Archivo de la categoría: Cuento

Álbum de imágenes y fotos de ‘La bruja Horripilarda’ y una bonita reseña del ‘Libro de Brun’

Aunque la información sobre mis libros se recoge en este otro blog, de vez en cuando también me gusta dejar caer mis buenas noticias personales por aquí. Una: ya podéis disponer de La bruja Horripilarda, mi cuento de humor ilustrado por JuanolO, que incluye una adaptación a la lengua de signos española y un DVD (con la animación y la narración oral y en lengua de signos, además del vocabulario en LSE); edita Carambuco. Humor, sí, pero también una invitación a hablar con los pequeños sobre la presión del canon estético y la conveniencia de saber reírse de aquellos rasgos que son personales, pero el canon define como «feos». En este enlace podéis ver imágenes del interior y fotos de las actividades que iré haciendo en bibliotecas, librerías y escuelas. Lo presentamos el pasado día 24 en la biblioteca Armand Cardona, de Vilanova i la Geltrú. ¡Qué día más bonito y qué gusto de público, pequeños y grandes! ¡Muchas gracias!

¡SHA... MA... LA... CUC! ¡Ay, la bruja, cuando se enfada!

Dos: os invito a leer esta reseña del Libro de Brun en el blog de Carlos Lapeña. Al hilo de la reflexión bloguera sobre la crítica positiva y negativa, que se recoge por ejemplo en El Tiramilla, añado una razón en favor de la positiva: puede crear sentidos y enriquece la lectura orientando al lector hacia caminos más hondos o menos obvios. La negativa, en cambio, para no ser arbitraria, se ve obligada a gastar mucha energía en justificar y documentar sus razonamientos y exponer el canon de cada lector crítico, por el que se explican los «defectos» más o menos objetivables de la obra en cuestión. Así que, por simple economía, que al menos la mayoría del esfuerzo se dedique a la construcción (con la generación de sentidos asociada, esto es, doble valor) me parece lógico y sano.

‘El cuento del carpintero’, de Iban Barrenetxea

Imagen de 'El cuento del carpintero', Iban Barrenetxea, ed. A buen paso

El cuento del carpintero es una narración fantástica muy recomendable. Primero, porque el texto es redondo a partir de la confluencia de dos líneas narrativas: la de las creaciones fabulosas del carpintero y la de las creaciones perfectas para el belicoso Barón von Bombus. Es difícil no sonreír al final, que conjuga lo fabuloso y lo perfecto, ahora para bien. Segundo, porque las imágenes, además de características, expresivas y cuidadas, con desplegable incluido, también cuentan toda una historia que el lector atento desvelará con alegría; la alegría de vivir (cuando nos dejan vivir), quizá, es lo que más transmite el cuento. No os lo perdáis.

‘Canciones de miedo y risas’, de La familia Scalofrini

[Vídeo retirado temporalmente por los autores, a la espera de una versión definitiva]

Cuentos bilingües y taller de estampación sobre tela, para niños, en Los sueños de Alenia (3-D)

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Milimbo

Sara Morante ilustra ‘Los zapatos rojos’, de H. C. Andersen (tráiler)

Paula Carbonell presenta ‘Un perro y un gato’ (Abacus de Valencia, 26-N)

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Presentación de ‘Antonino’, con Juan Arjona y Arianna Squilloni, en Rayuela

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Presentación de ‘Cuentos populares de la Madre Muerte’, de Ana Cristina Herreros, en El Dragón Lector (2-N)

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Encuentro con Ana Cristina Herreros (Ana Griot) en la librería Rayuela (19-O)

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‘Le trois inventeurs’, de Michel Ocelot (‘Kirikú y la bruja’)

Michel Ocelot, conocido creador de la película de animación Kirikú y la bruja, vuelve a las pantallas de los cines con Azur y Asmar. Paseando por el blog de Miss tutsi pop, me he encontrado con este excelente corto de animación de Ocelot, de 1980, titulado Los tres inventores… y de pronto, con lo tranquilo que vivía yo con mis tirrias felizmente acartonadas, ¡me ha dejado de dar grima el ganchillo!

Presentación de ‘Contos por teléfono’, de Gianni Rodari, ilustrados por Pablo Otero

Era unha vez…
… o Sr. Bianchi, de Varese. Era representante de comercio e seis de cada sete días pasábaos viaxando por toda Italia, do leste ao oeste, ao sur, ao norte e polo medio, vendendo medicamentos. O domingo volvía á casa, e o luns pola mañá marchaba outra vez. Pero antes de partir, a filla dicíalle: «Por favor, papá: cada noite, un conto».

Presentación del viernes 14 de octubre:

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Dentro de poco, ¡Horripilarda!

En el bosque de Troncofétido, en una cabaña más sucia que una pocilga, vive la bruja Horripilarda.
Por desgracia, también yo vivo en esa porqueriza.

El cuento fue así: un mal día, iba yo brincando alegremente por un camino…
—¡Puaj, qué asco! ¡No soporto la alegría! —gritó Horripilarda, nada más verme.
Una luz amarilla me deslumbró y, de golpe, me encontré arrastrándome por el suelo, convertido en un gusano pringoso.

Con unos amigos, hemos tramado un plan para liberarme.
Pero antes debéis saber que Horripilarda es más presumida que una mariposa. Incluso se ha inventado un Espejo —no Mágico, sino Mentiroso— que, cada mañana, la saluda como la más guapa del mundo.

Ilustración de JuanolO

Faltan solo tres meses para que vea la luz La bruja Horripilarda, ilustrado por JuanolO y publicado por Carambuco, en castellano, y Ginjoler (de El Cep i la Nansa) en catalán. Un cuento de humor para guapos y feos, y sobre todo para listos: los que, para empezar, saben reírse de sí mismos. Y también para personas sordas, porque incluye una adaptación a la lengua de signos, y un DVD con el cuento narrado, y una canción… ¿Alguien da más?

‘Todos menos uno’, de Éric Battut

Todos menos uno, de Éric Battut, es una fábula sobre la identidad y la necesidad de no conformarse cuando uno siente que no encaja en el grupo. En su primera parte, podríamos decir que resume El camaleón camaleónico (The Mixed-up Chameleon), de Eric Carle: el protagonista no está contento consigo mismo, envidia características de los demás y acaba convertido en una mezcla risible (y, desde el punto de vista de la estética clásica, en la figura grotesca que reprobaba el Arte poética de Horacio).

«Poco después, emprendió el regreso a su hogar. Al verlo llegar, los demás guisantes le dedicaron toda clase de risas y burlas». (Pulsad para ampliar)

Sin embargo, el guisantito protagonista, ce petit pois-là, no se despoja del disfraz para reintegrarse en la normalidad social, sino que se reafirma en su deseo de no ser como los demás. Se dice a sí mismo: «soy una semilla rara; pero sigo siendo una semilla», cava un hoyo y se entierra («se acurrucó en él con su pluma, su trompa y sus rayas»). Con el tiempo, «de la tierra surgió una nueva planta, única y singular; llena de guisantes diferentes y felices».

  • Éric Battut, Todos menos uno (Ce petit pois-là, 2010). Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. Traducción de Roser Vilagrassa. ISBN 978-84-92412-84-6.

