texto.
  • Reseña de Marcos en Libros juveniles

“La boca de Botero”

[Paola] lo había llevado a ver una exposición de pinturas del artista colombiano Botero, atraída por la tremenda exuberancia de sus retratos de hombres y mujeres obesos, todos con cara de torta y boquita de piñón. Delante de ellos iba una maestra con un grupo de niños de unos ocho o nueve años. Cuando él y Paola entraron en la última sala de la exposición, oyeron decir a la maestra: «Ahora, ragazzi, nos vamos, pero, como aquí hay muchas personas que no desean ser molestadas con voces ni alboroto, todos pondremos la bocca di Botero», y se señalaba sus propios labios fruncidos. Los niños, divertidos, se llevaron los dedos a los labios que comprimían imitando las figuras de los cuadros, mientras salían de la sala andando de puntillas y conteniendo la risa.

  • Donna Leon, Malas artes (Wilful Behaviour). Traducción de Ana M.ª de la Fuente. Seix Barral, 2003.

Vídeo de presentación del VIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil

Contra las centrales nucleares: ‘La nube’, de Gudrun Pausewang

«Dieciocho mil muertos, cientos de miles de enfermos radiactivos, zonas contaminadas, provincias enteras que, durante muchos años, serían inhabitables, zona prohibida, aislada y cercada por alambre de espino». Podría ser una descripción de la catástrofe de Fukushima, pero son palabras de La nube, de Gudrun Pausewang (Lóguez).

Se trata de una novela áspera que crea en el lector dos niveles de angustia: uno, el derivado del accidente mismo, es el menor, pese a su enorme gravedad, superior incluso a la de Chernóbil; el segundo y más desazonador nace de cómo reacciona la sociedad al accidente y cómo causan aún más daño y pesar el caos, el pánico y, pasado el primer momento, la mezquindad asociada al temor y al egoísmo.

La historia se vive desde el punto de vista de una adolescente, Janna Berta, que pierde a los familiares que más aprecia, y sobre todo, de un modo imborrable, a su hermano menor. Deberá pasar toda una odisea antes de poder regresar a su pueblo de origen, acosada por las pesadillas en sentido estricto, la pesadilla real de una vida alterada sin remedio y las pesadillas de un futuro igualmente teñido por la radiación. Hay un elemento simbólico recurrente, la calva de Janna Berta (y muchos otros afectados), ante la cual se reacciona de formas significativas: horror, asco, alejamiento, comprensión, petición de que se oculte con pelucas o gorras… La novela concluye así, reafirmando la voluntad testimonial: «Entonces, Janna Berta se quitó el gorro y comenzó a hablar».

Die Wolke fue premio nacional de literatura juvenil en Alemania. La traducción española, a mi entender, rechina en algún pasaje por exceso de literalidad, aunque sin llegar a estropear la lectura.

‘La leona blanca’, de Henning Mankell (sobre la tristeza, y 3)

Cuando a los lectores jóvenes no les satisface ya el optimismo de la literatura escrita y publicada para ellos y les mueve más la sed de realismo —incluso de realismo sucio aunque no necesariamente bukowskiano—, el auge actual de la novela negra es un enorme campo de exploración. Aquí la tristeza se matiza poco, es más bien un melancólico telón de fondo en el que se mueve todo. «El cansancio y la falta de sueño eran como un dolor incesante en su cuerpo», dice una frase típica sobre el estado del policía Kurt Wallander, en La falsa pista. Abundan, hasta lo tópico incluso, los policías adictos al trabajo con una vida familiar en gran medida infeliz. Además de la adicción al empeño policial (cotidiano, no heroico), suelen tener pasiones muy concretas: la gastronomía, la ópera. Más allá de algún Carvalho yo no leí esta clase de novelas a los 17 o 18 años como para formarme una idea personal de cómo funciona la empatía del lector joven con estos protagonistas habitualmente de mediana edad y con hijos.

En el género abundan las novelas bien tramadas pero no, quizá, las que van más allá de la anécdota más o menos truculenta. Me refiero con esto a la ambición literaria de explicar el mundo, al menos en parte. En otro sentido, sí van más allá de la anécdota al crear personajes con claroscuros por los que el lector cobra simpatía y se interesa casi como un amigo, con voluntad de seguir su vida; sin la extremosidad de los culebrones, pero con su fidelidad. Por eso muchos decimos «un Brunetti» o «un Wallander». Y esto en realidad se parece a pintar frescos de la sociedad en su conjunto, como nuevos Balzac.

