Pasión por la biblioteca

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ABIBA, la Asociación de Bibliotecarios de Albacete, me pidió un texto para el primer número de su nueva revista, Biblioteca Viva. Por si resulta de interés a alguien, lo reproduzco aquí: en texto plano, después del salto, y en pdf de imágenes, en este enlace.

Pasión por la biblioteca

El niño estaba delante de la muralla de libros, deseoso, perdido. Tendría unos trece años, quizá. Nada llamaba especialmente la atención en su aspecto; solo destacaba, si acaso, la timidez de unos gestos y una postura casi transparentes.
Al entrar había devuelto El faro del fin del mundo, de Julio Verne, una novela heroica, de resistencia frente a las circunstancias más duras y a unos criminales dispuestos a todo. En su cabeza resonaban aún los embates del poderoso oleaje en aquel rincón meridional que el orgullo del hombre había insistido en conquistar, contra vientos y mareas. También bullían reflexiones: era un avance, puesto que la navegación de la zona era desde entonces más segura, pero ¿era necesario? ¿No habría sido mejor conformarse con aquellos territorios —muy extensos, de hecho— que la naturaleza defiende con menos virulencia? ¿Era necesario llegar de verdad hasta el Polo Sur? ¿Sacrificar tantas vidas de marinos en los hielos del Norte?
Porque aunque la sed de la aventura era poderosa, no carecía de conflictos: los diversos libros y las distintas experiencias chocaban entre sí. ¿Qué llamada de lo salvaje iba a responder Buck, si las exigencias de la vida humana talaban sin mesura la libertad de los lobos? Y extinguida la vida salvaje, ¿dónde encontrar otro Colmillo Blanco, u otro zorro para el Principito?
Tal vez por esas vacilaciones, aunque le habían recomendado Los hijos del capitán Grant, aquel niño no estaba mirando en la V; y tampoco, aunque tenía en la lista El vagabundo de las estrellas, quería por ahora más novelas de London. No. Necesitaba otra cosa. Pero ¿cuál? Ante la gran pared de libros, ante la muralla de lomos que se alzaban resguardando palabras y enigmas hasta el techo mismo de aquella vieja biblioteca de su barrio, era casi imposible no perderse. Estuvo tentado de regresar a casa con las manos en los bolsillos, porque no era el día de confiar en el azar. Empezaba a sentir frío.
Pero una voz cálida le puso una mano en el hombro y, con seguridad y decisión, alargó el otro brazo hacia un lomo blanco, de aspecto anodino entre la multitud de libros, ligeramente abierto y comido por el sol.
—Te gustará.

* * *

Ese niño era yo y, probablemente, era cualquiera de todos los que, más allá de los sueños agitados de la infancia, seguimos pensando que en los libros se atesora en parte lo mejor del ser humano: lo que nos esforzamos por preservar frente al olvido del tiempo, las aventuras, el conocimiento, la utopía, la denuncia, el compromiso radical, la libertad de imaginar.
Yo tuve la suerte de que el libro que aquella bibliotecaria —cuyo nombre no llegué a saber, pero cuya mano dejó huella en lo más hondo de mi alma— era La guía fantástica, de Joles Sennell. Lo que se abrió ante mí era la libertad absoluta que nos concede el lenguaje: la capacidad de crear nuevos seres, nuevas realidades, nuevos mundos incluso, por la sola fecundidad de la palabra. Era el libro blanco que, desde entonces, me permite viajar más allá de la cárcel de lo real y saber, con plena certeza, que las cosas serán hoy como son, pero las podemos cambiar.
Desde entonces, siento que no he visitado de veras un pueblo o una ciudad hasta que no he pisado sus bibliotecas y pulsado el latido de ese reducto mágico. En algunos casos, me vence la tristeza, porque siento una vida apagada, sin apenas niños, sin renovación de unas propuestas descuidadas y ya polvorientas. Pero en la mayoría, la biblioteca me guiña el ojo y arquea puertas y paredes para transformarse en el lugar infinito donde conviven los clásicos de eficacia probada con las novedades más escogidas. En el espacio que exhibe con orgullo las huellas del paso de los niños, las pestañas arrancadas por los más pequeños y recompuestas con esmero por los «enfermeros» de libros heridos; las novelas de las que más se habla y aquellas otras de las que se habla poco, pero que, por su calidad, merecen un sitio de primera en los estantes; los álbumes ilustrados que, con imágenes innovadoras, nos hacen frotarnos los ojos ante una Ana María Matute o unos hermanos Grimm que no soñábamos siquiera que pudieran existir. Porque la biblioteca es la espina dorsal de nuestra cultura y sin ella estamos destinados a perecer, doblados por el peso de la barbarie.

