Pantaleón se va, de Patxi Zubizarreta, es una novelita singular, que se adentra por el camino de la literatura sentimental (entiéndase como término descriptivo, no despectivo) dejando muchas cuestiones por el camino.
Así, ¿qué esperaríamos, de entrada y sin otro contexto, de la novela de un muñeco de nieve que se emperra en conocer el desierto? Por ejemplo, un relato de aventuras en el que el protagonista consigue su meta no sin sufrimiento, quizá con recursos técnicos de inventiva, quizá con magia o intervención sobrenatural de alguna clase, quizá con la colaboración del grupo. O por otra vía: un relato sobre la insistencia (y sus virtudes, creer en uno mismo, defender la propia ilusión) o la terquedad (y sus defectos).
Algo de ello hay, pero la historia obvia muchos de estos puntos, transita sobre todo por los caminos de la amistad y la generosidad y no se preocupa apenas de la verosimilitud de las soluciones, sino de las relaciones entre los personajes. No hay torpeza en ello, claro está, siendo como es una determinación de autor clara y meridiana; quizá haya algo de riesgo, que no sé medir; pero sobre todo, se dibuja con ello una voz propia, de acuarela antes que de fotografía, de pintura antes que de cine, con clara continuidad en El maravilloso viaje de Xía Tenzin, del que hablaré otro día.
Patxi Zubizarreta, Pantaleón se va. SM (Barco de vapor, serie azul), 2007. ISBN: 978-84-675-1711-8. Ilustraciones de Jokin Mitxelena.
El corro chirimbolo
¡qué bonito es!
Con un pie, otro pie,
una mano, otra mano,
un codo, otro codo,
la nariz y el gorro,
una oreja, otra oreja
y el culo de la vieja.
.
Este final provocativo y burlón del «culo de la vieja» era habitual en la calle, aunque en las fuentes impresas (sobre todo en el ámbito de la edición escolar) se corta antes o se opta por otros finales políticamente más correctos.
En Moratalla, donde vivo, se canta una versión muy distinta:
Al corro chirimbolo,
mi padre fue a los toros,
mi madre más allá
y yo de la pesambre
me caigo una culá.
Quizá sea cosa del ser este un pueblo de encierros. Cuando menos, en la tradición popular abundan las apropiaciones al contexto local: aquí el «Palmas, palmitas» suele cantarse con un «que viene papá / por el caminito / de Caravacá» (Caravaca de la Cruz es el centro de la economía comarcal y el camino antiguo es una larga sucesión de curvas que hoy se conoce como el «caracolillo»). Pesambre (de pesadumbre)es un coloquialismo murciano por «pena, enfado, disgusto».
La casa de la abuela, de Pep Bruno (Por los caminos de la tierra oral) y Matteo Gubellini (web), es una divertida historia de miedo en la que la ilustración, repleta de guiños, cuenta más de lo que dicen las palabras, puesto que los que se llaman «la abuela» o «Francis» son en realidad, según vamos viendo, personajes salidos de las historias de terror («la casa de la abuela», claro, tampoco es que sea un lugar libre de lobos en el imaginario infantil).
Lo que iba a ser quizá un simple cumpleaños (aunque ya hay pistas claras, en la cubierta y las guardas, de que la ambientación no es la de una típica familia amable en día de fiesta) se convierte en una historia de miedo, alivio y finalmente, risa y aplauso con un desafío al lector.
Pep Bruno y Matteo Gubellini, La casa de mi abuela.OQO, Pontevedra, 2009. 36 págs., 25×23 cm. 978-84-9871-211-7.
El jardín de Babaï, de Mandana Sadat, es un álbum bonito y extraño. Incluye una versión española para leer de izquierda a derecha y una en persa, traducida al final, para leer de atrás adelante. En la primera versión, Babaï, el corderito, crea un Edén eligiendo el sitio, sembrando semillas y trayendo animales; todo se refleja en un gran tapiz final. En la segunda, un caminante encuentra una alfombra maravillosa en ninguna parte, se asombra por ello y Babaï le contará la historia de su creación.
No hay acción ni intriga; es solo (¿solo?) un relato mítico fundacional, de ilustraciones exquisitas, con el juego adicional de poder contarlo, verlo, leerlo y escucharlo de dos maneras.
Mandana Sadat, El jardín de Babaï. Kókinos, 2005. ISBN: 978-84-88342-97-3.
Educar a los niños es, en buena medida, enseñarlos a pensar por sí mismos. Esa es, al menos, la teoría, y así dicha luce bastante. Pero ¿cómo manejamos la discrepancia? ¿Hasta dónde nos importa realmente el «hazme caso»? ¿Cuándo caduca el «yo sé lo que te conviene»? ¿Quién decide lo que está bien? Personalmente, no creo en los extremos —ni «los niños lo que necesitan es más autoridad» (léase tantos bofetones como me dieron a mí) ni «deben crecer libres como el aire»—, sino más bien en una educación para la libertad que vaya dando cuerda poco a poco, preparando los pasos pero sin darlos por nadie. Supongo (o quiero pensar al menos) que ese sistema ni ahoga ni exige que sepan nadar antes de hora, pero vaya, no hay camino fiable al cien por cien.
