‘La leona blanca’, de Henning Mankell (sobre la tristeza, y 3)

Cuando a los lectores jóvenes no les satisface ya el optimismo de la literatura escrita y publicada para ellos y les mueve más la sed de realismo —incluso de realismo sucio aunque no necesariamente bukowskiano—, el auge actual de la novela negra es un enorme campo de exploración. Aquí la tristeza se matiza poco, es más bien un melancólico telón de fondo en el que se mueve todo. «El cansancio y la falta de sueño eran como un dolor incesante en su cuerpo», dice una frase típica sobre el estado del policía Kurt Wallander, en La falsa pista. Abundan, hasta lo tópico incluso, los policías adictos al trabajo con una vida familiar en gran medida infeliz. Además de la adicción al empeño policial (cotidiano, no heroico), suelen tener pasiones muy concretas: la gastronomía, la ópera. Más allá de algún Carvalho yo no leí esta clase de novelas a los 17 o 18 años como para formarme una idea personal de cómo funciona la empatía del lector joven con estos protagonistas habitualmente de mediana edad y con hijos.

En el género abundan las novelas bien tramadas pero no, quizá, las que van más allá de la anécdota más o menos truculenta. Me refiero con esto a la ambición literaria de explicar el mundo, al menos en parte. En otro sentido, sí van más allá de la anécdota al crear personajes con claroscuros por los que el lector cobra simpatía y se interesa casi como un amigo, con voluntad de seguir su vida; sin la extremosidad de los culebrones, pero con su fidelidad. Por eso muchos decimos «un Brunetti» o «un Wallander». Y esto en realidad se parece a pintar frescos de la sociedad en su conjunto, como nuevos Balzac.

La leona blanca, de Henning Mankell, me parece una excepción a lo anterior porque sí tiene una notable ambición de explicar: narra momentos clave de la historia de Sudáfrica y se esfuerza por comprender otras formas de pensar al tiempo que presenta la crisis de la sociedad noreuropea del bienestar. Podría pensarse que es una novela optimista (como positiva ha sido la dirección general de la evolución histórica reciente de Sudáfrica), pues comparte el «final feliz» de los thriller a lo 24 horas para localizar una bomba; pero no lo es para el protagonista, ya que Wallander pagará muy caro haber matado, con la honda depresión que se cuenta en la novela posterior de la serie, El hombre sonriente.

  • Henning Mankell, La leona blanca. Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets editores, 2003 (colección Andanzas CA 507), ISBN 978-84-8310-237-4, 504 pág. 2008 (colección MAXI MAX Serie Wallander 3/1), ISBN 978-84-8383-522-7, 656 pág.

3 Respuestas a “‘La leona blanca’, de Henning Mankell (sobre la tristeza, y 3)

  1. Excelente reseña. Cuando hace un tiempo publicaste una cita de la novela me dieron ganas de leerla; ahora ya es un imperativo. ¡Gracias por el consejo, Darabuc!

  2. Gracias por tu comentario. Quizá esta reseña tiene de bueno que también se eleva por encima de la anécdota. Creo que te podría interesar la forma de hablar sobre libros infantiles de Román Belmonte, en http://romanba1.blogspot.com/

    Con esta novela hay que tomar una decisión. Lo de Wallander es un mundo, con novelas consecutivas, que crean un personaje lleno de matices. Así que esta novela tiene aún más fuerza si la lees después de las dos anteriores. Sin embargo, en algunas páginas de las precedentes puede flaquear la atención; a mí al menos me ocurrió así en Los perros de Riga. Así que ¿por dónde empezar? Quizá por la tercera, primera, segunda, cuarta…

  3. ¡Ya tome nota! Gracias, de nuevo, Darabuc. Por tus consejos y por este espacio.

Comentarios

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