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5 Respuestas a “Pasión por la biblioteca

  1. Me ha encantado tu texto sobre la importancia de las bibliotecas. Me hizo acordarme de la señora blibliotecaria que nos hacia enseñarle las manos antes de entrar en su sala encantada. Me da tanta pena no poder volver allí, era una biblioteca pequeñita que hace años cerraron en un barrio de Hospitalet. Qué suerte tuve de vivir tan sólo a unos pasos de ella. Quien sabe si cada vez que entro en una biblioteca sigo buscando aquel refugio de mi infancia.
    Felicidades por tu texto

  2. Los de ABIBA deben de estar felices.
    A mí me ha encantado tu «Pasión por la biblioteca», y mira que se han escrito textos sobre ello. Pero es que, Darabuc, tu texto rezuma pasión por la gente, por los libros (“La poesia / no canvia pas res. Res no és segur, però escriu.” Tot traduint Brecht), por las bibliotecas, por los bibliotecarios… No pone a las bibliotecas en el centro de la cultura, frente a las personas, sino a estas en el centro, desde la infancia, y a los libros y las bibliotecas a su lado, como un tesoro que va ayudarnos a encontrar una llave en nuestras vidas: en la alegría, en la tristeza, en lo injusto, en lo que compartimos con los demás, en lo que nos diferencia… y creo que así lo sentimos muchos.
    Y me callo porque tu texto lo dice todo mucho mejor, así que gracias por compartirlo.
    Un beso.

  3. Hola, María José:

    Supongo que todos los sitios donde hemos crecido son mágicos; puede serlo igual una cocina o un campo de fútbol. Pero la biblioteca de la infancia, para los que nos gusta leer, quizá sí tienda a ser un refugio como el que encontró Matilda frente a la barbarie de sus padres.

    Yo ahora tengo la suerte de trabajar bastante en bibliotecas, intentando ser una más de las manos que eligen y muestran para que los chavales prueben el cebo de la lectura. La de estar ahora al otro lado es una sensación extraña, que casi pone la piel de gallina, a veces.

    Un abrazo

    Hola, Ana:

    Pues descontentos creo que no están, porque ayer me invitaron a participar también en la presentación, que se hará en Albacity. Siempre me ha gustado más sentarme en el lado de los espectadores que en la temida mesa de tres o cuatro personas, pero bueno, algún día hay que hacerse mayor. 😉

    Me daba cierto reparo poner el texto, que se publicó hace unos meses. Pero viendo las reacciones, creo que ha comunicado lo que quería.

    Un abrazo

  4. Hola Gonzalo

    Me uno a los anteriores comentarios para felicitarte por tu hermoso texto que dejas escrito en ABIBA, donde reflejas de una forma atrayente, tierna, intimista y sobre todo sincera, tu amor por los libros y los lugares donde mejor realizan su función: las bibliotecas.

    Destaco estas líneas: “Lo que se abrió ante mi era la libertad absoluta que nos concede el lenguaje”.

    Un abrazo LUZ

  5. Gracias, Luz.

    Encontré curioso que por lo general soy muy lento para escribir esta clase de textos; y sin embargo, aquí me fue muy sencillo, era solo contar lo vivido.

    Creo que aquella biblioteca sigue abierta, solo que muy reformada. Y es tan fuerte el lazo que no he querido volver, en ninguna de mis visitas a Barcelona, porque hay demasiados olores y quizá incluso espacios que echaría en falta.

    Un abrazo

Comentarios

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