‘La metamorfosis’, de Franz Kafka (1)

La metamorfosis no requiere introducción alguna, desde luego. Pero siendo como es un libro admirable (que acabo de disfrutar hace poco otra vez, probablemente más que en la ocasión precedente), me apetecen algunas consideraciones. Digo «admirable» aunque no soy partidario de presentarla como una obra magistral, porque eso tiene inconvenientes gruesos —crea expectativas demasiado elevadas, genera rechazo como lectura supuestamente obligatoria, hace que se extiendan prelecturas de forma que la obra nos llega interpretada antes incluso de leerla y, quizá lo peor, dificulta reírse, aun cuando abundan los rasgos humorísticos—; antes propondría desenterrarla un poco de tanta fama e interpretación previa. Pero por la mezcla de tonos y la dificultad de reducirla a un solo mensaje, para mí sí es una obra magistral.

Empezaré por tres cuestiones de traducción. Para algunos lectores esta será una cuestión secundaria; pero dado que la mayoría la leeremos traducida y que las divergencias son muy notables, entiendo que importa más que de costumbre.

Por consolidado que esté el título español, en realidad correspondía que se hubiera llamado sencillamente La transformación, sin convocar a Ovidio ni la mitología; no es un cambio baladí en una obra acosada por las interpretaciones grandilocuentes, pero solo en alguna edición reciente consta así.

Por otro lado, la famosa frase inicial no habla en realidad de un «monstruoso insecto», sino de un «bicho bestial»; no se trata de una consideración científica, propia de un naturalista o al menos de una descripción fría, sino de una caracterización expresiva (como casi todo el libro) que no debe situarnos en una categoría descriptiva del mundo animal, sino en una situación emotiva de rechazo inmediato. Además lo hace con la virtud sonora de un poeta: se transforma in einen ungeheuren Ungeziefer, con el paralelismo fónico y esa doble ung que parece estar hablando por sí sola de angustia o repugnancia. Ni el título ni la frase inicial han alterado ni alterarán su fama en castellano, pero no está de más señalarlo.

Por último, para lectores jóvenes —y de las que conozco— recomendaría la traducción de José Rafael Hernández Arias en la colección escolar de filosofía de la editorial Siruela. El prologuista de esta edición, por otro lado, hace una sugerente comparación entre la transformación de Gregor y la que sufre el adolescente, acomplejado e incomodado de pronto con un nuevo cuerpo y nuevas necesidades, deseos y exigencias. No es una novela sobre la adolescencia, pero la batalla por la vida que libra Gregor con su hermana y culmina con el ingreso de esta en la edad adulta es sin duda muy relevante en la obra. Una edición más académica, de registro lingüístico algo superior, es la de Letras Universales en Cátedra. La menos recomendable de las que he manejado recientemente es la que se atribuyó a Borges por comodidad, falsedad o torpeza (I, II), que suena bastante más redicha y complicada.

Quede aquí por ahora, pero no sin invitaros a leer «El extraño caso del señor Samsa», en el blog Biblioluces, que introduce en la novela a partir de Crumb y dos propuestas videográficas.

11 Respuestas a “‘La metamorfosis’, de Franz Kafka (1)

  1. Importantísima la traducción. Hace poco releí algo de Enyd Blyton, que me encantaba de pequeña: cursi de la muerte. Creo que la traducción de esos años lo hacía así (chiquilla por girl, por ejemplo).
    No he encontrado traducciones modernas de esa autora, supongo que la inversión no estaría justificada por la demanda.
    En cuanto a La metamorfosis… Angustioso. Se lo he contado alguna vez a mis hijos y les aterra.

