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Soñé

Soñé que era un banco de una plaza, en el que dejar y recoger anónimamente. Soñé que, más o menos así me llegaba, de la mano amable del autor, una propuesta de una editorial que muchos admiramos públicamente. El libro recoge sueños de niños, en su letra y con sus dibujos, sin más edición que la selección entre la multitud de materiales recopilados y la transcripción al pie para letras difíciles o accesos de pereza. Se abre Oaxaca por donde se abra, en esta ocasión por el número 93 y nos cuenta Daira, de 9 años:

Un día soñé una pesadilla.
En la escuela estaban jugando mis compañeros en la cancha y de pronto salió una bruja que nos quería quitar un poco de sangre a todos los niños. Luego de un rato se durmió de tanto buscarnos. Luego, todos hicimos una máquina que hacía portales. Entonces creamos un portal que la llevó a Júpiter, y por la falta de oxígeno la bruja murió.

Soñé que dejaba ese libro en la mesa de casa, con otras propuestas, para mis hijos y para quien pase. Como cuando armas una mesa de cuentos ante una aula, hay libros que necesitan que los presentes y otros de quien todo el mundo quiere ser amigo, porque brillan.

No soñé –como todo lo de antes, esto pasó– que la mayor de casa, ahora de 11 años, lo cogió media hora larga, sueño a sueño. Por su formación muy pronto le interesó casi más el dibujo que la narración; y como en ese campo le han exigido mucho, se admiraba del bajo nivel de ilustración algunos de su edad (su franqueza y dureza puede ser muy dura y muy franca), pero no lo soltaba. Había comunicación entre ellos y ella.

No lo soñé, esto también pasó, que una maestra muy ilusionada con el proyecto del año que viene se pidió el libro con tiempo, porque vamos a hacer uno, haremos nuestro propio libro de sueños. Y yo ya ansío que el curso que viene llegue y pase y el plan se pueda tocar en letra, dibujo y papel.

Lo voy a seguir dejando en la mesa y que sigan pasando cosas al impulso de los sueños.

  • Cosas que han pasado al hilo de Oaxaca, Media Vaca (colección Mi hermosa ciudad), 2015, un “libro de sueños” en el que “hay 99 sueños escritos y dibujados por niñas y niños oaxaqueños en los hogares, escuelas y bibliotecas de Oaxaca de Juárez, México, recolectados por Roger Omar”. ISBN 978-84-943625-5-2.
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Presentación de ‘Cuando Óscar se escapó de la cárcel’, de Roberto Aliaga

Roberto Aliaga

Sobre la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas

Abro aquí un tema que puede ser polémico, pero agradecería que no recibiera respuestas gremiales de ningún tipo, pues no pretendo atacar a ningún colectivo. Quizá lo más interesante será la opinión de las madres y los padres, como transmisores de la opinión de los niños. Pero con matices: hay formas de narrar donde, al menos a mi entender, hay un exceso de gritos y recursos fáciles (como una escatología barata) y sin embargo quizá los niños se estén partiendo de risa. La narración debe tener un mínimo de calidad y ese juicio, aunque no sea objetivo, no les corresponde a los pequeños.

Me refiero a la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas, más específicamente, en aquellas actividades de «cuentacuentos» que suponen un coste para la biblioteca (dejo aparte los casos de voluntarios, ya sean usuarios o empleados del centro).

En las actividades que he podido ver en Barcelona (que no han sido muchas, luego esto no es un estudio de campo), yo he encontrado dos aspectos a mejorar. Uno: que apenas se narra con libros en la mano. Hay más o menos teatro, pero casi nadie muestra los álbumes que, con suma frecuencia, son origen de la historia contada. Tengo la impresión de que la biblioteca, en su afán de ser moderna, ha renunciado en exceso a los libros. Y para mí, no es lo mismo contar en un cumpleaños que en una biblioteca. Dos: que abundan las longanizas desaboridas. Imagino (no tengo datos al respecto) que es un dilema de tipo «me pagas por llenar una hora, pero no puedo llenar una hora de plena calidad con lo que me pagas, así que estiro las narraciones de más». Estas son mis sugerencias ante lo que he podido ver, con afán absolutamente constructivo. En las actividades que pude ver en pueblos de Murcia y Albacete, no saqué una impresión regular: dependía en gran medida de quién contara. Una tercera sugerencia a todos los que organizan tales actividades, por lo tanto, es que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejen de indicar quién contará.

Esta reflexión nace de la siguiente nota de la asociación de narradores MANO, que protesta porque, a su juicio, la «calidad de las sesiones de cuentos en las Bibliotecas Municipales de Madrid está cayendo en picado desde que el Ayuntamiento privatizara la gestión». La reproduce otra asociación, AEDA, en este enlace.

