Archivo de la categoría: Lectores infantiles

‘Los pájaros’, de Germano Zullo y Albertine

Hay libros, y este álbum de Germano Zullo y Albertine lo es, que se resumen mejor con su efecto que con una descripción. Más aún, cuando la propuesta destaca por su economía de medios. Con un texto que probablemente llegará más a los adultos que a los niños, pero una narración visual absolutamente clara para los pequeños, el efecto que causó en M., de siete años, fue una carcajada de gozo. Ilusión por lo que ocurría, por imaginar si le podría pasar a ella, ilusión de la que te hace girarte alrededor a ver a quién puedes contárselo. Y yo no os contaré más, porque vale la pena verlo por uno mismo.

  • Germano Zullo (t.) y Albertine (il.), Los pájaros. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012 (Les oiseaux, La Joie de Lire, 2010). Traducción de Elena del Amo. 66 pp. ISBN 978-84-96509-56-6.

‘El secreto del huevo azul’, de Catalina González Villar, con ilustraciones de Tomás Hijo

El secreto del huevo azul, de Catalina González Villar, premio El Barco de Vapor de 2012, es una bonita historia de aventuras cuyo protagonista deberá lidiar con un enemigo interior: el miedo a reconocer un error y el miedo posterior a reconocer la mentira con la que se ha intentado salir del apuro. Aunque es una obra claramente moral, e incluso didáctica, no es aliteraria: se aprovecha el poder creador de las mentiras para que, en un mundo fantástico, estas se vayan encarnando en personajes reales; así, el lector puede vivir la aventura como, por citar el ejemplo más vistoso, el enfrentamiento con un dragón temible con ayuda de un tigre blanco. Solo en ocasiones el tono moral es demasiado explícito, o demasiado abstracto («Más allá del Puente del Adud acechan la traición, la cobardía, la falsedad»), con el riesgo de distanciamiento del lector que esto supone; pero en conjunto la reflexión me parece bien integrada con la narración, y toma cuerpo en metáforas con peso narrativo («Comenzaba a comprender que con una mentira los problemas, lejos de desaparecer, se multiplicaban a la misma velocidad que aquella plaga de lagartijas»; la plaga la ha creado la mentira inicial).

Aunque dragón y tigre son llamativos, la novela es más interesante porque crea todo un mundo, todo un país de las mentiras, plagado de secundarios imaginativos y divertidos (y aquí, sin caer en los excesos del género, digamos en Walter Moers). El diverso nivel de desarrollo de los personajes permite agruparlos en categorías: genéricos (babosas, yalohehechos, dolordebarrigas), individuales tópicos (el rey y la reina, el príncipe de más edad) e individuos algo más redondos, casi siempre nombrados (con nombres que conviene leer al revés, como el conjuro del mago, para resumir su función en esta obra moral: Rolav, Aritnem, Noisuli…), además de simbólicos, como el Ave de la Verdad.

Mención aparte merece la ilustración de Tomás Hijo, que, como el texto, quita hierro a la mentira, en el sentido en que la presenta como temible, pero no oscura. Hay un trabajo particularmente interesante en las simetrías y, teniendo en cuenta que es una novela pero se presenta en formato grande, en la creación de espacios hábiles para las cajas de texto.

  • Catalina González Villar, El secreto del huevo azul. Ilustraciones de Tomás Hijo. SM, Madrid, 2012. ISBN 978-84-675-5435-9.
  • Reseña de Óscar L. Mencía en Babar

Un paseo ilustrado I: exposición de Óscar Villán

Álbum de imágenes y fotos de ‘La bruja Horripilarda’ y una bonita reseña del ‘Libro de Brun’

Aunque la información sobre mis libros se recoge en este otro blog, de vez en cuando también me gusta dejar caer mis buenas noticias personales por aquí. Una: ya podéis disponer de La bruja Horripilarda, mi cuento de humor ilustrado por JuanolO, que incluye una adaptación a la lengua de signos española y un DVD (con la animación y la narración oral y en lengua de signos, además del vocabulario en LSE); edita Carambuco. Humor, sí, pero también una invitación a hablar con los pequeños sobre la presión del canon estético y la conveniencia de saber reírse de aquellos rasgos que son personales, pero el canon define como «feos». En este enlace podéis ver imágenes del interior y fotos de las actividades que iré haciendo en bibliotecas, librerías y escuelas. Lo presentamos el pasado día 24 en la biblioteca Armand Cardona, de Vilanova i la Geltrú. ¡Qué día más bonito y qué gusto de público, pequeños y grandes! ¡Muchas gracias!

¡SHA... MA... LA... CUC! ¡Ay, la bruja, cuando se enfada!

Dos: os invito a leer esta reseña del Libro de Brun en el blog de Carlos Lapeña. Al hilo de la reflexión bloguera sobre la crítica positiva y negativa, que se recoge por ejemplo en El Tiramilla, añado una razón en favor de la positiva: puede crear sentidos y enriquece la lectura orientando al lector hacia caminos más hondos o menos obvios. La negativa, en cambio, para no ser arbitraria, se ve obligada a gastar mucha energía en justificar y documentar sus razonamientos y exponer el canon de cada lector crítico, por el que se explican los «defectos» más o menos objetivables de la obra en cuestión. Así que, por simple economía, que al menos la mayoría del esfuerzo se dedique a la construcción (con la generación de sentidos asociada, esto es, doble valor) me parece lógico y sano.

