César Mallorquí reflexiona sobre la dificultad de la literatura para jóvenes en el Hache (minivídeo)

Lo que dice es, sin duda, convincente. Pero ¿es verdad, tal cual lo dice, en todos sus puntos? ¿Qué os parece?

8 Respuestas a “César Mallorquí reflexiona sobre la dificultad de la literatura para jóvenes en el Hache (minivídeo)

  1. Difícil. He aquí un brevísimo diálogo de una novela juvenil -mía-, (perdón Gonzalo) que habla de esto. Para que se entienda, Javi, el protagonista, tiene 14 años, y sus interlocutores son… ¿semidioses?

    “– Rey de los Elfos y Señor de los Enanos de Agán –contestó Javi con determinación–. No he venido aquí con la intención de obligaros, pero si no queda otro remedio lo haré.
    – ¡Por todas las gaviotas blancas de Baren! –saltó Farmageron poniéndose en pie– Jamás había visto tanta insolencia en alguien tan pequeño. ¿Y cómo piensas hacerlo, muchacho?
    Javi lo miró desde su altura. El rey de los elfos era un gigante a su lado. Respondió:
    – Si hace falta, señores, yo mismo me sentaré y escribiré vuestra historia de nuevo. Tal vez necesitéis una por encima de vuestra medida.”

  2. A veces los escritores metidos a críticos no es que no acierten, es que se mienten a sí mismos. Los casos que cuenta César Mallorquí existen y son para vomitar: libros insoportables que pretenden conectar con la juventud usando sus códigos de manera impostada. Sin embargo, no es cierto el tópico de que la LJ no se distinga de la Literatura para adultos, o que eso precisamente pueda ser la norma de su calidad. Se distinguen, como se distingue la ropa, la música, los juegos y muchas cosas más.
    Existe un prurito de defender la LJ de calidad como una literatura de adultos venida a menos o una literatura compleja, y eso es sencillamente absurdo. Tan absurdo es pensar que la LJ debe ser ramplona, como que debe ser sublime o elitista.
    No viene mal recordar aquello de que los pájaros no saben Ornitología y por supuesto, los ornitólogos algo, pero no todo.

  3. Hola, Víctor:

    Alturas y medidas. Yo también lo encuentro (de lo más) difícil.

    Un abrazo

  4. Hola, Miguel:

    Creo que me has leído el pensamiento, o al menos, pasé por una evolución similar donde en muy poco tiempo se mezclaban diversión y persuasión con la sensación de que el grado de veracidad* no era homogéneo.

    Sin duda, hay novela juvenil donde las buenas intenciones no se traducen en buena literatura. (Tampoco es exclusivo de la lij, pero pasa más, por el filtro de la educación en valores y la voluntad de quedar bien de las editoriales, asociadas a premios, compras colectivas, etc.) Pero aunque César Mallorquí diga que escribe igual para jóvenes que para adultos, yo creo que sus libros encajan muy bien con el conjunto de Gran Angular, Periscopio, Alandar, la serie roja de Alfaguara, etc., pero no tan bien con Anagrama o Seix Barral o la Alfaguara de Saramago o Cortázar. Hay diferencias claras y no solo eso: yo diría que él mismo, en diversos pasajes, se molesta en aclarar de una forma u otra el sentido de palabras y referencias que se le antojan difíciles para esos lectores.

    Ahora, dicho lo anterior: en campaña arrasaría, porque el conjunto de la apelación, desde un punto de vista retórico (bien entendido, o sea, como mero análisis del discurso), debió de ser de aplauso cerrado. Verdades como puños y mentiras convincentes, casi una receta simplificada al mínimo de lo que es la literatura.

    Un abrazo

    *Y sin embargo, como bien dices, podría ocurrir que él defendiera, incluso ofendido o molesto, la veracidad de sus palabras, porque él la sienta como tal. Vamos, que parte de lo convincente podría ser que él cree y con eso contagia. Yo lo supongo más deliberado, pero no tengo argumentos. Allí, por otro lado, es probable que importe mucho menos la veracidad filológica que la capacidad de animar y favorecer el debate; y para eso hay que ganarse al auditorio.

