El permiso de querer

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Cuando un autor es invitado a un aula, en cierta medida, asiste a una comida de familia en la que se percibe bastante bien el estado de salud de las relaciones personales del grupo, con su dosis de obligatoriedad (en el sentido simple de que no escogemos a la familia, tampoco a los compañeros del aula ni a los maestros). Supongo que en la jerga psicológica, que no conozco, existirá algo parecido a la «terapia de la visita del extraño».

En unas pocas ocasiones, muy contadas, he encontrado casos lamentables, en los que el maestro odia su trabajo y transmite la deserción a sus alumnos. Pero en la mayoría de las ocasiones, el sistema funciona y el grupo vive la sesión como una fiesta compartida. Y de vez en cuando, uno encuentra auténticas perlas que le dan sentido pleno a cinco horas de coche y contar hasta el límite de la voz, o a estar contando a la hora de la siesta cuando te has levantado a las cinco y el menú ha caído como una losa de sal en el estómago, o a explicar por milésima vez (y casi siempre en vano) que un autónomo se queda con menos de la mitad del dinero que factura, entre otras penas de un trabajo que reconforta, pero como todos, también cansa y vive días de tirar la toalla.

Hace poco me encontré en uno de esos días mágicos. En la biblioteca de Caudete —estupenda por lo clara, completísima y casi hiperactiva que es—, se presentó un guardia bigotudo y repelente exigiendo permisos a tutiplén, a la abeja que pasaba por el país de Colmena, pero también a mí, a los alumnos y, claro está, a los maestros. Los chavales piden el permiso de enseñar, el de mandar deberes, el de mandar cuatro hojas de deberes, el de imponer normas en el aula… El permiso de hacer de vientre, como dijo uno en la versión más fina que he oído hasta ahora de una respuesta que nunca falta… El de caminar a la pata coja o el de querer viajar a la Luna, cuando desatan la fantasía… O hasta el permiso de estar vivo, como exigieron una vez, en un arranque de totalitarismo que habría dado envidia a Stalin. La verdad es que de carné en carné, con este Carnaval en miniatura a todos nos dio la risa (con su dosis de estupor), varias veces.

La magia pura vino cuando una maestra aprovechó su ocasión de pedir permisos a los alumnos para reconvenir con cariño a los más despistados, dando así pie a hablar en grupo, con franqueza pero con calma, sobre los excesos que pueden despertar tensiones colectivas; y acto seguido —con tono ligero, pero mirando a los ojos a sus chavales— cerró pidiéndose para sí «el permiso de querer a mis alumnos». En una sociedad que verbaliza con énfasis la autoridad y la violencia, pero no el cariño, sinceramente, este invitado afortunado sintió que se le esponjaba el corazón.

El títere lo encontramos en el puesto de una titiritera en un mercadillo (el Zacatín de Bullas) y nos pareció una Vieja Iguazú estupenda, luto y amor a partes iguales.

8 Respuestas a “El permiso de querer

  1. Tienen algo las palabras del episodio del país de Colmena. Son musicales, atractivas de pronunciar, y aplicables a un montón de situaciones. Me ha hecho gracia que sirvan también como pie para una terapia de grupo.
    1beso.

  2. Me has recordado mis tiempos como maestra…¡Es tan hermoso ahora, por otra parte, recibir el cariño dado! A la vuelta de la vida,cuando camino por mi pueblo, me encuentro con mis alumnos que son adultos pero conservan para mí la inocencia en la mirada y la sonrisa en el bolsillo.

  3. Hola Darabuc.

    Me identifico con todo lo que cuentas.

    En mis años de peregrinaje por diferentes bibliotecas y colegios de Castilla La Mancha, la magia de la poesía ha estado siempre con los niños y conmigo. En la mayoría de los casos los profesores también han participado en el juego, no obstante, dejo de recordar algún caso que ha preferido permanecer al margen y ellos o ellas se lo han perdido. Sin embargo tengo que decir que todos los bibliotecarios y más bibliotecarias nos han facilitado mañanas o tardes tan especiales, que nunca podré dejar de recordar.

    Espero que el país de la Colmena se de el permiso de venir hasta Madrid.

    Un abrazo.