‘El cuento del carpintero’, de Iban Barrenetxea

Imagen de 'El cuento del carpintero', Iban Barrenetxea, ed. A buen paso

El cuento del carpintero es una narración fantástica muy recomendable. Primero, porque el texto es redondo a partir de la confluencia de dos líneas narrativas: la de las creaciones fabulosas del carpintero y la de las creaciones perfectas para el belicoso Barón von Bombus. Es difícil no sonreír al final, que conjuga lo fabuloso y lo perfecto, ahora para bien. Segundo, porque las imágenes, además de características, expresivas y cuidadas, con desplegable incluido, también cuentan toda una historia que el lector atento desvelará con alegría; la alegría de vivir (cuando nos dejan vivir), quizá, es lo que más transmite el cuento. No os lo perdáis.

‘Canciones de miedo y risas’, de La familia Scalofrini

[Vídeo retirado temporalmente por los autores, a la espera de una versión definitiva]

Taller de pintura sobre tejas de pizarra, con ‘En casa de mis abuelos’, de Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera (Barcelona, 17-D)

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‘El clavel crece en el mar…’, de Pedro Villar, ilustrado por Leonor Pérez

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  • Pedro Villar ha publicado en su blog un adelanto del que será su próximo libro de poesía para niños, Tres veces tres la mar, ilustrado por Leonor Pérez y publicado por Ediciones El Naranjo (México, marzo de 2012).

‘¿Qué hacen las niñas?’, de Nikolaus Heidelbach

En un mundo de niñas, sin adultos, aunque sí con sus sombras y pistas según se ven desde la baja altura, pueden ocurrir muchas cosas. Heidelbach se pregunta qué hacen las niñas (y no qué nos gustaría mostrarlas haciendo para que luzcan: ni a la antigua ni a lo progre, dicho sea de paso) y lo resuelve desde la observación y la magia de lo cotidiano, especialmente con la doble vida de los juguetes; y, si a los hechos nos remitimos, de nuevo, y no a la guía adulta, juguete es todo lo que cae en manos de un niño; una niña, en este caso. El álbum —planteado como abecedario, quizá por limitar de algún modo el catálogo— es muy sugerente… tanto como inquietante. ¿O es que de veras no tienen nada de inquietante, las niñas, cuando uno las mira, en lugar de solo reconocer en ellas lo que deseamos ver?

Amaya se toma su merienda

Pastora cuida de su hermano

Yolanda se prepara para ver su programa favorito

Os invito a leer el ‘Libro de Brun’

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Libro de Brun
es una nueva propuesta personal que os invito a leer en familia, sin prisa, o en el aula, quizá con las pausas precisas entre sus partes. Es un relato en verso, solo que en un verso que apenas quiere sonar como tal y renuncia a la pirotecnia de mi anterior Libro de las mandangas.

A lo largo de cuatro estaciones, os contaré de la niña Brun, su padre, su amigo Mirko (más que amigo) y la familia de Mirko, emigrada a España desde algún punto de la Europa del este. La veremos crecer, sobre todo emocionalmente, desde el sexto cumpleaños con los que se abre el libro. La acompañaremos en sus baños de verano y el patinaje de invierno, la lectura y Mirko, las dos familias y sus retazos compartidos, la ausencia de Víctor, las dificultades del que emigra a otro país. En paralelo al crecimiento emocional hay un crecimiento formal, con versos que van creciendo en extensión, encabalgamiento y, hasta cierto punto, complejidad de las imágenes.

Lo ha ilustrado con manifiesta ternura Mannfred Salmon y la edición lo debe todo al trabajo desinteresado de Ana Lorenzo, que pidió el texto, Óscar Villán, que lo ha maquetado exquisitamente, y Marcos Taracido, que dirige la nave. Lo publica, pues, Libro de notas. Lo podéis descargar libremente y con un solo clic en este enlace (se pide la aportación voluntaria de quien lo disfrute, para la viabilidad del proyecto) o adquirir en formato tradicional en este otro.

La red es tan rápida que algunos ya lo habéis leído e incluso reseñado, pero no por eso me ilusiona ni una pizca de menos dirigiros esta invitación cordial.

República Kukudrulu, a tener en cuenta (y presentación el 19-N)

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República Kukudrulu es un sello especializado en álbumes, casi recién nacido al mundo editorial, pero que merece mucho la pena tener en cuenta. Dirigido por Mar Benegas, la primera selección de voces promete y cumple: Germán Machado, Pablo Albo, Ana Tortosa. (Y la propia Mar Benegas, de la que hablaré en nota aparte, dado que este blog presta especial atención a la poesía y su A lo bestia es muy divertido).