  5. Mantengo lo que dije, pese a las suspicacias🙂

  6. No esperamos menos de ti, César. Si después de lo redondo que quedó te desdices, borro tu vídeo de la posteridad del blog.😀

  7. Ahora enserio. No creo que exista la “literatura juvenil” (la infantil sí); en mi opinión, se trata de un invento editorial orientado a canalizar las ventas hacia determinado nicho del mercado (puro marketing, vamos). Y no creo que exista porque no encuentro en ella las constantes que definen a un género con identidad propia. Prueba de ello son las colecciones de “clásicos juveniles”, que están pobladas por autores como Conan Doyle, Dumas, Walter Scott, Salgari, Bullver Lytton, Mark Twain, Fenimore Cooper… es decir, escritores que jamás escribieron para jóvenes (o, mejor dicho, no solo para jóvenes). En realidad, lo que llamamos “literatura juvenil” no es más que un batiburrillo de géneros.

    Así pues, como autor de literatura juvenil que no cree en la literatura juvenil, intento escribir novelas que pueda leer todo el mundo. Tal y como planteabais, y refiriéndonos a la novela que nos ocupa: ¿podría publicar “La caligrafía secreta” en “Anagrama o Seix Barral o la Alfaguara de Saramago o Cortázar”? Bueno, no soy ni Saramago ni Cortázar, está claro, aunque me parece que no hay que llegar a tanto para publicar en esas editoriales. En cualquier caso, mi respuesta es que, si nos atenemos al tono adulto de la narración, sí, podría publicar “La caligrafía secreta” en cualquier editorial generalista. Otra cosa es que yo sea o no un escritor mediocre que no merezca ser publicado en ninguna parte. Pero no estamos hablando de mi calidad (que puede ser infecta, por qué no), sino de si hago o no hago concesiones cuando escribo literatura juvenil.

    Y eso me lleva a preguntarme: ¿has leído “La caligrafía secreta”? De ser así, me encantaría saber cuáles son las concesiones que hago en ese texto a los lectores juveniles. Porque, claro, igual me equivoco y sin pretenderlo estoy haciendo justo aquello que detesto… En cualquier caso, te doy mi palabra de que, equivocado o no, creo firmemente en lo que digo en ese video y no tenía la menor intención de ganarme a la audiencia. Sinceramente, a estas alturas ganar o no ganar un premio al que ni siquiera me he presentado es algo que no me roba el sueño.

    Felicidades por el blog. El debate siempre es bueno.

  8. Hola de nuevo.

    Empezando por (casi) el final: no he leído La caligrafía secreta, hablo de los otros libros que te he leído. Pero si no he seguido mal el hilo, ese libro tuyo no es diferente a los demás que has escrito, porque nacen de una concepción de la escritura en general; así que al menos a grandes rasgos debería poder mantenerse la conversación.

    A la palabra «concesiones» le veo dos sentidos y uno no es necesariamente malo. De lo que yo he podido leer, quien creo que explica mejor la relación de texto y lector es Umberto Eco en su libro de El lector modelo. Dejando aparte las farragosidades de un libro nacido en la semiótica, en las que yo me pierdo sin remedio, lo resumo así: cada texto exige un lector específico, le da unas pistas y le niega otras, le exige unas cosas y le concede otras (le pide poseer una determinada «enciclopedia», dice él). En cierta medida, y ahora lo digo yo, no Eco, un autor que conoce su oficio (como es el caso, por práctica, reflexión personal y experiencia familiar) escribe (conscientemente o no) para una clase de lector (que no tiene por qué identificarse con una edad exclusiva).