¿Celoso, yo? ¡Esa sí que es buena! (‘El pequeño Nicolás’)

Ilustración de Sempé

… Tendrás problemas —dijo Rufo—, y además te dirán que estás celoso.
—¿Qué? —gritó Joaquín—. ¡Esa sí que es buena!
Y dijo que no estaba celoso, que era una idiotez eso, que no le importaba nada su hermanito; lo único, que no le gustaba que lo fastidiaran y que fueran a dormir a su cuarto, y también que le impidieran salir a jugar con sus amigos y que no le gustaban los niños mimados, y que si lo jorobaban mucho, pues bueno, se iría de casa, y todos estarían muy jorobados, y que podían quedárselo, a su Leoncio, y que todos lo sentirían mucho cuando se hubiera ido, sobre todo cuando sus padres supieran que era capitán de un barco de guerra y que ganaba mucho dinero, y que de todas formas ya estaba harto de su casa y de la escuela, y que no necesitaba a nadie, y que todo eso le hacía morirse de risa.
—¿Quién es Leoncio? —preguntó Clotario.
—Es mi hermanito, ¡vaya! —contestó Joaquín.
—Tiene un nombre muy raro —dijo Clotario.
Entonces Joaquín se lanzó sobre Clotario y le dio un montón de tortas, porque nos dijo que había algo que no permitía, y es que se insultara a su familia.

  • Sempé y Goscinny, Los problemas del pequeño Nicolás (Joachim à des ennuis). Traducción de Esther Benítez. Alfaguara, Madrid, 1985, 2002. ISBN 978-84-204-4860-2.

‘Ratitas tercas’, de Juan Cruz Iguerabide (en ‘La ratita Miracielos’)

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Ilustración de Alicia Cañas para el cuento «Palomina». (Pulsad para ampliar.)

  • Un águila persigue a una ratita soñadora y voladora que, como Sherezade, se librará del acoso mediante una serie de cuentos de tono diverso.
  • Juan Cruz Iguerabide, La ratita Miracielos. Ilustraciones de Alicia Cañas. Edebé, Barcelona, 2000. ISBN 84-236-5502-4.

En memoria de Juan Farias: ‘El dibujante y su hijo una tarde de abril lluvioso’

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EL DIBUJANTE Y SU HIJO UNA TARDE DE ABRIL LLUVIOSO

Aquí, en esta casa, en abril, vivimos tres personas y un perro.
El más pequeño es mi hijo que va a cumplir seis años
La que fríe croquetas es mi mujer.
El del bigotito soy yo.
El perro se llama Chaquetón y no pertenece a ninguna raza definida.
Hoy llueve, pero no importa demasiado.
Después de abril viene mayo y todo se llenará de colores brillantes, de lilas,
margaritones enormes y mariposas entre los margaritones volando con un
sol amable reflejado en las alas.
Mi hijo y yo, en tanto no llegue mayo, hacemos cosas de hacer dentro de casa, por ejemplo, pensar un motivo para un dibujo sorprendente.
—Un hermoso caballo color frambuesa —sugerí—, un caballo magnífico, con los ojos verdes, tirando de algo increíble.
—¿De una fila de salmonetes? —se preguntó mi hijo—. ¿De toda una fila de salmonetes pequeños y enfadados? —para describir al fin, feliz—: Salmonetes a rayas, con dos ruedas cada uno. El caballo los lleva al colegio.
—Si son salmonetes no pueden tener ruedas —dije consciente de que un adulto no debe consentir excentricidades—. En todo caso tu caballo tira de una fila de carretillas.
—No me gusta eso que has dicho. Si son carretillas tendremos que llenarlas de arena o algo y a mi caballo le costará trabajo —protestó mi hijo—. Si es como tú dices mi caballo se cansará, estoy seguro —y me explicó—: Es un caballo para pasear vestido de indio, o de vaquero, o de nada, de niño desnudo, al galope por la playa, no para tirar de muchas carretillas pesadas, llenas de arena. ¡No, ni aun cuando la arena sea para hacer castillos!
Soy un adulto y los adultos, ya se sabe, han de hacer valer el sentido común.
Un adulto respetable no debe consentir que las ranas vuelen o sean príncipes encantados,
ni que los feroces apaches jueguen al ajedrez, las tardes de invierno, con los muchachos del Séptimo de Caballería,
y mucho menos que los salmonetes tengan ruedas.
Dije:
—Tendremos que quitarles las ruedas. Si son salmonetes son pececitos, andan por debajo del agua, respiran por branquias, mueven la cola y tienen la sangre fría.
—Y son felices —afirmó mi hijo, rotundo.
Consentí en este punto lamentando haber tenido la ocurrencia de sugerir imágenes con sentido común.
—Ponle una escafandra de buzo a mi caballo —concedió mi hijo— y aletas, o gafas y aletas, como tú quieras, papá. Lo dejo a tu elección.

Ilustración de Arcadio Lobato

—Puede ser un fantástico caballo marino —dije yo—, caballito de mar, enorme, de color frambuesa y cola de pez.
—No, no creo que sea una buena idea —protestó mi hijo que empezaba a cansarse del juego—. Si el caballo es un pez no tiene mérito que ande por debajo del agua. Prefiero un caballo submarinista.
Y se distrajo del todo viendo cómo la luz se rompía en siete colores al atravesar una gota de lluvia.
—Lo haremos como tú dices —consentí tratando de recuperar su atención—. Será un caballo de verdad y los salmonetes sus mejores amigos. Juntos cantarán a coro una bonita canción.
Mi hijo no es un niño capaz de fijar su atención en la misma cosa durante más de siete minutos.
Insistí, pero todo fue inútil. Ya no le importaba el caballo, ni los salmonetes, ni yo mismo.
Por lo visto era mucho más emocionante ver cómo el Arco Iris iba bajando por el cristal, en aquella última gota de lluvia del mes de abril.
—Lo dejaremos para otro día —dije.
Y encendí mi pipa.

  • Juan Farias, Algunos niños, tres perros y más cosas. Ilustraciones de Arcadio Lobato. Espasa-Calpe (Austral juvenil), Madrid, 1981. ISBN 84-239-2703-2.
  • Una cinta de dos palmos y pico, en el blog El cuento de la buena pipa

Nueva colección de Los cuatro azules

Luisa Fontán, Carmen Segovia, Julio Llamazares y Antonio Santos. Pulsad para ampliar

Inés Almagro presenta ‘Las manoplas de Caperucita’ en la librería De Cuento

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‘La princesa que perdió su nombre’, de Pilar Mateos y Teo Puebla

¿Cabe hacer un cuento serio sobre una princesa enamorada de un jardinero, cuyo nombre perdido va en boca de una paloma peregrina que recorre el mundo llamando a la paz y le será devuelto «embellecido y dignificado por el amor», sin caer en lo cursi? Formas de huir hay muchas: la burlona, en la que deshacemos los tópicos; la anarquista, el la que el jardinero planta a la princesa; o la vanguardista, que habría asado al pichón. Intentarlo en serio, con más rasgos de ternura que de humor propiamente dicho, es transitar por un camino ambicioso y delicado al mismo tiempo.

