Archivo de la categoría: Ed. Alfaguara

María Elena Walsh, “Nunca me interesó ponerme en el papel de madre”

Encontraréis más vídeos de este reportaje en el estupendo blog de Alejandra Moglia, La memoria y el sol.

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‘Doña Disparate’, de María Elena Walsh

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Doña Disparate,
nariz de batata,
se olvida, se olvida
de cómo se llama.

Se olvida el rodete
detrás de la puerta,
duerme que te duerme
cuando está despierta.

Se quita el zapato,
se pone el tranvía,
bebe la botella
cuando está vacía.

No sabe, no sabe
y aprieta un botón
para que haya luna
o se apague el sol.

Oye con el diente,
habla con la oreja,
con un cucharón
barre la vereda.

—¡Señor boticario,
véndame tornillos!
—¡Señor verdulero,
hágame un vestido!

«¡Guau!», dice el felpudo.
«¡Miau!», dice la jarra.
¡Que yo soy el perro!
¡Que yo soy la gata!

Doña Disparate,
nariz de merengue,
se «ecovica», digo
se equivoca siempre.

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‘Los cocodrilos del barrio’, de Max von der Grün

Los cocodrilos del barrio, de Max von der Grün, es una novela popular en los países de lengua alemana, llevada al cine con cierto éxito en 1977 y de nuevo en 2009 (con dos continuaciones). Retrata un mundo callejero en parte envejecido por los 25 años transcurridos desde su publicación. Sin embargo, la realidad social española quizá no le queda tan distante, hoy, si pensamos en el lugar que suele conceder nuestra sociedad a los inmigrantes con pocos recursos y que en esta novela ocupan los Gastarbeiter (el eufemismo público de «trabajadores invitados»), más popularmente Itaker (despectivo por «italianos»). Que hoy España haya pasado a formar parte de la Europa excluyente y tengamos nuestros propios Itaker con los moros no le resta utilidad, probablemente al contrario.

En cualquier caso, la novela no se centra en esto, sino en las aventuras de una banda de barrio, con prueba de valor incluida, a partir de la llegada de un chico en silla de ruedas; más en concreto, la trama se mueve en torno de la resolución de unos robos. Lo cuenta con vivacidad y un aire bastante gamberro que no pasa el filtro actual de lo políticamente correcto, pero que a mí me resulta genuino. No he leído la traducción española, que no debió de ser fácil y quizá también haya envejecido.

Tráiler de la reedición de la película de 1977 (¡atención a la banda sonora!):

¿Celoso, yo? ¡Esa sí que es buena! (‘El pequeño Nicolás’)

Ilustración de Sempé

… Tendrás problemas —dijo Rufo—, y además te dirán que estás celoso.
—¿Qué? —gritó Joaquín—. ¡Esa sí que es buena!
Y dijo que no estaba celoso, que era una idiotez eso, que no le importaba nada su hermanito; lo único, que no le gustaba que lo fastidiaran y que fueran a dormir a su cuarto, y también que le impidieran salir a jugar con sus amigos y que no le gustaban los niños mimados, y que si lo jorobaban mucho, pues bueno, se iría de casa, y todos estarían muy jorobados, y que podían quedárselo, a su Leoncio, y que todos lo sentirían mucho cuando se hubiera ido, sobre todo cuando sus padres supieran que era capitán de un barco de guerra y que ganaba mucho dinero, y que de todas formas ya estaba harto de su casa y de la escuela, y que no necesitaba a nadie, y que todo eso le hacía morirse de risa.
—¿Quién es Leoncio? —preguntó Clotario.
—Es mi hermanito, ¡vaya! —contestó Joaquín.
—Tiene un nombre muy raro —dijo Clotario.
Entonces Joaquín se lanzó sobre Clotario y le dio un montón de tortas, porque nos dijo que había algo que no permitía, y es que se insultara a su familia.

  • Sempé y Goscinny, Los problemas del pequeño Nicolás (Joachim à des ennuis). Traducción de Esther Benítez. Alfaguara, Madrid, 1985, 2002. ISBN 978-84-204-4860-2.

Los miedos de la abuela (‘La abuela’, Peter Härtling)

