Archivo de la categoría: Ed. Libros del Zorro Rojo

‘El libro rojo’, de Barbara Lehman

Los libros sin palabras tienen una dificultad especial, y por ello mismo, cuando funcionan, transmiten algo especial. El libro rojo, de Barbara Lehman, me parece un buen ejemplo. Con una línea de ilustración especialmente clara, parte del concepto del libro como puerta a un mundo mágico (o quizá de la idea de «meterse en la lectura») y lo desarrolla con la conexión de dos niños que, desde lugares muy distintos, usan un mismo «libro rojo», hallado al azar, como ventana de acceso a un mundo compartido. Importa señalar que la transmisión del sentido a los pequeños lectores es inmediata, y no abstracta; en un primer nivel, es una aventura que funciona sola, sin problemas.

darabuc-The-Red-Book_02Como ocurre a menudo con los libros sin palabras, resulta bastante más complicado de explicar que de ver y aún quedan sin decir múltiples sugerencias (como la complejidad de niveles de la imagen superior). Pero confío en que baste para que no os lo perdáis; os lo recomiendo vivamente, a partir de unos 4 años.

‘La reina de las ranas’, de Davide Cali y Marco Somà

darabuc-La reina de las ranas

Me ha gustado La reina de las ranas (no puede mojarse los pies), de Davide Cali y Marco Somà, como adaptación amable del cuento clásico. La ilustración, de personajes humanizados, como la historia invita a hacer, abunda en detalles sin perder un tono mesurado y de colores suaves. El texto reelabora el cuento en una variante que se aleja de algunas posibilidades del original, como son lo brusco y lo grotesco. También se aleja (sobre esto valdría la pena pensar, creo, y más en un libro de origen portugués) de las posibilidades políticas de la historia, que hoy son muchas y muy idóneas. Pero esto no lo pretenden los autores y entiendo que la línea elegida la desarrollan con riqueza y acierto, y en cuanto a posibles usos para la reflexión moral (implícita en tanta fábula), diría que es un buen álbum para determinados conflictos de patio.

Aquí no se fía (nadie de las recomendaciones de Navidad)

Ayer me llegó, por vía de Twitter, el enlace a una “selección” de “treinta títulos para los más pequeños de la casa”, publicada en ABC. Aparte de la alegría personal porque uno de esos libros lo ha traducido mi mujer (y, cosa rara, el editor cumple con la Ley de Propiedad Intelectual y paga derechos de autor por la traducción; así que ojalá se venda por miles), la sensación general era negativa: algunas presencias poco dignas y muchas ausencias clamorosas. Buscando datos objetivables, terminé por reducir la selección a los editores mencionados. En orden alfabético: Anaya (5), Cuento de Luz (4), Edelvives (1), Juventud (4), La Galera (3), Macmillan (2), Palabra (3), Planeta (3), Siruela (4) y SM (1).

Visto lo visto, mi enhorabuena a los servicios de márqueting de los editores recomendados repetidamente, porque han cumplido a la perfección con la labor por la que cobran: hacer llegar sus obras a los medios. Pero al periódico, una de dos: si venden publicidad, llámenla por tal nombre; y si lo que quieren es ofrecer a sus lectores selecciones mínimamente merecedoras del calificativo, antes pasen por una buena librería en la que puedan ver igualmente los catálogos de (de nuevo en orden alfabético) A buen paso, Bárbara Fiore, Coco Books, Combel, Corimbo, Cuatro azules, Ekaré, Flamboyant, FCE, Jinete azul, Kalandraka (y Factoría K), Kókinos, Libros del Zorro Rojo, Lóguez, Lumen, Media Vaca, Nórdica, OQO, Pintar-Pintar, Proteus, República Kukudrulu, Sd, Thule… y los que me dejo. Se sorprenderán muy gratamente y, de paso, no engañarán a los lectores, cuestión que tal vez figure en esa letra pequeña del periodismo que fueron los códigos deontológicos.

Visto algún comentario, añado un abrazo a los autores, ilustradores y editores recomendados en ese artículo. No va, en ningún caso, contra ellos.

‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, ilustrada por Ralph Steadman

Rebelion-en-la-granja

Me ha gustado especialmente la edición de Rebelión en la granja ilustrada por Ralph Steadman. Como en La isla del tesoro, entiendo que el ilustrador logra multiplicar, ante un lector juvenil, el potencial de un texto algo gastado por la tradición (aunque ya más conocido de segunda mano que leído de primera, probablemente). A destacar, asimismo, el formato grande y resistente, que se diría idóneo para bibliotecas. En la nota del editor podéis ver más de las peculiares y expresivas imágenes de Steadman.

“Cóctel de Navidad” de A buen paso, Ekaré, Thule y Zorro Rojo (11 dic)

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A partir de las 19.30h. En Poble Nou, metro Llacuna.

Entrevista con la ilustradora Rosana Faría

Del blog de la Fundación La Fuente

‘Los pájaros’, de Germano Zullo y Albertine

Hay libros, y este álbum de Germano Zullo y Albertine lo es, que se resumen mejor con su efecto que con una descripción. Más aún, cuando la propuesta destaca por su economía de medios. Con un texto que probablemente llegará más a los adultos que a los niños, pero una narración visual absolutamente clara para los pequeños, el efecto que causó en M., de siete años, fue una carcajada de gozo. Ilusión por lo que ocurría, por imaginar si le podría pasar a ella, ilusión de la que te hace girarte alrededor a ver a quién puedes contárselo. Y yo no os contaré más, porque vale la pena verlo por uno mismo.

(Existe también un vídeo de animación, pero no sé cómo se lo puede localizar. La versión que yo vi se había publicado en Vimeo, pero pronto se etiquetó como “vídeo privado”, protegido con contraseña.)

  • Germano Zullo (t.) y Albertine (il.), Los pájaros. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012 (Les oiseaux, La Joie de Lire, 2010). Traducción de Elena del Amo. 66 pp. ISBN 978-84-96509-56-6.

‘¿Qué hacen las niñas?’, de Nikolaus Heidelbach

En un mundo de niñas, sin adultos, aunque sí con sus sombras y pistas según se ven desde la baja altura, pueden ocurrir muchas cosas. Heidelbach se pregunta qué hacen las niñas (y no qué nos gustaría mostrarlas haciendo para que luzcan: ni a la antigua ni a lo progre, dicho sea de paso) y lo resuelve desde la observación y la magia de lo cotidiano, especialmente con la doble vida de los juguetes; y, si a los hechos nos remitimos, de nuevo, y no a la guía adulta, juguete es todo lo que cae en manos de un niño; una niña, en este caso. El álbum —planteado como abecedario, quizá por limitar de algún modo el catálogo— es muy sugerente… tanto como inquietante. ¿O es que de veras no tienen nada de inquietante, las niñas, cuando uno las mira, en lugar de solo reconocer en ellas lo que deseamos ver?

Amaya se toma su merienda

Pastora cuida de su hermano

Yolanda se prepara para ver su programa favorito

‘Todos menos uno’, de Éric Battut

Todos menos uno, de Éric Battut, es una fábula sobre la identidad y la necesidad de no conformarse cuando uno siente que no encaja en el grupo. En su primera parte, podríamos decir que resume El camaleón camaleónico (The Mixed-up Chameleon), de Eric Carle: el protagonista no está contento consigo mismo, envidia características de los demás y acaba convertido en una mezcla risible (y, desde el punto de vista de la estética clásica, en la figura grotesca que reprobaba el Arte poética de Horacio).

«Poco después, emprendió el regreso a su hogar. Al verlo llegar, los demás guisantes le dedicaron toda clase de risas y burlas». (Pulsad para ampliar)

Sin embargo, el guisantito protagonista, ce petit pois-là, no se despoja del disfraz para reintegrarse en la normalidad social, sino que se reafirma en su deseo de no ser como los demás. Se dice a sí mismo: «soy una semilla rara; pero sigo siendo una semilla», cava un hoyo y se entierra («se acurrucó en él con su pluma, su trompa y sus rayas»). Con el tiempo, «de la tierra surgió una nueva planta, única y singular; llena de guisantes diferentes y felices».

  • Éric Battut, Todos menos uno (Ce petit pois-là, 2010). Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. Traducción de Roser Vilagrassa. ISBN 978-84-92412-84-6.