Creo que Pilar Mateos consigue recorrerlo con fortuna por la introducción de elementos cotidianos y modernos y alguna repetición estructural que favorece la sonrisa literaria: «Revolvió en el interior del armario, y rebuscó en los bolsillos de los abrigos viejos, y entre los pliegues de los vestidos de fiesta, y sacudió su manto de armiño, con la esperanza de que su nombre cayera al suelo como un billete usado de autobús. Cayó el billete usado, pero su nombre, no»; «… por si el viento lo hubiera arrastrado al agua como a una abeja atolondrada. La abeja estaba en el agua, pero su nombre, no». Cuando llegamos a «vio que tenía la ternura de una mujer encinta, la misericordia de un anciano y el gracejo de un niño», el narrador ya nos ha conquistado la atención. Es obvio, por otra parte, que la elección léxica no se limita al vocabulario del público, sino que corresponde a una voz adulta, que deberá explicarse más de una vez (al menos, en la eventual relectura atenta).

Por otro lado, en estos libros que apuestan fuerte se ve particularmente clara la importancia de la ilustración en el resultado de un libro infantil. ¿Qué se potencia, qué se equilibra, qué se evita? El trabajo de Teo Puebla se mueve por los difíciles terrenos de la ternura, pero con la contención necesaria: con una simplicidad casi simbólica en los personajes y una paleta más amplia que el pastel rosado-azulado.

  • Pilar Mateos Martín, La princesa que perdió su nombre, con ilustraciones de Teo Puebla. Edelvives (Ala Delta, serie roja), 1992, ISBN 84-263-1999-8; 2002, ISBN 978-84-263-4830-2.

‘Una tristeza desteñida y gris’ (Marcovaldo, de Italo Calvino)

Buena parte de la literatura juvenil, en el sentido de la que se publica en colecciones específicamente dirigidas a ese público, es más optimista de lo que autorizaría un examen objetivo de la vida. Pueden tratarse temas duros, pero casi siempre hay una puerta de salida y remontada. No abundan, si las hay, narraciones centradas en el desánimo sin salida que, por el contrario, no es infrecuente ni en la vida adulta ni quizá en mucha de la literatura actual. Entiendo que es una de las barreras que, de un modo más o menos consciente, no se suelen saltar cuando se escribe para lectores jóvenes (dejemos por ahora a un lado que «escribir para» sea un concepto muy denostado). No me parece mal, pero tarde o temprano, por invitación, curiosidad o simple madurez de la manzana, el filtro se retira.

En la frontera del desánimo y la frustración vive Marcovaldo, personaje de una serie de cuentos estacionales de Italo Calvino cuya miseria se ve moderada por rasgos de humor, ternura y, con el tiempo (la serie se escribió a lo largo de un decenio y hay variación estilística), algún rasgo de fantasía. La traducción española de Juan Ramón Masoliver (editoriales Destino y, en este siglo, Siruela) es curiosa por su riqueza léxica. Copio a continuación el principio del cuento 12, de Invierno, titulado «Una equivocación de parada». El título le hace justicia…, pero el final, no os lo contaré yo.

INVIERNO
12. UNA EQUIVOCACIÓN DE PARADA

Para quien detesta la casa inhóspita, el refugio preferido en las veladas frías es siempre el cinematógrafo. La pasión de Marcovaldo eran las películas en color, sobre la pantalla panorámica que permite abrazar los más dilatados horizontes: praderas, montañas rocosas, selvas ecuatoriales, islas en que se vive coronado de flores. Se veía la película dos veces, salía sólo cuando cerraban el local; y en su magín seguía habitando aquellos paisajes y respirando sus colores. Pero al volver para casa en la noche lloviznosa, el aguardar en la parada el tranvía número 30, el comprobar que su vida ya no conocería más escenario que tranvías, semáforos, vivienda en semisótanos, fogones de gas, ropa tendida, almacenes y sección de embalaje, le iban desvaneciendo el esplendor de la película en una tristeza desteñida y gris.
Aquella noche el film que había visto se desarrollaba en las selvas de la India: del suelo pantanoso se alzaban nubes de vapores, y las serpientes reptaban por las lianas y se encaramaban a las estatuas de antiguos templos engullidos por la jungla.
Al salirse del cine abrió los ojos en derredor, volvió a cerrarlos, a abrirlos otra vez: no veía nada. Absolutamente nada. Ni siquiera a un palmo de sus narices. En las horas que permaneció allá adentro, la niebla había invadido la ciudad, una niebla espesa, opaca, que envolvía las cosas y los sonidos, trabucaba las distancias en un espacio sin dimensiones, barajaba las luces en la oscuridad transformándolas en relumbres sin lugar ni forma.
Marcovaldo se dirigió maquinalmente a la parada del 30 y dio de narices contra el poste del cartel. En aquel momento cayó en la cuenta de que era feliz: la niebla, al borrar el mundo en torno, le permitía conservar en sus ojos las visiones de la pantalla panorámica. Incluso el frío parecía mitigado, como si la ciudad se hubiera echado encima una nube a guisa de manta. Marcovaldo, arropado en su gabán, se sentía a cubierto de cualquier sensación exterior, disponible en el vacío, y podía colorear este vacío con las imagenes de la India, del Ganges, de la jungla, de Calcuta.
Llegó el tranvía, evanescente como un fantasma, campanilleando lentamente; las cosas existían en la mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía, dando la espalda a los demas pasajeros, fijando la vista mas allá de los cristales en la noche vacía, atravesada sólo por indistintas presencias luminosas y tal cual sombra más negra que la oscuridad era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y adondequiera que fuese un film ininterrumpido sobre una pantalla sin límites.
Fantaseando de esta suerte había perdido la cuenta de las paradas; de pronto se preguntó dónde estaría; vio que el tranvía se quedaba casi vacío; escrutó al través de los cristales, interpretó los clarores que se insinuaban, dedujo que su parada era la próxima, se afanó hacia la salida en el último momento, se apeó. Echó un vistazo en derredor buscando algún punto de referencia. Pero las pocas sombras y luces que sus ojos alcanzaban a percibir no se componían en ninguna imagen conocida. Se había confundido de parada y no sabía dónde estaba.

  • Italo Calvino, Marcovaldo o sea Las estaciones en la ciudad. Traducción de Juan Ramón Masoliver. Destino, Barcelona, 1970 (cito por la reed. de 1994, col. Destinolibro, pp. 93-95, ISBN 84-233-1046-9). Hay nueva edición en Siruela, Madrid, 1999 y 2010, ISBN 978-84-7844-437-3.

Pep Bruno en la librería Diógenes (Alcalá de Henares)

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Una novedad personal: ‘¿Tres han de ser?’, ilustrado por Fátima Afonso (edita OQO)

Un cuento sobre elecciones incomprensibles y el puente de amor que las vadea, nacido de la tradición oral y versionado con un ojo puesto en el presente y otro en mitos clásicos de nuestra cultura.

Los cuentos tradicionales deben su popularidad a una eficacia narrativa contrastada, capaz de llegar hondo a sus lectores y oyentes a lo largo de varias generaciones, lo que siempre los hace aconsejables; pero pierden esa eficacia (y transmiten valores que ya no nos representan) si no los vamos renovando y recreando para que respondan mejor a las inquietudes de nuestro tiempo. Como escritor, por otro lado, es una experiencia apasionante de goce y aprendizaje. ¿Por qué me interesa esta historia? ¿Por qué quiero seguir contándola? ¿Hasta dónde puedo aportar sin romper la identidad de fondo ni conformarme con la copia? ¿Qué piezas puedo cambiar de sitio, renovar, alterar, para que el cuento siga brillando y nos conmueva (o más aún, puestos a soñar: nos explique)?