¿Qué pinta la literatura en todo esto? No puede solventar nada, pero sí plantear temas para el conocimiento, la reflexión y el diálogo. La máscara del león, de Margarita del Mazo y Paloma Valdivia, narra el estallido de una crisis entre león padre e hijo: el que reina en la selva como devorador y el que prefiere la paz con sus amigos (incluida una cebra) y maneja mucho mejor la risa que el rugido. El padre comprará una máscara con la que su hijo adquirirá el aspecto terrorífico que desea para él, pero aun así, e incluso después de experimentar el poder que nace del miedo, el hijo escapará al modelo que se le quiere imponer y encontrará la felicidad en renunciar a la violencia y en la duda, obedecer antes a su corazón que a su padre.
Las ilustraciones de Paloma Valdivia son expresionistas, de pocos colores, vivos y muy contrastados, con juegos de transparencias. Unas imágenes de su blog:
Queda como interrogante la sombra del cuento: ¿qué habría ocurrido de haberse dado la situación contraria? ¿Daríamos la libertad de hacer el mal?
Margarita del Mazo y Paloma Valdivia, La máscara del león.OQO, Pontevedra, 2009. 44 pp., ISBN 978-84-9871-160-8.
Usa ropa
de madera.
Cuello fuerte
de latón.
Y sombrerito
de goma.
Mi lápiz
con borrador.
Lleva bajo
su vestido
la punta negra
de un pie.
Cuando yo
dibujo rápido
mi lápiz
baila ballet.
Si hago
las letras
muy feas
invierte
su posición.
Baila entonces
de cabeza
mi lápiz
con borrador.
.
Morita Carrillo (Nirgua, Venezuela, 1921-Caracas, 1998), según la cita Carmen Bravo Villasante, Historia y antología de la literatura iberoamericana, vol. 2, Doncel, 1982, p. 252.
A finales de este mes de noviembre sale el Gran Dicionario Xerais da Lingua, una obra de casi 2500 páginas, en dos volúmenes, que se anuncia con estas características. Durante lo que queda de 2009 se podrá comprar por un precio especial de solo 80 euros.
El admirable titiritero y narrador Rodorín (José Antonio López Parreño), contando la historia de La ratita presumida con campanillas y otros objetos de madera con música. Hay un álbum editado por Kalandraka en 2002, ilustrado por Pablo Mestre con fotografías de los mismos objetos usados en la narración, que a mi entender compensa tomar como un guión para animarse a rebuscar por los cajones y hacer teatro en casa con lo que sea que pueda moverse en las manos y sonar. Vi el vídeo de esta joya del arte de lo pequeño en Corre con el cuento.
Ilustración y animación son formas de arte cada vez más próximas, sobre todo en el formato de stop-motion. Daniel Monedero y Óscar T. Pérez promocionan su álbum La gran orquesta de los animales (Thule) con este vídeo que es casi un corto animado, de carácter narrativo y casi 7 m de duración.
Yo vivía en el fin del mundo, de Ramón Trigo (premio Biblioteca Insular de 2007), es un álbum sobre la curiosidad como motor de nuestras acciones.
Ambientado en un tiempo medieval simbólico, de gran simplicidad, el protagonista cuenta, en poquísimas palabras, que «yo vivía en el fin del mundo. En un lugar donde siempre sopla el viento. Mi mayor sueño era descubrir qué había más allá del horizonte. Todos me decían: —No hay nada más allá del mar. Solo una inmensa negrura». Pero el hombre del faro, por el contrario, habla de otro mar y de los paraísos que se hallan al otro lado del océano, y poco a poco, la sed se va haciendo más intensa y el protagonista se hará a la mar.
La ilustración trabaja con colores intensos, contrastes fuertes del azul (más o menos alterado) del mar y el naranja de la tierra, y algunos collages de imágenes antiguas (personajes religiosos, embarcaciones, el pueblo). El protagonista y el farero, los únicos dos personajes identificados, aparte de los monstruos, se dibujan con líneas modernas.
En conjunto, el álbum es de gran economía —y creo que de gran eficacia—, y abundan las páginas donde los elementos se pueden contar con los dedos de una mano; aunque no es en absoluto un álbum vacío, porque el pincel refleja con fuerza la intensidad del anhelo y de los miedos.
Ramón Trigo, Yo vivía en el fin del mundo. Edelvives, Zaragoza, 2007. ISBN: 978-84-263-6491-3.
He leído con interés e intriga Las crónicas de Spiderwick, de Tony DiTerlizzi y Holly Black. Se suele citar a sus autores por este orden, contra la convención habitual de situar antes al escritor que al ilustrador; sin entrar en lo injusto o justo de ese hábito, no cabe duda de que en este libro hay un peso importante (principal, en algún aspecto) de la ilustración. Lo he leído en inglés (presentado en un cofrecito delicioso, que recoge los cinco libros con pasta dura, aire antiguo y corte irregular de las páginas) y no he visto aún la película. Se edita en cinco volúmenes, pero podría publicarse en un solo tomo de cinco libros (partes) que apenas superaría las 500 páginas.