  2. Enrique Cordero

    Pero traducir mal a Blyton sería, creo yo, un pecadillo venial. Importaba más en ella la consolidación de ciertas fórmulas muy eficaces (todavía hoy, según mi experiencia con los lectores blytonianos de la biblioteca donde trabajo) para atrapar al joven lector, fórmulas que difícilmente echarían abajo una mala traducción. En cambio, hacer malas traducciones de una obra magistral, o de las obras de un autor magistral, me parece más bastante más pecaminoso. Y las hay, hasta del mismísimo Shakespeare.
    En cuanto al amigo Kafka, no recuerdo quién tradujo la edición de los cuentos completos que tengo en casa, pero lo que no olvido es que me atenazaron violentamente, así que mala no sería. Luego, en una relectura reciente, aprecié ese humor finísimo (tristísimo, quizás; o patético, mejor) del que hablaba Gonzalo y que impregnaba casi toda su obra.
    Por cierto, dejo una recomendación de traducción maravillosa, que he disfrutado recientemente: la de Emilio Lorenzo de “Los viajes de Gulliver”, en Galaxia-Gutenberg.
    Un abrazo

  3. Claro, no se puede comparar… Pero de las grandes obras puedes tener varias opciones de traducción y de otros títulos, sobre todo en LIJ, una o ninguna. Lo comentaba porque a mi hija de once años, le chocan ciertas expresiones, precisamente de Blyton, y yo no recuerdo esa sensación. Además, no se, me da la sensación que cada vez se cuida menos, pero soy una ignorante del tema, ¿los más entendidos cómo lo véis?

  4. Enrique Cordero

    Bueno, el entendido en traducción, porque es traductor además de escritor, es Gonzalo. Yo simplemente soy lector de traducciones y, desde esa perspectiva, confirmo tu sensación e incluso me atrevo a ir más allá: se descuida cada vez más, no sólo la traducción, ¡sino la misma corrección ortotipografía! ¿Será que ya no se contratan correctores en las editoriales? Además, hay ediciones deliciosas en cuanto a su diseño y concepción editorial que (me parece vergonzoso) están plagadas de erratas.
    En cuanto a los libros de Blyton, creo que, si te refieres a la serie de “Los cinco”, no sólo es la misma traducción, sino que lo que se hace es reeditar como si de un facsímil se tratara, con la misma tipografía e ilustraciones de hace décadas. Sólo le cambian la cubierta y poco más, lo cual, en cierta manera, no deja de tener su atractivo, aunque ese aire “retro”, que afecta también al vocabulario, decoloque a tu hija.

  5. Malena, Enrique, gracias por vuestros puntos de vista. Me tiráis de la lengua en el campo en el que me gano el pan, pero intentaré que el chaparrón no ocupe ciento y viento párrafos.

    Por lo que yo sé, en el mercado editorial ha habido tres grandes cambios a peor. No en todos los casos; cuando editores como Vallcorba con El Acantilado colocan al traductor en cubierta lo hacen con justicia a un proceso más respetuoso. En el campo de la edición infantil también suele haber más cuidado, aunque no más respeto (se procura que no haya faltas, pero abundan los editores intervencionistas en extremo, que rehacen tus palabras sin preguntar).

    Lo primero que hubo es una liquidación de correctores y ahora es rara la editorial que tiene corrector de plantilla, aquella rara avis que sabía mucho de todo y cada año, más. Así que en muchos casos, dadas las tarifas irrisorias y urgencias imposibles, hay correctores que no son ni licenciados y que abandonan el lugar en cuanto pueden. Como anécdota, no hay vez que traduzca la historia de un asedio, hable de una «surtida» nocturna y no me lo tachen (¿por catalanismo?) y cambien por «salida». Pero ni es incorrecto ni es lo mismo. Que no lo sepan Pedro o Juan, me parece muy bien, pero un corrector no debería estropearlo (lo sepa o no, hay diccionarios; solo que no se le da el tiempo de mirarlos…).

    Luego han bajado las tarifas, por dos puntos: por una presión a la baja derivada de la concentración de grandes grupos editoriales y por un cambio en el sistema de recuento, que pasó de la página de x espacios a las matrices contadas por Word. Si siempre se ha dicho que vivir de traducir es malvivir, ahora se peorvive, y el resultado, como no puede ser menos, se resiente: o hay que traducir demasiado deprisa o los buenos profesionales pasan a otros campos.