De Germán Machado no es preciso hablar aquí, puesto que en este blog ha publicado toda una serie de poemas sobre la fauna de su país y he reseñado Zipisquillas. El señor Dino Ache y el canario dorado es una apuesta fuerte, con un texto que no lo desvela todo y una ilustración nada «infantil», en el mal sentido de la palabra, el de ilustración pobre y previsible; el trabajo de Fernando de la Iglesia resulta de lo más sugerente. Narra la historia de un señor «esquivo y enigmático» que se oculta de los crepúsculos, del alba como del anochecer. La aparición del canario dorado cambiará su vida, sin que el lector pueda descender gratis del plano metafórico al intelectivo: deberá interpretar los hechos para llegar a un sentido propio. (Nota al margen: personalmente discrepo de la maquetación del álbum, que a mi entender subordina la imagen a unos grandes recuadros de texto de un blanco hiriente.)

Pablo Albo requiere aún menos presentación. Maestro de la narración oral y favorito de incontables bibliotecas y escuelas, su producción literaria es ya numerosa y muy recomendable se coja por donde se coja, tanto por su chispa rodariana como por su pericia constructiva. (Buscando elementos negativos a su obra, solo sé de mi espejo: algún padre que lo odia cordialmente cuando llega esta temporada de los primeros fríos y el cuento pedido para cada cena es, invariablemente, La sopa quema). Bolsillo nos habla de la ausencia desde la magia cotidiana. ¿Qué no cabe en los bolsillos de las batas de las madres de una cierta edad? Cabe todo eso, y más. «Cuando lo acabamos de montar…», se nos dice, en referencia al abuelo, que ha ido saliendo por piezas. Imposible de leer sin una sonrisa, la ilustración de Lucía Serrano opta por el humor y la ternura, en línea clara. (Nota al margen: discrepo, ahora solo secundariamente, de la justificación centrada del texto, que crea algunas líneas extrañas y no siempre aclara dónde terminan los diálogos.)

De Ana Tortosa diré poco, aunque sí sería preciso hablar de sus textos en este blog, porque su literatura del sentimiento (que no sentimentalismo), a menudo con expresión poética, tiene un lugar propio en la producción literaria reciente, y más en combinación con ilustradores particularmente seleccionados. (Hasta ahora, personalmente, debo decir que sus libros me han invitado más a perderme en los pensamientos que a reproducirlos aquí. Valga el excurso para aclarar que no figurar aquí, incluidos varios autores y editores que han tenido la amabilidad de enviarme libros de los que he disfrutado, no supone crítica, sino mero silencio, y este nace de causas diversas.) Prometo enmendar este silencio sobre sus libros. En Kukudrulu ha publicado Mariluna, con ilustraciones de Nicoletta Tomás.

‘Los niños y la máquina del tiempo’, stop-motion de un tercer curso del CEIP Virrey Morcillo, de Villarrobledo

‘Una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler’ (‘Alfanhuí’)

… A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar vi que era un mendigo y me decía: «Dame de tu merienda».
—–Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía una barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.
—–Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero que cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.
—–Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima. El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas. …

Presentación de ‘Cuentos populares de la Madre Muerte’, de Ana Cristina Herreros, en El Dragón Lector (2-N)

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‘Too late’, de Mar

Too late, de Mar, cuenta sin palabras y con una bonita economía de elementos visuales lo que el título dice: ¡Demasiado tarde!

Un pez nada solo en una pecera. Le traen un compañero, que saluda, habla y canturrea sin hallar respuesta. (La historia es «sin palabras» porque reconocemos que se escribe dentro de un bocadillo, pero en una lengua que suena a chino.) El compañero queda en silencio y morirá. Solo entonces, el primero se anima a hablar. Ciertamente, ya es «demasiado tarde».

Como historia cruda, puede ser particularmente adecuada para los niños, que suelen ser muy crudos de forma natural. Pero como ellos suelen percibir la muerte como un accidente, y no una amenaza —y bien está que así sea, claro—, quizá los encuentres divertidos, intentando descifrar las palabras del lenguaje enigmático. Sea como fuere, la editorial Proteus se presenta como «especializada en ética» y este relato mínimo cumple a la perfección con la función de hacernos pensar sobre nuestras acciones y sus efectos, en busca de un mundo mejor.

  • Mar (Mar Cerdà i Albert), Too late. Proteus, Barcelona, 2011. ISBN 978-84-15047-49-0.

‘Otoño’, de Javier Fonseca y Laura Chicote

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Presentación de ‘El gallo Traganueces’, de Roberto Mezquita, en Mundanalrüido

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Presentación de ‘Contos por teléfono’, de Gianni Rodari, ilustrados por Pablo Otero

Era unha vez…
… o Sr. Bianchi, de Varese. Era representante de comercio e seis de cada sete días pasábaos viaxando por toda Italia, do leste ao oeste, ao sur, ao norte e polo medio, vendendo medicamentos. O domingo volvía á casa, e o luns pola mañá marchaba outra vez. Pero antes de partir, a filla dicíalle: «Por favor, papá: cada noite, un conto».

Presentación del viernes 14 de octubre:

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‘Los estorninos…’, de Antonio García Teijeiro

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Los estorninos
son estridentes.
Las golondrinas,
sueños vivientes.

Y los gorriones,
buenos amigos.
Y son los cucos
relojes vivos.

Oigo sus voces.
Siento sus risas.
Pájaros tiernos
como la brisa.