¿Qué opinión tenéis al respecto? ¿Cómo es vuestra experiencia? ¿Cómo lo viven vuestros niños?

Presentación de ‘Llenteyes verdes na parede’ en Nava

Ilustratour para familias, Valladolid, 7-8 de julio

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La inversión en bibliotecas cae casi al cero

En su nota «El sector editorial y del libro en los Presupuestos para el 2012», Jorge Portland recoge números del proyecto de presupuestos nacionales para el sector del libro. Los gráficos posteriores son particularmente claros y, sin duda, deprimentes. Al parecer, nuestros gestores consideran obvio que la formación y la cultura son vías del todo prescindibles para salir de la crisis. Por ejemplo:

‘De una biblioteca a otra’: la biblioteca como espacio democrático por antonomasia, por Antonio Muñoz Molina

Me identifico mucho con estas palabras de Muñoz Molina: «Vengo a trabajar en una biblioteca pública y me acuerdo siempre de la primera que conocí, en la que empecé a educarme, tan lejos ahora y tan presente en la memoria, la biblioteca municipal de Úbeda, que descubrí cuando tenía unos doce años. La mirada infantil, como la poesía épica, agranda los lugares, magnifica las cosas: yo nunca había visto salas tan grandes, estanterías llenas de libros que llegaban a los techos, sumergidas parcialmente en una penumbra en la que brillaban con intensidad misteriosa las lámparas bajas sobre las mesas de lectura. En cualquier otro lugar mis deseos y mis aficiones estaban limitados por la falta de dinero: en la biblioteca yo era un potentado. Fuera de allí las cosas pertenecían a alguien, casi siempre a otro: en la biblioteca eran mías y a la vez de todos. No existe mejor escuela de ciudadanía».

También suscribo la defensa concreta de esta biblioteca, y la defensa en general de la educación y la cultura públicas: «La escuela pública, la biblioteca pública, son el resultado de esas ideas emancipadoras: también son su fundamento. Con egoísmo legítimo uno compra un libro, lo lee, lo lleva consigo, lo guarda en su casa, vuelve a leerlo al cabo de un tiempo o ya no lo abre nunca. En la biblioteca pública el mismo libro revive una y otra vez con cada uno de los lectores que lo han elegido, multiplicado tan milagrosamente como los panes y los peces del evangelio: un alimento que nutre y sin embargo no se consume; que forma parte de una vida y luego de otra y siendo el mismo palabra por palabra cambia en la imaginación de cada lector. En la librería no todos somos iguales; en la biblioteca universitaria el grado de educación y la tarjeta de identidad académica establecen graves limitaciones de acceso; sólo en la biblioteca pública la igualdad en el derecho a los libros se corresponde con la profunda democracia de la literatura, que sólo exige a quien se acerca a ella que sepa leer y sea capaz de prestar una atención intensa a las palabras escritas. En el reino de la literatura no hay privilegios de nacimiento ni acreditaciones oficiales, ni jerarquías de ninguna clase ante las que haya que bajar la cabeza: nadie tiene la obligación de leer una determinada obra maestra; y no hay libro tan difícil que pueda ser inaccesible para un lector con vocación y constancia».

A mi modo de ver, hay mucho de cierto en estas palabras. Sin embargo, personalmente discrepo de las siguientes: «Pomposos catedráticos resultan ser lectores ineptos: cualquier persona con sentido común es capaz de degustar las más delgadas sutilezas de un libro». Es lo que dice el canon del democratismo, en efecto; pero la realidad es otra: a leer literatura se aprende y una buena formación ayuda mucho; y sin esta, hay libros casi inaccesibles, porque no debe olvidarse que casi toda la literatura bebe de la literatura precedente y el gran contexto donde se explica, se comprende y mejor se disfruta es el de la tradición literaria. Por eso la mayoría de catedráticos, pomposos o no, son buenos lectores; y por eso para disfrutar a fondo de la Odisea, la Divina Comedia o el Quijote no basta con el sentido común, sino que hace falta una buena educación en literatura, tradición literaria y cultural y Humanidades en general. Es algo que una sociedad democrática debe procurar a todos, claro. Pero que, con la excusa de la crisis, nuestros gobiernos omitan esta obligación —y así opten por ampliar, en lugar de reducir, las brechas sociales— no quita que, en ausencia de una buena formación literaria, se lee peor. La supuesta salida autodidacta, por desgracia, solo le funciona a una pequeña minoría de tercos y afortunados por igual.