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The Bad Beginning, la primera novela de A Series of Unfortunate Events (traducida en España como Una serie de catastróficas desdichas y en América como Una serie de eventos desafortunados), de Lemony Snicket (seudónimo de Daniel Handler), es una perlita literaria muy recomendable. Diría incluso: recomendable guste o no, porque es una experiencia sin apenas paralelos en la LIJ.
La novela bebe de la tradición melodramática, pero no convierte el sufrimiento de los personajes en un camino de redención que los conducirá al triunfo final, como en el Dickens optimista, en Joan Aiken (The Wolves’ Chronicles) o en Pullman (Dark Materials, Sally Lockhart); lo que hace, y anuncia desde buen principio, es acentuar los padecimientos sin dejarles salida (más que las pausas que permiten continuar la serie) y recordarnos continuamente que el título colectivo de los acontecimientos desafortunados se cumplirá una y otra vez.
Pero no se trata de padecer porque sí: todo está vestido de literatura, ironía e humor, la construcción es pulcra y la medición de los tiempos, precisa (por ejemplo, el clímax de la risa de Sunny en el teatro, seguido por un anticlímax inmediato). El narrador es impresionante, lo impregna todo con su presencia, sus explicaciones, su ironía y sus varios juegos literarios. Como si el autor se burlara de la tendencia de corrección política que nos acosa, los personajes son «de perfecta crianza e infortunio perfecto»: Violet es una chica emprendedora (porque las mujeres también pueden estudiar Ingeniería) y Klaus, un chaval muy lector (porque a los chicos les interesan más cosas que el fútbol); y el narrador es exageradamente moral (para explicar un concepto, dirá: «por ejemplo, si eres un ladrón de bancos —aunque confío en que no lo serás—…»). Pero ni esos rasgos positivos de los personajes ni la empatía del narrador servirán de nada frente al conde Olaf. La pequeña Sunny no es un bebé adorable, por el contrario, sino una especie de animalito que solo muerde y farfulla palabras incomprensibles (que el narrador, sin embargo, interpreta con morosidad). Traducido a reacciones del lector, es fácil encontrarse sonriendo.
El carácter estudiadamente retórico (en el buen sentido) de la novela queda claro en la forma The A… A… de titular los libros: The Bad Beginning, The Reptile Room, The Wide Window, The Miserable Mill, The Austere Academy, The Ersatz Elevator, The Vile Village, The Hostile Hospital, The Carnivorous Carnival, The Slippery Slope, The Grim Grotto. Lamentablemente, los primeros títulos españoles no lo respetan: Un mal principio, La habitación de los reptiles, El ventanal, El aserradero lúgubre; los dos siguientes sí, pero repiten letra y añaden un «muy» huero, algo que el autor no hace: Una academia muy austera, El ascensor artificioso. No pongo esto de relieve porque sea condenatorio de las traducciones castellanas (que no he leído, aunque con la ventaja de hablar a posteriori, bien podríamos haber tenido El pésimo principio), sino porque creo que es un indicio claro de por dónde camina el autor y del cuidado con el que elige todos los aspectos formales de la serie.
El fallo principal del conjunto es, probablemente, su extensión: en un solo libro de doscientas páginas todo habría brillado sin desgaste, pero a lo largo de trece novelas, el humor se consume, las situaciones se repiten y comienza a emerger la retórica en el mal sentido.

Las lápices de Brett Helquist, muy limpios, también son retóricos (de nuevo en el buen sentido): dispuestos uno al principio de cada capítulo, más algunas láminas, me llama la atención que no presentan grandes escenas emotivas ni de conflicto, ni siquiera a los personajes completos (salvo vistos de muy lejos), sino ante todo detalles: ojos (los terribles de Olaf, los de Klaus leyendo), un brazo (que termina en un gancho, no en una mano), una pierna (de Olaf en el teatro). Parecen estar diciendo: no olvidéis que esto, amigos, es literatura.
- Lemony Snicket, The Ominous Omnibus (The Bad Beginning. The Reptile Room. The Wide Window), il. Brett Helquist, HarperCollins, Nueva York, 2005.
- Reseña muy completa en Bienvenidos a la fiesta
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Alfredo Gómez Cerdá (blog), autor de obra ya extensa tanto para niños como para jóvenes y voz crítica quizá particularmente comprometida con la juventud, ha ganado el premio nacional de literatura infantil y juvenil por su novela Barro de Medellín, que ya ha sido premio Ala Delta y White Raven y publicó Edelvives con ilustraciones de Xan López Domínguez.
Hace poco, el autor hablaba en su blog de su reciente nuevo viaje a Colombia, a las ciudades de Bogotá y Medellín:
Hace unos días regresé de Colombia. Tres días en Bogotá y ocho en Medellín. Hacía dos años que había viajado por primera vez a este país y a estas dos ciudades. … Esta vez me he sumergido más en Bogotá. ¡Qué inmensidad! Me viene a la memoria ahora mismo la biblioteca de La Marichuela, tan viva y orgullosa, en medio de unos barrios de pobreza sobrecogedora, muy cerca de los inmensos estercoleros de la ciudad. Y por contraste, las amplias avenidas, el transmilenio, los parques siempre verdes, los rascacielos, los rincones bellísimos de La Candelaria, la cresta de las montañas, el cielo plomizo, el teleférico a Montserrate… (Seguir leyendo).
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He leído con interés e intriga Las crónicas de Spiderwick, de Tony DiTerlizzi y Holly Black. Se suele citar a sus autores por este orden, contra la convención habitual de situar antes al escritor que al ilustrador; sin entrar en lo injusto o justo de ese hábito, no cabe duda de que en este libro hay un peso importante (principal, en algún aspecto) de la ilustración. Lo he leído en inglés (presentado en un cofrecito delicioso, que recoge los cinco libros con pasta dura, aire antiguo y corte irregular de las páginas) y no he visto aún la película. Se edita en cinco volúmenes, pero podría publicarse en un solo tomo de cinco libros (partes) que apenas superaría las 500 páginas.

A mi entender, la novela nace de un afán de juego tanto con la rica tradición feérica y de monstruos del mundo anglohablante (donde quizá tiene más vigencia actual que en el hispánico), como con varios cuentos populares de los más conocidos. Puede leerse un breve resumen del argumento de cada libro en El bosque de los cuentos.
Pero no solo: es tanto más importante el trabajo de DiTerlizzi, con numerosas ilustraciones a toda página (alguna de ellas, a color) que se declaran expresamente herederas de Arthur Rackham. Tanto es así que, entre el aspecto retro de las ilustraciones e incluso de los libros mismos, y la ambientación victoriana de la mansión, es fácil perder de vista que la acción transcurre en nuestro presente. Con frecuencia, adquirimos una imagen más clara de los seres fantásticos gracias a la imagen que gracia al texto; y en cuanto a su conducta, la novela tampoco entra en grandes detalles, muestra lo que muestra, y listos.
El tercer gran pie de la propuesta, a mi entender, es un relato familiar de final feliz: el reencuentro de Jared con sus hermanos y su madre, la aceptación de la ausencia del padre y el cierre de la historia inconclusa de Lucinda y su madre. En todo este proceso, los personajes yerran (por exceso de ira o falta de diálogo) y acabarán madurando tras comprender sus errores.
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El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apóstolos Doxiadis, no interesará a todos los jóvenes, pero quizá interese mucho a algunos de ellos. A mí me ha hecho volver con intensidad a los 14 y los 18 años, cuando me tocó elegir camino de estudios y enfrentarme a los de casa con una decisión que ellos juzgaban irrazonable (y probablemente lo era, pero entendí que debía tomarla yo).
Petros es un matemático que empeña su vida en resolver un problema matemático de apariencia sencilla, pero enorme dificultad, que le habría valido la fama internacional; y en la aventura del todo o nada, su repercusión pública quedó en (casi) nada. Su familia lo considera un fracasado; el joven narrador, sin embargo, lo admira, e irá tirando del hilo de su vida de forma que emergerán los claroscuros del genio, la ambición y la obsesión.
Muchas páginas se ocupan de aspectos de la historia y la teoría de las Matemáticas, aunque sin abandonar por ello el terreno de la novela; es probable que la novela guste también a aquellos que comprendan la obsesión en otros campos, como el ajedrez, la composición de música o el montañismo extremo.
- Apóstolos Doxiadis, El tío Petros y la conjetura de Goldbach (traducción de la versión inglesa: Uncle Petros and the Goldbach’s Conjecture). Ediciones B (sello Zeta Bolsillo), trad. M.ª Eugenia Ciocchini, ISBN 978-84-96546-56-1.