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  • Antonio García Teijeiro, Versos con alas. Acuarelas de Manuel Uhía. Lynx, Bellaterra, 2006. ISBN 84-96553-15-9.
  • Versos con alas es un libro de poemas sobre pájaros, uno de los temas recurrentes en la poesía de García Teijeiro. Lynx, como editorial especializada en libros de naturaleza, lo complementa con un apéndice sobre el canto de las aves y un breve glosario.

‘Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia’

—–—Nunca pensé, Alfanhuí, que llegarías a hacerme compañía. Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia.
—–Y le gustaba mucho repetir el nombre de Alfanhuí porque él se lo había puesto. Luego empezó la historia.
—–—Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día, y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la «piedra de vetas». Era esta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de be ber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender, para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse. Pero si se quería de nuevo el aceite, sólo una lechuza sabía sacárselo, hasta dejar la piedra enjuta como antes. Mi padre hablaba siempre de esta piedra, y nada hubiera deseado en el mundo tanto como tenerla. Mi padre solía mandarme por los caminos para que aprendiera los colores de las cosas, y yo tardaba muchos días en volver.
—–Un día salí para uno de mis viajes. Llevaba un palo al hombro, y en la punta del palo, un pañuelo con merienda. Iba por un camino calizo entre colinas de polvo, sin hierba, con apenas algunos árboles secos donde se posaban las urracas. También había por el campo muchos hoyos r harapos y pucheros de barro quebrados, y ruedas y destrozos de carro y otro sinfín de despojos, porque todo lo que se rompía iban a tirarlo a aquella tierra. Apenas nadie iba por el camino porque era un día de mucho sol, y el sol era muy malo allí, aunque todavía no había entrado el verano. …

‘San Isidro Labrador, muerto le llevan’ (popular)

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MUERTO LE LLEVAN

San Isidro Labrador,
muerto le llevan en un serón,
el serón era de paja,
muerto le llevan en una caja,
y la caja era de pino,
muerto le llevan en un pepino,
el pepino era de a cuatro,
muerto le llevan en un zapato,
el zapato era ya viejo,
muerto le llevan en un pellejo,
el pellejo era de aceite,
muerto le llevan a San Vicente.
San Vicente está cerrao,
con el moño colorao,
le agarraron de una pata
y le tiraron a un tejao.
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  • 100 temas infantiles, por Joaquín Díaz. Fundación Joaquín Díaz. En los comentarios, recojo variantes, músicas y formas de jugar.

Dentro de poco, ¡Horripilarda!

En el bosque de Troncofétido, en una cabaña más sucia que una pocilga, vive la bruja Horripilarda.
Por desgracia, también yo vivo en esa porqueriza.

El cuento fue así: un mal día, iba yo brincando alegremente por un camino…
—¡Puaj, qué asco! ¡No soporto la alegría! —gritó Horripilarda, nada más verme.
Una luz amarilla me deslumbró y, de golpe, me encontré arrastrándome por el suelo, convertido en un gusano pringoso.

Con unos amigos, hemos tramado un plan para liberarme.
Pero antes debéis saber que Horripilarda es más presumida que una mariposa. Incluso se ha inventado un Espejo —no Mágico, sino Mentiroso— que, cada mañana, la saluda como la más guapa del mundo.

Ilustración de JuanolO

Faltan solo tres meses para que vea la luz La bruja Horripilarda, ilustrado por JuanolO y publicado por Carambuco, en castellano, y Ginjoler (de El Cep i la Nansa) en catalán. Un cuento de humor para guapos y feos, y sobre todo para listos: los que, para empezar, saben reírse de sí mismos. Y también para personas sordas, porque incluye una adaptación a la lengua de signos, y un DVD con el cuento narrado, y una canción… ¿Alguien da más?

‘Todos menos uno’, de Éric Battut

Todos menos uno, de Éric Battut, es una fábula sobre la identidad y la necesidad de no conformarse cuando uno siente que no encaja en el grupo. En su primera parte, podríamos decir que resume El camaleón camaleónico (The Mixed-up Chameleon), de Eric Carle: el protagonista no está contento consigo mismo, envidia características de los demás y acaba convertido en una mezcla risible (y, desde el punto de vista de la estética clásica, en la figura grotesca que reprobaba el Arte poética de Horacio).

«Poco después, emprendió el regreso a su hogar. Al verlo llegar, los demás guisantes le dedicaron toda clase de risas y burlas». (Pulsad para ampliar)

Sin embargo, el guisantito protagonista, ce petit pois-là, no se despoja del disfraz para reintegrarse en la normalidad social, sino que se reafirma en su deseo de no ser como los demás. Se dice a sí mismo: «soy una semilla rara; pero sigo siendo una semilla», cava un hoyo y se entierra («se acurrucó en él con su pluma, su trompa y sus rayas»). Con el tiempo, «de la tierra surgió una nueva planta, única y singular; llena de guisantes diferentes y felices».

  • Éric Battut, Todos menos uno (Ce petit pois-là, 2010). Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. Traducción de Roser Vilagrassa. ISBN 978-84-92412-84-6.

‘Un alfabeto raro que nadie le entendía’ (‘Alfanhuí’)

… La madre se puso muy contenta al ver las industrias de su hijo, y en premio lo mandó a la escuela. Todos los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo brillante y lo bonita que era, porque daba un tono sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no saldría de allí hasta que no escribiera como los demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgando de un árbol.