A mi entender, la novela nace de un afán de juego tanto con la rica tradición feérica y de monstruos del mundo anglohablante (donde quizá tiene más vigencia actual que en el hispánico), como con varios cuentos populares de los más conocidos. Puede leerse un breve resumen del argumento de cada libro en El bosque de los cuentos.
Pero no solo: es tanto más importante el trabajo de DiTerlizzi, con numerosas ilustraciones a toda página (alguna de ellas, a color) que se declaran expresamente herederas de Arthur Rackham. Tanto es así que, entre el aspecto retro de las ilustraciones e incluso de los libros mismos, y la ambientación victoriana de la mansión, es fácil perder de vista que la acción transcurre en nuestro presente. Con frecuencia, adquirimos una imagen más clara de los seres fantásticos gracias a la imagen que gracia al texto; y en cuanto a su conducta, la novela tampoco entra en grandes detalles, muestra lo que muestra, y listos.
El tercer gran pie de la propuesta, a mi entender, es un relato familiar de final feliz: el reencuentro de Jared con sus hermanos y su madre, la aceptación de la ausencia del padre y el cierre de la historia inconclusa de Lucinda y su madre. En todo este proceso, los personajes yerran (por exceso de ira o falta de diálogo) y acabarán madurando tras comprender sus errores.
¿Y yo qué puedo hacer?, de José Campanari (web) y Jesús Cisneros, es un álbum sin edad, claro, comprensible y medido para los pequeños, pero quizá de especial valor para los adultos que han experimentado la soledad, la zona gris de la vida en las ciudades y la desolación ante un mundo que, a juzgar por las noticias, siempre va a peor.
Empieza así:
«En la cuarta planta de un edificio sin ascensor, de un barrio con calles arboladas, de una de esas ciudades atiborradas de gente, vive el señor Equis. Todas las mañanas, mientras toma el desayuno, el señor Equis lee el periódico… sin saltarse un punto ni una coma. Algunas noticias no le mueven un pelo, otras le dibujan una sonrisa y muchas le dan escalofríos desde el dedo gordo del pie hasta la punta de la nariz. Entonces, el cuerpo se le llena de preocupaciones. Después de desayunar, el señor Equis, lleno de preocupaciones, se mete en la ducha. Mientras se enjabona, una pregunta empieza a darle vueltas a la cabeza: ¿Y yo qué puedo hacer? Cuando sale del baño, lleno de preocupaciones y con la pregunta dándole vueltas a la cabeza, se asoma a la ventana para ver cómo está el tiempo. Pero la pregunta le tapa los ojos, se le mete en la nariz, le entra por las orejas… y el señor Equis no puede ver ni oír».
Jesús Cisneros interpreta muy bien la voz baja del cuento, trabaja con una superficie ocre que empieza sin apenas detalles y la va iluminando, coloreando y alegrando conforme la pregunta, que una noche se acomoda en la punta de la lengua del señor Equis, va hallando respuestas pequeñas y concretas de multitud de cosas que uno puede hacer.
En conjunto, se trata de un cuento amable, de estructura metafórica simple y eficaz y carácter optimista sin por ello caer en imposibles o perder realismo: un álbum de los que arrancan una sonrisa incluso en la peor de las mañanas.
José Campanari y Jesús Cisneros, ¿Y yo qué puedo hacer? OQO, Pontevedra, 2008. ISBN: 978-84-9871-048-9.
Historia de la resurrección del papagayo, de Eduardo Galeano y Antonio Santos, es un cuento mítico sobre la capacidad creativa del hombre (o quizá de algunos hombres) a partir de las emociones. Como es un cuento de Galeano, exhibe opciones ideológicas muy claras que contrastan con las mayoritarias de la tradición: el creador no es Dios ni un dios, sino un hombre; no es noble ni erudito, sino un humilde alfarero; y no es blanco, sino negro. La editorial, Libros del Zorro Rojo, indica que se trata de una leyenda del nordeste brasileño; desconozco qué cuota de autoría corresponde en concreto a Galeano, pero sea como fuere, no desmerece lo que uno espera de este autor particularmente conocido como voz crítica. El cuento se había publicado antes en Las palabras andantes (1993).
