Literatura, calidad, negocio y agentes literarios: toda una discusión

Hoy el tablero de WordPress recogía como nota muy visitada esta de título llamativo: The Talent Killers. Es una andanada contra los agentes literarios, como elemento de freno de la difusión del talento literario frente a la masa de imitadores:

I can tell you why your desk is piling up with flimsy bits of vampire literature, fantasy, romance, detective stories and the kind of first-draft bubble gum that used to be called chick-lit but is now shuffled in with other women’s writing in order to give it heft-although as far as you can see, neither the quality nor the subject matter has improved-which you are required to somehow turn into publishable books. It is because the vast majority of literary agents do not, in fact, have any interest in literature.

La edición en Estados Unidos es otro mundo. Abundan los editores, desde luego, que ni siquiera quieren trato directo alguno con el autor. ¿Vamos hacia ahí? De lo que no cabe duda es de que después del éxito de AA explicado a los niños, cien editoriales publicaron hasta la Z y los números explicados a los niños. Pero no es nada raro: los estantes de la cadena de supermercados más extendida en España están llenos del producto caro y, justo al lado, de la marca blanca copiada. Y a una mayoría le satisface la marca blanca, ¿no?

Quizá sea extraño que alguien que (como yo) literariamente se define sobre todo como poeta pueda afirmar que la literatura es comparable a los yogures. Valga en mi descargo que me gusta mucho el yogur (y que ya Ausiàs March cantaba aquello de «a un bon iogurt vos acompararé»).

Yo no tengo apenas experiencia en agentes literarios; para empezar, porque aquí pintan menos que en EE. UU., porque la LIJ no es un género que todos acepten y porque yo apenas escribo novelas, que son el 95% del pastel literario, que a su vez será solo el 30% del pastel de los libros. (Pongo porcentajes, pero no hay un estudio científico detrás.) La única novela que envié a uno de ellos aceptaron estudiarla, pero la rechazaron. Mis dos mejores amigos-lectores, por el contrario, me dicen que vale la pena.

Las preguntas son muchas, diversas y no todas justas: ¿Quién sabe más? ¿La edito yo mismo? ¿La subo a Bubok o Lulú o similares? ¿La venderé? En realidad, ¿quiero venderla?  ¿Para qué escribo? ¿Para vivir de lo que vendo? ¿O para escribir? ¿Qué quiero defender: mi libertad de autor o mi fuente de ingresos? Necesito comprar tiempo para escribir, desde luego, pero ¿se vale querer aprovechar la máquina comercial y dictar a un tiempo yo las condiciones? ¿Por qué no creo mi propia máquina y todo para mí?

Del enlace original, que es demasiado largo y sobre todo parcial, lo que más vale la pena son los comentarios (aún más largos, por desgracia). Hay un agente, Nathan Bransford, que se me antoja bastante sensato. También comentarios como estos:

The truth is, only a small percentage of the reading population is capable of enjoying and purchasing literary fiction to the degree that will support a large publishing company. It’s not the agents, it’s not even the publishers. It’s the readers. I personally am incapable of enjoying opera. Yes, it’s beautiful and complicated and requires great range. That’s all well and good – but it doesn’t make me feel the way I’m willing to pay to feel.

La figura del autor llorón e incomprendido me pone malo, para ser sincero, porque parte de situar al escritor por encima del común de los mortales. Por fortuna, no es lo que más abunda en la literatura infantil y juvenil; pero en este mercado sí abundan las copias, hasta la náusea, y producidas lo antes posible, antes de que se agote el boom. Ahora hay incluso «analistas de tendencias», por ejemplo: gente que sabe lo que se está pidiendo y puede intuir cambios de rumbo. ¿Qué tiene de malo? Alguien quiere ofrecer lo que otro espera comprar. ¿Acaso tendrían que comprarme a mí, y no a ese (zafio, cutre, barato, imitador, sanguijuela, aprovechado, vacuo, efímero)? No creo en toda esa ristra del paréntesis ni en esa comparación grotesca. Si a mí me molesta que la gente se meta con mi cesta de la compra, ¿por qué iba entonces a creer que mi cesta vale y la de los otros, no?