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Maia se va al Amazonas, de Eva Ibbotson, es una novela de aventuras sobre la libertad personal y la importancia del afecto. Nace en la poderosa tradición del melodrama, con una niña huérfana que será adoptada por unos parientes, y se vincula directamente tanto con una obra de ese género, la historia de El pequeño lord, como con el cuento de Cenicienta. Curiosamente, Maia, la protagonista infantil, contará con la ayuda de una coprotagonista adulta, su institutriz, que aquí se opone del todo a la figura asimismo tópica de Rottenmeyer (papel que desempeñan en la novela la madrastra y las gemelas).
Sin embargo, se distancia del melodrama por una insistencia menor en la lágrima (de Clovis se dice varias veces, en la propia novela, que llora demasiado), un uso claro y suelto del humor (humor de cocción lenta, que se basa menos en el disparate que en una caracterización cuidadosa y frases irónicas) y un peso importante de la exploración, la aventura y el amor por la selva y lo desconocido. Ibbotson es, probablemente, una de las herederas más claras de Roald Dahl, y este libro es de los más redondos que yo le he leído.
Otro polo del libro —peor resuelto por la falta de matices con que se presenta, aunque con frecuencia lo salva el humor— es la oposición entre una Inglaterra antigua y opresora y un mundo indígena feliz consigo mismo y con su medio. La ideología de fondo es muy propia de nuestro tiempo, e incluso loable, si de ideología hablamos, a mi juicio; pero el tema se maneja como sopa de sobre, un ready-made de cocción superficial.
- Eva Ibbotson, Maia se va al Amazonas. Salamandra, Barcelona, 2001. ISBN 978-84-7888-791-1-0.
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O vindeiro xoves, 1 de outubro, ás 20:00 horas presentarase na Coruña Pirata, a novela máis recente de María Reimóndez. No acto, que terá lugar na Sala Maremagnum do Aquarium Finisterrae, acompañaran á autora a escritora Yolanda Castaño, o músico Xabier Díaz e o editor Manuel Bragado.
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Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite, representa muchas cosas a un tiempo. Es un libro en el que la autora funde géneros y se libera por completo del realismo, habiendo sido una de sus máximas cultivadoras. Es uno de los primeros libros de Las tres edades, colección que, con sus textos casi siempre fronterizos, marca (a mi entender) un antes y un después en el panorama de la literatura española contemporánea. Es una buena novela con críticas positivas y éxito comercial. Y habla del anhelo de libertad de una niña, insatisfecha con la vida de su madre, que se atreve, pasa miedo y finalmente consigue más aún de lo que siguiera soñaba. Si se le añade que se reeditó como primer volumen de la «Colección escolar de literatura», quizá se puede poner punto a la nota aquí afirmando que es un «léeme» de los imprescindibles.
Sin embargo, tengo mis dudas, no sobre la calidad de la novela, sino sobre su público ideal. (más…)
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En el marco de la 3ª Feria del Libro de Lanús, el sábado 3 de octubre a las 19.00 h, se presenta en el auditorio del edificio Abremate (Hipólito Yrigoyen 5682, Lanús) la novela infantil Y un día el mundo se hizo desierto, de Guillermo Tangelson, con ilustraciones de Diego Greco (en la imagen). La presentación estará a cargo del escritor Diego Paszkowski y contará con la presencia de autor e ilustrador. El libro representa la primera apuesta de la Universidad Nacional de Lanús por una obra de ficción e inaugura la Serie «Letra Pequeña».

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Zipisquillas, de Germán Machado, es una novela breve que transcurre en un mundo imaginario y narra lo que nos anticipa el subtítulo: Historia del zipireño que perdió sus cosquillas y de cómo hizo para recuperarlas. Los títulos de los capítulos también suenan un punto cervantinos: «Que cuenta lo que sucedió a Zipitero cuando realizan el plan del viejo mago Zipitrú». Es un relato de aventuras, humor y lenguaje preciso, con el que pasar un buen rato.
Los zipireños tienen hocico de perro, orejas de gato y ojos de agilucho, y viven protegidos de ogromios y ogreños en la Comarca Rectangular del Zipizaperay. Llevan «zipinombres» que en ocasiones los caracterizan: a Zipímica le gusta la experimentación y la química, Ziphidalgo tiene «veleidades de poeta», Zipibasket es deportista, Zipirrock, claro está, músico.
El caso es que a Zipitero, sin darse cuenta, se le caen las cosquillas a la entrada del galpón (cobertizo) de los caballos. Tras una aburridísima clase de Historia y Geografía, huirá a consultar el problema con el mago Zipitrú (alias Úrtipiz, cuando se sienta cabeza abajo), un viejo cascarrabias y algo tramposo. Zipitero, Zipinete y Zipímica deberán reunir a toda prisa los ingredientes de un jabón con el cual —pasando una prueba temible— quizá el primero podrá recobrar sus añoradas cosquillas.

- Germán Machado, Zipisquillas. Ilustraciones en blanco y negro de Magdalena Sayagüés. Sudamericana Uruguaya (Random House Mondadori), Montevideo, 2009. 80 pp. ISBN: 978-9974-683-10-5.
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Los libros de El Equipo Tigre, de Thomas Brezina, son un buen ejemplo de la distancia que con frecuencia separa (pero no necesariamente debería separar) a los críticos literarios de los lectores. Esa discrepancia quizá puede resumirse en el hecho de si el crítico sitúa y orienta (y deja elegir con libertad) o si bien solo compara con sus modelos de buena literatura y descalifica u omite lo demás.
A mí, estos libros me gustan. ¿En qué medida? No dejo de verles defectos claros en comparación con (lo que para mí es) la buena literatura: los personajes son planos, se emplean recursos casi omnipotentes próximos al deus ex-machina (como una fantástica agenda-ordenador con respuesta para todo) y la verosimilitud general es nula.
Pero esto son decisiones de autor con una finalidad clara: sirven para que en la página 10, los personajes ya estén corriendo peligro. (más…)
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Imagino que La biblioteca mágica de Bibbi Bokken, de Jostein Gaarder y Klaus Hagerup, se tradujo para seguir exprimiendo en lo posible el éxito internacional de Gaarder con El mundo de Sofía, pero personalmente me ha resultado una decepción.
A mi juicio, la novela nace con un interés local poco exportable (celebrar el 350 aniversario de la publicación del primer libro noruego y, junto con ello, a varios autores del país), la acción resulta algo confusa y pesada (cuando la hay; otras veces solo hay clase de cultura) y la voz de los personajes no es coherente (los protagonistas son a veces niños de su edad y a veces una mera excusa para que los autores pongan en su boca párrafos de adulto sobre las bondades del libro). Una deficiencia que tal vez sea más subjetiva: el conjunto adolece en general de la ambición pretenciosamente libresca y más bien huera de un discurso de político a favor de la cultura (sus autores creerán en lo que proclaman, no lo dudo; pero a este lector le han despertado más bostezos que emoción).
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Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez, me ha parecido una novela de intriga con ritmo cinematográfico y resolución ingeniosa, adecuada para lectores jóvenes que se animen a seguir el juego; como novela medio policiaca medio matemática, se disfruta más si uno lee con atención e intenta anticipar por sí mismo los futuros pasos de la trama.
Los personajes no llegan para quedarse ni se sustraen a los tópicos, pero la organización de la novela es atractiva e incluye todas las pistas de la resolución, con la ventaja de que no las da todas expresamente (el enigma de la p. 37 se resuelve aplicando lo que se explica en la p. 99; una búsqueda en internet da la clave borgiana del angstum), y tiene juegos literarios (como el del mencionado angstum o el cuento de Buzzati) que permiten reflexionar sobre el tema de la realidad y la apariencia de realidad, en paralelo a la reflexión de los personajes sobre la verdad (lo ocurrido en verdad y las distintas verdades policiaca, científica y matemática). Al hilo de los comentarios de una amiga, señalo que es posible que ver la película estropee la lectura de la novela.
- Guillermo Martínez, Los crímenes de Oxford. Booket (Destino), 2005, 214 pp., ISBN 84-233-3690-5.
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Las últimas novelas fantásticas de ambientación medievalizante que he leído me han gustado poco o nada, pese a que admiro a Tolkien y lo releo casi cada año. O quizá no «pese a que admiro a Tolkien», sino más bien «porque lo admiro». Lo considero un maestro que —a diferencia de muchos continuadores— no comete la torpeza de lanzar los fuegos artificiales contra el sol de la mañana.