La historia está contada con gran sencillez (no como cuento acumulativo, pese a que en cierta medida lo es). «El papagayo cayó en la olla que humeaba. Se asomó, se mareó y cayó. Cayó por curioso y se ahogó en la sopa caliente. / La niña, que era su amiga, lloró. / La naranja se desnudó de su cáscara y se le ofreció de consuelo. El fuego que ardía bajo la olla se arrepintió y se apagó. Del muro se desprendió una piedra. El árbol, inclinado sobre el muro, se estremeció de pena, y todas sus hojas se fueron al suelo.» Es una cadena de reacciones de pesar, que continuará hasta alcanzar al hombre (que se queda sin palabras). En ese punto, «el alfarero de Ceará quiso saber» y, tras enterarse de lo ocurrido, «reunió toda la tristeza. Y con esos materiales, sus manos pudieron renacer al muerto». Pero ahora no tenemos un papagayo verde y monótono, sino el de vivos colores heredados de todos los que le han dado su pesar: «plumas rojas del fuego y plumas azules del cielo y plumas verdes de las hojas del árbol…»
Las ilustraciones de Antonio Santos nacen también de las manos de un artista que da forma a materiales, aunque no son esculturas de barro como las del alfarero de Ceará, sino de madera. ¿El ilustrador está reivindicando la autonomía de su lenguaje? Santos trabaja con figuras grandes, pocas por página y de gran nitidez, estáticas o de poco movimiento.
Eduardo Galeano y Antonio Santos, Historia de la resurrección del papagayo. Libros del Zorro Rojo, Barcelona y Madrid, 2008. Cartoné, 21 x 28 cm, 24 pp. ISBN: 978-84-92412-22-8.
33 abuelas, de Luis Cauqui y Sergio Bleda, es un cuento disparatado que sin embargo nace de la observación y el amor (de las abuelas por su familia y de la voz de los autores por las abuelas). Humor y cariño son, probablemente, la mejor combinación posible en la literatura infantil, sin los excesos de uno y otro por separado (y quizá no solo en la dirigida a ese público, a juicio del que esto escribe); sea como fuere, este libro funciona y arrancará más de una sonrisa con la doble capacidad, característica de la literatura, de inventar mundos y explicarnos este.
La anécdota es ínfima y no hace falta más: 33 abuelas van a algún sitio (allí) año tras año. Son abuelas fantásticas y diversas entre sí, con toques muy reales, sin embargo. Las veremos en todos los transportes imaginarios: moto con sidecar, tren, teleférico, silla de ruedas, bicicleta, globo, barco, coche antiguo, elefante, biplano, vehículo solar, caballo jubilado, autostop, quad y autobús, más la abuela «que vivía allímismo». De todas se cuenta algún detalle de su vida y alguna consideración general («A las abuelas les chiflan las historias de amor», «¿Qué es una abuela sin sus fotos?»). ¿Adónde van? Pues a un lugar muy propio, aunque normalmente no vayan de 33 en 33. Las ilustraciones de Blesa enriquecen el texto con un enfoque humorístico cargado de detalles.
En el álbum, texto e ilustración se disponen por separado, con imagen central y texto lateral; pero como no se utiliza nunca la doble página, entiendo que habría sido mejor disponer el texto en el centro y las ilustraciones en los laterales, para evitar algún efecto de disonancia o de falsa continuidad. Una pega menor para un libro que se disfruta.
Luis Cauqui y Sergio Bleda, 33 abuelas.Dibbuks, Madrid, 2009. 24 pp. 26,5 x 17,5 cm. ISBN: 978-84-937239-2-7.
En el marco de la 3ª Feria del Libro de Lanús, el sábado 3 de octubre a las 19.00 h, se presenta en el auditorio del edificio Abremate (Hipólito Yrigoyen 5682, Lanús) la novela infantil Y un día el mundo se hizo desierto, de Guillermo Tangelson, con ilustraciones de Diego Greco (en la imagen). La presentación estará a cargo del escritor Diego Paszkowski y contará con la presencia de autor e ilustrador. El libro representa la primera apuesta de la Universidad Nacional de Lanús por una obra de ficción e inaugura la Serie «Letra Pequeña».
La guerra de los números, de Juan Darién, es una historia de envidia incontrolada que, en combinación con un personaje perverso, acaba derivando en una guerra en la cual, como es de esperar, todos pierden; y como los protagonistas del álbum son números, esa pérdida, además de tener la intensidad moral propia del caso, salta a la vista con una matemática aplastante.
Esta la situación de arranque emocional:
Un rey venido de un país lejano le dará al Uno los planos para crear el arma Menos, que lo convertirá en el más grande, pues el mundo quedará reducido a unos (señores) y ceros (esclavos). La historia se desarrolla en una ambientación bélica simbólica, muy eficaz.
Para el final de la historia, es importante que el mediador haya comprobado que los niños conocen y comprenden tanto el número cero como el diez y, si no es así, que antes de la narración dedique a ello todo el tiempo necesario.
Juan Darién, La guerra de los números.OQO, Pontevedra, 2009. ISBN 978-84-9871-155-4. Este álbum recibió un premio de ilustración en los CJ Picture Book Awards de 2008.
Zipisquillas, de Germán Machado, es una novela breve que transcurre en un mundo imaginario y narra lo que nos anticipa el subtítulo: Historia del zipireño que perdió sus cosquillas y de cómo hizo para recuperarlas. Los títulos de los capítulos también suenan un punto cervantinos: «Que cuenta lo que sucedió a Zipitero cuando realizan el plan del viejo mago Zipitrú». Es un relato de aventuras, humor y lenguaje preciso, con el que pasar un buen rato.