II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO

Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba.
—–Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría. …

‘PLEASE DO NOT MAKE F UN OF ME…’, de Shel Silverstein

  • PORFA / NO TE / BURLE / S DE MÍ / PORFA / NO TE / RÍAS NO / ES FÁ / CIL ES / CRIBIR / UN PO / EMA EN / EL CUE / LLO DE / UNA J / IRAFA / AL GA / LOPE.
  • Shel Silverstein, Where the Sidewalk Ends. Harper & Row, Nueva York, 1974.

‘Lili, Diango y el sheriff’, de Klaus-Peter Wolf

Al terminar el día, la madre pregunta: «Bueno, ¿qué tal has pasado el día, qué has hecho hoy?». Y el hijo, que pasa el día solo, salvo por un amigo, responde: «¡Bah, nada! Me he aburrido como siempre. Aquí, en Iglesias, nunca pasa nada». Pero esto lo oiremos después de toda una aventura de western tragicómico, con la que el niño reinterpreta la experiencia cotidiana: su madre pasa de vender dulces en Iglesias a despachar güisqui en «el saloon más libertino de Polvodeoro».

La realidad familiar es dura (una madre sola, con muchas horas de trabajo y pocos ingresos) y se reinterpreta con más dureza aún, pero también con heroicidad de humor tirando a grueso: la madre, acosada en la realidad por el propietario de la tienda, en la ficción es Lili la Roja, acosada por el pistolero Diango y el jefe indio Vaso de Güisqui fresco; entre tanto, un abuelo sordo e inútil desafía a todos a un duelo mortal (mortal para sí mismo, si llegara a realizarse). Al primero, Lili lo reduce con laxantes; al segundo, lo emborracha hasta que su esposa Escoba Voladora regresa de pronto y se lo lleva del bar a bofetones. Es el mundo ficticio que corresponde a una plaza en la que los bebés «gateaban por el suelo recogiendo colillas de cigarrillos y anillas arrancadas de latas de refrescos». La novela se sitúa más cerca de los títeres burlescos de Punch y Judy que de la mayoría de la narrativa infantil actual; más aún, si tenemos en cuenta que se presenta a partir de 7 años.

Ilustración de Federico Delicado

  • Klaus-Peter Wolf, Lili, Diango y el sheriff. Traducción de Elsa Alfonso Mori. Ilustraciones de Federico Delicado. SM (El barco de vapor, serie azul), 1989. ISBN 84-348-2759-X.

¿Celoso, yo? ¡Esa sí que es buena! (‘El pequeño Nicolás’)

Ilustración de Sempé

… Tendrás problemas —dijo Rufo—, y además te dirán que estás celoso.
—¿Qué? —gritó Joaquín—. ¡Esa sí que es buena!
Y dijo que no estaba celoso, que era una idiotez eso, que no le importaba nada su hermanito; lo único, que no le gustaba que lo fastidiaran y que fueran a dormir a su cuarto, y también que le impidieran salir a jugar con sus amigos y que no le gustaban los niños mimados, y que si lo jorobaban mucho, pues bueno, se iría de casa, y todos estarían muy jorobados, y que podían quedárselo, a su Leoncio, y que todos lo sentirían mucho cuando se hubiera ido, sobre todo cuando sus padres supieran que era capitán de un barco de guerra y que ganaba mucho dinero, y que de todas formas ya estaba harto de su casa y de la escuela, y que no necesitaba a nadie, y que todo eso le hacía morirse de risa.
—¿Quién es Leoncio? —preguntó Clotario.
—Es mi hermanito, ¡vaya! —contestó Joaquín.
—Tiene un nombre muy raro —dijo Clotario.
Entonces Joaquín se lanzó sobre Clotario y le dio un montón de tortas, porque nos dijo que había algo que no permitía, y es que se insultara a su familia.

  • Sempé y Goscinny, Los problemas del pequeño Nicolás (Joachim à des ennuis). Traducción de Esther Benítez. Alfaguara, Madrid, 1985, 2002. ISBN 978-84-204-4860-2.

‘Ratitas tercas’, de Juan Cruz Iguerabide (en ‘La ratita Miracielos’)

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Ilustración de Alicia Cañas para el cuento «Palomina». (Pulsad para ampliar.)

  • Un águila persigue a una ratita soñadora y voladora que, como Sherezade, se librará del acoso mediante una serie de cuentos de tono diverso.
  • Juan Cruz Iguerabide, La ratita Miracielos. Ilustraciones de Alicia Cañas. Edebé, Barcelona, 2000. ISBN 84-236-5502-4.

‘De un gallo de veleta que cazó unos lagartos y lo que con ellos hizo un niño’ (‘Alfanhuí’)

… I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO

El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama «amarillor», pues tienen una vergüenza amarilla y fría.
—–Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía, porque esa parte se había encogido al sol más que la del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a quedar los lagartos con la postura de los alacranes, todos hacia una misma parte, y ya, como habían perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban vergüenza.
—–Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia, que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus pieles un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las lluvias había llenado los botes de aquel zumo y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco.
—–Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y cuando volvieron los días de sol tan sólo se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras y que apenas destacaban del encalado.
—–Pero el niño era más hermano de los lagartos que del gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo, blanco. Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un carbón grande, para no perderse del todo. El niño paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón.
—–Volvió el niño a su palangana …

  • Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí. Destino, 1961. Cito de la edición de 1987, col. Destinolibro, pp. 11-13. ISBN 84-233-0803-0.

