Archivo de la categoría: Narración oral

Vamos a contar mentiras, mentides, lies, Lügen…

Para un filopolíglota como yo, esta narración de Susana Tornero e Ignasi Potrony es una auténtica delicia. “Variacions Knoist”, del canal ProjectGrimm2012. Vale además para resumir en pocos minutos el viaje del cuento popular (aquí, en forma de poema con posibilidad de improvisar) a través de los años y las culturas.

Tráiler de ‘Un pedazo de África en Colombia’, de Boni Ofogo

Vídeo de narración de ‘Ahora no, Bernardo’, de David McKee

He encontrado este vídeo donde un psicólogo cuenta y muestra el provocador Ahora no, Bernardo, de David McKee. Me interesan distintos aspectos. Uno, la propia narración: sin intención de ofender, diría que el narrador no tiene especial gracia y eso, en sí, le concede la gracia especial que tiene cualquiera por el mero hecho de atreverse a contar. Hay una diferencia clara entre el narrador profesional y el aficionado, que no debe confundirse; pero animarse sin complejos es sano, útil y particularmente bonito en lo que aporta a la relación familiar (y a veces, con conciencia de los límites, en la relación social). Otro, el cuento como tal, construido con gran eficacia textual y visual y capaz en efecto de despertar muchas preguntas entre los adultos y un buen diálogo con los pequeños. Y, por último, tengo una vinculación personal con la historia, dado que fui el responsable (en este caso: tuve la suerte) de traducir la edición usada aquí, bilingüe español-inglés con texto simplificado.

Sobre la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas

Abro aquí un tema que puede ser polémico, pero agradecería que no recibiera respuestas gremiales de ningún tipo, pues no pretendo atacar a ningún colectivo. Quizá lo más interesante será la opinión de las madres y los padres, como transmisores de la opinión de los niños. Pero con matices: hay formas de narrar donde, al menos a mi entender, hay un exceso de gritos y recursos fáciles (como una escatología barata) y sin embargo quizá los niños se estén partiendo de risa. La narración debe tener un mínimo de calidad y ese juicio, aunque no sea objetivo, no les corresponde a los pequeños.

Me refiero a la calidad de los cuentos narrados en actividades de las bibliotecas públicas, más específicamente, en aquellas actividades de «cuentacuentos» que suponen un coste para la biblioteca (dejo aparte los casos de voluntarios, ya sean usuarios o empleados del centro).

En las actividades que he podido ver en Barcelona (que no han sido muchas, luego esto no es un estudio de campo), yo he encontrado dos aspectos a mejorar. Uno: que apenas se narra con libros en la mano. Hay más o menos teatro, pero casi nadie muestra los álbumes que, con suma frecuencia, son origen de la historia contada. Tengo la impresión de que la biblioteca, en su afán de ser moderna, ha renunciado en exceso a los libros. Y para mí, no es lo mismo contar en un cumpleaños que en una biblioteca. Dos: que abundan las longanizas desaboridas. Imagino (no tengo datos al respecto) que es un dilema de tipo «me pagas por llenar una hora, pero no puedo llenar una hora de plena calidad con lo que me pagas, así que estiro las narraciones de más». Estas son mis sugerencias ante lo que he podido ver, con afán absolutamente constructivo. En las actividades que pude ver en pueblos de Murcia y Albacete, no saqué una impresión regular: dependía en gran medida de quién contara. Una tercera sugerencia a todos los que organizan tales actividades, por lo tanto, es que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejen de indicar quién contará.

Esta reflexión nace de la siguiente nota de la asociación de narradores MANO, que protesta porque, a su juicio, la «calidad de las sesiones de cuentos en las Bibliotecas Municipales de Madrid está cayendo en picado desde que el Ayuntamiento privatizara la gestión». La reproduce otra asociación, AEDA, en este enlace.

¿Qué opinión tenéis al respecto? ¿Cómo es vuestra experiencia? ¿Cómo lo viven vuestros niños?