En una de esas novelas, la página 10 amanece con una niña asesinada. En otra, el (supuesto) clímax corre a manos de una niña asesina. No tengo nada en contra ni a favor de esos personajes, porque en la literatura cabe todo lo que puede caber en la vida y, con la brutal historia del siglo XX a las espaldas y toda la imaginación cinematográfica de la violencia, no es que vaya a asustar a nadie (entre los lectores jóvenes o adultos). Pero me siento inclinado a recordar que el mero hecho de usarlos no concede valor a una novela. No la hace más «valiente» ni más «libre»; tampoco más eficaz.
Me interesa poco desmentir calificativos de márketing barato, así que abundaré solo en lo último: en la eficacia narrativa. Las páginas que peor me lo han hecho pasar entre mis lecturas recientes son las iniciales de La perla, de John Steinbeck, mientras el escorpión baja hacia la cuna: esa amenaza lentamente madurada me provocaba todo un nudo en la garganta, que luego la novela confirma, multiplica y hace explotar. Los últimos niños asesinos que he leído, por el contrario, igual que el arrancar brazos o cortar cabezas sin parar, me han acabado recordando más a Chucky que a Tolkien o a Steinbeck (cuando no me hacían bostezar). Solo que Chucky pretende hacer reír y estas novelas querían impresionar y emocionar al lector, de forma que solo sabría calificar esa violencia gratuita como una auténtica torpeza literaria: los fuegos artificiales se lanzan de noche y como culminación de la fiesta del día, no al poco de llamar a la puerta del lector, ni cada tres páginas.
La perla, en cambio, es una novela brevísima en la que la muerte pesa como una losa (se la presiente y se la siente) y que consigue una gran fuerza expresiva como metáfora de un mundo desolado. En literatura, la eficacia no depende de matar o no matar, sino de cómo y cuándo se mata; y la lección de los maestros, a mi entender, es clara: una sola muerte bien preparada impresiona y emociona más al lector que cien cabezas cortadas en cien páginas.
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Hace falta mucho cuento para entretener una semana entera al voraz ogro Mangetout, pero Crispín lo tiene, y, como un Sherezade en miniatura, irá arrullando al monstruo noche a noche con los cuentos del ogro de Ulfis, el de Frölick, el de Alejandría, el de Núremberg y el de Raga. Son cuentos de herencia popular (no los conozco todos, pero todos tienen aire tradicional); además tenemos las recetas de los postres, breves cancioncillas del ogro (una cuarteta) con su partitura y las ilustraciones del propio Miguel Ángel Pacheco.
Para lectores a partir de 9 años, si no les arredra un vocabulario rico.


- Miguel Ángel Pacheco, Una semana con el ogro de Cornualles. Ilustraciones del autor. Anaya (col. El duende verde), 1993, 94 pp., ISBN 84-207-5665-2.
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El segundo movimiento de El tigre en el pozo (sobre el primer movimiento, esta nota) es ascendente. Tenemos a Sally hundida (en la desolación y la soledad, en los suburbios, en el sótano, en las alcantarillas: son muchas las formas que adopta el pozo) y poco a poco, con su energía emprendedora y la ayuda de sus amigos (los nuevos, y los viejos que al fin regresan), ascenderá de nuevo hasta lo alto, con una conclusión desbordante, muy propia del género melodramático de la serie.
El tigre en el pozo es, con diferencia, el mejor libro de los cuatro. Según cuenta el autor, la serie se escribió sobre la marcha, a partir de una primitiva obra teatral que dio origen a la primera novela y esta, a las posteriores. Para dar mi opinión de forma clara, si yo fuera un editor, le diría al autor que fundiera las tres primeras en una y lograría una novela excelente, llegada para quedarse. Porque el mayor inconveniente de El tigre en el pozo es que necesita las anteriores, que no son malas, pero están en otro nivel.
¿Por qué destaca esta novela? (más…)
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El nuevo Noé, de Gerald Durrell, es un libro de la etapa de «coleccionista» de animales (léase «cazador y comprador de animales para los zoos»). Es una mezcla de anécdotas sobre ese trabajo y sobre la vida animal, cuya trama no es novelesca, sino autobiográfica. Interesa porque es difícil aburrirse con Durrell (a quien no le aburran los animales), por lo que cuenta (toda una etapa de la trastienda de la historia de los zoos, además de una faceta singular de la relación entre la Europa rica y otras zonas del mundo) y quizá también por lo que no cuenta (es interesante preguntarse qué no se narra en el libro). La segunda mitad del libro, por otro lado, transcurre en América del Sur (la Guayana, la Pampa y el Chaco); la primera mitad, en el Camerún británico (hoy parte de Nigeria).
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El tigre en el pozo es el tercer melodrama de aventuras de la serie de Sally Lockhart, después de La maldición del rubí y La sombra del norte. Pero es algo distinto: más extenso (430 pp.), lento (casi moroso, en algunos aspectos), ideológico y en general más ambicioso. El tigre en el pozo está dividido en tres partes o «libros», pero yo dividiré mi comentario en dos, empezando por el primer gran movimiento de la acción, que es un descenso a los infiernos. (Tendré que contar parte del argumento.)
Sally recibe una comunicación judicial por la que un hombre del que nada sabe le exige el divorcio y reclama la custodia de Harriet, la hija de Sally (y Fred). A partir de aquí, una trama judicial y policial cada vez más opaca y asfixiante hace que Sally lo pierda todo y la obliga a huir a las zonas más humildes y castigadas de Londres, hasta acabar durmiendo en el banco de un cementerio. La novela crucifica a Sally con un proceso moroso e implacable. En una trama secundaria hasta este punto, se inician pogromos en Rusia y hay un gran movimiento de emigración en condiciones muy duras.
El enemigo de Sally es doble: (más…)
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Los secuestradores de burros no es, a mi juicio, una gran novela, ni tampoco la mejor de Gerald Durrell; pero permite pasar un rato entretenido con la aventura de los dos niños ingleses en su intento de ayudar a su amigo Yani. Es una novela un punto roaldahliana, en la que el mundo de los niños es bastante más sensato que el de los adultos y, además, hay algunos matices subversivos: el que sufrirá principalmente las consecuencias del secuestro es el alcalde local y para saber qué ocurre solo hace preguntarle… al tonto del pueblo, que no es poco listo, aunque casi nadie tenga paciencia para escucharlo. Las ilustraciones de Mabel Alvarez refuerzan, sin extremismo, el carácter satírico y burlón del texto.
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Me ha interesado esta nota de Jacobo Muñiz porque, en una línea que personalmente comparto, da pistas de cómo funciona el trabajo de ilustración y la importancia que en él (y probablemente, en toda labor creativa) tienen las analogías. De cómo hace falta encontrar una clave, o quizá una llave, que abra la puerta de una forma concreta de enfocar al texto. De cómo en eso puede entrar la casualidad o el comentario de un amigo o una hoja que cae o algo que leímos hace quince años, pero algo, algo que actúa como una chispa que enciende el fuego. Y desde luego, de la importancia de la disposición de las editoriales y de si nos animan a investigar o coartan nuestros pasos.
«… Me enamoré del texto desde la primera frase. Los motivos: la sensibilidad con la que estaba escrito, el atractivo de la historia narrada y una estructura cautivadora que fluía a través de las páginas como una melodía que crecía poco a poco, dosificando a la perfección los momentos de tensión y de sosiego.
Esta analogía con lo musical hizo que me planteara la posibilidad de afrontar el trabajo de ilustración desde otro punto de vista. Aún resonaban en mi cabeza unas palabras de Iban al respecto de mis dibujos. Según él, algunos tenían un carácter melódico mientras que otros le resultaban más armónicos. Mezclando todo esto en el almirez surgió la idea de concebir las ilustraciones para el Xía como acordes acompañantes de la melodía que cantaba el texto. La cuestión era elegir el acorde y el instante adecuados para que en cada momento melodía y armonía confluyeran y generaran un efecto diferente al que cada una provocaría por separado. Facilitó mucho la labor el que desde la editorial se me permitiera y se me incitara a jugar con las composiciones de los dibujos de manera que interaccionaran con las cajas de texto, entrando o saliendo de ellas y rompiendo con ello su habitual forma rectangular…» [seguir leyendo y mirando en el blog de Jacobo]
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La sombra del norte es el segundo melodrama de intriga y acción de la serie de Sally Lockhart, continuación de La maldición del rubí.