‘Comida para relojes’, de Fran Nuño (‘La hora de los relojes’)

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Comida para relojes

¿Qué comen los relojes?

Tiempos perdidos en su salsa,
aliños de contratiempos,
tiempo de espera a la plancha,
miel con tiempo de descuento…

Y siempre, para el postre:
rica fruta del tiempo.
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Ilustración de Enrique Quevedo. (Pulsad para ampliar.)

‘Andrés cabeza abajo’, de Pablo Albo y Roger Olmos

Ilustración de Roger Olmos

«Andrés, cabeza abajo, iba pensando: “¡VAYA FAENA!”. Acababa de ser engullido por un ogro y estaba cayendo por su garganta.
“Con la mala suerte que tengo, seguro que en la barriga del ogro me encuentro con un dragón terrible que me quiere devorar.”
¡Y así fue!
“¡QUÉ MALA PATA!”, pensaba Andrés, mientras caía, cabeza abajo, por la garganta del dragón. “Seguro que este dragón acaba de comerse un oso salvaje al que le encanta comer niños.”
¡Y así era!»
La fatalidad de Andrés no termina en el oso, claro, sino que cada vez se adentra más en estas muñecas chinas carnívoras: «Y, como se temía, Andrés se encontró en la barriga del lobo feroz, que estaba dentro del león hambriento, que estaba dentro de la barriga del oso salvaje, que estaba dentro de la barriga del dragón terrible, que estaba dentro de la barriga del ogro».

Ilustración de Roger Olmos

Ilustración de Roger Olmos

¿Llegará alguien —leñador o caballero— que abra toda la serie de barrigas? No, «por mucho que esperó, allí no llegó nadie». Así que tendrá que resolverlo por sí mismo y, como no está en una ballena que lo pueda expulsar con el agua, no será el medio más limpio ni perfumado: «buscando, palpando y empujando se metió por un agujero que había en la barriga del lobo hasta que consiguió salir por…». Sí, por ahí; como se dice en letra pequeñita: «por donde suelen salir las cosas que los lobos se comen».

Por esa clase de agujeros, deshace el camino de las cajitas chinas, ahora marranas e hilarantes. Al fin llega a la barriga del ogro y, al sentirse cerca de la liberación, piensa: «¡Seguro que afuera brilla el sol!». Seguro… que no, ¡pobre Andrés, «cansado, mojado y maloliente»! Él no pierde la esperanza: «Con la suerte que tengo, seguro que mañana o pasado sale el sol». Olmos, que con los lados menos amables de la vida se sale (La cosa que más duele del mundo, El príncipe de los enredos), se ríe aquí dibujando una nube exclusiva para el gafado.

Ilustración de Roger Olmos

Los miedos de la abuela (‘La abuela’, Peter Härtling)

—Tu abuelo, Karli, algunas veces empinaba bastante el codo. De vez en cuando te diré que hasta llegaba a casa a cuatro patas y yo, entonces, me juré no probar en la vida esos brebajes. Incluso cuando nos invitaban o cuando celebrábamos cualquier cosa yo la bebida apenas la tocaba. Ahora es diferente. Y ocurrió de una forma bien sencilla. El día en que murió el abuelo yo daba vueltas por la casa queriendo poner orden y enredándolo todo, en realidad, mucho más de lo que estaba. En la mesilla de noche del abuelo encontré, por casualidad, dos botellas de aguardiente y, en medio de toda la tristeza, me quedaron fuerzas todavía para ponerme furiosa. Abrí una de las botellas y me bebí un buen trago, como para contrariar al abuelo difunto. ¿Y sabes tú lo que pasó, Karli? Me sentó bien. Me dije que era estupendo para matar las penas. Y desde entonces me las mato con una copita o dos. Sobre todo cuando me entra miedo.
Karli la miró asombrado.
—¡Pero abuela, si tú no tienes miedo! Nunca te lo he notado.
—Tú, Karli, a tus ocho años, ya sabes mucho. Lo que pasa es que el miedo no puede verse.
Karli le aseguró que lo notaría. La abuela se rió.
—Tú confías demasiado en tus fuerzas, jovencito. Yo, sabes, no es que tenga miedo del gordo ese del tutelar de menores, o de la asistente social, o del portero, o de quién sea. Yo tengo miedo de cosas muy distintas y no sólo un miedo, muchos miedos. Tengo miedo de que venga otra inflación y se me lleve todo lo que he ahorrado, como ya nos sucedió otra vez. Yo entonces, en 1923, era casi una niña y mi padre, tu bisabuelo, tampoco es que hubiera podido ahorrar mucho. Pero, de la noche a la mañana, el poquitó de dinero que tenía no valía nada. Lo que antes había costado un marco costaba, de repente, miles de ellos. ¡De locura! Y luego, en 1931, cuando el dinero recuperó su valor lo que no hubo fue trabajo. Yo estaba recién casada, tu abuelo se había quedado sin empleo y vivíamos con lo poco que nos daban del subsidio de paro. No conseguíamos salir de apuros.
De eso tengo miedo. Y tengo miedo de ponerme enferma. ¿Qué va a ser de ti, entonces? Cada vez que vas a la escuela tengo miedo de que te pase algo. Tengo miedo de que nos suban el alquiler del piso. Estos son mis miedos. Y no consigo librarme de ellos. Me rondan constantemente por la cabeza. Y, cuando me fastidian demasiado, voy al aparador, me sirvo una copita de aguardiente, me la bebo de un trago y me digo: «¡Quién dijo miedo, Erna Bittel!». Y por un momento se me pasa.