Los zipireños tienen hocico de perro, orejas de gato y ojos de agilucho, y viven protegidos de ogromios y ogreños en la Comarca Rectangular del Zipizaperay. Llevan «zipinombres» que en ocasiones los caracterizan: a Zipímica le gusta la experimentación y la química, Ziphidalgo tiene «veleidades de poeta», Zipibasket es deportista, Zipirrock, claro está, músico.
El caso es que a Zipitero, sin darse cuenta, se le caen las cosquillas a la entrada del galpón (cobertizo) de los caballos. Tras una aburridísima clase de Historia y Geografía, huirá a consultar el problema con el mago Zipitrú (alias Úrtipiz, cuando se sienta cabeza abajo), un viejo cascarrabias y algo tramposo. Zipitero, Zipinete y Zipímica deberán reunir a toda prisa los ingredientes de un jabón con el cual —pasando una prueba temible— quizá el primero podrá recobrar sus añoradas cosquillas.
Germán Machado, Zipisquillas. Ilustraciones en blanco y negro de Magdalena Sayagüés. Sudamericana Uruguaya (Random House Mondadori), Montevideo, 2009. 80 pp. ISBN: 978-9974-683-10-5.
El próximo 24 de septiembre se presenta en la sala de prensa de La Nueva España, en Avilés, el álbum ilustrado Nora, la niña de sal, de Fátima Fernández Méndez y S. Bimbo. La editorial Pintar-Pintar tiene canal propio en Facebook y YouTube y ha subido este vídeo de presentación:
Los libros de El Equipo Tigre, de Thomas Brezina, son un buen ejemplo de la distancia que con frecuencia separa (pero no necesariamente debería separar) a los críticos literarios de los lectores. Esa discrepancia quizá puede resumirse en el hecho de si el crítico sitúa y orienta (y deja elegir con libertad) o si bien solo compara con sus modelos de buena literatura y descalifica u omite lo demás.
A mí, estos libros me gustan. ¿En qué medida? No dejo de verles defectos claros en comparación con (lo que para mí es) la buena literatura: los personajes son planos, se emplean recursos casi omnipotentes próximos al deus ex-machina (como una fantástica agenda-ordenador con respuesta para todo) y la verosimilitud general es nula.
Pero esto son decisiones de autor con una finalidad clara: sirven para que en la página 10, los personajes ya estén corriendo peligro. (más…)
Un defecto es, a veces, poco más que la cara negativa de una virtud; cuando simplificamos diciendo que una persona es ciega, la reducimos a una deficiencia concreta y pasamos por alto no ya su condición humana general, sino —puestos a hablar de capacidades y deficiencias— la admirable percepción auditiva que suelen desarrollar, a cuyo lado los demás somos en realidad auténticos pazguatos sonoros.
Esto no es un discurso que se pueda llevar tal cual a un libro infantil (o no, por lo menos, sin el riesgo de volver diabéticos a los lectores). Pero sí se puede hablar de cuestiones como esa por medio de las imágenes literarias y dejar que los niños y los mediadores lleven el libro hasta los terrenos que más les interesen.
«Joaquín, un niño travieso, / un día se despertó / con una idea genial: / “Hoy voy a ser inventor. // Con algunos cachivaches / y regalos de mi tía / armaré diez animales / que me hagan compañía”». Con todo lo que se puede ver en la primera imagen de este libro de Pablo Bernasconi (web | blog), Joaquín armará diez animales fantásticos, varios de los cuales llegan para quedarse en la imaginación del lector. Un libro fabuloso, que anima a investigar y recrear con los materiales viejos de toda la casa.
Al Toro de Lidia
lo han secuestrado.
Se lo han llevado
a la Maestranza.
¡No hay esperanza!
(Por supuesto, Lidia
denunció el secuestro.)
.
La poesía de Mar Pavón es relativamente atípica en nuestra tradición, pues con frecuencia se basa más en la ocurrencia o el chiste que en la expansión lírica. Yo diría que la tradición de la poesía infantil en castellano (y quizá más aún en catalán, lengua en la que también escribe la autora) es en general muy seria, a veces humorística, pero casi nunca chistosa. Probablemente se trate de uno de esos casos en los que las preferencias de los niños lectores y las de los adultos mediadores no cuadran, porque, con diez años, ¿a quién no le gustaba un chiste?
Mar Pavón, Desmadrario. Ilustraciones de Anna Hermoso. CEDMA (colección Caracol, 17), Málaga, 2003. ISBN 84-7785-552-8.
Hace falta mucho cuento para entretener una semana entera al voraz ogro Mangetout, pero Crispín lo tiene, y, como un Sherezade en miniatura, irá arrullando al monstruo noche a noche con los cuentos del ogro de Ulfis, el de Frölick, el de Alejandría, el de Núremberg y el de Raga. Son cuentos de herencia popular (no los conozco todos, pero todos tienen aire tradicional); además tenemos las recetas de los postres, breves cancioncillas del ogro (una cuarteta) con su partitura y las ilustraciones del propio Miguel Ángel Pacheco.