  4. Lo más importante, poder entrar en el mundo mágico de las palabras.
    Os mando unas greguerias que he escrito sobre la luna. Es divertido jugar con las palabras, con estas greguerias he viajado a la luna…
    Si os apetece ver las ilustraciones ir a “Un sombrero con elefante”
    GREGUERIAS DE LA LUNA
    ” La serpiente le ofreció una manzana a la luna, desde entonces solo sale de noche”.
    ” La luna en otoño se resiste a perder el verde aunque el amarillo va ganando terreno”
    ” La luna quería ser princesa pero se quedó en condesa”
    ” La luna de Valencia desayuna con zumo de naranja”
    “ Cuando se zambulle en el mar la luna llena se convierte en sirena ”
    “ La luna de papel es el periódico de la noche”
    “ Cuando no quiere que la miremos la luna se viste de negro”
    “ La luna se pone su traje de noche cuando está de luto por una estrella”
    “ La luna de cartón es una luna reciclada”
    “ La luna de tela es el mantel de las estrellas. Lo extienden cada noche a la hora de la cena”
    “ La luna es una modelo luciendo su traje de primavera en la pasarela de la noche”

    Dolors

  5. Hola, María, es muy curioso ver regresar las palabras que has escrito, vividas, ampliadas, mal entendidas a veces (pero no tanto, siempre con un sentido), entendidas a veces desde lo más hondo. Y el bumerán me resulta aún más peculiar con este libro, que nació primero por necesidad, de modo que no supe prever lo que podía dar de sí, me lo voy encontrando ahora, poco a poco.

    Hola, Alicia, yo que soy de familia de maestros, conozco lo que explicas por mi abuelo, que estuvo más de cuarenta años en la misma escuela y educó a chavales que luego llevaron a sus hijos e incluso a algún nieto. Todavía ahora el de “don Luis” es un nombre que despierta cariño en sus ex alumnos, y eso que murió hace años… Con todas sus dificultades y con todas sus imperfecciones humanas, conozco pocas profesiones más hermosas. (Cuando los críos me llaman “profe” o “maestro”, en vez de Gonzalo o “el cuentacuentos”, me he dado cuenta de que nunca los corrijo.)

    Hola, Dolors, muchas gracias por tus greguerías. Subiré un par a la nota de greguerías que hice hace un tiempo. De palabra en palabra y tiro porque me toca, que viva el juego y todo lo que nos da.

    Hola, Luz, la profesión de bibliotecario (hasta ahora, casi siempre, bibliotecaria) es muy bonita pero muy ingrata. No hay forma de borrar la asociación de ese puesto con la señorita Rottenmeyer, cuando en general, lo que yo me encuentro es gente que le dedica al trabajo muchas más horas de las que se ven desde fuera, para empezar con las actividades que se hacen fuera del horario de apertura normal (visitas de escuelas, clubes de lectura, encuentros con autores), y luego tienen que lidiar con los ayuntamientos, que no suelen recibir esos gastos con alegría, por no decir nada de los morosos…

    Me gustaría ir por Madrid, desde luego, pero no hay nada previsto. Y no me gustaría menos ver tus haikus por aquí y esa magia en marcha. Ya te he escrito en algún comentario de tu blog que algunos de los haikus escritos por tus alumnos me parecen estupendos. Es curioso cómo la mente de los niños, que puede trabajar a toda velocidad, capta a veces a la perfección no ya la música, sino el espíritu mismo de un género poético que es breve, pero nada fácil.

    Un abrazo, gracias a las cuatro por los comentarios.

  6. Zacatín de Bullas y su mercadillo
    traen para nosotros un raro tufillo…
    De brujas muy locas, de títeres, cuentos,
    de risas y cantos, de alegres momentos.
    ¡Qué buena la vida que acerca y comparte
    dichas y tristezas de aquí y todas partes…!
    El mar, desde siempre, marcó la distancia.
    ¡Qué buena la red que ahuyenta nostalgias!
    Abuelos que un día a España dejaron…
    Nietos de este tiempo no los olvidaron.
    ¡Qué buenos los libros y su melodía
    que pintan campanas de sol cada día!

    Sin Internet qué solos estaríamos los que tenemos una misma lengua, rica y llena de matices…

  7. Muchas gracias por tus versos, Ali.

    (Los dodecasílabos con cesura siempre me han parecido alegres, además, y no tan rimbombantes como los alejandrinos, que lo ponen a uno en un pispás como Rubén, cuando no en la épica. Y están a un paso de la métrica acentual, que a los niños les suele gustar mucho: al menos, en los talleres, les suele parecer mágico que se transformen en palabras unas palmas o un ritmo de tambores.)

    Un abrazo,

    Gonzalo

  8. Nunca sé porqué escribo lo que escribo, que sale de mí “como agua’e manantial”, pero me alegra que te haya gustado

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