Juicio a los superventas

Rodrigo Fresán reflexiona en ABCD, con desapego y gracia, sobre los «best seller» y una supuesta crisis de la literatura seria. Lo que dice no es verdad (no porque sea mentira, sino porque casi todo lo que tiene que ver con la literatura queda fuera de la categoría de verdad y mentira y cae en la de mundos de palabra construidos de tal o tal otra manera), pero aporta varios elementos de reflexión sobre el presente de la literatura comercial (denostada de antemano, pero habría que prescindir de la pose: también son comerciales el pan, la lechuga, los huevos, la carne y el pescado, pero no por ello es lo mismo el pan precocido que el artesano ni la lechuga corchoberg que la batavia o la hoja de roble). Y mucho de ello tiene que ver con los temas de este blog, sobre todo (quizá) en el campo de la literatura juvenil. Veamos, a bala de cañón: obras de poca calidad que pasan el filtro editorial y se convierten en superventas, a veces con apoyo mercadotécnico, a veces por misterios de la vida; autores que se plagian a sí mismos; superventas (a veces pésimos) que desatan una avalancha de imitaciones (por lo general pesimérrimas); géneros tramposos de lagrimilla y superficialidad sobre las grandes tragedias del siglo; títulos no menos tramposos que se amparan en los grandes nombres para dar barniz de cultura a la nada o menos…

No es que el mundo se hunda: el artículo (y el resumen de arriba) es en buena medida irónico y juega a lo grandilocuente. Pero creo que hay rasgos que son claramente identificables en buena parte de las mesas de novedades de la actual literatura de ficción, incluida la juvenil. Selecciono unos párrafos de un original más extenso.

Lo que sí está pasando por una grave crisis es el best seller. Los best sellers están cada vez peor escritos. Y no me refiero aquí a firmas que suelen ascender alto en las listas -como Amis, Auster, Ballard, Ellroy, Irving, McCarthy, McEwan, Murakami, Roth, Le Carré o a best sellers de culto como DeLillo, Pynchon y Wallace-, sino a los encargados de gestionar policiales, romances, novelas de terror, sagas históricas, esas cosas. Digámoslo así: colocados junto a Dan Brown y sus demasiados epígonos de la conspiración boba, gente como Robert Ludlum, Irving Wallace o Morris West adquieren hoy -comparativamente- la categoría de Balzac, Hugo y Zola. Sus novelas estaban bien construidas y había una cierta preocupación por que sus personajes fueran algo más que máquinas de correr rápido y parlotear teorías absurdas.

El rebaño de la moda. Y tal vez no sea culpa exclusiva del escritor de best sellers sino un delito en complicidad con el leedor de best sellers. Alguien a quien ya no le interesa una lectura ligera a cargo de un autor profesional como Robert Harris -y, hay que reconocerlo, cuyas ventas a menudo financian la publicación de obras más artísticamente arriesgadas y comercialmente riesgosas- sino, sencillamente, unirse al rebaño de la moda. Y leer el libro que están leyendo todos para después poder conversar con todos sobre ese libro que todos leyeron.

Y allá vamos de nuevo: sábanas santas, catedrales misteriosas, pequeños hechiceros, vampiros juveniles, secretos y profecías de autoayuda, manuscritos y teoremas, títulos incluyendo apellido de prestigio y prestigiante por ósmosis (Dante, Shakespeare, Mozart, y que pase el que sigue) y esa suerte de artefacto maquiavélico que es El niño con el pijama a rayas, perteneciente, como La ladrona de libros, al ya subgénero niño + esvástica.

4 Respuestas a “Juicio a los superventas

  1. Hola Darabuc, en la facultad tenía un profesor de antropología que afirmaba que los cuadros de tres dimensiones (esos que se pegan con silicona y se van haciendo con capas) era arte. Es decir, según él “las manualidades” eran también arte, pese a que su calidad artistica pueda ser muy discutida por cualquier “artista”…en mi opinión, lo mismo pasa con los best seller. No todos los lectores aprecian la calidad literaria que pueda tener o no un libro y me parece bien que así sea; es justo que haya diversidad en todos los aspectos y este es uno más. Por otra parte, además de lo que ya has comentado que las ganancias que dan este tipo de publicaciones favorece que algunos editores apuesten por obras “novedosas y arriesgadas”, también ofrece la posibilidad de comparar y a los que sí que apreciamos la calidad, valorarla aún más.
    La parte fea del asunto, es que no hay ningún sector que no haya sucumbido a la globalización y todo el transfondo que en realidad conlleva este triste hecho. (Siento la extensión).
    Un saludo

  2. Leí el artículo, y totalmente de acuerdo. Precisamente el párrafo que se me quedó grabado fue el de “sábanas santas… vampiros juveniles… niño + esvástica”
    Más de lo mismo, más de lo mismo…

  3. Gracias al comentario he conocido tu blog, que me parece un océano a descubrir poco a poco. He puesto un enlace en nuestro blog para que lo conozcan los del grupo de lectura. Gracias por tu comentario y salud.

  4. Gracias por vuestros comentarios. No sé por qué, recordé de pronto la edición del XVII y pensé que tampoco hay mucho por lo que llevarse las manos a la cabeza: entonces también imperaba la moda (con una capacidad de reacción sorprendente para los medios de la época, visto desde nuestra dependencia de la tecnología), era aún más difícil distinguir los plagios (debido a la imitación) y encima las ediciones piratas estaban a la orden del día. En fin, que tuve una pesadilla en pasado.🙂

    Un abrazo

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