La leona blanca, de Henning Mankell, me parece una excepción a lo anterior porque sí tiene una notable ambición de explicar: narra momentos clave de la historia de Sudáfrica y se esfuerza por comprender otras formas de pensar al tiempo que presenta la crisis de la sociedad noreuropea del bienestar. Podría pensarse que es una novela optimista (como positiva ha sido la dirección general de la evolución histórica reciente de Sudáfrica), pues comparte el «final feliz» de los thriller a lo 24 horas para localizar una bomba; pero no lo es para el protagonista, ya que Wallander pagará muy caro haber matado, con la honda depresión que se cuenta en la novela posterior de la serie, El hombre sonriente.

  • Henning Mankell, La leona blanca. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets editores, 2003 (colección Andanzas CA 507), ISBN 978-84-8310-237-4, 504 pág. 2008 (colección MAXI MAX Serie Wallander 3/1), ISBN 978-84-8383-522-7, 656 pág.

‘Los niños han de tener la oportunidad de crecer, de expandirse’

Dice Victor Mabasha, el complejo asesino a sueldo de La leona blanca, el tercer caso de Wallander:

«¿Quién soy yo? Un ser humano que ha perdido su identidad no es ya un ser humano, sino un animal. Eso es lo que me ha ocurrido a mí. Empecé a matar personas porque yo mismo estaba muerto. Cuando era niño y veía los rótulos, aquellos condenados rótulos que indicaban dónde podían estar los negros y qué lugares eran sólo para blancos…, fue entonces cuando empezó a menguar mi persona. Los niños han de tener la oportunidad de crecer, de expandirse. Sin embargo, en mi país, el niño negro debe aprender a disminuir cada vez más. Yo veía a mis padres sucumbir bajo su propia condición de invisibles, su propia amargura reprimida. Yo era un niño obediente, que aprendió a ser nadie entre otros nadie. Mi condición de ser diferente fue mi auténtico padre. Ella me enseñó lo que nadie debería verse obligado a aprender: a vivir en la falsedad, en el desprecio, en una mentira que, en mi país, adquirió la categoría de única verdad. Una mentira por la que velaban la policía y las leyes y, sobre todo, un río de aguas blancas, un río de palabras acerca de la diferencia natural entre el blanco y el negro, acerca de la superioridad de la civilización blanca.»

  • Henning Mankell, La leona blanca. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets, Madrid, 2003; cita de la colección Maxi, 2008, pp. 234-235.

‘La tienda hinchable’, de Willis Hall

Noguer sigue reeditando libros de su amplio fondo infantil, después de haberse integrado en el grupo Planeta, y el boletín Lecturas de andar por casa, de la FGSR, habla en su número más reciente (5, de invierno de 2011) de una de esas reediciones: La tienda hinchable, de Willis Hall, con ilustraciones de Babette Cole.

(Pulsad para ampliar)

Es una novela de aire entre cómico y satírico, basada en efecto en personajes pintorescos, como una madre que solo se interesa por participar en concursos creativos de toda clase (del estilo de: «elogia nuestros cereales con un máximo de veinte palabras»). Otro es un capitán escocés de lenguaje tirando a incomprensible que me hace pensar en la dificultad de traducir los textos humorísticos. En mi experiencia lectora la novela tardó un poco en levantar el vuelo, pero luego funcionó hasta el final, aun sin ser hilarante. Las ilustraciones son de la siempre divertida Babette Cole, pero relativamente escasas. Tal vez predominen los peros en esta reseña, pero (el último pero) ni la novela es ineficaz ni hay ocasión mala para enlazar con el trabajo de la FGSR.