‘Una tristeza desteñida y gris’ (Marcovaldo, de Italo Calvino)

Marcovaldo[1]Buena parte de la literatura juvenil, en el sentido de la que se publica en colecciones específicamente dirigidas a ese público, es más optimista de lo que autorizaría un examen objetivo de la vida. Pueden tratarse temas duros, pero casi siempre hay una puerta de salida y remontada. En cambio no abundan (si las hay) narraciones centradas en la clase de desánimo sin salida que no es infrecuente ni en la vida adulta ni quizá en mucha de la literatura actual. Entiendo que es una de las barreras que, de un modo más o menos consciente, no se suelen saltar cuando se escribe para lectores jóvenes (dejemos por ahora a un lado que «escribir para» sea un concepto muy denostado). No me parece mal, pero tarde o temprano, por invitación, curiosidad o simple madurez de la manzana, el filtro se retira.

En la frontera del desánimo y la frustración vive Marcovaldo, personaje de una serie de cuentos estacionales de Italo Calvino cuya miseria se ve moderada por rasgos de humor, ternura y, con el tiempo (la serie se escribió a lo largo de un decenio y hay variación estilística), algún rasgo de fantasía. La traducción española de Juan Ramón Masoliver (editoriales Destino y, en este siglo, Siruela) es curiosa por su riqueza léxica. Copio a continuación el principio del cuento 12, de Invierno, titulado «Una equivocación de parada». El título le hace justicia…, pero el final, no os lo contaré yo.

INVIERNO
12. UNA EQUIVOCACIÓN DE PARADA

Para quien detesta la casa inhóspita, el refugio preferido en las veladas frías es siempre el cinematógrafo. La pasión de Marcovaldo eran las películas en color, sobre la pantalla panorámica que permite abrazar los más dilatados horizontes: praderas, montañas rocosas, selvas ecuatoriales, islas en que se vive coronado de flores. Se veía la película dos veces, salía sólo cuando cerraban el local; y en su magín seguía habitando aquellos paisajes y respirando sus colores. Pero al volver para casa en la noche lloviznosa, el aguardar en la parada el tranvía número 30, el comprobar que su vida ya no conocería más escenario que tranvías, semáforos, vivienda en semisótanos, fogones de gas, ropa tendida, almacenes y sección de embalaje, le iban desvaneciendo el esplendor de la película en una tristeza desteñida y gris.
Aquella noche el film que había visto se desarrollaba en las selvas de la India: del suelo pantanoso se alzaban nubes de vapores, y las serpientes reptaban por las lianas y se encaramaban a las estatuas de antiguos templos engullidos por la jungla.
Al salirse del cine abrió los ojos en derredor, volvió a cerrarlos, a abrirlos otra vez: no veía nada. Absolutamente nada. Ni siquiera a un palmo de sus narices. En las horas que permaneció allá adentro, la niebla había invadido la ciudad, una niebla espesa, opaca, que envolvía las cosas y los sonidos, trabucaba las distancias en un espacio sin dimensiones, barajaba las luces en la oscuridad transformándolas en relumbres sin lugar ni forma.
Marcovaldo se dirigió maquinalmente a la parada del 30 y dio de narices contra el poste del cartel. En aquel momento cayó en la cuenta de que era feliz: la niebla, al borrar el mundo en torno, le permitía conservar en sus ojos las visiones de la pantalla panorámica. Incluso el frío parecía mitigado, como si la ciudad se hubiera echado encima una nube a guisa de manta. Marcovaldo, arropado en su gabán, se sentía a cubierto de cualquier sensación exterior, disponible en el vacío, y podía colorear este vacío con las imagenes de la India, del Ganges, de la jungla, de Calcuta.
Llegó el tranvía, evanescente como un fantasma, campanilleando lentamente; las cosas existían en la mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía, dando la espalda a los demas pasajeros, fijando la vista mas allá de los cristales en la noche vacía, atravesada sólo por indistintas presencias luminosas y tal cual sombra más negra que la oscuridad era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y adondequiera que fuese un film ininterrumpido sobre una pantalla sin límites.
Fantaseando de esta suerte había perdido la cuenta de las paradas; de pronto se preguntó dónde estaría; vio que el tranvía se quedaba casi vacío; escrutó al través de los cristales, interpretó los clarores que se insinuaban, dedujo que su parada era la próxima, se afanó hacia la salida en el último momento, se apeó. Echó un vistazo en derredor buscando algún punto de referencia. Pero las pocas sombras y luces que sus ojos alcanzaban a percibir no se componían en ninguna imagen conocida. Se había confundido de parada y no sabía dónde estaba.