Darabuc y Fátima Afonso, ed. OQO, 2011

¿Tres han de ser? adapta la tradición narrativa de Los tres maridos, una perla algo escondida, donde se enfrentan dos generaciones: la paterna/materna y la juvenil. La hija crece y, por razones que ni ella misma comprende, cuando desea casarse, quiere que sea con sus tres grandes amigos de infancia. ¡Con los tres! ¿Qué madre puede aceptar esto?

Los tres candidatos son aquí tres mitos principales de nuestra cultura. Los lectores más chicos no necesitan conocerlos para seguir la historia, se trata más bien de una invitación a seguir moviéndose por otras ramas del gran árbol de la cultura. Son mitos de gran fuerza, mitos de vida, muerte y deseo: Ícaro, Lázaro y Fausto.

La madre los someterá a una prueba —deben localizar objetos a cuál más insólito—, en parte como dilación urgente, también con la voluntad de poder seleccionar solo a uno de ellos. Pero las cosas no salen como ella espera, porque los jóvenes se marchan pero la hija muere al cumplirse un año. Por fortuna, ahí están los objetos insólitos —directamente mágicos, obtenidos en «la ciudad de las torres transparentes, donde los árboles hablan y los gatos cabalgan a los perros»— para devolvernos la sonrisa justo a tiempo y que la «serpiente negra» del entierro dé paso a una serpiente de colores y a las campanas de la boda.

¿Habían de ser tres? La madre se queda a solas con la pregunta, ante un «círculo de cuatro copas». «Estuvo mirándolas durante mucho mucho rato, hasta que de repente, se encogió de hombros y se fue. / Quienes la vieron marcharse cuentan que sonreía». El libro está dedicado a «las madres, en el momento —difícil como hermoso— de soltar la mano».

La labor de ilustración de Fátima Afonso merece mucho la pena, a mi juicio, tan dulce y sugerente en las expresiones como atenta a los detalles. Edita OQO en castellano y gallego (traducción de Laura Rubio).

Como humilde aportación a estos tiempos de crisis, hay 30 ejemplares gratuitos para bibliotecas públicas, bibliotecas escolares o (no podía ser menos, en este caso) madres que compartan en un blog su experiencia de educación en familia. Lamento no poder sufragar también los gastos postales, que serán a cuenta del receptor (paquete azul hasta 1 kg). Más info al respecto y peticiones, a mi correo o aquí. (Nota del 16 de marzo: los libros disponibles se han agotado)

‘Melena’, de Pablo Albo y Riki Blanco

Melena, de Pablo Albo y Riki Blanco, álbum de pequeño formato publicado por Factoría K de Libros, parece abrirse con una posibilidad de la imaginación rodariana: ¿qué pasaría si… una niña tuviera una melena tan frondosa que acogiera en ella a toda clase de animales, incluso a los más gigantescos? Pero el álbum da un giro nuevo a estas expectativas y, cuando la protagonista se corta por fin el pelo, hallamos que lo que existía en realidad era una selva sobre su cabeza, que la melena solo ocultaba.

Esta anécdota surrealista parece muy propia del humor infantil, y quizá sea una de las claves del acierto de este álbum; pero no más que el estilo, característicamente pabloalbesco; el gancho narrativo de arranque («He tenido que cortarme el pelo. Ha sido una experiencia nueva para mí. Algunas personas me decían que había crecido demasiado. Sobre todo mi madre. Pero no ha sido por eso»; ¿por qué ha sido, entonces?) y el juego con lo que se cuenta y lo que no, por ejemplo con el personaje de Mariola, lo que parece invitarnos a una vida real, abrir la ventana a un mundo existente, por fantástico que parezca. En cuanto a las ilustraciones de Riki Blanco, emplean un estilo relativamente austero y sin estridencias cromáticas, repleto de transformaciones de la melena-mundo: en solo unas páginas, la melena cobra forma de globo, de ovillo, de nido, de río o de cuerpo de avestruz. El conjunto me parece muy recomendable de cinco años en adelante, sin límite de edad por arriba.

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  • Pablo Albo y Riki Blanco, Melena. Factoría K de Libros, Vigo, 2009. 16 x 16 cm, 40 p. ISBN 978-84-96957-70-1.

‘Los diarios de Adán y Eva’, de Mark Twain, ilustrados por Francisco Meléndez

Que Francis Meléndez hizo una irrupción asombrosa en el panorama de la literatura juvenil ilustrada y al poco tiempo desapareció de la escena dejándonos con ganas de más es la pura verdad y a la vez pura literatura, porque al explicarlo le debemos mucho al eficaz tópico narrativo de la figura desaparecida en el momento justo para forjar una leyenda. Sea como fuere, ahora regresa brevemente de sus actividades en la asociación ‘ãl-May’ãrî-Valmadrid para ilustrar los Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, un texto tierno e irónico sobre la relación de hombres y mujeres, las capacidades de uno y otro sexo y el amor y su aprendizaje, editado por Libros del Zorro Rojo. Verdad y literatura, también, a partes iguales, en un texto que supera el siglo y sin embargo a mí me ha resultado sorprendentemente fresco. Las figuras de Meléndez son menos barrocas que otras obras suyas (como es quizá propio de un libro centrado en una relación de dos) y exploran la sensualidad, la ironía y la metamorfosis.

Ilustración de Francisco Meléndez

Al año siguiente
Le pusimos de nombre Caín. Ella lo recogió mientras yo me encontraba cazando en la ribera norte de Erie; lo recogió en el bosque, a unas dos millas de nuestro refugio; o quizá fueron cuatro, ella no está segura. Se nos parece de alguna manera, y debe haber una relación. Eso es lo que ella piensa, pero es un error, a mi entender. La diferencia de tamaño lleva a la conclusión de que se trata de una nueva y diferente clase de animal, quizás un pez, aunque cuando lo puse en el agua para comprobarlo se hundió, y ella se sumergió y lo rescató antes de que el experimento nos diera la oportunidad de aclarar la cuestión. Sigo pensando que es un pez, pero ella es indiferente a lo que sea, y no me dejará volverlo a intentar. No lo entiendo. La llegada de la criatura parece haberla cambiado totalmente y la ha vuelto poco razonable acerca de los experimentos. Ella piensa más en la criatura que en otros animales, pero no es capaz de explicar por qué. Su mente está desordenada; todo lo demuestra. A veces lleva al pez en sus brazos en mitad de la noche, cuando se queja y quiere ir al agua. En esos momentos, el agua sale de los agujeros por los que mira, y luego golpea ligeramente al pez en la espalda y produce sonidos suaves con su boca para calmarlo, y muestra pena y diligencia de cien maneras distintas. Nunca la había visto hacer eso con ningún otro pez, lo cual me perturba enormemente. Ella solía tratar así a los pequeños tigres, y jugar con ellos, antes de que perdiéramos nuestra propiedad; pero era sólo un juego; nunca se preocupó por ellos cuando no les caía bien la cena.