‘Historias de Conejo y Elefante’, de Gustavo Roldán

No conozco a nadie que no se haya enamorado del erizo y el elefante de Gustavo Roldán (El erizo, Thule, 2007), uno de los cuentos que más disfruto de contar y con los que más disfrutan los chavales. Este elefante de Historias de Conejo y Elefante (A buen paso, 2011) es y no es aquel. No es ninguna continuación, pero lo recordamos por sus líneas (sin duda, el estilo de Roldán es inconfundible) y también por el candor del personaje, probablemente (aunque a veces Conejo se crea demasiado astuto y sea Elefante el que termine la aventura divertido).

A mi entender se trata casi de una novela en miniatura, de diez capítulos muy breves, sobre la amistad. Elefante deberá superar primero el miedo a que ese extraño animal de orejas largas sea un ratón. Pero sobre todo, ambos aprenderán a conocerse e irán asentando la amistad nacida del tiempo compartido, a menudo amparados por la sonrisa del lector (quizá a partir de unos 7 años).

Os invito a leer el último capítulo (muy poco último, en realidad). Pulsad en las imágenes para ampliarlas.

‘Diez negritos’, de Agatha Christie

No guardo especial recuerdo de mis lecturas juveniles de Agatha Christie. Leía sus novelas, hasta el final, por lo general sin adivinar al culpable (en contra de lo que todo el mundo me decía, ¡qué se le va a hacer!), creo que sin particular emoción. Sin embargo leo ahora el clásico Diez negritos y lo disfruto por la trama tan cuidadosamente enredada, la intensificación del espacio cada vez más cerrado y angustiante y el uso de unidades narrativas muy breves. Quizá lo que más me distancia es la caracterización de los personajes, porque los tópicos son muy funcionales pero envejecen pronto. Al lector español en general le distanciará el no haber crecido con la nursery rhyme que sirve de esqueleto de las diversas muertes, con lo que se pierde naturalidad y anticipación, e incluso algún juego, como el de saber cómo terminará la historia de Vera (One little Injun livin’ all alone. He got married and then there were none frente a He went out and hanged himself and then there were none). A cambio no tiene que sufrir los embates de la corrección política, que han llevado a cambiar los niggers por indians y soldiers y el título por And then there were none. Sea como fuere, sigue siendo una novela de misterio de lo más eficaz.

‘El maleficio de la Alhambra’, de Tanja Kinkel

El maleficio de la Alhambra, de Tanja Kinkel, es una novela histórica con elementos fantásticos, amorosos y feministas, centrada en los últimos años del reino de Granada. No está dirigida especialmente al público juvenil, pero creo que puede gustar a los que más lean (o quizá a las que más lean: el foco narrativo y la intención ideológica la dirigen más a lectoras que a lectores).

Me interesa traerla aquí como ejemplo de novela histórica popular que prepara las escenas para el aplauso del público, con una elección a mi juicio clara, la típica del cine histórico reciente: lo histórico es ambientación, color, presentación sobre un pergamino envejecido; pero el objetivo último es proponernos una polémica moderna mediante personajes del todo inverosímiles para su época. (Lo cual, añado, no necesariamente es malo ni impropio de una novela, pero sí arruina el valor didáctico que a veces se atribuye al género.) Sigue leyendo

‘Filo entra en acción’, de Christine Nöstlinger

Filo entra en acción, de Christine Nöstlinger, es una novela de misterio ambientada en un instituto y protagonizada por un grupito de personajes caracterizados a grandes rasgos: el gordo inteligente (el Filo), el guaperas sensible (el Sir), el impulsivo (el Picas) y una chica demasiado atada por su madre (Lillibeth).

Sin embargo, más que por el enigma, destaca por los estados de ánimo. Escrita con multitud de coloquialismos y bastantes momentos de enfado, apenas hay adulto que no sea risible y no merezca el desprecio bien de la voz narradora, bien de los protagonistas. De hecho, apenas hay personaje que no sea objeto de críticas, porque los propios compañeros del aula, en su mayoría, actúan con mezquindad. Así pues, más que una novela de misterio, satírica o incluso de retrato de la agresividad de rechazo propia de la adolescencia, a mi entender se trata de una novela moral, escrita para defender un modelo de relaciones humanas menos angustiante, que deje vivir a los demás según son sin juzgarlos, etiquetarlos y condenarlos. Casi todo el mundo lo pasa mal y encuentra una ocasión de crecer (que no necesariamente aprovecha); la voz moral expresa la pondrá Filo, en defensa de una mayor racionalidad (menos impulso guiado por los sentimientos) y más cariño y amor entre todos. A cambio, todo esto le resta tensión narrativa y tampoco hay un planteamiento con la fuerza simbólica y emotiva de, por ejemplo, Me importa un comino el rey Pepino.