El mundo es más libre y más bonito que eso. Uno escribe por interés en un personaje o un tema, por amor, por curiosidad, por inquietud, por mil razones que se originan en uno (y sus circunstancias). Si lo que escribe encuentra cabida en el negocio editorial, felicidades: vocación y negocio, mira tú, tiene algo de lotería. Pero si no cabe, ¿qué cambia? Esencialmente, nada.

8 Respuestas a “Literatura, calidad, negocio y agentes literarios: toda una discusión

  1. Sobre agentes y editores, con preferencia en este caso para los primeros, habla Màrius Serra en este breve: “Els autors som molestos per als editors”.

  2. Hola, Gonzalo, te voy a llevar un poquito la contraria, ¿vale? Dices: «Ahora hay incluso «analistas de tendencias», por ejemplo: gente que sabe lo que se está pidiendo y puede intuir cambios de rumbo. ¿Qué tiene de malo? Alguien quiere ofrecer lo que otro espera comprar.» Bueno, no es que yo crea que es malo en sí: es un negocio puro y duro, como el del flan (perdona que cambie al flan, pero es que hacían hace algunos años unas pruebas en un sitio en que te pedían que si podías bajar a probar unos flanes de huevo y decir cuál te gustaba más y si la cantidad de caramelo era la adecuada o más o menos… ; yo entré varias veces porque me encanta el flan de huevo y porque duró varios días), y hay que saber lo que la gente quiere para que tu marca venda más, vale, hasta ahí, todo correcto.
    Lo que pasa es que entre el autor y el lector está el editor (y ahora también el agente literario, parece), pero el lector no consume libros como si fueran flanes o yogures, o no solo. Los editores deben ganar dinero para mantener su editorial, claro, si no, adiós a la labor que realizan; pero también son el intermediario entre la cultura escrita que crea el autor, los cambios culturales que nacen, las obras de autores ya publicadas y en el olvido… y los lectores, que acceden al libro publicado gracias a que se edita.
    Se critica siempre que haya telebasura, que los informativos estén conducidos, que la prensa trabaje para un grupo de poder determinado, etc., y, en cambio, en cuanto se dice que el editor no tiene que andar detrás del gusto local y contemporáneo del lector —o inducir este gusto porque viene la moda de los EE. UU. o de donde sea y sus editores junior o lectores lo han visto ycomprado en Frankfurt—, todo el mundo anda defendiendo la libertad de leer, que claro que está muy bien, la tontería de que editar por vocación solo lleva a la ruina y la teoría de esa mano invisible inspirada en los economistas de que al final el autor, si es bueno, encontrará editorial y público, y por ende, si no lo encuentra, es que es malo.
    Pues no, ni calvo, ni con dos pelucas.
    Siento simplificar, pero si no, me lío, que ya sabes que tiendo a explayarme😉
    De todas formas, aconsejo leer El autor y su editor, de Siegfried Unseld, en Taurus, y no perderse los motivos que da Vicente Ferrer Azcoiti en una página de su editorial Media Vaca para hacer libros para niños, en Los libros para niños.
    Un beso.

  3. Me alegra que discrepes. Yo también estoy en completo (des)acuerdo.🙂

    Me pregunto: ¿Qué editor no prefiere hacerse de oro con libros de calidad, antes que con libros basura? Yo solo sé responderme que a algunos les dará igual, pero muchos preferirán lo primero. ¿Por qué no lo hacen, entonces? Porque la mayoría de lectores compran lo que responde al gusto mayoritario, digo yo. Y en eso caben tanto Eco como Dan Brown; pero probablemente el primero solo cabe porque es tan listo como para eso y más, y el segundo es tan malo que no puede durar. Entre medio, digo yo que la mayoría de libros para la mayoría de lectores no será ni exquisita ni pésima. Libros que entretienen o emocionan sin necesidad de dedicarles una semana de nuestra vida en completo aislamiento y con acceso inmediato a obras de referencia.

    Lo que yo no comprendo –o peor aún, me da grima– es la pose del autor como víctima. De los agentes o de los editores, me importa poco. Lo de “yo sería una estrella en el firmamento si no fuera que el mundo editorial, tan estrecho de miras, me da la espalda por motivos de la peor especie”. Y más cuando lo que muchas veces se da a entender es: “yo vendería bastante si me publicaran en tapa dura, con colección especial, apoyo de márqueting y entrevistas en radio y televisión”. Ah, claro. Pues suerte que eres un genio, que si no…

    Más aún, lo que yo quiero preguntarme es: ¿y para qué (exabrupto a elegir) escribimos? Para contar una historia. Para sacar una espina. Para investigar. Por amor a la palabra. Perfecto. No, no, para vivir de las letras. Pues entonces, suerte, pero que sepas que hay un mercado y o vendes o te echan. Igual, igual que los yogures y los flanes.

