La isla amarilla, de Josep Vallverdú

La isla amarilla, de Josep Vallverdú (Noguer, 1985, trad. Carmen Rute) es una novela de aventuras algo singular dentro de las obras del autor, cuyo ánimo recuerda quizá al último Stevenson, por ser una novela desencantada, en la que impera el sentimiento de falta de calor entre los seres humanos y de fragilidad de la felicidad. Está ambientada en una isla tropical ficticia.

La protagoniza Abel, un fugitivo que accede como polizón a un barco que naufraga frente a la Isla Amarilla. Se salvará junto con Norberto, un contramaestre con el que se enfrentará y del que disentirá hasta prácticamente las últimas páginas de la novela. En la isla viven nativos de vida bastante tranquila (además de ambigua y un punto enigmática, en lo que respecta a su jefe), que los acogen bien. Aprenden la lengua local y ayudarán a resolver la sequía de la laguna de la que bebía el poblado, desecada por obra de unos buscadores de oro sin escrúpulos que para ello, además, han esclavizado a diez jóvenes de la aldea. Aunque Abel y dos nativos rescatan a los prisioneros (salvo al marido de una joven que atraía especialmente al náufrago), no hay final feliz; los buscadores de oro quedan pronto libres y, además, un terremoto repentino causa el hundimiento del poblado y la muerte de casi todos sus habitantes (dos niñas sobreviven, y quizá haya alguien más oculto en la selva). Abel y Norberto escapan en una almadía y serán recogidos por un buque con rumbo a la India. Norberto, el personaje más serio y formal, regresa a Europa, con intención de reanudar su vida de navegante. Pero Abel desaparece sin dejar huella (se diría que desiste incluso de la propia novela que protagonizaba). Tal vez regrese a la isla, donde tal vez haya sobrevivido Sarúa. Yo tiendo a creer que huye de nuevo, sin rumbo.

La edición se acompaña de ilustraciones en blanco y negro de Juan Ramón Alonso, realistas, con una interpretación que rehúye el dramatismo y quizá rebaja, más que acentuar, la desilusión general.

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Al embarcar de nuevo [en la almadía], Abel se quedó contemplando hasta el anochecer la costa, convertida en una franja de tierra negra. Le parecía que todo lo hecho durante su estancia en la Isla Amarilla había sido inútil. Tal vez —se decía— el sentido de la aventura sea solo este: actuar, vivir con intensidad unos momentos, ver cómo gentes y paisajes desfilan ante uno mismo y… después, nada.

  • La isla amarilla (escrita en 1982), Noguer, col. Cuatro vientos, 1985 (3.ª ed. 1989), 135 pp., ISBN 10: 84-279-3156-5.
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