Dedicatoria de mi próximo álbum ilustrado: «a todos cuantos…»

Casi nunca se presta a las dedicatorias la importancia que pueden llegar a tener, en parte porque muchas no salen del ámbito personal (y si tienen relevancia, queda oculta al lector), pero en parte por su misma disposición a menudo aislada y menor. En lo que respecta a mi próximo álbum ilustrado (mejor dicho: el próximo álbum ilustrado con texto de mi autoría, al que ha puesto imagen Lina Žutautė), quiero darle la prioridad que le corresponde dedicándole aquí una nota específica; más en estos tiempos en los que la narración oral difícilmente se considera una profesión necesaria (ergo: que requiere preparación específica y un pago proporcionado), y cuando sus clientes principales en lo que atañe a la LIJ, las escuelas y las bibliotecas, no reciben presupuesto ni para mantener al personal básico o adquirir un mínimo de novedades. Dedicado va, entonces, «a todos cuantos mantienen viva la llama de la narración oral».

‘Parson’s pleasure’, de Roald Dahl, y unas reflexiones sobre moral y literatura

La reflexión moral es consustancial al ser humano, pero en literatura no tiene acomodo fácil. En la literatura infantil, satura muchos libros, escritos demasiado «de arriba abajo», lo que cancela el placer propiamente literario. A medida que nos acercamos a la juvenil, la situación es casi peor: da origen a personajes más falsos que una promesa electoral, con un grado de «madurez» que apenas soportaríamos ni en la bisabuela. El terreno más favorable es el compartido, «horizontal», como denuncia de vicios genéricos; funciona especialmente bien en la narración oral y a menudo se relaciona con tópicos.

«Parson’s pleasure», una de las «Tales of the unexpected», cumple todos estos requisitos: es particularmente apta como base para la narración oral, denuncia un vicio que todos denostamos y se ancla en tópicos como «la avaricia rompe el saco»; el fruto es, sencillamente, una enorme carcajada. (Personalmente, la carcajada colectiva sobre la avaricia me parece irresistible; de ahí el sesgo de mi Sopa de nada, adaptación de la tradición de la «sopa de piedras».) Si pensamos en lectores jóvenes, no es probable que nuestros alumnos de Bachillerato tengan el inglés preciso, pero ya sea despacio o con adaptación, puede ser una buena lectura de grupo. Recojo aquí el final, que culmina en la frustración de la gloria anticipada por el mezquino sr. Boggis:

            Mr Boggis walked out into the yard and through the gate and then down the long track that led across the field towards the road. He found himself giggling quite uncontrollably, and there was a feeling inside him as though hundreds and hundreds of tiny bubbles were rising up from his stomach and bursting merrily in the top of his head, like sparkling-water. All the buttercups in the field were suddenly turning into golden sovereigns, glistening in the sunlight. The ground was littered with them, and he swung off the track on to the grass so that he could walk among them and tread on them and hear the little metallic tinkle they made as he kicked them around with his toes. He was finding it difficult to stop himself from breaking into a run. But clergymen never run; they walk Slowly. Walk slowly, Boggis. Keep calm, Boggis.

There’s no hurry now. The commode is yours! Yours for twenty pounds, and it’s worth fifteen or twenty thousand! The Boggis Commode! In ten minutes it’ll be loaded into your car–it’ll go in easily and you’ll be driving back to London and singing all the way! Mr Boggis driving the Boggis Commode home in the Boggis car. Historic occasion. What wouldn’t a newspaperman give to get a picture of that! Should he arrange it? Perhaps he should. Wait and see. Oh, glorious day! Oh, lovely sunny summer day! Oh, glory be!

Back in the farmhouse, Rummins was saying, “Fancy that old bastard giving twenty pound for a load of junk like this.”

“You did very nicely, Mr Rummins,” Claud told him. “You think he’ll pay you?”

“We don’t put it in the car till he do.”

“And what if it won’t go in the car?” Claud asked. “You know what I think, Mr Rummins? You want my honest opinion? I think the bloody thing’s too big to go in the car. And then what happens? Then he’s going to say to hell with it and just drive off without it and you’ll never see him again. Nor the money either. He didn’t seem all that keen on having it, you know.”

Rummins paused to consider this new and rather alarming prospect.

“How can a thing like that possibly go in a car?” Claud went on relentlessly. “A parson never has a big car anyway. You ever seen a parson with a big car, Mr Rummins?”