    Además, cada vez se traduce con más urgencia, con menos valor a cada libro en concreto, que pasa a ser un eslabón numérico de una cadena de novedades imparable. Cada vez me llegan más libros que deben traducirse entre dos, tres, incluso cinco traductores. ¡Ni el mejor coordinador puede dar brillo a eso! De nuevo como anécdota, pero relevante, me ofrecieron traducir un libro de teoría de la literatura infantil (yo soy licenciado en esa especialidad, y de literatura infantil, algo he aprendido). Pero pedí dos meses más de plazo que lo que en principio ofrecían y acabó traducido por trozos entre dos personas sin más relación con el tema. La espera habría valido la pena, no por esperarme a mí, sino por esperar en general a los especialistas mejores para cada libro, algo que hoy en día es casi un sueño.

    Es posible que, a medida que crecemos y crece el amor por los libros, crezca también nuestra impaciencia ante las erratas y desidias. Porque entre los libros viejos también abundan las erratas y los desmanes varios. Hace poco abría una Agatha Christie vieja donde hablaban de las “Cilician Gates”, que en inglés valdrá, pero en castellano tocaba haberlo traducido, ¡es un topónimo turco! Ahora, con la tecnología moderna, la verdad es que sería mucho más fácil y barato hacerlo mejor que antes. Que se haga peor, o al menos igual de mal, no tiene perdón.

    Este de Kafka es un caso distinto, a mi juicio. En las grandes obras hay procesos de consolidación, por la cita y la referencia constantes, que cuesta mucho mover. Lo de arriba son matices (a fin de cuentas, una metamorfosis es una transformación), pero hay casos gruesos: casi todo el mundo se refiere a The Importance of Being Earnest, de Wilde, con el absurdo título heredado de La importancia de llamarse Ernesto, cuando ya se han propuesto alternativas sensatas como La importancia de ser Severo.

    Bueno, ciento y viento incumplidos, así que viento y ciento abrazos para los dos

  6. Enrique Cordero

    ¡Pues menudo panorama! Para mí que la vieja industria editorial resiste apuntalada y como puede. Por cierto, sobre la traducción del título de Wilde he escuchado y leído versiones contradictorias. La tuya se opone a otra que entiende que hay un juego de palabras entre “Ernest” (Ernesto, uno de los personajes principales) y “earnest”, que significa “severo”, sí, pero también “serio”, en el sentido de “recto”. Y no es necesario destripar la obra para indicar que el tal “Ernest” no se caracteriza precisamente por ser “earnest”, es decir, moralmente recto. Pero claro, aquí os enfrentáis los traductores a la dificilísima tarea de buscar equivalencias a los juegos de palabras. La opción que tu muestras (“La importancia de ser Severo”) sería perfecta si al personaje le cambiamos el nombre de pila.
    Un abrazo

  7. Claro, pasa por cambiar el nombre propio. Hay alternativas al “Severo” con “Justo” o “Franco”. Lo cierto es que, sea como fuere, tampoco es una solución limpia: no deja de tener sus problemas cambiar un nombre propio en una obra claramente ambientada en Inglaterra y con los demás nombres propios en inglés.

    Pero lo que no tiene sentido ninguno es que sea importante “llamarse Ernesto”, porque “Ernesto”, en nuestra lengua, no sugiere nada: ni rectitud, ni seriedad, ni honradez… No hay juego de palabras. Puestos a renunciar al juego (e incluso siendo simplemente literales, pues el título inglés habla de Earnest, no de Ernest), habría valido más decir algo como “La importancia de ser serio”.

    La cuestión es que, una vez consolidado, aunque sea un error, queda; ahí está el “Canal de la Mancha”, que no tiene mancha alguna ni relación con La Mancha, sino que era una manche = manga de agua. Supongo que la cultura tiende más a la conservación que a la revolución.