La protagonista ha crecido (tiene unos 22 años) y la novela es algo más extensa e igual de melodramática que la anterior; por no desvelar de más, diré solo que hay un arma con una capacidad de destrucción asombrosa, enemigos implacables, amor de todas clases (platónico, ardiente, lánguido, consumado) y travesías del desierto emocional, muertes violentas y venganza y, en el plano formal, el mismo cuidado en la reconstrucción de las formas de hablar de cada cual —he leído la versión inglesa, desconozco si se ha perdido o no en la traducción— y la misma minuciosidad verneana con respecto a la técnica (en el armamento y la fotografía). Una buena elección para quien le guste llorar y morderse las uñas, salvo que le molesten el género melodramático y sus contrastes exagerados.
- The Shadow in the North, traducido como Sally y la sombra del norte, trad. Isabel de Miquel Serra, Umbriel (grupo Urano), Barcelona, 2002.
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La maldición del rubí (The Ruby in the Smoke, 1985) es una novela melodramática de emoción e intriga, ambientada en Londres en 1872, en la que Sally Lockhart (protagonista de cuatro novelas en total, aquí con 16 años y luego con veintipocos) descubre la verdad sobre su pasado y se abre camino propio contra las circunstancias.
Hay crímenes, malos malísimos y buenos que triunfan contra todas las apuestas, un rubí de valor incalculable, un fumadero de opio, un padre muerto nada más comenzar el libro (y un padre que vende a su hija por codicia, y el descubrimiento de las mentiras), culpa y expiación, lágrimas, bastante violencia (en parte, brutal, en parte, moderada por su propia teatralidad de género), un amor incipiente…
Podría ser la receta de un libro insufrible, pero Pullman lo solventa con una reconstrucción interesante de la vida cotidiana en una gran ciudad del XIX y mucha pasión por la técnica (en este caso, la fotografía). El original incluye además el juego literario de las diversas formas de hablar de los personajes, según su origen y clase social.
Las novelas de época con protagonista femenina suelen tener un problema adicional de verosimilitud: (más…)
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El Premio Mandarache (web del premio | nota sobre la quinta edición | noticia sobre la visita de Elia Barceló | nota de un profesor y comentarios de varios alumnos del IES Pedro Peñalver de El Algar) es un premio singular, por cuanto quienes determinan su resultado son los lectores jóvenes (de 12 a 14 años, en el premio Hache; de 15 a 30, en el Mandarache), que participan en número bastante considerable, y además cuenta ya con varios años de funcionamiento. Reproduzco la nota de prensa:
Ayer fue el Día del Libro y ayer mismo finalizaron las votaciones de los premios más democráticos de las letras españolas. El jurado del Premio Mandarache, compuesto por 2.100 jóvenes entre 15 y 30 años, ha elegido la novela Mira si yo te querré, de Luis Leante, como su favorita de la presente edición. Leante se convierte así en el primer murciano en alzarse con el galardón.
Desde septiembre de 2008 los jóvenes participantes (estudiantes de secundaria, universitarios, jóvenes de asociaciones o inscritos por libre) que participan en la estructura de comités de lectura de Mandarache han leído y comentado las novelas que les facilitó gratuitamente el Ayuntamiento de Cartagena y han podido encontrarse con los tres autores finalistas, hablar con ellos, preguntar y compartir sus impresiones antes de que llegara el momento de votar.
La quinta edición del Premio Mandarache se complementa con la primera convocatoria del Premio Hache de Literatura Juvenil, que ha recaído sobre el escritor barcelonés Andréu Martín por su novela Chats (Algar, 2008), la más votada por los 1.080 adolescentes entre 12 y 14 años que han constituido el jurado de este premio.
Sendos premios tienen una dotación económica de 3.000 euros respectivamente y una escultura de Ángel Haro, y serán entregados por la alcaldesa de Cartagena a los escritores ganadores el próximo miércoles 6 de mayo en el Nuevo Teatro Circo de Cartagena, en una ceremonia dirigida por Luisma Soriano. Durante la gala de entrega se desvelarán los finalistas de la próxima edición.
El premio Mandarache es una estrategia original de fomento de la lectura entre jóvenes creado por la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Cartagena y las Bibliotecas Municipales y desarrollado a partir del trabajo de un grupo promotor que integra los esfuerzos de profesores y profesoras, librerías, editores, asociaciones de vecinos, bibliotecas, asociaciones juveniles y jóvenes participantes, y que está produciendo óptimos resultados en su objetivo de crear nuevos lectores jóvenes.
El programa Mandarache se ha convertido en sólo cinco años en uno de los modelos de fomento de la lectura más innovadores y eficaces de España.
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En situaciones de oscuridad —cuando se combina la represión moral con la hipocresía, como en la época victoriana o la franquista—, el ingenio suele salir adelante y subvertir el orden gracias a la ironía, de fondo más o menos amargo. Es el caso de El crimen de lord Arthur Savile, conocido cuento de Oscar Wilde donde el protagonista se ve «moralmente obligado» a cometer un crimen que le han anunciado como parte de su destino (en un contexto casi grotesco, pero sobre el que no se formulan dudas).
Después del crimen, podría llevar a Sybil en brazos con la certeza de que ella no se ruborizaría nunca por su culpa, no bajaría nunca la cabeza de vergüenza. Pero primero debía cometer el crimen y, cuanto antes, mejor.
Muchos hombres, en su misma situación, habrían preferido el camino de rosas y flores de la frivolidad a las escarpadas alturas del deber; pero la conciencia de lord Arthur era demasiado fuerte como para anteponer el placer a los principios.
No es un cuento que entre fácilmente al lector joven, creo yo, porque la burla envejece con cierta rapidez y muchos de los blancos contra los que apuntaba Wilde han caído hace mucho (especialmente, la sociedad aristocrática) y abundan las referencias antiguas (que solo como mal menor resuelve una edición anotada, dado que humor y notas al pie son apenas compatibles). Pero vale la pena, porque cuando la bola de nieve cobra fuerza, es difícil sustraerse tanto a la risa como a una reflexión acompañada de escalofríos en el espinazo.
En Gutenberg.org se puede leer en inglés. Imagen de Aubrey Beardsley para Salomé.
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Historias secretas del espacio, de Joan Manuel Gisbert, es uno de los muchos libros del autor que abre las puertas al misterio, con una fe poderosísima en lo que quizá cabría denominar «lo real increíble». Tres astronautas suelen celebrar una reunión anual en el hostal de El Corzo Gris; se trata de un encuentro estrictamente privado, al que nadie más puede asistir, en cuyo transcurso refieren un relato crucial de su experiencia del año pasado (un relato literario completo, incluido el título; la fe de Gisbert en el misterio corre en paralelo a la defensa de la literatura como útil de conocimiento). Thomas Braun, el joven hijo del posadero, que se halla «en el umbral de ser mayor», aprovechará la ocasión de servirles para escucharlos desde un escondrijo y, con ello, hacerse con su primer secreto, «un secreto formado por secretos del espacio».
Miré la esfera como nunca había mirado cosa alguna. Al principio no vi más que su luminosa superficie.
Después, poco a poco, mi mirada fue capaz de atravesarla porque ella se fue haciendo transparente, como si quisiera mostrarme su interior.
Me dije varias veces que estaba ante un desconocido objeto del Universo. Tenía que estar preparado. A partir de aquel instante algo extraordinario podía ocurrir.
Entonces me pareció que la gran esfera se abría.
Al mismo tiempo noté que yo flotaba. Me salí de la silla metálica suavemente y fui descendiendo, ligero como el aire, hasta el mismo interior de la esfera.
Allí todas mis sensaciones cambiaron, excepto la de flotar en el vacío. Me parecía haber recorrido en segundos una distancia incalculable.
Vi, como nunca lo había visto o imaginado, el infinito de los espacios. Vi nacer estrellas en remotas galaxias. Vi nubes de polvo cósmico incandescente. Vi la espiral de gigantescas nebulosas. Vi agujeros negros cósmicos que se tragaban luceros erráticos. Todo era fascinante.
Escuché el silencio supremo de los mundos, el rumor deslizante de los cometas, el crujido del deshielo en planetas glaciales, las explosiones de energía en soles aún sin nombre, los fragores de muerte de una estrella y el aliento de la vida en miles de cuerpos siderales.
Entonces, con una lucidez desconocida, comprendí qué era la esfera: ¡un espejo total del Universo!
Pero eso sólo podía comprenderse estando dentro de ella, como yo estaba.
Había tenido la inmensa fortuna de encontrarme allí en el momento en que la esfera mostraba su verdadera naturaleza.
(«Lo más hermoso del mundo»)

Ilustración de Toni Garcés, de un pasaje anterior del mismo cuento
- Cito por la edición de 1995, ilustrada por Toni Garcés: Edebé, Tucán (verde, 75), ISBN-10: 84-236-4191-0.