Miércoles
No es un pez. No puedo descubrir qué es. Hace ruidos curiosos y demoníacos cuando no está satisfecho, y dice «gu-gú» cuando lo está. No es uno de nosotros, pues no camina; no es un ave, pues no vuela; no es una rana, pues no salta; no es una serpiente, pues no repta; estoy seguro de que no es un pez, aunque no tengo ocasión de comprobar si puede nadar o no. Simplemente se queda acostado, la mayoría de las veces de espaldas, con los pies para arriba. Nunca antes había visto a un animal hacer eso. Dije que creía que era un enigma, pero ella solamente admiró la palabra sin comprenderla. A mi entender es o bien un enigma o bien alguna clase de bicho. Si muere, lo cortaré en partes y veré cómo está hecho. Nunca nada me había dejado tan perplejo.

Tres meses más tarde
La perplejidad aumenta en lugar de disminuir. Duermo, pero poco. Ha dejado de estar tendido, y ahora merodea en cuatro patas. Sin embargo, se diferencia de los demás animales de cuatro patas, en que sus patas delanteras son inusualmente cortas, y en consecuencia la parte principal de su persona se proyecta incómodamente hacia arriba; y no resulta atractivo. Está construido de manera parecida a nosotros, pero su método de desplazamiento muestra que no es de nuestra estirpe. Las cortas patas delanteras y las largas posteriores indican que es de la familia del canguro, pero hay una marcada variación entre las especies, dado que el verdadero canguro salta, mientras que éste nunca lo hace. Con todo, es una variedad curiosa e interesante, y nunca ha sido catalogada antes. Cuando la descubrí sentí que correspondía darme el mérito del hallazgo añadiendo mi nombre al suyo, de allí que lo haya llamado Kangaroorum adamiensis… (pp. 23-25)

‘La niña infotografiable’, de Víctor González (del libro ‘El hombre sin ayer’)

La niña infotografiable

La niña que nunca salía en las fotos era un caso único. Si se hacía una foto con su familia, salían todos menos ella. Si se hacía una foto ella sola, no salía nada. Lo mismo le pasaba con los vídeos.
Por lo demás, la niña era normal y en persona se la veía perfectamente, como a cualquier otra niña de su edad. No era una vampira porque en los espejos su imagen se reflejaba correctamente. Además, le gustaba el ajo.
El asunto era tan raro que un día la llevaron a un programa de televisión para entrevistarla, pero fue un fracaso, porque la gente no pudo verla y nadie creyó que estuviera allí. Lo único que veía el público era una silla vacía frente al presentador. Los espectadores se decían:
—¡Qué truco tan burdo! Están chiflados si esperan que nos creamos esta tontería.
Esta niña, en el carné de identidad, en lugar de foto llevaba un retrato a plumilla que le había hecho un amigo.

Ilustración de Sean Mackaui

‘Malena Ballena’, de Davide Cali y Sonja Bougaeva

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Malena es una niña gorda, infeliz y acomplejada, y sus compañeras de natación —crueles con la debilidad, como suelen ser los niños— se burlan de ella llamándola «ballena». El monitor de natación (gordo también, según nos cuenta la imagen) la anima a pensar de otra manera: «Somos lo que pensamos que somos. … ¿Crees acaso que el pájaro o el pez piensan que pesan mucho? ¡Por supuesto que no! Así que si quieres ser ligera, piensa que lo eres. ¡Inténtalo y verás!».

Malena lo prueba, se esfuerza por imaginarse a sí misma de otro modo —en la piscina, en la calle, en la escuela— y logra aceptar su gordura. «Durante toda la semana, Malena hizo lo que le había aconsejado el monitor de natación. Pensó que era un canguro, una estatua, un conejo, un sol radiante. “¡Y funcionó!” Saltó muy alto en gimnasia. No notó el pinchazo de la vacuna. Se comió todas las zanahorias en el comedor del colegio. Consiguió que Eliot se fijara en ella y que por primera vez le sonriera…».

Esto podría ser parte de un manual de autoayuda, pero recuerda mucho más a otro delicioso libro de aceptación de uno mismo centrado en un personaje gordo, como es Zapatos de fuego y sandalias de viento, porque está contado e ilustrado con una gracia que hace imposible no terminar sonriendo y deseando ser como Malena.

  • Davide Cali y Sonja Bougaeva, Malena Ballena. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010. Traducción de Juan Gabriel López Guix. 21 x 28 cm. 28 pp. ISBN 978-84-92412-59-4.

‘Caja de cartón’, de Txabi Arnal y Hassan Amekan

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En la misma colección Qontextos en la que se publicó Humo se ha editado este 2010 Caja de cartón, de Txabi Arnal y Hassan Amekan, con una misma intención de concienciación social, pero ahora sobre el tema de la inmigración. Narra la huida de la pobreza de una madre y su hija, un naufragio, la nueva pobreza en la sociedad rica, la creación de un barrio marginal («un pueblo de cartón, pobre pero alegre»), el incendio deliberado, la orfandad y la adopción. En la familia de adopción, la niña es «feliz junto a mi nueva mamá. Yo la quiero y ella me quiere. Me quiere tal como soy. Vivo en una casa. Tengo mi habitación, mi cama, mi armario… Y en el armario tengo una caja de cartón; una de esas cajas donde guardamos los zapatos, quienes tenemos zapatos. Pero en mi caja no hay zapatos, sino recuerdos. Porque no quiero olvidar. No quiero olvidar el llanto de mamá… tampoco su sonrisa».

El texto de Arnal se construye a partir de repeticiones, que van dando fuerza a los motivos, sobre todo al de la caja de cartón (pero también el de tener/no tener y el de la sonrisa); es certeramente parco, para no arruinar la emoción con verborrea. Las ilustraciones de Amekin mezclan óleos y collages, algunos elementos abstractos y manchas, con una coloración terrosa que solo quiebra la niña de rojo. Los personajes parecen muñecos vistos de perfil, con la espalda doblada y los miembros muy delimitados, como si fueran títeres articulados del teatro de sombras.

  • Txabi Arnal y Hassan Amekan, Caja de cartón. OQO, Pontevedra, 2010. 24×30 cm, 40 págs. ISBN 978-84-9871-215-5.

‘Los tres mosqueteros’, de Alejandro Dumas, adaptado por Rafael Ordóñez e ilustrado por Subi


Lumen Infantil
, desde hace un tiempo de Random House Mondadori, tiene una colección álbumes de gran formato con clásicos adaptados para lectores a partir de unos 6 años. Pensando en Los tres mosqueteros, esto supone pasar de las 875 páginas que tiene la traducción de Mauro Armiño en la edición de Alianza a tan solo 32 plenamente ilustradas. Es fácil tirar piedras contra esta labor —que desde el punto de vista del escritor es tan apasionante como arriesgada—, pero a mí el trabajo de Rafael Ordóñez me ha parecido acertado y eficaz para lo que se pretende. Si dejamos que hable por sí solo, comienza así:

Hace muchos años, en una pequeña aldea de la Gascuña, en el sur de Francia, vivía un joven llamado D’Artagnan. El gran sueño de D’Artagnan era ingresar en el cuerpo de los mosqueteros, la guardia personal del rey de Francia. Y, para hacer realidad su sueño, un día de abril de 1625, decidió partir hacia París.