  • Peter Härtling, La abuela (Oma. Die geschichte von Kalle, der seine Eltern verliert und von seinem Großmutter aufgenommen wird), pp. 60-61. Traducción de Víctor Canicio. Alfaguara, Madrid, 1978, 2002. ISBN 84-204-4768-4.
  • Como ocurre a menudo con las reediciones de la novela realista, la  cubierta más reciente promete personajes más alegres y menos problemáticos que el texto.
  • Reseña de Marcos en Libros juveniles

‘Luna de estío’, de Yamazaki Sokán

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Luna de estío:
si le pones un mango,
¡un abanico!

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  • Octavio Paz: Versiones y diversiones. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000. ISBN 84-8109-308-4.

En memoria de Juan Farias: ‘El dibujante y su hijo una tarde de abril lluvioso’

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EL DIBUJANTE Y SU HIJO UNA TARDE DE ABRIL LLUVIOSO

Aquí, en esta casa, en abril, vivimos tres personas y un perro.
El más pequeño es mi hijo que va a cumplir seis años
La que fríe croquetas es mi mujer.
El del bigotito soy yo.
El perro se llama Chaquetón y no pertenece a ninguna raza definida.
Hoy llueve, pero no importa demasiado.
Después de abril viene mayo y todo se llenará de colores brillantes, de lilas,
margaritones enormes y mariposas entre los margaritones volando con un
sol amable reflejado en las alas.
Mi hijo y yo, en tanto no llegue mayo, hacemos cosas de hacer dentro de casa, por ejemplo, pensar un motivo para un dibujo sorprendente.
—Un hermoso caballo color frambuesa —sugerí—, un caballo magnífico, con los ojos verdes, tirando de algo increíble.
—¿De una fila de salmonetes? —se preguntó mi hijo—. ¿De toda una fila de salmonetes pequeños y enfadados? —para describir al fin, feliz—: Salmonetes a rayas, con dos ruedas cada uno. El caballo los lleva al colegio.
—Si son salmonetes no pueden tener ruedas —dije consciente de que un adulto no debe consentir excentricidades—. En todo caso tu caballo tira de una fila de carretillas.
—No me gusta eso que has dicho. Si son carretillas tendremos que llenarlas de arena o algo y a mi caballo le costará trabajo —protestó mi hijo—. Si es como tú dices mi caballo se cansará, estoy seguro —y me explicó—: Es un caballo para pasear vestido de indio, o de vaquero, o de nada, de niño desnudo, al galope por la playa, no para tirar de muchas carretillas pesadas, llenas de arena. ¡No, ni aun cuando la arena sea para hacer castillos!
Soy un adulto y los adultos, ya se sabe, han de hacer valer el sentido común.
Un adulto respetable no debe consentir que las ranas vuelen o sean príncipes encantados,
ni que los feroces apaches jueguen al ajedrez, las tardes de invierno, con los muchachos del Séptimo de Caballería,
y mucho menos que los salmonetes tengan ruedas.
Dije:
—Tendremos que quitarles las ruedas. Si son salmonetes son pececitos, andan por debajo del agua, respiran por branquias, mueven la cola y tienen la sangre fría.
—Y son felices —afirmó mi hijo, rotundo.
Consentí en este punto lamentando haber tenido la ocurrencia de sugerir imágenes con sentido común.
—Ponle una escafandra de buzo a mi caballo —concedió mi hijo— y aletas, o gafas y aletas, como tú quieras, papá. Lo dejo a tu elección.

Ilustración de Arcadio Lobato

—Puede ser un fantástico caballo marino —dije yo—, caballito de mar, enorme, de color frambuesa y cola de pez.
—No, no creo que sea una buena idea —protestó mi hijo que empezaba a cansarse del juego—. Si el caballo es un pez no tiene mérito que ande por debajo del agua. Prefiero un caballo submarinista.
Y se distrajo del todo viendo cómo la luz se rompía en siete colores al atravesar una gota de lluvia.
—Lo haremos como tú dices —consentí tratando de recuperar su atención—. Será un caballo de verdad y los salmonetes sus mejores amigos. Juntos cantarán a coro una bonita canción.
Mi hijo no es un niño capaz de fijar su atención en la misma cosa durante más de siete minutos.
Insistí, pero todo fue inútil. Ya no le importaba el caballo, ni los salmonetes, ni yo mismo.
Por lo visto era mucho más emocionante ver cómo el Arco Iris iba bajando por el cristal, en aquella última gota de lluvia del mes de abril.
—Lo dejaremos para otro día —dije.
Y encendí mi pipa.