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1.
Es una madre que te mece; es un cocinero que echa sal a la sopa; es un ejército de soldados que te tiene preso; es un animal grande que se enfada, gruñe y patea cuando hace viento; es una piel de serpiente de mil escamas, que centellean al sol.
2.
Es una piel gigante en la que se esconden dos hombres como pulgas, es el entrecejo que se frunce sobre el inmenso ojo del mar, es algo verde sobre mucho azul, es un poco de agua dulce en mucha agua salada, es un barco siempre sujeto al ancla.
3.
Si fuera árbol, sería una palmera, por los pelos leonados que cubren el tronco. Si fuera ave, sería el cuervo del Pacífico, por su grito ronco y ladrador. Si fuera una parte de mi cuerpo, sería mi mano izquierda, dada la fidelidad con que ayuda a mi mano derecha. Si fuera un pescado, sería el lucio chileno, por sus dientes afilados. Si fuera un fruto, serían dos avellanas por sus ojitos castaños.
- Michel Tournier, Viernes o la vida salvaje, traducción de Mercedes Pastor, ilustraciones de Juan Ramón Alonso, Noguer (Cuatro vientos, 32), 1982, pp. 88-89.
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He disfrutado mucho de Viernes o la vida salvaje (Vendredi ou la vie sauvage, 1971), novela que Michel Tournier adaptó para jóvenes a partir de su anterior Viernes o los limbos del Pacífico.
Viernes es una reescritura del Robinson Crusoe de Defoe, cuyo cambio de perspectiva queda claro en el mismo título: aunque el protagonista sigue siendo Robinsón (que empieza y termina la acción en solitario), ahora Viernes supondrá lo principal de la aventura. Pero no es un maquillaje políticamente correcto, como cuando se deja de matar al lobo de Caperucita: a mi entender, la niña y el lobo van unidos y en ese cuento la niña ha de ser pequeña e indefensa y el lobo, un animal carnívoro y dañino; y si el cuento no gusta, que no se cuente, pero lo peor es contarlo a medias. Tournier emprende una reescritura en toda regla; si se quiere, una reconcepción, más propia de nuestro tiempo.
Lo que más me interesa del libro no es la ideología (con la que concuerdo bastante, pero eso poco importa), sino la calidad literaria: el manejo de la trama y la distribución de las acciones (con dominio de los paralelismos) y la fuerza de los símbolos: la nave encallada en la montaña, los baños de barro y el hombre-pecarí, la cueva blanca y el seno materno, la explosión y destrucción del mundo paracivilizado de la isla, el poderoso «amor» de Viernes por la cabra Anda y la lucha con el macho cabrío Andoar, el vuelo y el canto de Andoar una vez muerto, la fatal atracción del mundo aéreo (en la huida final de Viernes, que se anticipa mortal), la adopción de Domingo como hermano, los juegos de roles con los maniquíes y los disfraces, los cactos engalanados… Es un libro con vuelo propiamente literario, que va mucho más allá del entretenimiento y mueve a la reflexión y la inquietud.

Andoar, el gran macho cabrío con el que lucha Viernes, visto por Juan Ramón Alonso. En la interpretación visual del texto abundan las imágenes con formato de retrato.
[Robinson] comprendió entonces que nunca abandonaría la isla. Ese Whitebird con sus hombres era el mensajero de una civilización a la que no quería volver. Se sentía joven, guapo y fuerte, siempre y cuando Viernes pudiera quedarse en Esperanza con él. Si se marchaba con los marinos sería un hombre viejo y canoso, de porte digno, pero tan bruto y malo como ellos. No, seguiría fiel a la vida nueva que Viernes le había enseñado.
- Viernes o la vida salvaje, traducción de Mercedes Pastor, ilustraciones de Juan Ramón Alonso, Noguer (Cuatro vientos, 32), 1982.
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Savater tiene una pasión reconocida por las novelas de género, y quizá sobre todo por las de aventuras y las de terror. En esta reseña de Babelia (que permite leer también el primer capítulo de la novela) elogia Visita de tinieblas, de José María Latorre, publicado por Valdemar, en cuanto novela de voluntad clásica: «no hace concesiones a los gustos del día: sus vampiros no son barrocos y manieristas como los de Anne Rice ni buscan el glamour adolescente de Stephenie Meyer; más bien al contrario, se atiene a las pautas más clásicas y no nos ahorra cementerios cubiertos de niebla, conventos malditos llenos de imágenes decapitadas, casonas señoriales decadentes y hasta serpientes de mirada hipnótica y aciaga». A juicio de Savater se trata de «una novela audaz porque no retrocede ante ningún arcaísmo, escrita con un estilo sobrio y pausado, llena de detalles sabiamente truculentos que esperan y convocan la complicidad poseída del lector adicto». Quizá en ese «lector adicto» haya una limitación del género, pero en cualquier caso, entre los que saben manejarlo en España está sin duda Latorre. (En esta otra nota expuse algunas cuestiones particulares sobre otro libro de Latorre, La sonrisa de piedra, pero sobre todo alguna cuestión general que ha vuelto a emerger en Leer a tiempo.)
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Entre las novelas que pueden servir de introducción a la guerra (o barbarie) civil española, ocupa un lugar propio el Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Su brevedad la hace asequible hasta al más reacio de los lectores y su valor literario es muy superior a su extensión.
Yo destacaría sobre todo el uso de los símbolos (Paco el del Molino como labrador poderoso, potro libre y nuevo crucificado, al par que ejecutado al que cuesta mucho dar muerte; los pobres de las cuevas con «pies de madera como los de los crucifijos rotos y abandonados en el desván»), de las pinceladas descriptivas (si Paco es el que nace teniéndolos bien puestos y nadie lo ha de echar del baile, el mozo mejor plantao del pueblo, el ser natural y claro de risa franca e incontenible amor por la justicia, en cambio «Don Valeriano … se atusaba despacio los bigotes, que estaban tan lamidos y redondeados que parecían postizos»), del acierto en los secundarios (la Jerónima, el zapatero) y en el retrato de la complejidad social (desde el duque ausente a la misma Jerónima o el centurión de aspecto amable), la vida del carasol (que es en parte coro de la tragedia y en parte responsable de ella, al ensalzar a Paco y atribuirle «todas las arrogancias y desplantes a los que no se atrevían los demás», además de víctima de la tragedia general), la organización temporal que nos va acercando al final dramático («Veintiséis años después se acordaba de aquellas perdices…», «Veintitrés años después, MM recordaba…», «Siete años después, MM recordaba la boda…», «Un año después, MM recordaba aquellos episodios como si los hubiera vivido el día anterior», «Un año había pasado desde todo aquello, y parecía un siglo»), los elementos de fuerza (la mancha oscura del muro donde MM apoya la cabeza, el ubicuo coche del señor Cástulo), y ante todo, la acertada y compleja figura de MM, que con nadie se enfrenta pero habla con todos, que intenta en vano contener a Paco y la barbarie, que la precipita él mismo, con su resignada debilidad.
Es una novela triste sobre la derrota de la ilusión, pues «si el cántaro da en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», como dice el zapatero (cántaro que también recibirá su piedra). Pero MM, cuando reprocha a Paco que sea un iluso en su proyecto de reforma de las cuevas («En lugar de traer guardia civil, se podían quitar las cuevas», decía Paco), también está tomando partido por la preservación del orden injusto, de modo que la novela permite mucha conversación sobre la justicia, el compromiso o el pragmatismo; también sobre los papeles respectivos de la izquierda, la derecha y la Iglesia en la guerra civil española; y, si se quiere, sobre la épica de la virilidad en general y en los conflictos bélicos en particular (¿quién fue, la novela o la sociedad, la que causó que el único personaje femenino de interés sea una marginal?).
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Una tendencia editorial que diría que se está consolidando es la de los libros bilingües (con pasajes en español y otros en inglés) para lectores infantiles o los primeros adolescentes, con clara preferencia por el entretenimiento y ganchos como el humor o el misterio.
Una colección ya estable es la de TusBooks, de SM, que incluye por ejemplo libros de Gabriela Rubio (web | blog), premio Lazarillo por el divertido y mareante Bzzz…, quien después ha optado por un estilo de ilustración quizá más fauve (aunque además de escritora, es una ilustradora inquieta como pocas, cuyo estilo no me parece nada fácil de resumir).