Para lectores a partir de 9 años, si no les arredra un vocabulario rico.
Miguel Ángel Pacheco, Una semana con el ogro de Cornualles. Ilustraciones del autor. Anaya (col. El duende verde), 1993, 94 pp., ISBN 84-207-5665-2.
Campos verdes, campos grises (Die grauen und die grünen Felder, 1970), de Ursula Wölfel, es un conjunto de relatos de una clase que tal vez ha desaparecido del panorama infantil y juvenil: son cuentos sobre la pobreza (e incluso la miseria) con un aire general netamente triste, que sabe amargo incluso en el mejor de los casos. Se desarrollan en varias partes del mundo, con mayoría de ambientación en la Alemania de posguerra, y los protagonizan sobre todo niños.
Es la clase de libros que incluso parece molestar a quienes los editan: la cubierta alemana más reciente, que recojo arriba a la derecha, ¿cuánto tiene que ver con la descripción anterior? ¿No imaginamos al verla un libro alegre, casi de comunión intercultural? Lo que el libro cuenta (véase «Solo para blancos», en el que un niño negro sufre un apartheid que apenas comprende y al final le da la risa al ver el «culo de mono» de una niñita blanca, mientras los demás negros temen las consecuencias de esa risa) es mucho más amargo. Y mucho más cierto. Y por lo tanto, mucho más necesario. La segunda cubierta, de una edición anterior de Ravensburger, es simbólica y quizá tibia, pero más fiel al contenido.
El libro se tradujo al castellano en la editorial Lóguez, una de las pocas que deja sitio claro en su catálogo a la tristeza y la pobreza y, digamos, a las dificultades reales. En cierta línea de libros infantiles la pobreza es algo que se sobrelleva casi con felicidad y la tristeza, un sentimiento que se pasa y listos. A mi entender, es una mala educación social y sentimental: la pobreza es cruda y angustiosa (y resulta aún más insoportable cuando contrasta con la riqueza) y existen formas de tristeza mucho más hondas que pasajeras, que además a veces se tuercen y solo buscan ya causar más tristeza en los demás.
Si todo libro infantil comporta, de modo casi inevitable, un proceso de educación de sus lectores, ¿qué les queremos enseñar? ¿Que todo es rosa incluso cuando es negro? ¿O quizá que en el mundo —y dentro de cualquiera de nosotros— hay horrores que debemos conocer para poder evitarlos?
Me pregunto, por ejemplo, si no hay demasiado contraste entre la triste racha reciente de violaciones de menores por parte de jóvenes y niños y la convicción generalizada entre las editoriales juveniles e infantiles de que la violación es un tema de mal gusto. Sin duda, es una realidad vomitiva; pero si la literatura prefiere mirar hacia otro lado, está renunciando a su fuerza de interpretación, reflexión y convicción justo en un caso donde se la necesita, y mucho.
Amigo como soy de recordar que Gloria Fuertes escribió mucho y bien para los lectores adultos (de cualquier edad), a veces corro el riesgo de recordar demasiado poco que escribió más aún para niños (de cualquier edad): con frecuencia, disparates al amor de la rima con una razón métrica tirando a oculta.
Lástima que sus obras se hallan desperdigadas por recopilatorios muy diversos y no hay modo de obtener unas obras completas razonables.
Colibrí
Colibrí
comía
un pirulí.
Y llevaba
una pluma
colorada.
Su mamá
tenía
un palomar.
Y su tío
decía:
«pío, pío».
Ya es de noche,
se va a dormir
el coche.
Y su abuela
venía
con la vela.
Y, muy tuna,
miraba
doña Luna.
Colibrí
se tapaba
la nariz.
Gloria Fuertes, Animales en familia. Ilustraciones de Marifé González. Susaeta (colección «Lee con Gloria Fuertes»), Madrid, [2008]. ISBN 978-84-305-6713-3.
Flamboyant es una nueva editorial de Barcelona que ha iniciado su producción con la colección «Pequeños grandes tesoros»: libros editados en inglés en el siglo XIX, curiosos y a veces divertidos.
El libro con sentido nació como respuesta a los limericks de Edward Lear, figura clave del nonsense («sin sentido») y es un libro humorístico, irónico y sarcástico.
En Terroncitos de azúcar, para lectores más pequeños, aparecen personajes infantiles con sus juegos e historias.
Se editan en un formato de 24 x 20 cm, ilustrados a color (con la reproducción de las imágenes antiguas). Se presentan en traducción rimada (aunque no métrica) de Abel Ramon Vidal. Como en todo lo que tiene que ver con la traducción de poesia, para futuros proyectos yo sería partidario de incluir un breve apéndice con el texto original.
El nuevo Noé, de Gerald Durrell, es un libro de la etapa de «coleccionista» de animales (léase «cazador y comprador de animales para los zoos»). Es una mezcla de anécdotas sobre ese trabajo y sobre la vida animal, cuya trama no es novelesca, sino autobiográfica. Interesa porque es difícil aburrirse con Durrell (a quien no le aburran los animales), por lo que cuenta (toda una etapa de la trastienda de la historia de los zoos, además de una faceta singular de la relación entre la Europa rica y otras zonas del mundo) y quizá también por lo que no cuenta (es interesante preguntarse qué no se narra en el libro). La segunda mitad del libro, por otro lado, transcurre en América del Sur (la Guayana, la Pampa y el Chaco); la primera mitad, en el Camerún británico (hoy parte de Nigeria).