“Can’t say I have.”

“Exactly! Arid now listen to me. I’ve got an idea. He told us, didn’t he, that it was only the legs he was wanting. Right? So all we’ve got to do is to cut “em off quick right here on the spot before he comes back, then it’ll be sure to go in the car. All we’re doing is saving him the trouble of cutting them off himself when he gets home. How about it, Mr Rummins?” Claud’s flat bovine face glimmered with a mawkish pride.

“It’s not such a bad idea at that,” Rummins said, looking at the commode. “In fact it’s a bloody good idea. Come on then, we’ll have to hurry. You and Bert carry it out into the yard. I’ll get the saw. Take the drawers out first.”

Within a couple of minutes, Claud and Ben had carried the commode outside and had laid it upside down in the yard amidst the chicken droppings and cow dung and mud. In the distance, half-way across the field, they could see a small black figure striding along the path towards the road. They paused to watch. There was something rather comical about the way in which this figure was conducting itself. Every now and again it would break into a trot, then it did a kind of hop, skip, and jump, and once it seemed as though the sound of a cheerful song came rippling faintly to them from across the meadow.

“I reckon he’s barmy,” Claud said, and Bert grinned darkly, rolling his misty eye slowly round in its socket.

Rummins came waddling over from the shed, squat and froglike, carrying a long saw. Claud took the saw away from him and went to work.

“Cut “em close,” Rummins said. “Don’t forget he’s going to use “em on another table.”

The mahogany was hard and very dry, and as Claud worked, a fine red dust sprayed out from the edge of the saw and fell softly to the ground. One by one, the legs came off, and when they were all severed, Bert stooped down and arranged them carefully in a row.

Claud stepped back to survey the results of his labour. There was a longish pause.

“Just let me ask you one question, Mr Rummins,” he said slowly. “Even now, could you put that enormous thing into the back of a car?”

“Not unless it was a van.”

“Correct!” Claud cried. “And parsons don’t have vans, you know. All they’ve got usually is piddling little Morris Eights or Austin Sevens.”

“The legs is all he wants,” Rummins said. “If the rest of it won’t go in, then he can leave it. He can’t complain. He’s got the legs.”

“Now you know better’n that, Mr Rummins,” Claud said patiently. “You know damn well he’s going to start knocking the price if he don’t get every single bit of this into the car. A parson’s just as cunning as the rest of “em when it comes to money, don’t you make any mistake about that. Especially this old boy. So why don’t we give him his firewood now and be done with it. Where d’you keep the axe?”

“I reckon that’s fair enough,” Rummins said. “Ben, go fetch the axe.”

Bert went into the shed and fetched a tall woodcutter’s axe and gave it to Claud. Claud spat on the palms of his hands and rubbed them together. Then, with a long-armed high-swinging action, he began fiercely attacking the legless carcass of the commode.

It was hard work, and it took several minutes before he had the whole thing more or less smashed to pieces.

“I’ll tell you one thing,” he said, straightening up, wiping his brow. “That was a bloody good carpenter put this job together and I don’t care what the parson says.”

“We’re just in time!” Rummins called out. “Here he comes!”

  • La edición inglesa es de Penguin (ISBN 978-0-14-005131-5) y la española, de Anagrama (ISBN 978-84-339-2308-0, en col. Contraseñas, o 978-84-339-2086-7, en bolsillo).

Premios Lazarillo 2011: Ángela Cabrera (ilustración, con texto de Margarita del Mazo) y J. A. Ramírez Lozano (creación literaria)

Ángela Cabrera y Margarita del Mazo

La OEPLI ha dado a conocer en esta nota de prensa los premios Lazarillo 2011, que han correspondido a la ilustradora Ángela Cabrera y la narradora Margarita del Mazo, por su adaptación de El flautista de Hamelin, y al poeta y novelista José Antonio Ramírez Lozano, por Lengua de gato. ¡Enhorabuena! El acto de entrega de los premios tendrá lugar en el marco del XXXV Salón del Libro Infantil y Juvenil de Madrid, el día 17 de diciembre, a las 11:30h en el Centro Cultural Galileo (c/ Galileo 39).