La sonrisa de piedra, de José María Latorre, y una reflexión sobre crítica literaria

José María Latorre, crítico cinematográfico y escritor, cultiva una novela de aventuras para jóvenes que me parece, en lo esencial, heredera de los grandes textos aventureros del XIX y principios del XX, en sus dos ramas: la más o menos realista y la gótica, misteriosa y fantasmagórica. El autor da mucha importancia a su estilo, que sin duda, junto con la reconstrucción de ambientes exóticos, lo separa netamente de la actual y mayoritaria novela realista de jerga y ambientación contemporánea.

Personalmente, como lector adulto que no leyó a Latorre de joven, sus textos me producen sensaciones contradictorias. Tengo la impresión, sobre todo, de que entonces me habrían gustado más que ahora; creo que representan una excursión de estilo, ambientes y descubrimientos por la que ya he pasado. Lo explico así, con franqueza, porque tiendo a creer que no todos valemos para criticar (evaluar razonadamente) todas las obras literarias. Las hay que se nos resisten (al menos en parte) y, sin embargo, son eficaces. En suma: entiendo que no hay que confundir discrepancias de gustos (ligera o estridente, poco importa) con topetazos contra la calidad infumable de un Dan Brown, que es malo sin paliativo posible. Pero no estoy seguro de que todos los críticos, no ya de LIJ, sino en general, vayan por el mundo con esa prevención. De modo que esta nota habla más de la crítica, que de Latorre.

Para concluir, dejo una cita que me ha parecido característica:

«A primera vista, la ciudad parecía formada por medio centenar de casas. El espectáculo era a la vez fabuloso y sobrecogedor. Puertas y ventanas se hallaban selladas con enredaderas y ningún ser humano habría podido entrar y salir de ellas si no rompía previamente las lianas y las ramas que cruzaban de unas a otras formando un maravilloso laberinto vegetal. Por los tejados, a punto de desmoronarse, saltaban docenas de monos, los cuales saludaron nuestra llegada profiriendo asustados chillidos. Un río de aguas negras surgía de entre un dédalo de callejas y corría por en medio de la extinta ciudad para perderse, tras doblar un recodo, entre la sombra de la vegetación. En una plaza vimos un pozo semiderruido y una fuente de mármol, completamente seca, cuyo caño de hierro estaba cubierto de verdín.
Pero lo más impresionante de la ciudad perdida era el templo: se trataba de un edificio mucho más alto que aquél, cercano a la guarnición, donde habíamos tenido el encuentro con los shijahs. La piedra y el mármol de su monumental fachada habían desaparecido bajo una espesa capa de musgo que desprendía un olor acre y fuerte, como a putrefacción orgánica, pero a pesar de ello se veía que estaba presidida por un rostro resquebrajado, de enormes dimensiones, cuyos ojos, tan grandes como la altura de un ser humano adulto, parecían no perder detalle de nuestros movimientos. El rostro tenía un cuerpo dotado de cuatro brazos (dos erguidos hacia lo alto, otros dos en actitud de orar), cuya base se situaba justo encima del portón de entrada. Una cobra se deslizaba por entre los pétreos labios, erosionados por décadas de sol, viento y lluvia, y la vistosidad de su piel provocaba un hermoso contraste de colores al lado del musgo que cubría la estatua. Era tan fascinante que, si yo hubiera sido pintor, me habría gustado reflejar el paisaje y la estampa en un lienzo.
—Kali —dije.»

(La sonrisa de piedra, Alba, col. Alba joven, 1997, pp. 92-93)

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