‘El maleficio de la Alhambra’, de Tanja Kinkel

El maleficio de la Alhambra, de Tanja Kinkel, es una novela histórica con elementos fantásticos, amorosos y feministas, centrada en los últimos años del reino de Granada. No está dirigida especialmente al público juvenil, pero creo que puede gustar a los que más lean (o quizá a las que más lean: el foco narrativo y la intención ideológica la dirigen más a lectoras que a lectores).

Me interesa traerla aquí como ejemplo de novela histórica popular que prepara las escenas para el aplauso del público, con una elección a mi juicio clara, la típica del cine histórico reciente: lo histórico es ambientación, color, presentación sobre un pergamino envejecido; pero el objetivo último es proponernos una polémica moderna mediante personajes del todo inverosímiles para su época. (Lo cual, añado, no necesariamente es malo ni impropio de una novela, pero sí arruina el valor didáctico que a veces se atribuye al género.) Hablo de aplauso y de público porque también me recuerda al teatro popular; e incluso al ilustrado, en este caso, pues la obra no queda tan lejos de El sí de las niñas, de Moratín; no, al menos, de su afán pedagógico y emotivo.

Hay dos escenas culminantes en la novela, con vocación de inolvidables. La primera la protagoniza la verdadera heroína del libro, que es el personaje añadido, el Forrest Gump de la foto: Layla, hija de Isabel y Muley Hacén, por lo tanto hermanastra de Boabdil. En su vida como cristiana discutirá con un abierto y amable (pero a la postre, irremediablemente machista) Juan Ponce de León para reivindicar su derecho a elegir, incluso a elegir no casarse. La escena se podría trasponer sin apenas cambios a Amar en tiempos revueltos. La segunda es la legendaria frase de Aixa, la madre de Boabdil el Chico: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre». Aixa es el demonio de este culebrón, aunque Isabel de Solís le va poco a la zaga.

Por el tonillo de sorna quizá quedará claro que, como lector, soy de los que se distancia de los libros «con valores». Pero también reconozco que es un gancho habitual en muchas novelas muy leídas, así que quizá responda a una petición de los lectores. En cualquier caso, hay más que feminismo simplón.

Me parece interesante la reconstrucción de los personajes divididos entre dos mundos: sobre todo, Isabel de Solís/Zoraya y Layla/Doña Lucía. La madre opta por la ferocidad; la hija, por la independencia. Quizá son las páginas más humanas de la novela, cuando Layla teme no recordar cómo continúa una sura o cuando de pronto se da cuenta de hasta qué punto se ha acostumbrado a las ropas cristianas que tanto despreciaba.

Literariamente, hay un punto discutible. La novela da un salto mortal al zambullirse en lo fantástico, con la intervención de un ifrit, el del judío Yusuf. Además de completar un triángulo amoroso con Layla y Juan, tiene capacidad de intervenir en la acción y desarrollar en parte los deseos de venganza de Layla. Me resulta difícil valorar esta opción. Para algunos será ironía posmoderna; para otros, una patochada que destruye la verosimilitud histórica. Como a mi entender, en novelas como esta la verosimilitud es un guiño, tiendo a tomarlo sobre todo como un guiño más, que sin embargo no satisface a todos los lectores, a juzgar por las críticas que he podido leer. Los límites de la verosimilitud los impone cada lector, a fin de cuentas.

  • Tanja Kinkel, Mondlaub, Blanvalet, Múnich, 1995 (Goldman, 1997). Traducido como El maleficio de la Alhambra, trad. Mireia Calvet, Emecé, Barcelona, 1996. 348 pp., ISBN 8478882863.

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