Entre los recién llegados, dentro de nada aparecerá en las librerías Clara Secret, de Javier Fonseca, ilustrado por Joaquín González Dorao (web | blog) y publicado por Macmillan. Esta es la presentación de Clara:
Me llamo Clara y tengo casi nueve años. Tengo el pelo moreno y corto y los ojos oscuros. Mi madre dice que todavía no he visto suficientes cosas como para que mis ojos dejen de ser de agua, y que todavía brillan porque soy curiosa y me queda mucho por aprender. También soy alegre, viva, y tengo tanta imaginación que a veces parece que sueño despierta. Mi socio y yo hemos creado una agencia de detectives secretos: CS-123. CS por Clara Secret, y 123 por Uan Two Three -yo le llamo Uan-, mi socio inglés: un peluche blanco con manchas de color té con leche en las patas, el hocico y las orejas, que se ha convertido en compañero de aventuras inmejorable. Vivo con mis padres, Bruno y Pepa, en la calle de la Luna nº 25. No es una casa bonita. Ni siquiera tiene piscina o un parque cerca. A cambio, tenemos a Cosme, el portero, que no hace más que quejarse y decir que se quiere jubilar, y un montón de vecinos bastante gruñones que solo ven problemas por todas partes. Por eso se nos ocurrió crear CS-123 con un objetivo: llenar de colores nuevos y alegres la casa, aunque a veces los vecinos no lo entiendan.
No resumiré aquí todo el panorama editorial; para terminar diré solo que yo mismo he comido y me he divertido gracias a esa tendencia, pues soy el culpable de haber adaptado los primeros libros de la colección Junior Detective, de Langenscheidt: ¡Atrapados!, El misterio del perro callejero y ¿Dónde está Mrs. Parker? (dic. 2008, a partir de 10 años; tengo tres más sobre la mesa). Y algo antes hice también, para primeros lectores, la versión española de Leemos-We Read, en Anaya, que incluye títulos de McKee (como el casi brutal Ahora no, Bernardo) y Ross (como el divertido Juan el perezoso, primo hermano de Epaminondas y Hans el tonto), y se acompaña de un CD con la lectura del cuento en inglés.

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He leído Dilaf y la princesa, de César Vidal (Anaya, Duende Verde, +12, continuación de Dilaf el sabio), y me ha convencido poco. No suelo hablar aquí de los libros que no me gustan, por varias razones, pero ante todo, porque la crítica que más me gusta es la que anima a leer. En cualquier caso, de vez en cuando creo que vale la pena utilizar libros para exponer posibles problemas o, al menos, dudas de lector. Digo «utilizar» porque lo que señalaré no es exclusivo de este libro ni este autor.
Lo primero que me ha llamado la atención es que el autor tiene cosas más importantes que hacer, antes que escribir (o quizá, que escribir para niños y jóvenes). El tono es relativamente estable, pero hay muestras algo sonrojantes de redacción apresurada y no revisada: «recorrer casi corriendo», «buscamos y rebuscamos y al cabo de unos instantes dimos con el criado» (mis instantes dan para bastante menos, la verdad; o lo hallamos en seguida o lo hallamos después de mucho esfuerzo, pero no las dos cosas a la vez). No es algo exclusivo de la LIJ; probablemente sí que sea característico de la (cada vez más abundante) literatura escrita por periodistas, con el reloj de la entrega como espada de Damocles y un uso de los tópicos digno de un juglar épico. (Que nadie se ofenda: lo mismo cabría decir de mi gremio, es decir, de la mayoría de los traductores de libros, que solemos trabajar con menos tiempo del necesario y metemos la gamba con alegría.)
Hay otro aspecto paralelo: la lección moral sí se cuida, con una recapitulación final clara y deliberada. (Incluida una invectiva contra la magia, coherente con el espíritu del libro, y que casi cabría leer como una invectiva contra la avalancha de la literatura de magos, pese a que el libro es relativamente anterior.) Probablemente estamos ante una concepción literaria en la que el estilo sea secundario con respecto al mensaje, algo que personalmente tampoco me convence (y que no es exclusiva de los autores «de derechas», por cierto). El último aspecto que me ha llamado negativamente la atención es cómo, pese a inventar un mundo ficticio, el autor se empeña en mantener roles y atribuciones tradicionales; no soy nada amigo de la literatura voluntarista, pero si yo inventara un mundo irreal a mi antojo, no me haría eco positivo de las injusticias de este: cuando se da testimonio para el futuro, se elige «el [recuerdo] de aquella princesa que excedió en belleza a todas las que yo pude conocer» frente a «la nobleza, la sabiduría y el valor de Dilaf».
Un reparo para finalizar: no tengo interés en hablar del César Vidal periodista e ideológo ni de la cadena de radio en la que trabaja, pues creo que no aportaría nada al diálogo literario y en cambio podría enconar fácilmente una discusión política.
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Ilustración de Pablo Núñez
Me ha entretenido y picado 3L 4S3S1NAT0 D3L PR0F3S0R D3 M4T3M4T1C4S, de Jordi Sierra i Fabra, novela que el autor califica de «divertimento» y que cumple muy bien su función de plantear una cuestión detectivesca (incluida una muerte y una carrera contra el reloj) a partir de una serie de enigmas, acertijos y problemas entre matemáticos y lógicos.
Las ilustraciones de Pablo Núñez son curiosas por el hecho de ser relativamente estáticas (quiero decir con ello independientes de la trama); en buena medida son un cuadro de personajes sumidos en las Matemáticas y repartidos por el libro sin que se requiera siempre una hilación exacta con cada capítulo en el que aparecen. Podrían ser incluso cartas (el margen mismo de la imagen quizá invita a pensarlo) colocables al gusto o casi al azar, por decirlo de otra manera. Ya se sabe que azar y matemáticas se odian y aman sin poderlo remediar; como texto e imagen, probablemente, y esa es la única manera de intentar abarcar nuestro mundo, que no es ni lógico ni mágico, sino las dos cosas al tiempo, y por eso un buen libro bien ilustrado suma bastante más que dos.
Desde el punto de vista de su escritura, la novela tiene las virtudes de Sierra i Fabra (sobre todo, el control de la trama y quizá la narración rápida mediante los diálogos), pero también su defecto más recurrente (a mi modo de ver): una redacción que se diría apresurada y falta del grado necesario de revisión. Más allá del placer subjetivo de cada lector en cada párrafo, en el que no entro, no deberían llegar a la imprenta lapsus como «aterido» por «aterrado» (p. 55: «Estaban muy impresionados, pero también muertos de miedo. Ateridos»; la acción ocurre en el mes de junio y por mucha impresión que uno sufra, parece difícil estar «pasmado de frío») o «equívoco» por «equivocado» (p. 107; pero «equívoco» es «ambiguo», no «erróneo»). Esa falta de pulcritud se extiende a algún problema matemático, creo yo: si «De los 60 alumnos que practican deporte en un colegio, el 55% practica el fútbol, el 24% practica el baloncesto y el 6% se dedica a la natación», nos queda un 15% para el tenis, desde luego, es decir, 9 niños; pero también resulta que practicarían baloncesto 14,4 niños y natación, 3,6 niños (con humor negro: el 0,4 es una cabeza grande, que hace de balón de recambio, y el 0,6 restante es para ahorrarse tener que contratar otro taxi, pues por debajo de dos tercios de persona cabe considerarse legalmente maleta). La novela no pierde eficacia por estos detalles, pero ¿cuánto habría costado cuidarlos? Menos de lo que afean el conjunto, tal vez.
No está en mi ánimo repartir leña. Pero si bien al crear el blog pensé que apenas expondría críticas negativas (pues me gusta ante todo animar a leer y no faltan los libros para ello), con el tiempo voy pensando que no hay problema en hacer reparos a obras concretas de autores consolidados, con la idea de plantear posibles problemas generales que me sirvan primero a mí, como aprendiz de escritor, y luego a otros con interés en la literatura en general. Al elefante no le molestará que la hormiga diga la suya y a la hormiga le irá bien decirlo en voz alta, es decir, exponiéndose a la leña ajena, no vaya a ser que esté tomando por defectos lo que simplemente no ha conseguido entender. En esta misma serie, hablaré en fecha próxima de César Vidal y, por último, de la eficacia narrativa vista por un poeta (W. H. Auden).
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La isla amarilla, de Josep Vallverdú (Noguer, 1985, trad. Carmen Rute) es una novela de aventuras algo singular dentro de las obras del autor, cuyo ánimo recuerda quizá al último Stevenson, por ser una novela desencantada, en la que impera el sentimiento de falta de calor entre los seres humanos y de fragilidad de la felicidad. Está ambientada en una isla tropical ficticia.