Por aquel entonces, el joven desconocía la complicada situación de la corte de París: el ambicioso cardenal Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII, pretendía hacerse con la corona, y nadie, ni siquiera el propio monarca, se libraba de sus conspiraciones.

Antes de que se marchara, el padre de D’Artagnan le regaló…

¿Qué nos queda, al final? Aventuras, luchas de capa y espada, amores secretos y maquinaciones (sobre todo, en torno del collar de diamantes); un resumen desnudo, pero no desacertado, de Los tres mosqueteros. No sería viable eludir la cuestión del adulterio, y no se elude: «Antes de que la raptaran, Constance me explicó que la reina tiene un romance con el duque de Buckingham, y que el cardenal pretende hacerlo público». Lógicamente, es muy probable que un lector infantil sienta curiosidad sobre la cuestión: ¿Por qué la reina engaña a su esposo? ¿Por qué si quiere a otro hombre no son sinceros y se va con él?

Por su parte, Subi es un ilustrador de línea clara, con un estilo que yo personalmente asocio con Francesc Rovira por su tono siempre amable. Posee ya una notable experiencia, en muchos casos en compañía de Anna Obiols. Aquí predominan los panoramas de acción junto a algunas imágenes de intriga.

‘Las sirenas de Belpescão’, de Magali Le Huche

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Vale la pena prestar atención a Magali Le Huche, autora e ilustradora de algunos álbumes protagonizados por mujeres (adultas, casi mayores) cuya estética poco tiene que ver con los cánones. Sus vidas están marcadas por la soledad, una soledad que superan de un modo u otro. Otro día hablaré de su Berta Buenafé está triste, hoy de Las sirenas de Belpescão.

Las «sirenas de Belpescão» son tres vendedoras de pescado, siempre con una canción en la boca. Son esposas de pescadores, que «afligida[s por una] vida de separaciones y despedidas», decidirán hacerse a la mar. Pero esa noche, la barca volcará. «Las tres amigas terminaron en el fondo del mar, en medio de burbujas y crustáceos. Lejos de desanimarse, se pusieron a nadar. Estimuladas por todas esas nuevas emociones, volvieron a hallar el placer de cantar. Muy pronto se sintieron como peces en el agua». Los maridos, al volver a oír las canciones con que ellas solían recibirlos, se echan igualmente al mar y «dicen que los tres galanes y sus sirenas jamás se separaron». Así lo cuentan al menos las tres ancianas del puerto que en realidad quizá sean, mirando la última página, …

Las ilustraciones describen el pueblo marinero con sencillez y con rasgos de humor (como las cuerdas de tender pescado) y emoción. Como pero, echo en falta que las canciones, ya sea por la traducción o por el original, tengan un ritmo cantable.

  • Magali Le Huche, Las sirenas de Belpescão. Traducción de Marina Huguet Cuevas. Flamboyant, Barcelona, 2010. 48 pp. ISBN 978-84-937436-4-2.
  • Entrevista con Magali Le Huche en el blog de Flamboyant

‘Cuento del ceniciento o la cenicienta’, de Emili Teixidor

Cuento del ceniciento o la cenicienta

El cenicero solo es cero cuando no contiene ninguna colilla. Cuando tiene una, se llama ceniuna. Si tiene dos, cenidós, y así: cenitrés, cenicuatro, cenicinco… hasta ceniciento. Al llegar a cien colillas, el cenicero se convierte en ceniciento o cenicienta, depende del sexo. Y tiene que empezar a trabajar para limpiar la casa de cenizas y suciedad.

*

De los Cuentos de intriga de la hormiga Miga, libro de relatos (muy) breves cuyo único defecto quizá sea el título: aunque rime, como todos los títulos de la serie de Miga, a mi modo de ver no son cuentos de intriga, sino de ingenio y creatividad lúdica. No incluyo ilustración de Gabriela Rubio porque no la hay para este cuento.

  • Emili Teixidor, Cuentos de intriga de la hormiga Miga. Ilustraciones de Gabriela Rubio. SM (El barco de vapor, serie azul, 104), Madrid, 2001 (10.ª ed. en 2008). ISBN 978-84-348-7756-6.

‘La isla de los cangrejos violinistas’, de Xavier Queipo y Jesús Cisneros

Con una delicadeza y economía de medios similar a la que mostró en ¿Y yo qué puedo hacer?, de José Campanari, Jesús Cisneros ha ilustrado La isla de los cangrejos violinistas, de Xavier Queipo.

La narración se sitúa en una isla caribeña inconcreta, en un tiempo pasado de hombres pescadores y mujeres agricultoras. La única niña del lugar, Moi, se entretiene con la aparición de unos agujeros misteriosos, que, según le explican, hacen los cangrejos violinistas (que se llaman así «porque el primer hombre que llegó a la isla tocaba el violín y se movía como los cangrejos con las pinzas» y «comen flores: hibiscos, jazmines…»). Moi les dejará comida, pero tendrá que tener paciencia, porque los cangrejos «tienen miedo, como muchos pequeños ante los mayores», según le cuenta su abuelo, figura de sabiduría. Cuando es la pequeña Moi la que recibe la mordedura de una culebra, los cangrejos acuden a la aldea a pedir ayuda. Desde entonces, los hombres tratan como amigos a los cangrejos, y en la isla «hay tantos hibiscos y tantos cangrejos azules que no se sabe dónde acaba la tierra y dónde empieza el mar». Una historia, pues, sencilla y tranquila, de conversación y paciencia, en la que el cuidado de los otros encuentra una importante retribución.

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  • Xavier Queipo, La isla de los cangrejos violinistas. Ilustraciones de Jesús Cisneros. 40 págs., 23×28 cm. OQO, 2009. ISBN 978-84-9871-166-0.

‘Planeta Miedo’, de Ana María Shua

Planeta Miedo, de Ana María Shua, es una recopilación de ocho cuentos de miedo de origen popular, de distintos países de los cinco continentes, reescritos por la conocida autora argentina.

Nos toparemos con el fantasma de la esposa injustamente abandonada, bebedores de sangre con dientes de hierro, un espíritu del mal con gran capacidad de transformación, una mujer que ronda lo demoníaco hasta pagarlo ante el mismo diablo, el país de los gatos carnívoros, un espíritu que regresa a la vida pero sin abandonar del todo la muerte…, y, en ocasiones, elementos tradicionales del folclore, como la importancia de los roles de la mujer o el castigo de los vicios (soberbia, avaricia, crueldad). La forma narrativa y el concepto del mundo de cada relato son distintos, con lugar para creencias remotas al punto de vista europeo tradicional. Esta es quizá la mayor virtud del libro: mostrar que el terror no se acaba en los vampiros y las casas victorianas.

Las pequeñas ilustraciones de arranque de capítulo no ofrecen a Fuencisla del Amo mucho espacio para brillar, pero destacan por ambientar con detalles sugerentes la diversidad cultural de los cuentos.

  • Ana María Shua, Planeta Miedo. Ilustraciones en blanco y negro de Fuencisla del Amo. Anaya Infantil y Juvenil (Sopa de Libros, 84), Madrid, 2002. ISBN 978-84-667-1711-3.
  • Información de la editorial y proyecto de lectura.
  • Reseña de la edición de Sudamericana en Edelij.