    Lo diré más a lo bruto, justo a tu estela: ante una disyuntiva (y mientras no falte el pan en la mesa), preferiría que Media Vaca editara otro libro a que me dieran el Barco de Vapor. Porque Media Vaca edita para quedarse, pero nunca será mayoritaria (a corto plazo; a largo plazo, muchos de los otros libros se desharán). Y el que tenga ideas tan buenas como Vicente Ferrer, que no se queje tanto, que se ponga manos a la obra y cree su propia editorial, y santas pascuas. (Todos se lo agradeceremos, por cierto. Pero que cuente con vivir de otra cosa, al menos por un tiempo.)

    Un abrazo

  4. Enlace directo a las reflexiones de V. Ferrer:
    http://www.mediavaca.com/curri/libsxnens.htm

  5. Vale, creo que andamos en un entrañable encuentro dentro de nuestro (des)acuerdo🙂

    Yo te paso que tienen que existir editores tiburones y que no molan los patéticos autores llorones, y tú me pasas que esto se aguanta gracias a que existen los editores vocacionales y los autores que no escriben para comer, ¿sí?

    Por cierto, ¿cómo narices has conseguido enlazar directamente el texto de Ferrer, manitas?

  6. Bien, te lo paso, a condición de que no me hagas hablar en pareados.🙂

    La tontería técnica es solo que, cuando una página tiene marcos, a veces el botón derecho del ratón deja ver “solo este marco”.

    Por cierto, que no he copiado el texto entero porque es relativamente largo para estas ventanitas de comentario, pero (pensando en voz alta) merecerá la pena copiarlo en nota aparte con un salto de página.

  7. Hace tiempo que pienso com tú, que escribimos porque nos gusta contar historias, porque nos sale del corazón, si además te publican es como un regalo, y además, maravilloso, estupendo, increíble… Pero vivir de las letras que uno escribe es realmente difícil. A todos nos gustaría, ¿verdad?, vivir de nuestros libros… Mientras tanto sigamos escribiendo y trabajando y ese regalo de vernos publicados llegará otra vez, eso espero.

  8. Hm: yo no pienso como yo. En realidad, pienso que soy un impresentable.🙂

    No, más en serio, el tema me genera dudas. Porque en sí no hay nada ilegítimo en protestar porque lo uno hace con todo el afán, el esfuerzo, el oficio y el corazón naufraga entre los intereses comerciales… Sin embargo, con los extremos, el victimismo de la lagrimita y el pañuelo al viento, el aura de incomprendido y ojeroso, y sobre todo el querer jugar con las mismas cartas a dos juegos (querer triunfar a la vez en la sociedad del dinero y la de la curiosidad literaria, artística, estética en general), con eso ya no puedo.

    Quizá la sociedad literaria podría mirarse en el mercado del arte. Uno de los hitos comerciales de hace unos pocos años fue vender caca en tarros. Bien para el que lo vende y allá las narices de quien lo compre. Pero me parece un signo claro de que vender bien y escribir bien no son sinónimos, se rigen por códigos (muy) distintos.

    En todas estas fluctuaciones es fácil quedar atrapado uno mismo, supongo. Lo digo porque no pretendo ser látigo de nada, o al menos, no quedar exento de lo que me pueda tocar.

    El otro día leía en el blog de una escritora una conversación similar. Había recibido una mala crítica, pero había vendido muchos ejemplares. Lo que en principio era contraponer el estado de ánimo provocado por una y otra noticia acabó siendo un linchamiento del crítico frente a los lectores. Y entonces valía dejarlo todo de lado: para empezar, que el crítico es otro lector, y no un lector más, sino uno informado, nos guste o no lo que opine.

    En fin, que el escritor es un tipo raro, y de vez en cuando hay que ponerse delante del espejo real, y no del espejito de la reina.

    Un abrazo y suerte con tu nuevo libro de Bambú y la sesión de cuentos.

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