Nicolás Guillén, al que muchos por ignorancia consideran un poeta, es en realidad un país entero. Un país imaginario del que pocos han hablado y que debido a una confusión del impresor al enviar las galeradas, no llegó a aparecer en la primera edición de The Dictionary of Imaginary Places de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Algo que ambos autores han lamentado públicamente en repetidas ocasiones.
El país en cuestión tenía que estar por riguroso orden alfabético, entre Ngranek, el monte de la isla Oriaba del País de los Sueños y Nimmr, la legendaria ciudad fundada por los cruzados de Ricardo I en África. Pero no fue así y el error ha seguido reproduciéndose en las ediciones siguientes, por lo que confiamos en que al menos con la aparición de este breve artículo, el editor corrija en las próximas este pequeño defecto, seguramente el único en una obra tan hermosa.
Se desconoce la situación exacta de Nicolás Guillén, aunque se sabe con certeza que limita al norte con Camagüey y al sur con La Habana y Cienfuegos. Tiene una superficie de unos 130.845 kilómetros cuadrados, algo más que la isla de Cuba. El clima es templado y las temperaturas medias oscilan entre los diez y los veintidós grados centígrados. Su hermoso y accidentado territorio de montañas, selvas, cayos y vegas, bañado por los ríos «Dice Mi Abuela Negra», «Mayombé» y «Podré Trabajar al Sol», hace de esta pequeña república caribeña uno de los lugares más bellos del planeta, soñado por todos los hombres de bien. Entre los accidentes geográficos más hermosos de sus costas merece la pena citar el cabo «Soldado aprende a tirar, tú no me vayas a herir»; el golfo «Sensemayá»; y la majestuosa bahía de aguas blancas «San Berenito». En el interior abundan los yacimientos a cielo abierto de oro, plata y versos libres.
La flora de Nicolás Guillén es de una riqueza y singularidad incomparable. Existen más de diez mil especies vegetales repartidas por esta región, la mayoría endémicas, destacando entre ellas el «Mango de Sol», el «Pino de la Cumbancha», el «Mamey Colorao» y los grandiosos helechos arborescentes conocidos popularmente como «Higuerotes».
La población de Nicolás Guillén está formada por negros yoruba, de piel chocolate y ojos azules; y también por negros habaneros, mandingas, yolofos, indios taínos de piel lisa como la hierba, panches, kimbayas blancos que cantan a la lluvia, calimas, cimarrones de color aceituna, kikongos y otros pueblos maravillosos de gentes perfectas cuyos nombres, simplemente dichos en voz alta, hacen llorar.
La lengua de este pequeño país es el Sóngoro, un idioma bellísimo y musical formado por onomatopeyas, repeticiones silábicas y jitanjáforas. El Sóngoro, que los naturales conocen desde su mismo nacimiento, ha sido muy estudiado por filólogos y especialistas que sin embargo, nunca lo han llegado a descifrar. A los extranjeros nos resulta imposible aprenderlo: «Repica el congo solongo / congo solongo del Songo / baila yambó sobre un pie.»



En el sitio de
he encontrado una reflexión que, con toda su brevedad, me ha parecido clave, a la luz de mi experiencia (a otros les parecerá prescindible u obvia, no pretendo dar lecciones). Pero a mí, en el instituto y aun algo más tarde, me habría ido bien para dar un salto que solo di más adelante… aunque en aquella época agitada, quizá me lo advirtieron y no le presté siquiera oídos.