—Tu abuelo, Karli, algunas veces empinaba bastante el codo. De vez en cuando te diré que hasta llegaba a casa a cuatro patas y yo, entonces, me juré no probar en la vida esos brebajes. Incluso cuando nos invitaban o cuando celebrábamos cualquier cosa yo la bebida apenas la tocaba. Ahora es diferente. Y ocurrió de una forma bien sencilla. El día en que murió el abuelo yo daba vueltas por la casa queriendo poner orden y enredándolo todo, en realidad, mucho más de lo que estaba. En la mesilla de noche del abuelo encontré, por casualidad, dos botellas de aguardiente y, en medio de toda la tristeza, me quedaron fuerzas todavía para ponerme furiosa. Abrí una de las botellas y me bebí un buen trago, como para contrariar al abuelo difunto. ¿Y sabes tú lo que pasó, Karli? Me sentó bien. Me dije que era estupendo para matar las penas. Y desde entonces me las mato con una copita o dos. Sobre todo cuando me entra miedo.
Karli la miró asombrado.
—¡Pero abuela, si tú no tienes miedo! Nunca te lo he notado.
—Tú, Karli, a tus ocho años, ya sabes mucho. Lo que pasa es que el miedo no puede verse.
Karli le aseguró que lo notaría. La abuela se rió.
—Tú confías demasiado en tus fuerzas, jovencito. Yo, sabes, no es que tenga miedo del gordo ese del tutelar de menores, o de la asistente social, o del portero, o de quién sea. Yo tengo miedo de cosas muy distintas y no sólo un miedo, muchos miedos. Tengo miedo de que venga otra inflación y se me lleve todo lo que he ahorrado, como ya nos sucedió otra vez. Yo entonces, en 1923, era casi una niña y mi padre, tu bisabuelo, tampoco es que hubiera podido ahorrar mucho. Pero, de la noche a la mañana, el poquitó de dinero que tenía no valía nada. Lo que antes había costado un marco costaba, de repente, miles de ellos. ¡De locura! Y luego, en 1931, cuando el dinero recuperó su valor lo que no hubo fue trabajo. Yo estaba recién casada, tu abuelo se había quedado sin empleo y vivíamos con lo poco que nos daban del subsidio de paro. No conseguíamos salir de apuros.
De eso tengo miedo. Y tengo miedo de ponerme enferma. ¿Qué va a ser de ti, entonces? Cada vez que vas a la escuela tengo miedo de que te pase algo. Tengo miedo de que nos suban el alquiler del piso. Estos son mis miedos. Y no consigo librarme de ellos. Me rondan constantemente por la cabeza. Y, cuando me fastidian demasiado, voy al aparador, me sirvo una copita de aguardiente, me la bebo de un trago y me digo: «¡Quién dijo miedo, Erna Bittel!». Y por un momento se me pasa.

  • Peter Härtling, La abuela (Oma. Die geschichte von Kalle, der seine Eltern verliert und von seinem Großmutter aufgenommen wird), pp. 60-61. Traducción de Víctor Canicio. Alfaguara, Madrid, 1978, 2002. ISBN 84-204-4768-4.
  • Como ocurre a menudo con las reediciones de la novela realista, la  cubierta más reciente promete personajes más alegres y menos problemáticos que el texto.
  • Reseña de Marcos en Libros juveniles

‘Me importa un comino el rey Pepino’, de Christine Nöstlinger

Me importa un comino el rey Pepino, de Christine Nöstlinger, es una novela tan inquietante como divertida, con un doble nivel de lectura, pues no solo narra una aventura tragicómica desde un punto de vista infantil, sino que también plantea una reflexión útil sobre el autoritarismo y el rol del padre en la familia y la sociedad. La aparición del «rey Pepino», un ridículo tirano exiliado del sótano, trastorna al personaje paterno hasta el punto de aislarlo por completo de la familia. En realidad, el cambio solo está poniendo de relieve una distancia que ya existía:

He oído las voces de papá y Nik. Nik reía … Me ha puesto triste. He pensado: «¡Pobre Nik! Ahora aún te va bien. Ahora aún te llevas genial con papá. Pero ya solo te durará unos pocos años.»
Me acuerdo perfectamente de cuando aún me llevaba bien con papá. Era muy bonito, entonces. Con los pequeños, papá es muy cariñoso. Juega al dominó y arma figuras con el Lego y cuenta cuentos. En los paseos siempre era muy divertido. Jugaba con nosotros al escondite y a pillar. Yo pensaba que tenía un papá fantástico.
Ya no recuerdo cómo empezaron de verdad las dificultades con papá, pero de pronto, ya nada le gustaba. Decía que me lavaba demasiado poco, que respondía como un grosero, tenía malos amigos, llevaba los pelos demasiado largos, las uñas demasiado sucias. Le molestaban mis chicles. Mis jerseys eran chillones. Mis notas eran muy malas. No estaba lo bastante en casa. Y cuando estaba en casa, veía demasiada tele. Y cuando no veía la tele, interrumpía la conversación de los adultos. Y cuando no interrumpía, preguntaba cosas que no iban conmigo. Y cuando no hacía nada de nada, entonces me reprochaba que no hacía nada más que vaguear repanchingado.» (Traduzco de la edición de Rotfuchs, 1992.)

La novela, que fue premio nacional en Alemania, no ha tenido especial fortuna en castellano. Sin embargo, con una traducción ágil y una ilustración actual (como la que hizo Jutta Bauer para la editorial Beltz), sería un texto muy vigente y aún provocador. Resulta curiosa la traducción del título al español: la rima le da un tono de sorna que ya encaja, pero se reduce el enfrentamiento del nosotros (narrador, hermana, madre y abuelo, y en parte el hijo pequeño) al yo (narrador).

  • Christine Nöstlinger (1936-), Me importa un comino el rey Pepino (Wir pfeifen auf den Gurkenkönig, 1972). Ilustraciones de Werner Maurer. Traducción de M.ª Jesús Ampudia. Madrid: Alfaguara, 1984. ISBN 8420432288.