    Para mí, eso es lo que caracteriza a la novela juvenil, que sin duda es un producto comercial (y no poco exitoso), pero aun así tiene rasgos comunes, o a mí me parece vérselos. Que también haya clásicos de la novela (en general de aventuras) más o menos adaptados no excluye lo anterior, solo lo convierte en un paraguas más heterogéneo. Pero uno coge Gulliver y le ve partes aptas para niños (una minoría), para jóvenes (quizá la mitad) y para adultos (el conjunto).

    Eso incluye por debajo pero no excluye por arriba. Yo prefiero leer tus libros o los de Pau Joan Hernàndez o Xabier Docampo que a Joyce, y hace mucho que crío barba, porque la relación que me ofrecen entre intensidad y dificultad de acceso me complace más. La diferencia es que mucha literatura adulta no resulta digerible para muchos de nuestros jóvenes (y bastantes de nuestros adultos, quizá, aunque no todos lo reconozcan). Es decir, en mi concepto, la literatura válida es la que funciona «a partir de x años», y no «entre x e y años». A mí me encanta ¡Qué bonito es Panamá!, de Janosch, que es una delicia para todas las edades, salvando solo la fase en la que uno odia que lo consideren «pequeño». Pero eso no lo convierte en literatura para adultos: es buena literatura infantil.

    Lo de ganarse al auditorio también tiene dos sentidos: si no te lo ganas y empiezan a bostezar o a tirar bolitas de papel de plata, la charla es un fracaso. Desde el momento en que uno sube a un estrado tiene al menos cierta necesidad de ganarse al auditorio. (Tanto lo veo yo así, que en lo que a mí respecta procuro subir lo menos posible.) La imagen de la campaña política era deslenguada y te pido disculpas si te ha sentado mal. Hoy más que nunca, comparar con un político ronda el insulto, lo siento.

    Otra clave para explicar mi punto de vista (yo entiendo que los puntos de vista no tienen razón ni dejan de tenerla, sino que se exponen bien o mal; supongo que soy perspectivista) es que la «retórica» tiene una fama pésima y sin embargo está en todo lo que hacemos. Hablar está cargado de retórica, en el buen sentido, porque elegimos las palabras y los tonos, las formas de acercarnos al público/al lector, los guiños que le hacemos para arrancarle una risa que rompa la tensión. Y a mí me gusta analizarla, sobre todo cuando funciona y, como es el caso, convence. Otra forma de afrontarlo, pero no menos perjudicada por prejuicios, es la de que subir a un estrado es participar en una obra de teatro (en la que también participan los espectadores/oyentes, claro, sobre todo si luego hay diálogo).

    Todo esto, sin embargo, está trufado de matices. Releo Reencuentro de Fred Uhlman y pienso que es una buena novela muy apta para los jóvenes (y que se ha publicado tanto en colecciones «de adultos» como «juveniles»). Pero leo Porta falsa, de Pau Joan Hernàndez, y pienso que es una buena novela para jóvenes muy apta para los adultos. En eso entran, para mí, decisiones de léxico del autor, hasta dónde accede a/se molesta en explicar, qué tipo de personajes describe, qué clase de emociones los mueven y cuándo son estas más frecuentes. ¿Es un berenjenal? Sin duda. Para empezar, ¿dónde terminan los jóvenes y empiezan los adultos? ¿En la edad legal, en la madurez sexual, en la madurez moral? ¿Y los adultos inmaduros? Hay una zona de transición pantanosa, a la hora de definir.

    Pero para mí, no es imposible trazar líneas, lo que no es lo mismo que dividir el mundo en cajones cerrados y exclusivos. Sobre todo esto último: si una novela gusta a los jóvenes pero no a los adultos (razonables), lo lamento, yo tiendo a pensar que es una mala novela y, por los fenómenos que he visto pasar, añadiría que tiende a ser flor de un día.

    Si se puede poner un resumen a esta prolijidad, yo diría: la literatura debe ser buena literatura o no vale de nada ni para nadie; y no todos los libros son accesibles por igual en todas las edades.

    Un saludo cordial

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