  • Christine Nöstlinger, Filo entra en acción. Ilustraciones de Tino Gatagán. Traducción de Luis Pastor. Espasa-Calpe, Madrid, 1984, ISBN 84-239-2729-6. Planeta&Oxford, Barcelona, 2005, ISBN 84-96336-65-4. Ilustraciones de Fran Bravo: Planetalector, Barcelona, 2010, ISBN 978-84-08-09084-7.
  • Filo entra en acción en Bienvenidos a la fiesta, en el SOL y en La hora del lector del IES La Fuensanta de Córdoba.
  • Christine Nöstlinger en este blog.

‘Me importa un comino el rey Pepino’, de Christine Nöstlinger

Me importa un comino el rey Pepino, de Christine Nöstlinger, es una novela tan inquietante como divertida, con un doble nivel de lectura, pues no solo narra una aventura tragicómica desde un punto de vista infantil, sino que también plantea una reflexión útil sobre el autoritarismo y el rol del padre en la familia y la sociedad. La aparición del «rey Pepino», un ridículo tirano exiliado del sótano, trastorna al personaje paterno hasta el punto de aislarlo por completo de la familia. En realidad, el cambio solo está poniendo de relieve una distancia que ya existía:

He oído las voces de papá y Nik. Nik reía … Me ha puesto triste. He pensado: «¡Pobre Nik! Ahora aún te va bien. Ahora aún te llevas genial con papá. Pero ya solo te durará unos pocos años.»
Me acuerdo perfectamente de cuando aún me llevaba bien con papá. Era muy bonito, entonces. Con los pequeños, papá es muy cariñoso. Juega al dominó y arma figuras con el Lego y cuenta cuentos. En los paseos siempre era muy divertido. Jugaba con nosotros al escondite y a pillar. Yo pensaba que tenía un papá fantástico.
Ya no recuerdo cómo empezaron de verdad las dificultades con papá, pero de pronto, ya nada le gustaba. Decía que me lavaba demasiado poco, que respondía como un grosero, tenía malos amigos, llevaba los pelos demasiado largos, las uñas demasiado sucias. Le molestaban mis chicles. Mis jerseys eran chillones. Mis notas eran muy malas. No estaba lo bastante en casa. Y cuando estaba en casa, veía demasiada tele. Y cuando no veía la tele, interrumpía la conversación de los adultos. Y cuando no interrumpía, preguntaba cosas que no iban conmigo. Y cuando no hacía nada de nada, entonces me reprochaba que no hacía nada más que vaguear repanchingado.» (Traduzco de la edición de Rotfuchs, 1992.)

La novela, que fue premio nacional en Alemania, no ha tenido especial fortuna en castellano. Sin embargo, con una traducción ágil y una ilustración actual (como la que hizo Jutta Bauer para la editorial Beltz), sería un texto muy vigente y aún provocador. Resulta curiosa la traducción del título al español: la rima le da un tono de sorna que ya encaja, pero se reduce el enfrentamiento del nosotros (narrador, hermana, madre y abuelo, y en parte el hijo pequeño) al yo (narrador).

  • Christine Nöstlinger (1936-), Me importa un comino el rey Pepino (Wir pfeifen auf den Gurkenkönig, 1972). Ilustraciones de Werner Maurer. Traducción de M.ª Jesús Ampudia. Madrid: Alfaguara, 1984. ISBN 8420432288.

‘Quería los pantalones’, de Lara Cardella

Han pasado veinte años desde el éxito comercial internacional de Quería los pantalones, de Lara Cardella. Leída hoy, entiendo que comparte bastantes rasgos con muchas obras que se venden como juveniles: punto de vista femenino, protagonista ingenua, conflicto generacional, cierto tremendismo y lenguaje plano, con el añadido de autora joven. Me parece una obra asequible, que puede enganchar hasta el final con una tensión basada en el sufrimiento y quizá en cierto interés morboso. Se presenta como realista, aunque en mi sensación de lector no ha calado como especialmente verosímil, ni tampoco me ha destacado por profunda ni hermosa (sin ser nada despreciable como primera novela). Después de varios intentos de renovación formal, la autora no ha publicado nada más desde 2000.