    Un abrazo

  8. Enrique Cordero

    Pues sí. La propia historia de la lengua ya nos muestra todo un catálogo (divertido, cuando se investiga) de equivocaciones y deformaciones que la Academia jamás enmendará, porque las considera fruto de la evolución “natural” de una lengua. Natural es la naturaleza, pero el lenguaje es artificio humano (maravilloso artificio, por otro lado) y los errores son perfectamente enmendables. No veo que proceso “natural” queda detenido o agredido si, por ejemplo, se decide a partir de hoy hablar del “Canal de la Manga” y se añade la explicación del error. Pero se prefiere esa evolución por conservación que, a mi juicio, termina deteriorando la lengua. ¿No habéis notado, en este sentido, la cantidad de modismos y frases hechas que se emplean hoy deformadas? Muchas acabarán triunfando así, mal dichas y sin pies ni cabeza. Total, es como llamarse Ernesto, ¿qué improtancia tiene? Ya lo decía alguien, creo que Cicerón: “cualquiera puede equivocarse, pero sólo el necio persevera en el error”.

  9. Enrique, me tomo la libertad de nombrarte «caballero de la Ilustración del siglo XXI».🙂 Donde dice «caballero» se pueden elegir otras figuras, hasta la de humilde peón, que también ganan las partidas de ajedrez.

    Vivimos en un siglo (no sé si usar aquí «siglo» a la antigua, «nuestro sieglo») muy irracionalista, pasado un siglo XX de barbarie y explosión científica demasiado ligadas entre sí (aunque sea injusto echarle las culpas a algo neutro como el avance científico). Uno lee que se ha creado «vida artificial» y, aun descontando la exageración de los titulares, la primera pregunta de hoy es más bien desconsolada: «¿Y para qué lo van a usar?» Sin embargo (sé que estoy yendo muy lejos del tema inicial, pero ¿para qué leemos, si no es para ir lejos de nosotros mismos?), el irracionalismo es una salida mucho peor que la combinada de razón con ética, creo yo.

    Abrazo

  10. Enrique Cordero

    Pues me arrodillo humildemente y agradezco el honor😉 Entre la razón ilustrada y el corazón decomonónico, habría que dejar también un hueco para la imaginación. Bacon, el filósofo, la consideraba una de las tres grandes capacidades cognitivas humanas, junto a la memoria y, claro está, la propia razón. Pero volviendo al lenguaje, no habría llorado yo tanto si lo irracional fuera algo con lo que se juega imaginativamente. Pero entre la maravillosa “cabaña de papas fritas” de nuestro amigo Jorge y el “dejarse la piel en el pellejo (¿?)” escuchado hace días en la radio, se puede intentar al menos ser más cuidadoso y preciso con las herramientas que usamos (eso se llama hacer las cosas con amor), para no caer en la uniformidad y la mediocridad, que es mucho peor, y mucho más de este siglo, que la irracionalidad.
    Anda que a dónde nos ha llevado Kafka…
    Un abrazo

    • En otra vida tuve el bonito trabajo de redactor de laterales de puzzle: mete una biografía y un análisis del cuadro dentro de ¿qué debían ser, 100 palabras? Y uno de los cuadros que hice fue “El espaldarazo”, de Edmund Blair Leighton (que por cierto es la cubierta de Cordeluna). Así que nombrado quedas, a cambio de un ligero afeitado de la oreja, cosas de la emoción.🙂

      En el lenguaje, sin ponerse viejos ni amargarse como el Lázaro Carreter de los últimos años, es posible que haya cambiado el paradigma y la gran culturizadora, la televisión, no solo no se preocupa apenas por un lenguaje correcto sino que cede buena parte la cancha a las artistas del “candelabro” (¿cuando hay suerte y no es una elección aún más cutre?). Pero siempre nos quedará París. Me parece que el verdadero interés por la cultura (incluido el hablar bien) siempre ha sido algo minoritario, así que hundirse el mundo, no nos lo hundirán por eso. En realidad la red es justamente una enorme de red de vínculo y protección mutua en la que incluso el que se siente solo difícilmente lo está. En esto no estamos lejos de Kafka, solo que el bicho ya no somos nosotros, sino el que renuncia a vivir (y el lenguaje es media vida).

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