‘Nadarín’, recreado con materiales de la vida cotidiana

Propuesta del equipo de Educación Infantil del CEIP Federico García Lorca de Colmenar Viejo, con motivo del Día del Libro 2009, con «un guiño a Una mà de contes».

Lorenzo Mattotti ilustra ‘Hansel y Gretel’

Lorenzo Mattotti ha ilustrado Hansel y Gretel de un modo tan radical como, a mi juicio, acertado: únicamente con negro sobre blanco y una mayoría de trazos gruesos entrelazados que responden muy bien a un cuento esencialmente de miedo. Por conocido que sea el cuento, vale la pena recordar una vez más que hablamos del miedo casi incontrolable de las pesadillas, puesto que se nos narra el brutal desamparo de los niños frente a una madrastra inhumana y un padre inútil, abandonados por dos veces en el bosque hasta acabar en la cabaña de una bruja que anhela devorarlos. Hay modos de ilustrar que rebajan esa intensidad, como si temieran causar demasiado efecto; según lo entiendo yo, es de los casos en los que vale la pena preguntarse si uno quiere contar el cuento o no, pero contarlo con medias tintas difícilmente sirve para nada más que para crear un efecto de confusión en el receptor, poco propicio al placer literario y más semejante a la torpeza con la que los censores franquistas aplicaban tijeras y cambiaban parentescos.

Otro aspecto muy destacable del libro, a mi parecer, es su diseño como objeto: texto (el original de los hermanos Grimm) en verde oscuro, dispuesto en columnas simétricas hacia el centro de la página, con mucho espacio en blanco; y una alternancia estricta de dos páginas de texto y una doble ilustración.

  • Jacob y Wilhelm Grimm, Hansel y Gretel, ilustrado por Lorenzo Mattotti. Traducción de Txaro Santoro. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010. ISBN 978-84-92412-56-3.

El principito Puf, de Agnès Desarthe y Claude Ponti

El principito Puf, de Agnès Desarthe y Claude Ponti, es un cuento extraño, que incluye tanto una aventura para los pequeños como una propuesta para los adultos: reflexionar sobre la esencia de la educación y las ventajas de enseñar, sobre todo, a pensar con claridad. Tiene algo de cuento sapiencial, pues el valor de lo que el maestro enseña solo se comprende a posteriori; y de la tradición subversiva que identifica la sabiduría con los niños y los locos/incomprendidos. Pero todo, con un aire netamente infantil, incluso de preescolar, y páginas mayoritariamente ilustradas.

Puf nace en un país donde los nombres se eligen viendo la cara del recién nacido. Le ha correspondido un nombre ridículo, pero sus padres, los reyes, no dudan de que es el que le toca. A los dos años, le buscan un preceptor, para que en la escuela no se rían de Puf por culpa de su nombre. Eligen al maestro Ku —otro nombre ridículo—. Ku le enseñará cosas tan simples como que «uno más uno son dos» y «un gato es un gato». El chambelán, envidioso del rey y deseoso de la corona, pone al maestro en la picota y convence a los padres de organizar un engaño que demuestre que el preceptor no enseña nada útil al rey. Pero el principito Puf reflexionará, atento a los detalles, y descubrirá la trampa. Al preceptor lo han expulsado, pero se marchará satisfecho por haber sembrado una buena semilla en una tierra fértil.

El principito Puf, pp. 30-31

El principito Puf, pp. 60-61

  • Agnès Desarthe, El principito Puf. Ilustraciones de Claude Ponti. Corimbo, Barcelona, 2003. Traducción de Paula Vicens. 16,5 x 13 cm., 80 p. ISBN 84-8470-063-1.

La princesa y el topo, de Ramon Girona y Javier Olivares

La princesa y el topo (Libros del Zorro Rojo)

La princesa y el topo es un divertido cuento popular de origen caucásico, contado por Ramon Girona e ilustrado por Javier Olivares. Se presenta en la colección «Cuentos del Mundo», de materiales elaborados según la normativa internacional de Lectura Fácil de la IFLA para colectivos con dificultades de lectura o comprensión. Eso se traduce en una redacción clara, sin particular artificio, y en la explicación al pie de los términos y las expresiones difíciles. Puede equivaler a un nivel de comprensión de unos 6 o 7 años en adelante, creo yo.

La princesa y el topo nos recuerda aquella lección según la cual más le vale al león salvar la vida del ratón, pues nunca sabe cuándo necesitará que este, contra las apariencias, lo salve a él. La princesa del castillo de cristal posee un espejo mágico que le permite verlo casi todo, mientras que el príncipe del castillo de piedra domina el idioma de los grandes animales: las águilas, reinas del cielo; los ciervos, amos del bosque, y los esturiones, señores de los ríos y el Mar Negro. Son de esas personas criadas de forma que «caminaban siempre erguidos, con la barbilla alta y la nariz apuntando a las nubes» («erguidos» se anota como «rígidos, tiesos»). Entre príncipe y princesa cabrá el amor siempre que el candidato supere la prueba de esconderse donde la princesa no lo encuentre, lo que sin duda no es fácil, con el espejo mágico.

En otro nivel social, los campesinos «andaban cabizbajos, agobiados por sus problemas». Alguien está haciendo desaparecer los frutos de sus huertas. Acusan de los robos al topo y lo llevan al príncipe para que lo juzgue.

No desvelo más, aunque, como se dice en el propio cuento, «os podéis imaginar el resto de la historia» (lo que no le quita valor, es una anticipación que se disfruta). Sin embargo, queda un misterio abierto: ¿quién robaba las zanahorias y lechugas? Ante esa pregunta, se nos anima a volver a empezar con la lectura desde el principio: ¿no se nos habrá pasado algún detalle por alto? ¿Quizá en las ilustraciones?

En la misma colección se dispone también de Nada es lo que parece, cuento del Norte de África narrado por Girona e ilustrado por Linhart, y seis títulos más.

  • Ramon Girona y Javier Olivares, La princesa y el topo. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010. Traducción del catalán de Neus Aymerich. Adaptación de Carme Mayol, Eugènia Salvador y Lluís Quintana. 24,5 x 19 cm; 32 pp. Cartoné. ISBN 978-84-92412-46-4.
  • Más información en el blog de la editorial.

La boda de Gallo Pinto, de Juan Alfonso Belmontes y Natalie Pudalov

La boda de Gallo Pinto, de Juan Alfonso Belmontes (miembro de Légolas Colectivo Escénico) y Natalie Pudalov, es un cuento popular netamente tradicional en sus temas —educación sentimental y castigo del egoísmo y el engaño—, que vale la pena contar en un mundo como el nuestro, donde la relación de hombres y mujeres sigue estando lejos de la igualdad. Literariamente, destaca por el uso de los símbolos, como el mandil blanco y las hermosas plumas azules; las ilustraciones de Pudalov, por su estilización, las metáforas —las falsas promesas de Gallo Pinto, que luce máscara, se encierran en pompas de jabón— y cierto barroquismo grotesco, acorde con el tono del cuento.

«La niña Juliana, la lechera del mandil blanco como la nieve» es una chiquilla de aspecto menudo y carácter amable y trabajador (y el único personaje humano en un cuento de animales). La conquistará Gallo Pinto, «presumido y un poco guasón», que luce «una hermosa cola de plumas azules» y es un camelante profesional. La granja toda estalla de alegría, pues la boda pinta estupenda. Solo la Zorra de la Pineda anda triste; también le gusta Juliana, pero ¿qué puede ofrecerle, aparte de miseria y suciedad?