  • Juan Farias, Algunos niños, tres perros y más cosas. Ilustraciones de Arcadio Lobato. Espasa-Calpe (Austral juvenil), Madrid, 1981. ISBN 84-239-2703-2.
  • Una cinta de dos palmos y pico, en el blog El cuento de la buena pipa

‘Mi burro enfermo’, cantado por Alba Ávila e ilustrado por Gerald Espinoza (Ekaré)

Mi burro enfermo: El canto como lectura melodiosa de Ediciones Ekaré en Vimeo.

Conversación con Gerald Espinoza de Ediciones Ekaré en Vimeo.

‘Anclas, patanclas’ (en El cuento de la buena pipa, y partitura)

«… el juego de gomas que más nos gustaba era otro. O al menos eso creo, o quizá se trate del juego que más me gusta ahora, viéndolos todos desde esta edad adulta en la que me empeño una y otra vez en recuperar a la niña que fui. En este juego las niñas que paraban, sostenían las gomas elásticas estirando hacia arriba los brazos al máximo. La niña que jugaba alcanzaba las gomas desde dentro con los brazos, mirando a cada una de las niñas que paraban alternativamente, mientras hacía varios enredos con las gomas y entonaba esta canción:

Anclas, clas,
patanclas, clas,
azules, les,
y blancas, cas,
anclas, patanclas,
azules y blancas.

Cuando se acaba la canción tenías que salir de las gomas, siendo más rápida que las otras niñas que bajaban velozmente las gomas para atraparte.»

  • Manuel Fernández y González de Mendoza, Cancionero musical infantil de Toledo, Universidad de Castilla-La Mancha, 1992.
  • Partitura alternativa en doslourdes.net

¿Qué hombre hace la fuente del futuro, con guitarra, en el verano del bosque?

(Pulsad para ampliar)

‘La princesa que perdió su nombre’, de Pilar Mateos y Teo Puebla

¿Cabe hacer un cuento serio sobre una princesa enamorada de un jardinero, cuyo nombre perdido va en boca de una paloma peregrina que recorre el mundo llamando a la paz y le será devuelto «embellecido y dignificado por el amor», sin caer en lo cursi? Formas de huir hay muchas: la burlona, en la que deshacemos los tópicos; la anarquista, el la que el jardinero planta a la princesa; o la vanguardista, que habría asado al pichón. Intentarlo en serio, con más rasgos de ternura que de humor propiamente dicho, es transitar por un camino ambicioso y delicado al mismo tiempo.

Creo que Pilar Mateos consigue recorrerlo con fortuna por la introducción de elementos cotidianos y modernos y alguna repetición estructural que favorece la sonrisa literaria: «Revolvió en el interior del armario, y rebuscó en los bolsillos de los abrigos viejos, y entre los pliegues de los vestidos de fiesta, y sacudió su manto de armiño, con la esperanza de que su nombre cayera al suelo como un billete usado de autobús. Cayó el billete usado, pero su nombre, no»; «… por si el viento lo hubiera arrastrado al agua como a una abeja atolondrada. La abeja estaba en el agua, pero su nombre, no». Cuando llegamos a «vio que tenía la ternura de una mujer encinta, la misericordia de un anciano y el gracejo de un niño», el narrador ya nos ha conquistado la atención. Es obvio, por otra parte, que la elección léxica no se limita al vocabulario del público, sino que corresponde a una voz adulta, que deberá explicarse más de una vez (al menos, en la eventual relectura atenta).

Por otro lado, en estos libros que apuestan fuerte se ve particularmente clara la importancia de la ilustración en el resultado de un libro infantil. ¿Qué se potencia, qué se equilibra, qué se evita? El trabajo de Teo Puebla se mueve por los difíciles terrenos de la ternura, pero con la contención necesaria: con una simplicidad casi simbólica en los personajes y una paleta más amplia que el pastel rosado-azulado.

  • Pilar Mateos Martín, La princesa que perdió su nombre, con ilustraciones de Teo Puebla. Edelvives (Ala Delta, serie roja), 1992, ISBN 84-263-1999-8; 2002, ISBN 978-84-263-4830-2.

‘Matilde Pompas’, de Roberto Aliaga

Los caramelos amargos los escupimos porque, entre lo dulce, apenas hay sitio para lo amargo (quizá solo para la mermelada de naranja amarga). Los cuentos amargos nos provocan una sensación distinta: si la amargura vive en un cuento en el que tiene lógica, no solo nos resistimos a escupirla, sino que de golpe entendemos por qué los dulces son buenos, pero accesorios, y en cambio la literatura no siempre es dulce, pero sí es imprescindible.

Roberto Aliaga lo había puesto antes en práctica en el magistral El príncipe de los enredos, con su vuelo casi trágico de lucha entre la ingenuidad y el mal (y la ayuda de las impresionantes ilustraciones de Roger Olmos). Matilde Pompas, sin ese carácter trágico, se mueve por un terreno similar. Arranca de lo que es un símbolo clásico de la ilusión infantil, las pompas de jabón, no para romperlas sino, al revés, para reforzarlas tanto que se convierten en burbujas protectoras. Solo que la burbuja quizá protege…, y quizá no ayuda, sino que aísla y esconde, por buena que fuera nuestra intención. Las ilustraciones son de Cristina Hernández y publica la joven Narval Editores.

‘Don Enrique del Meñique’, cantado por María Elena Walsh