  • Lara Cardella, Quería los pantalones. Grijalbo, Barcelona, 1989. ISBN 978-84-253-2176-X.

‘Diario de un gato asesino’, de Anne Fine

Diario de un gato asesino, de Anne Fine, es una novelita humorística concebida para especial crujir de dientes de quienes consideran que, en un cuento infantil, un león debe comer hierba, zanahorias, flores o mejor aún, sueños de paz universal, pero nunca jamás carne. (En esa concepción, ¿National Geographic es un canal pornográfico?)

El gato protagonista, que cuenta la historia en primera persona, vive en una casa de esa índole: cuando se come un pájaro, la familia organiza un entierro; cuando trae un ratón (que ha encontrado «recién muerto, pero muerto»), se arma otro funeral lacrimógeno. «Esta Casa se está convirtiendo en el Circo de la Alegría», comenta el gato, irónicamente.

La acción se carnavaliza más cuando, no sin dificultades, mete un conejo por la gatera, ¡el conejo de los vecinos, que «ha vivido aquí al lado años y años»! La familia, horrorizada, lo castiga modificando la gatera para que no pueda entrar solo y corre a lavar y peinar al difunto para dejarlo de nuevo, de madrugada y a escondidas, en la jaula de los vecinos. Al encontrarse con ellos al día siguiente, estos les cuentan el raro fenómeno que acaban de vivir: su conejo de toda la vida, que se había muerto de viejo y al que habían enterrado en el jardín, ¡ha aparecido de repente en la jaula, «tan arregladito y tan mono»!

Las ilustraciones de Sofía Balzola, mediante lo que parecen sólidos creados por ordenador, no muestran a los adultos y crean algunos juegos divertidos con situaciones cinematográficas, como la persecución del criminal o la foto de la ficha policial.

  • Anne Fine, Diario de un gato asesino (The Diary of a Killer Cat). Ilustraciones de Sofía Balzola. Traducción de Miguel Azaola. SM (El barco de vapor, azul, 84), Madrid, 1998. ISBN 84-348-6245-X.

‘Los perros de la Mórrígan’, de Pat O’Shea

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Los perros de la Mórrígan, de Pat O’Shea (1931-2007), es una novela fantástica un tanto extraña: aunque se sitúa en un marco esencialmente épico, presta especial atención a la ternura, el crecimiento personal y el humor. La protagonizan dos hermanos de diez y cinco años, niño y niña, que recorrerán una Irlanda mágica tras haber despertado a la malvada serpiente Olc-Glas y, con ella, la ambición de la temible diosa de la guerra, la Mórrígan, con su particular naturaleza triple. Aparecerán muchos personajes del folklore y la mitología irlandesa, como san Patricio, la reina Maeva o el guerrero Cúchulain.

Más allá de esta celebración o recuperación local, lo importante es el viaje de los niños, en el que se centra casi toda la trama. Es notable que la diosa de la guerra concibe la historia como un juego —muy literalmente, pues durante muchas páginas ella la ve y la juega como una partida sobre una mesa— y que, más en general, no estamos ante la historia de unos niños heroicos, ni siquiera al estilo comparativamente tranquilo de los hobbits. En efecto, los niños son elementos de un juego, de relevancia crucial, pero sin plena libertad ni la responsabilidad correspondiente; poseen elementos mágicos que no les corresponde activar, sino que activan otros, los dioses, en el momento idóneo; más de una vez se sorprenden actuando de forma insospechada, movidos desde fuera. Su principal necesidad será, sobre todo, superar el miedo en los momentos difíciles; en los demás, disfrutan y se alegran sobremanera.

  • Pat O’Shea, Los perros de la Mórrigan (The Hounds of the Mórrígan, 1985); traducción de Francisco Torres Oliver; ilustraciones de Alfonso Ruano Martín. Ed. 1990: Madrid, Siruela (Las tres edades, 2), ISBN 8478440550. Ed. 2003: Siruela (Las tres edades, 102), 8478446966.