La protagoniza Abel, un fugitivo que accede como polizón a un barco que naufraga frente a la Isla Amarilla. Se salvará junto con Norberto, un contramaestre con el que se enfrentará y del que disentirá hasta prácticamente las últimas páginas de la novela. En la isla viven nativos de vida bastante tranquila (además de ambigua y un punto enigmática, en lo que respecta a su jefe), que los acogen bien. Aprenden la lengua local y ayudarán a resolver la sequía de la laguna de la que bebía el poblado, desecada por obra de unos buscadores de oro sin escrúpulos que para ello, además, han esclavizado a diez jóvenes de la aldea. Aunque Abel y dos nativos rescatan a los prisioneros (salvo al marido de una joven que atraía especialmente al náufrago), no hay final feliz; los buscadores de oro quedan pronto libres y, además, un terremoto repentino causa el hundimiento del poblado y la muerte de casi todos sus habitantes (dos niñas sobreviven, y quizá haya alguien más oculto en la selva). Abel y Norberto escapan en una almadía y serán recogidos por un buque con rumbo a la India. Norberto, el personaje más serio y formal, regresa a Europa, con intención de reanudar su vida de navegante. Pero Abel desaparece sin dejar huella (se diría que desiste incluso de la propia novela que protagonizaba). Tal vez regrese a la isla, donde tal vez haya sobrevivido Sarúa. Yo tiendo a creer que huye de nuevo, sin rumbo.
La edición se acompaña de ilustraciones en blanco y negro de Juan Ramón Alonso, realistas, con una interpretación que rehúye el dramatismo y quizá rebaja, más que acentuar, la desilusión general.

Al embarcar de nuevo [en la almadía], Abel se quedó contemplando hasta el anochecer la costa, convertida en una franja de tierra negra. Le parecía que todo lo hecho durante su estancia en la Isla Amarilla había sido inútil. Tal vez —se decía— el sentido de la aventura sea solo este: actuar, vivir con intensidad unos momentos, ver cómo gentes y paisajes desfilan ante uno mismo y… después, nada.
- La isla amarilla (escrita en 1982), Noguer, col. Cuatro vientos, 1985 (3.ª ed. 1989), 135 pp., ISBN 10: 84-279-3156-5.
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El pazo vacío (O pazo baleiro, Anaya, col. Sopa de libros, 1997, con pequeñas ilustraciones de Xosé Cobas) es una excelente novela de intriga de Xabier P. Docampo, un narrador que domina especialmente bien la creación de ambientes (aunque esta no sea una novela de terror). Creo que hay varios elementos que la hacen sobresalir del panorama más habitual, que en la novela juvenil es a mi juicio algo triste: predomina el realismo tanto en la descripción de los personajes como en lo que persiguen y logran; hay un personaje adulto bien retratado y con un papel clave en la trama, como es Delio; se trabaja muy bien la verosimilitud, integrada en la novela sin deus ex machina, salidas increíbles o apariciones demasiado oportunas; el vocabulario y las descripciones son lo suficientemente ricos como para ampliar la capacidad lingüística de los jóvenes, sin que por ello sea un libro difícil de leer; y el libro plantea temas necesarios, pero sin didactismo o, dicho de otro modo, sin torcer la trama de forma que cuadre con la intención moral, sino llevando la trama de modo que permita pensar sobre cuestiones morales o de las relaciones personales. De lo más recomendable, a mi modo de ver.
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Zapatos de fuego y sandalias de viento (Feuerschuh und Windsandale, 1962) es una «narración sencilla y cordial acerca de los problemas de integración del niño en la sociedad y la importancia de que los padres sepan escuchar y dedicar tiempo a su hijo hasta conseguir que madure» (Bienvenidos a la fiesta; la nota de Wölfel aún no está disponible en la red). Es una historia hermosa, con aire netamente de otros tiempos, que da que pensar a los lectores adultos: quizá estamos demasiado enredados en cuestiones no esenciales que nos impiden prestar la atención que de verdad merecen los que están creciendo.
Pero es más que eso, porque como todo buen relato, no se puede reducir a los temas de los que se ocupa. Es un libro cervantino, hecho sobre todo de conversaciones y de suelas gastadas (y quizá también lo sea por la doble figura inseparable del alto y huesudo y el bajo y gordo). Es además una historia de amor por la palabra y fe en la palabra, en el valor sanador de los relatos: el último capítulo es «El regreso y el final de la historia sin fin», que era una historia abierta expuesta por el padre, en la que se narraba en clave la vida del hijo y que este asume por fin, continúa y finaliza (para bien).
Me llama la atención que, por la razón que sea, escasean las ilustraciones de cubierta que se atreven a dibujar a Tim como «el más gordo de su clase», alguien que despierta la burla allí por donde pasa. La estética imperante, al parecer, puede contradecir hasta ese punto al propio texto, que afronta el tema con más coraje que los editores. (En la cubierta española, el contraste es más claro que en numerosas ediciones alemanas.) Las ilustraciones interiores son de Heiner Rothfuchs: líneas gruesas, en negro, a veces con el simple uso de la silueta, con un estilo quizá característico de su época, adecuado a la sencillez general del texto.

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A veces, los libros que nos gustan nos recuerdan, como en sombra, los que no nos apetece ya leer. Lo pensaba tras haber leído el principio de Nieve de julio, de Concha López Narváez (Edebé, 1987, con ilustraciones de Carmen Peris; Bruño, 2005), en el que la niña Teresa debe pasar las vacaciones de verano con sus abuelos, en el campo: «¡Dios mío, un verano con viejos!». Temí que en adelante me tocaría pasar por la consabida historia del descubrimiento de lo buenos que son los abuelos, lo rica que ha sido su vida, lo mil veces mejor que es el campo, etc., etc., todo ello dorado con oropeles poéticos y valores políticamente correctos; y con ello me di cuenta de que me había cansado de lo que viene a ser todo un género.
Pero no, el libro evoluciona en seguida para crear no un binomio de solución anunciada, sino un triángulo: el tío Pop cuadra bastante con la figura literaria tópica del abuelo algo tarambana, experto narrador de historias (a veces, de mitos genealógicos) y dado al sentimiento y la poesía, pero la tía Luisa (su mujer) es una figura seca, que se preocupa en serio por su salud (algo mermada) pero apenas lo comprende. El libro, como anuncia el título, abunda en imágenes poéticas, pero el personaje de la tía Luisa introduce varios grados de realismo: primero, da otra impresión de la vida en el campo, no reducida a lo idílico; luego, la tía no evoluciona (o apenas lo hace), lo que rompe con el típico final bienintencionado (y falso). Otro acierto del libro (a mi juicio) estriba en que no abusa de la poesía de corte juanramoniana (pienso en Platero, sobre todo), sino que la utiliza con poder simbólico y peso narrativo.
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Hay aniversarios que se convierten en motores de la industria editorial y, en el caso concreto de la LIJ, dan origen a varias adaptaciones y libros ilustrados. Lo hemos visto con Platero y yo, con el Quijote y tal vez con algo menos de intensidad, con el Cid. En realidad, los aniversarios son simples excusas para la cercanía, como puedan serlo los días de la biblioteca o de la madre. (¿Qué día va mal querer a una madre, olvidarse de sí en una biblioteca, acompañar al Cid al destierro, morirse en paz con don Alonso, a quien sus costumbres dieron nombre de bueno, o sentir el extraño mundo de aislamiento y hondura de Juan Ramón?)
Pues bien, se cumple el quinto centenario de la publicación de Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula y Miguel Ángel Lama habla de ello y remite a esta exposición de la Biblioteca Nacional. Hay una edición adaptada por Ángel Rosenblat en la colección Odres Nuevos, de Castalia. Dejo las páginas iniciales de este libro; pulsad en las imágenes para ampliarlas.


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Juan José Barrionuevo, librero y responsable de la librería malagueña Li-bri-tos, habla en esta breve entrevista sobre los libros más vendidos, la importancia del cine y el peso de las sagas en la selección de los jóvenes lectores. Lo del cine puede ser relativamente novedoso (hace veinte o treinta años no se hacía tanto cine comercial para jóvenes originado en adaptaciones de novelas, o en novelas directamente cinematográficas, como hoy abundan), pero no creo que lo sea lo de las sagas: en mi casa solíamos pedir «otro de los Hollister», «otro de Los Cinco» (o de los Siete Secretos, o de las Torres de Mallory) u «otro de Julio Verne» (o de Sandokán); y para mí fue una frustración saber que la serie de Kásperle concluía en el tomo siete. En mi caso, por no salir del mar, de Salgari pasé a London y de ahí a Conrad y vuelta a O’Brian. No me gusta Paolini, la verdad, pero no me atrevo a decir que Enid Blyton fuera mejor, ni desde luego lo eran sus traducciones.