  • Italo Calvino, Marcovaldo o sea Las estaciones en la ciudad. Traducción de Juan Ramón Masoliver. Destino, Barcelona, 1970 (cito por la reed. de 1994, col. Destinolibro, pp. 93-95, ISBN 84-233-1046-9). Hay nueva edición en Siruela, Madrid, 1999 y 2010, ISBN 978-84-7844-437-3. Y, con ilustraciones de Alessandro Sanna, en Libros del Zorro Rojo, 2013 (enlace).

‘Pintores’, de Seung-yeoun Moon y Suzy Lee

Pintores, de Seung-yeoun Moon y Suzy Lee, es un libro contagiosamente vitalista. La anécdota es mínima, pero fácil de reconocer cuando uno tiene hijos: la felicidad infantil de estar desnudo, pintar y pintarse, dejarse llevar por las ocurrencias de los hermanos, desbocar la imaginación y, en la cima de ese caos, encontrarse con la madre, que se suma a la fiesta. «Mira, mamá: ¡tengo los pies negros!», decía la nuestra, radiante, después de untarse todo un tarro por los pies, las piernas, las manos y una cortina convertida de pronto en un insecto más monstruoso que Gregor Samsa. En su caso la cima del caos era una risa loca al comprobar cómo iban quedando sus huellas marcadas en el suelo. De esas alegrías habla este cuento; y si en la vida normal nos irrumpen de golpe y quizá nos provoquen una mala reacción, el cuento invita a los adultos a empaparse de esa sana frescura aún no domesticada.

  • Seung-yeoun Moon y Suzy Lee, Pintores. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. 28 x 22,5 cm; 32 pp. Cartoné. ISBN: 978-84-92412-78-5 (hay edición en catalán).
  • Más información e imágenes, en el blog de la editorial

Exposición de Arnal Ballester y sus ilustraciones para ‘El gran zoo’, de Nicolás Guillén

‘Los diarios de Adán y Eva’, de Mark Twain, ilustrados por Francisco Meléndez

Que Francis Meléndez hizo una irrupción asombrosa en el panorama de la literatura juvenil ilustrada y al poco tiempo desapareció de la escena dejándonos con ganas de más es la pura verdad y a la vez pura literatura, porque al explicarlo le debemos mucho al eficaz tópico narrativo de la figura desaparecida en el momento justo para forjar una leyenda. Sea como fuere, ahora regresa brevemente de sus actividades en la asociación ‘ãl-May’ãrî-Valmadrid para ilustrar los Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, un texto tierno e irónico sobre la relación de hombres y mujeres, las capacidades de uno y otro sexo y el amor y su aprendizaje, editado por Libros del Zorro Rojo. Verdad y literatura, también, a partes iguales, en un texto que supera el siglo y sin embargo a mí me ha resultado sorprendentemente fresco. Las figuras de Meléndez son menos barrocas que otras obras suyas (como es quizá propio de un libro centrado en una relación de dos) y exploran la sensualidad, la ironía y la metamorfosis.

Ilustración de Francisco Meléndez

Al año siguiente
Le pusimos de nombre Caín. Ella lo recogió mientras yo me encontraba cazando en la ribera norte de Erie; lo recogió en el bosque, a unas dos millas de nuestro refugio; o quizá fueron cuatro, ella no está segura. Se nos parece de alguna manera, y debe haber una relación. Eso es lo que ella piensa, pero es un error, a mi entender. La diferencia de tamaño lleva a la conclusión de que se trata de una nueva y diferente clase de animal, quizás un pez, aunque cuando lo puse en el agua para comprobarlo se hundió, y ella se sumergió y lo rescató antes de que el experimento nos diera la oportunidad de aclarar la cuestión. Sigo pensando que es un pez, pero ella es indiferente a lo que sea, y no me dejará volverlo a intentar. No lo entiendo. La llegada de la criatura parece haberla cambiado totalmente y la ha vuelto poco razonable acerca de los experimentos. Ella piensa más en la criatura que en otros animales, pero no es capaz de explicar por qué. Su mente está desordenada; todo lo demuestra. A veces lleva al pez en sus brazos en mitad de la noche, cuando se queja y quiere ir al agua. En esos momentos, el agua sale de los agujeros por los que mira, y luego golpea ligeramente al pez en la espalda y produce sonidos suaves con su boca para calmarlo, y muestra pena y diligencia de cien maneras distintas. Nunca la había visto hacer eso con ningún otro pez, lo cual me perturba enormemente. Ella solía tratar así a los pequeños tigres, y jugar con ellos, antes de que perdiéramos nuestra propiedad; pero era sólo un juego; nunca se preocupó por ellos cuando no les caía bien la cena.