Los secuestradores de burros no es, a mi juicio, una gran novela, ni tampoco la mejor de Gerald Durrell; pero permite pasar un rato entretenido con la aventura de los dos niños ingleses en su intento de ayudar a su amigo Yani. Es una novela un punto roaldahliana, en la que el mundo de los niños es bastante más sensato que el de los adultos y, además, hay algunos matices subversivos: el que sufrirá principalmente las consecuencias del secuestro es el alcalde local y para saber qué ocurre solo hace preguntarle… al tonto del pueblo, que no es poco listo, aunque casi nadie tenga paciencia para escucharlo. Las ilustraciones de Mabel Alvarez refuerzan, sin extremismo, el carácter satírico y burlón del texto.
Leo la novela ya algo antigua Bolas locas (The Pinballs), de Betsy Byars (1977; Noguer, 1986, con ilustraciones de Javier Lobato) y llego a la convicción de que, quizá sobre todo en Estados Unidos, debe de existir el género de los «libros positivos sobre niños de acogida» (o adopción temporal).
Aunque este en concreto no tiene, a mi juicio, la calidad literaria de La gran Gilly Hopkins (Wikipedia inglesa), de Katherine Paterson, me pregunto si leer de vez en cuando libros inverosímiles, pero hondamente positivos como este, no sienta como el tomarse un tazón de sopa caliente después de un día de invierno: nada cambia, salvo que uno tiene más energía…
Me ha interesado esta nota de Jacobo Muñiz porque, en una línea que personalmente comparto, da pistas de cómo funciona el trabajo de ilustración y la importancia que en él (y probablemente, en toda labor creativa) tienen las analogías. De cómo hace falta encontrar una clave, o quizá una llave, que abra la puerta de una forma concreta de enfocar al texto. De cómo en eso puede entrar la casualidad o el comentario de un amigo o una hoja que cae o algo que leímos hace quince años, pero algo, algo que actúa como una chispa que enciende el fuego. Y desde luego, de la importancia de la disposición de las editoriales y de si nos animan a investigar o coartan nuestros pasos.
«… Me enamoré del texto desde la primera frase. Los motivos: la sensibilidad con la que estaba escrito, el atractivo de la historia narrada y una estructura cautivadora que fluía a través de las páginas como una melodía que crecía poco a poco, dosificando a la perfección los momentos de tensión y de sosiego.
Esta analogía con lo musical hizo que me planteara la posibilidad de afrontar el trabajo de ilustración desde otro punto de vista. Aún resonaban en mi cabeza unas palabras de Iban al respecto de mis dibujos. Según él, algunos tenían un carácter melódico mientras que otros le resultaban más armónicos. Mezclando todo esto en el almirez surgió la idea de concebir las ilustraciones para el Xía como acordes acompañantes de la melodía que cantaba el texto. La cuestión era elegir el acorde y el instante adecuados para que en cada momento melodía y armonía confluyeran y generaran un efecto diferente al que cada una provocaría por separado. Facilitó mucho la labor el que desde la editorial se me permitiera y se me incitara a jugar con las composiciones de los dibujos de manera que interaccionaran con las cajas de texto, entrando o saliendo de ellas y rompiendo con ello su habitual forma rectangular…» [seguir leyendo y mirando en el blog de Jacobo]
Para cantar a ritmo de bongó. Traducción al náhuatl de Moisés Bautista Cruz, quien es nahua de la región de la Huasteca. Es maestro de lengua náhuatl, ha impartido cursos para diversas instituciones, entre ellas el ITESM. Colabora con Zihuame Mochilla A.C. y su proyecto de biblioteca María Pascuala Hernández.
«El próximo martes 12 de mayo, a las 17.00 h (hora de España) se celebrará en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes una tertulia virtual con el escritor Fernando Alonso (portal del autor), uno de los autores más relevantes del panorama de la Literatura Infantil española. Su extensa obra literaria ha sido traducida a varios idiomas, y entre los numerosos premios que ha recibido destacan el Lazarillo en 1977 [por El hombrecito vestido de gris] y el Mundial de Literatura José Martí en 1997 por el conjunto de su obra.»
Ah, lector anónimo, quizá google-llegues aquí buscando a otro Fernando Alonso. Lo siento (aunque poco puedo hacerle). Pero te propongo que no te vayas de balde:
El hombrecito vestido de gris
Había una vez un hombre que siempre iba vestido de gris.
Tenía un traje gris, tenía un sombrero gris, tenía una corbata gris y un bigotito gris.
El hombrecito vestido de gris hacía cada día las mismas cosas.
Se levantaba al son del despertador.
Al son de la radio, hacía un poco de gimnasia.