Gallo Pinto, Juliana y la vaca casamentera

Gallo Pinto, Juliana y la vaca casamentera

Sin embargo, la Zorra, desde una posición donde parecen mezclarse la exclusión social con la exclusión amorosa, descubre cómo es Gallo Pinto en realidad: un ambicioso que pide regalos y a cambio regala el trabajo o las cosas de Juliana; un cretino que ansía limpiarse las patas en el mandil de Juliana («Cantaré, descansaré y me hartaré de trigo. Ella se conformará con pan duro»). Ante Juliana exhibe otra imagen, claro: «me quiere, me canta y solo me pide que lo lleve en la cabeza al pasear». No es así, no te lo creas, insiste la Zorra: «Él va encima para que tú vayas debajo. Piénsalo bien… Y, si decides casarte, pídele antes una pluma de su famosa cola».

En el momento de la boda, Gallo Pinto accede a la petición genérica de un regalo de boda: «¡Lo que tú quieras, lecherita!». Pero cuando le piden la pluma, una sola de sus hermosas plumas azules, deja salir lo peor de sí: «¿Una pluma de mi cola? ¡Ni hablar! ¡Luego pedirás una estrella! ¿Qué te crees, lechera? Tú no vales ni una de mis plumas».

A tal exceso y tal descubrimiento, claro está, le corresponde un castigo: no solo no hay boda (ni futura esclava), sino que los regalos prometidos y no entregados obligan a huir al gallo, quien se enreda en una trampa más de la astuta Zorra de la Pineda y acabará, como era de esperar en un cuento redondo, perfectamente desplumado. ¿Y cómo acaba la historia de Juliana y la Zorra? Naturalmente, con un beso.

  • Juan Alfonso Belmontes, La boda de Gallo Pinto, ilustrado por Natalie Pudalov. OQO, Pontevedra, 2010. ISBN 978-84-9871-223-0. Disponible también en gallego: A voda do Galo Pinto.

Tres pájaros de cuenta, de Miguel Delibes

Cuando leí Tres pájaros de cuenta, de Miguel Delibes, pensé: «¡Ya hay que ser buen escritor para despertar interés con historias realistas de tres pájaros comunes!». Ahora que es ocasión de homenajes y agradecimientos últimos, este mío le cede la palabra en ese libro, al poco de comenzar el capítulo del cuco.

Aquí Delibes no inventa: describe. Pero en su descripción, nuestra lengua cobra una precisión y naturalidad que ya quisieran para sí muchos textos imaginativos.

«El cuco es pájaro tamaño, de alrededor de 60 centímetros de envergadura y hasta 150 gramos de peso, gris en las partes altas y castaño, listado de blanco, en pecho y vientre. En vuelo guarda semejanza con el gavilán, del que se diferencia por su pico fino, sus alas puntiagudas y su cola, larga y moteada. A pesar de sus dimensiones y de su canto, audible a kilómetros de distancia, este pájaro no se deja ver con facilidad. De niño, mi padre me llevaba a oírle cantar a los bosques de San Martín de Quevedo y Doña Jimena, en Molledo-Portolín, pero nunca tuve oportunidad de verle. Necesité muchos años y mucha astucia, para tomar contacto con él. En Sedano, el prieto bosque de roble de las laderas, se diluye, prácticamente desaparece en las inmediaciones del pueblo y surgen, a cambio, dispersas arboledas de olmos, castaños y pinos, aparte arbustos y arbolillos de menor entidad, como cerezos, endrinos y avellanos, donde suelen anidar los pequeños insectívoros (mosquiteros, petirrojos, herrerillos, etc.) en cuyos nidos, minuciosamente construidos, gusta el cuco de depositar sus huevos. Pues bien, el canto del cuco, aunque desorientador en lo que se refiere a la distancia, es muy indicativo en lo que atañe a su dirección. No hay, pues, más que seguir ésta para encontrarle, si no en el primer bosquecillo, en el segundo, pues como estas arboledas son reducidas y poco densas, es fácil divisarle en los calveros, cuando se desplaza de una a otra, como una flecha, nuca, dorso y cola en línea recta, las alas en anzuelo, las cortas patas recogidas, como el tren de aterrizaje de un diminuto avión. Yo le vi por primera vez hace más de treinta años y, después, he vuelto a verle, con relativa frecuencia, cada vez que me lo he propuesto, turbando su soledad, ya que este pájaro, contrariamente a la grajilla, es un auténtico anacoreta.
Pero lo verdaderamente característico del cuco …»

  • Edición citada: Miguel Delibes, Tres pájaros de cuenta. Miñón, Valladolid, 1982, con ilustraciones de Luis de Horna, pp. 39-40. ISBN 84-355-0596-0.
  • Edición más reciente: Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados, RqueR, Barcelona, 2003 (84-9327-214-0). Destino, Barcelona, 2006 (84-080-6177-1).
  • Pasaje de Los santos inocentes

Y entre líneas… un pirata, de Zandra Montañez y Cristina Peláez

Hace un tiempo, un lector de este blog echaba en falta más poesía de aventuras para niños, que ejemplificaba en Espronceda y su «Canción del pirata». Y entre líneas… un pirata, de Zandra Montañez y Cristina Peláez, es un álbum de poesía para Primaria que propone un juego similar, combinando piratas, aventuras y amores arrebatados con los personajes de los cuentos populares. Lo publica M1C en la colección «Caracoles en su tinta» y suena así:

Hace años, muchos años,
y sobre el viejo anaquel,
descansaba el libro aquel
con esos cuentos de antaño.
Con una señal marcada,
la página del pirata
que con casaca escarlata
emprendió dura emboscada.
Quería ver a su amada,
la bruja Marina Puerto,
que lo dejó medio tuerto
por ir cortejando a un hada.
Se fue la bruja Marina
con el pirata Merlín,
de uno a otro confín,
de la Antártida a la China.

Sacó iracundo su espada
y trepó por los renglones,
y vocales a empujones
lanzó contra la portada.
La eñe se le enfrentó
y le dijo: —¡¡Bandolero!!
Con varias letras te espero,
abajo, en otro renglón.

Las consonantes, armadas
con varios puntos y comas,
se escondieron tras las lomas
en un cuentito de hadas.

Asustó a los tres cerditos
al brincar desde el bajel
con ese grito tan cruel:
—¡¡¡Que los aplasto, gorditos!!!

Con su casaca escarlata
y sus botas de charol,
se embarcó nuestro pirata
hacia un poema de amor.

Las ilustraciones, que representan los saltos de una página a otra y el mundo exterior real y ficticio, son expresivas y dinámicas; el texto se dispone de varios modos, con frecuencia como olas o textos de páginas abiertas; también hay acumulaciones de letras, sobre todo en los combates.



Un defecto que mejorar, a mi juicio, es la presentación ortotipográfica: faltan algunos puntos, sobra un acento (y quizá las exclamaciones multiplicadas) y entiendo que las comas no siempre están donde deberían.

  • Y entre líneas… un pirata, de Zandra Montañez (texto) y Cristina Peláez (ilustraciones y diseño). M1C, Alcalá la Real, 2009. ISBN 978-84-937104-8-4.