Miércoles
No es un pez. No puedo descubrir qué es. Hace ruidos curiosos y demoníacos cuando no está satisfecho, y dice «gu-gú» cuando lo está. No es uno de nosotros, pues no camina; no es un ave, pues no vuela; no es una rana, pues no salta; no es una serpiente, pues no repta; estoy seguro de que no es un pez, aunque no tengo ocasión de comprobar si puede nadar o no. Simplemente se queda acostado, la mayoría de las veces de espaldas, con los pies para arriba. Nunca antes había visto a un animal hacer eso. Dije que creía que era un enigma, pero ella solamente admiró la palabra sin comprenderla. A mi entender es o bien un enigma o bien alguna clase de bicho. Si muere, lo cortaré en partes y veré cómo está hecho. Nunca nada me había dejado tan perplejo.

Tres meses más tarde
La perplejidad aumenta en lugar de disminuir. Duermo, pero poco. Ha dejado de estar tendido, y ahora merodea en cuatro patas. Sin embargo, se diferencia de los demás animales de cuatro patas, en que sus patas delanteras son inusualmente cortas, y en consecuencia la parte principal de su persona se proyecta incómodamente hacia arriba; y no resulta atractivo. Está construido de manera parecida a nosotros, pero su método de desplazamiento muestra que no es de nuestra estirpe. Las cortas patas delanteras y las largas posteriores indican que es de la familia del canguro, pero hay una marcada variación entre las especies, dado que el verdadero canguro salta, mientras que éste nunca lo hace. Con todo, es una variedad curiosa e interesante, y nunca ha sido catalogada antes. Cuando la descubrí sentí que correspondía darme el mérito del hallazgo añadiendo mi nombre al suyo, de allí que lo haya llamado Kangaroorum adamiensis… (pp. 23-25)

‘Malena Ballena’, de Davide Cali y Sonja Bougaeva

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Malena es una niña gorda, infeliz y acomplejada, y sus compañeras de natación —crueles con la debilidad, como suelen ser los niños— se burlan de ella llamándola «ballena». El monitor de natación (gordo también, según nos cuenta la imagen) la anima a pensar de otra manera: «Somos lo que pensamos que somos. … ¿Crees acaso que el pájaro o el pez piensan que pesan mucho? ¡Por supuesto que no! Así que si quieres ser ligera, piensa que lo eres. ¡Inténtalo y verás!».

Malena lo prueba, se esfuerza por imaginarse a sí misma de otro modo —en la piscina, en la calle, en la escuela— y logra aceptar su gordura. «Durante toda la semana, Malena hizo lo que le había aconsejado el monitor de natación. Pensó que era un canguro, una estatua, un conejo, un sol radiante. “¡Y funcionó!” Saltó muy alto en gimnasia. No notó el pinchazo de la vacuna. Se comió todas las zanahorias en el comedor del colegio. Consiguió que Eliot se fijara en ella y que por primera vez le sonriera…».

Esto podría ser parte de un manual de autoayuda, pero recuerda mucho más a otro delicioso libro de aceptación de uno mismo centrado en un personaje gordo, como es Zapatos de fuego y sandalias de viento, porque está contado e ilustrado con una gracia que hace imposible no terminar sonriendo y deseando ser como Malena.

  • Davide Cali y Sonja Bougaeva, Malena Ballena. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010. Traducción de Juan Gabriel López Guix. 21 x 28 cm. 28 pp. ISBN 978-84-92412-59-4.