Aun así, aunque sea exagerado rasgarse las vestiduras, tampoco es delito cambiar de punto de vista con el tiempo, y hoy me da cierta pena leer estos pasajes:
¿Y los clásicos? No ya los decimonónicos victorianos como Lewis Carroll y Charles Dickens, sino los del siglo XX, como Roald Dahl (Matilda, Las brujas, Charlie y la fábrica de chocolate) y Michael Ende (La historia interminable, Momo). ¿Se venden aún? José Barrionuevo responde tajante: no. «Muy poco. Sólo vuelven cuando los recomiendan como lecturas en las escuelas o cuando se hacen películas, circunstancia que las editoriales aprovechan para relanzarlos».
Ah, para sacudirse la pereza sabatina, sabed que Libritos tiene «todos los sábados: cuentacuentos representados, de la mano de Paki y Rafa. Hora: 12:00. Gratuitos y sin inscripción. Edad recomendada: de 4 a 10 años».
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Reproduzco la nota de prensa del Ministerio de Cultura. Este es un año de clara apertura de los premios nacionales a más idiomas que el castellano: el de Ensayo ha correspondido a Justo Beramendi por su De provincia a nación: historia do galeguismo político y el de Poesía a Joan Margarit por Casa de misericòrdia.
Agustín Fernández Paz ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil correspondiente a 2008 por su obra O único que queda é o amor, editada por Xerais [hay traducción al español en Anaya]. El Premio lo concede el Ministerio de Cultura para distinguir una obra de autor español, escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en España durante 2007. Está dotado con 20.000 euros.
Biografía
Agustín Fernández Paz (Villalba, Lugo. 1947), profesor de Lengua y Literatura en el Instituto O Rosais de Vigo, pertenece a los colectivos de renovación pedagógica Avantar y Nova Escola Galega. Ha impartido numerosos cursos sobre temas relacionados con la didáctica de la lengua y con la normalización lingüística. Ha obtenido, entre otros, el premio Merlín de literatura infantil en gallego, el Lazarillo, Edebé de Literatura Juvenil y el Premio de la Asociación de Escritores en Lengua Gallega. Entre su numerosa producción literaria cabe citar Cartas de inverno, Amor dos quince anos, Un tren cargado de misterios, No corazón do bosque, Corredores de sombra, Contos por palabras, Rapazas, Trece anos de Branca y El rayo veloz. Su obra ha sido traducida al castellano, catalán, euskera y portugués.
El Jurado
El Jurado ha estado compuesto por Margarita Salas, de la Real Academia Española; Manuel González, por la Real Academia Gallega; Xavier Etxaniz, por la Real Academia de la Lengua Vasca; Cristina Minguillón, por la Organización Española para el Libro Infantil y Juvenil; Remedios Morales, por la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas; Marta Rivera de la Cruz, por la Asociación Colegial de Escritores; Rosario González, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España; María Menéndez, por el ministro de Cultura; Jordi Sierra i Fabra y Fernando Marías, autores galardonados en ediciones anteriores. Ha actuado como presidente el director general del Libro, Archivos y Bibliotecas, Rogelio Blanco, y como vicepresidenta la subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras, Mónica Fernández.
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De los autores de género españoles —por «autor de género» no entiendo nada negativo, sino aquel que se dedica sobre todo a la novela histórica, de terror o policiaca—, creo que mi preferida es Concha López Narváez, una autora que me parece muy versátil, cuidadosa y regular (no solo en la trama, sino también en el estilo y la precisión léxica). Quizá es justo esa versatilidad la que contribuye a otras posibilidades, como la de la adaptación oral: tendríais que oír a Clara contando La tejedora de la muerte. Para domar a las fieras.
Dentro de la obra de López Narváez, El amigo oculto y los espíritus de la tarde, que fue premio Lazarillo en 1984, destaca por la tarea de reconstrucción lingüística de un dialecto, algo relativamente infrecuente en nuestra literatura infantil y juvenil. La obra trata de la soledad y la despoblación rural, con ánimo positivo (o un realismo optimista, si la combinación es posible). Un golpe del viento de poniente deja solo a Miguel en el pueblo de Carcueña, al causar la muerte de su abuelo mientras arreglaba un tejado. Pero no es una soledad total: están los espíritus del pueblo (el José María, Cornelio el barbero, María la Paloma), una presencia que Miguel siente muy viva debido a las vigorosas historias que le explicaba su abuelo; y también un extraño amigo oculto que lo ayuda a tirar adelante en varios casos de adversidad. La trama se complica cuando aparecen en el pueblo unas gentes que parecen venidas de la ciudad.
La obra está teñida de una hermosa épica de las pequeñas cosas, como suele ser en realidad la vida diaria, y más en el medio rural de montaña: lo complicado que resulta poner una teja, alzar una tapia, ayudar a parir a una burra o salvar una cosecha de una riada inopinada. Eso permite también que los personajes sean nobles, pero humanos, en ningún caso perfectos: todos se equivocan en sus apreciaciones y la gran prueba es la de si sabrán corregir el error a tiempo, pero sobre la marcha. Es una novela de buena hondura psicológica, a mi entender.
El libro está editado por Noguer, con interiores en blanco y negro y cubierta a color de Teo Puebla, que adoptan un aire algo más lírico y menos duro que el del texto.
«Todas las tardes hablábamos con voces de campanas, primero con los de Guadarmil, que eran nuestros vecinos, después con los de Torjal; porque, con los montes tomados de nieves, no teníamos otro modo de comunicarnos. “Corre, Miguel, que ya desmaya el sol tras la Cuerda de los Piornales”, solía decir mi abuelo, y yo subía los peldaños de la torre de tres en tres porque nadie fuera a tomarnos la mano tocando la oración de la tarde. Y como yo era mozo y en Guadarmil andaban en una mayoría muy tocados de años y aún lo andaban más en Torjal, eran los bronces alegres de Carcueña los que quebraban cada día el silencio de los montes. Sin embargo, aquella atardecida hablaron las campanas de mi pueblo con tal congoja que hasta el brezal en la sierra debió entristecerse oyéndolas. Pensaba yo que los de Guadarmil y los de Torjal habrían de entender y, entendiendo, subirían el puerto del modo que pudieran.»
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No suelo hablar aquí de superventas, por varias razones. La primera y quizá más evidente: porque no hace mucha falta ir engordando bolas de nieve. La segunda y más compleja: porque no suelen gustarme y aún no he decidido si es un defecto de lector, más allá de mis derechos, de Pennac y lo que queráis alegar como bandera (no hace falta, o no me hace falta a mí). Digamos que no me satisface que no me gusten libros que atrapan a muchos, ni la pose del esteta, ni el Yo Leo Selecto, o vete a saber qué. Haciendo una oposición de lógica imperfecta entre el literato engreído y el lector de best-séller, me vería obligado a quedarme con el segundo.
Lo digo porque quizá con cerca de un año de blog vale la pena que comience a explicar algunas ausencias, sin que eso signifique ni por asomo, claro está, que se pueda hacer ecuación entre lo que “no está” y lo que “no me gusta”. Ni en una vida lograría hablar de los muchos libros que me gustan.
Respecto de Cornelia Funke, mi trayecto personal es este: leí entretenido El jinete del dragón y con curiosidad y cierto pique Corazón de tinta. Pero del segundo volumen del Mundo de tinta no pasé de la mitad, de puro hastío, y el tercero no creo que lo abra. Una crítica reciente de Gustavo Puerta explica bien lo que me sentí: «Muerte en tinta se mantiene coherente a los dos títulos anteriores. Sólo que una vez leída las 1274 páginas que la preceden, con las 704 restantes uno se pregunta si literariamente se justifican tantas páginas para decir tan poco. Más allá de tanto trepidante suceso y de tantas palmadas en el hombro del lector, no hay una cosmovisión que tenga la solidez suficiente para cimentar las bases de un edificio tan pesado. La alegoría que dio origen y sentido a la saga hace mucho que se agotó y como lector uno se siente más en un agotador parque temático que partícipe de un universo paralelo.»
Efectos especiales sin sustancia, en el fondo. A mi modo de ver, el cine de consumo explica muchos de los defectos de la literatura de consumo: aunque en la olla hay de todo, el gusto de la sopa se olvida al poco tiempo y uno prefiere guisados menos ambiciosos de apariencia, pero más gustosos de experiencia.
Lo cual tiene que ver con un libro en preparación, pero lo siento, aún falta bastante para que pueda invitaros a comer.
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