Tomaba una ducha, que siempre estaba bastante fría; tomaba el desayuno, que siempre estaba bastante caliente; tomaba el autobús, que siempre estaba bastante lleno; y leía el periódico, que siempre decía las mismas cosas.
Y, todos los días, a la misma hora, se sentaba en su mesa de la oficina.
A la misma hora.
Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Todos los días, igual.
El despertador tenía cada mañana el mismo zumbido.
Y esto le anunciaba que el día que amanecía era exactamente igual que el anterior.
Por eso, nuestro hombrecito del traje gris, tenía también la mirada de color gris.
Pero nuestro hombre era gris sólo por fuera.
Hacia adentro… ¡un verdadero arco iris!
El hombrecito soñaba …
Pop in
pop out
pop over the road
pop out for a walk
pop down to the shop
can’t stop
got to pop
got to pop?
pop where?
pop what?
well
I’ve got to
pop round
pop up
pop in to town
pop out and see
pop in for tea
pop down to the shop
can’t stop
got to pop
got to pop?
pop where?
pop what?
well
I’ve got to
pop in
pop out
pop over the road
pop out for a walk
pop in for a talk…
*
UN DÍA AJETREADO
Saltar
saltar adentro
saltar afuera
saltar a la otra acera
saltar e ir a comprar
hay que saltar
no hay modo de parar
¿hay que saltar?
¿saltar por qué?
¿qué saltaré?
bueno
tengo que
saltar allí
saltar allá
saltar a la ciudad
saltar a por María
saltar junto a mi tía
saltar e ir a comprar
hay que saltar
no hay modo de parar
¿hay que saltar?
¿saltar por qué?
¿qué saltaré?
bueno
tengo que
saltar adentro
saltar afuera
saltar a la otra acera
saltar a saludar
saltar a merendar…
.
Versión de Gonzalo García, reproducible sin ánimo de lucro y con mención de la autoría.
El próximo sábado 25 de abril, a las 12:30, la narradora Margarita del Mazo contará Mosquito y otros cuentos en la librería Muga (Vallecas), «para niñas y niños mayores de 3 años».
De Mosquito os hablaré dentro de unos días: es un álbum estupendo —en la tradición de Los cuentos de así fue, de Kipling—, más estupendizado aún por las ilustraciones tan expresivas de Roger Olmos.
Historias secretas del espacio, de Joan Manuel Gisbert, es uno de los muchos libros del autor que abre las puertas al misterio, con una fe poderosísima en lo que quizá cabría denominar «lo real increíble». Tres astronautas suelen celebrar una reunión anual en el hostal de El Corzo Gris; se trata de un encuentro estrictamente privado, al que nadie más puede asistir, en cuyo transcurso refieren un relato crucial de su experiencia del año pasado (un relato literario completo, incluido el título; la fe de Gisbert en el misterio corre en paralelo a la defensa de la literatura como útil de conocimiento). Thomas Braun, el joven hijo del posadero, que se halla «en el umbral de ser mayor», aprovechará la ocasión de servirles para escucharlos desde un escondrijo y, con ello, hacerse con su primer secreto, «un secreto formado por secretos del espacio».
Miré la esfera como nunca había mirado cosa alguna. Al principio no vi más que su luminosa superficie.
Después, poco a poco, mi mirada fue capaz de atravesarla porque ella se fue haciendo transparente, como si quisiera mostrarme su interior.
Me dije varias veces que estaba ante un desconocido objeto del Universo. Tenía que estar preparado. A partir de aquel instante algo extraordinario podía ocurrir.
Entonces me pareció que la gran esfera se abría.
Al mismo tiempo noté que yo flotaba. Me salí de la silla metálica suavemente y fui descendiendo, ligero como el aire, hasta el mismo interior de la esfera.
Allí todas mis sensaciones cambiaron, excepto la de flotar en el vacío. Me parecía haber recorrido en segundos una distancia incalculable.
Vi, como nunca lo había visto o imaginado, el infinito de los espacios. Vi nacer estrellas en remotas galaxias. Vi nubes de polvo cósmico incandescente. Vi la espiral de gigantescas nebulosas. Vi agujeros negros cósmicos que se tragaban luceros erráticos. Todo era fascinante.
Escuché el silencio supremo de los mundos, el rumor deslizante de los cometas, el crujido del deshielo en planetas glaciales, las explosiones de energía en soles aún sin nombre, los fragores de muerte de una estrella y el aliento de la vida en miles de cuerpos siderales.
Entonces, con una lucidez desconocida, comprendí qué era la esfera: ¡un espejo total del Universo!
Pero eso sólo podía comprenderse estando dentro de ella, como yo estaba.
Había tenido la inmensa fortuna de encontrarme allí en el momento en que la esfera mostraba su verdadera naturaleza.
(«Lo más hermoso del mundo»)
Ilustración de Toni Garcés, de un pasaje anterior del mismo cuento
Cito por la edición de 1995, ilustrada por Toni Garcés: Edebé, Tucán (verde, 75), ISBN-10: 84-236-4191-0.