«Durante 50 minutos el ambiente se podrá cortar en esta sesión. Las palabras se irán amontonando al final de la garganta, aunque de vez en cuando podremos chillar para tratar de desahogarnos…
Pero raro será que lo consigamos.»
Croc Croc, de Stéphane Levallois (Libros del Zorro Rojo) es un relato bien trabado sobre la integración de la diferencia (y cómo la vive el diferente), que evita los excesos de azúcar de muchos de los libros escritos con esa intención y se narra y presenta de un modo original. Apenas tiene texto, es un cuaderno de apertura vertical en el que se ilustra la cara vista y se deja en blanco el revés, y se desarrolla en un mundo que no es el de Tim Burton, pero se aproxima, con un tono general de humor negro y páginas de crueldad (la crueldad característica de muchos grupos de niños frente al débil). Está ilustrado a dos tintas, rojo y negro.
Croc Croc es un niño esqueleto de cabeza roja, que vive en un mundo de esqueletos de cabeza blanca. Es torpe en la escuela y sus compañeros no se lo perdonan; su vida es un mal sueño y de noche sufre pesadillas. Pero en el transcurso de una excursión, un alud entierra a un grupo desorientado; nadie habría encontrado huesos blancos entre la nieve, pero por fortuna, la cabeza roja de Croc Croc destaca como un faro en la noche. A partir de entonces, tanto los compañeros como el propio Croc Croc cambian de actitud.
Además de los temas para el diálogo, el libro contiene muchos guiños divertidos en el proceso de traslación de la historia del plano de los niños al plano de los esqueletos, como por ejemplo la ilustración final, en la que Croc Croc alcanza alegremente el Cielo (de una rayuela); pero son muchos: la casa en la que vive, los cereales del desayuno, las cuentas de la pizarra, la mochila-losa, el autocar de la excursión (un largo coche fúnebre) o los guiños al cine mudo y sus pantallitas de texto.
Stéphane Levallois, Croc Croc (en la escuela de los esqueletitos). Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2009. 104 pp, 12 x 15 cm. ISBN 978-84-92412-34-1.
El admirable titiritero y narrador Rodorín (José Antonio López Parreño), contando la historia de La ratita presumida con campanillas y otros objetos de madera con música. Hay un álbum editado por Kalandraka en 2002, ilustrado por Pablo Mestre con fotografías de los mismos objetos usados en la narración, que a mi entender compensa tomar como un guión para animarse a rebuscar por los cajones y hacer teatro en casa con lo que sea que pueda moverse en las manos y sonar. Vi el vídeo de esta joya del arte de lo pequeño en Corre con el cuento.
Nicolás Guillén, al que muchos por ignorancia consideran un poeta, es en realidad un país entero. Un país imaginario del que pocos han hablado y que debido a una confusión del impresor al enviar las galeradas, no llegó a aparecer en la primera edición de The Dictionary of Imaginary Places de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Algo que ambos autores han lamentado públicamente en repetidas ocasiones.
El país en cuestión tenía que estar por riguroso orden alfabético, entre Ngranek, el monte de la isla Oriaba del País de los Sueños y Nimmr, la legendaria ciudad fundada por los cruzados de Ricardo I en África. Pero no fue así y el error ha seguido reproduciéndose en las ediciones siguientes, por lo que confiamos en que al menos con la aparición de este breve artículo, el editor corrija en las próximas este pequeño defecto, seguramente el único en una obra tan hermosa.
Se desconoce la situación exacta de Nicolás Guillén, aunque se sabe con certeza que limita al norte con Camagüey y al sur con La Habana y Cienfuegos. Tiene una superficie de unos 130.845 kilómetros cuadrados, algo más que la isla de Cuba. El clima es templado y las temperaturas medias oscilan entre los diez y los veintidós grados centígrados. Su hermoso y accidentado territorio de montañas, selvas, cayos y vegas, bañado por los ríos «Dice Mi Abuela Negra», «Mayombé» y «Podré Trabajar al Sol», hace de esta pequeña república caribeña uno de los lugares más bellos del planeta, soñado por todos los hombres de bien. Entre los accidentes geográficos más hermosos de sus costas merece la pena citar el cabo «Soldado aprende a tirar, tú no me vayas a herir»; el golfo «Sensemayá»; y la majestuosa bahía de aguas blancas «San Berenito». En el interior abundan los yacimientos a cielo abierto de oro, plata y versos libres.
La flora de Nicolás Guillén es de una riqueza y singularidad incomparable. Existen más de diez mil especies vegetales repartidas por esta región, la mayoría endémicas, destacando entre ellas el «Mango de Sol», el «Pino de la Cumbancha», el «Mamey Colorao» y los grandiosos helechos arborescentes conocidos popularmente como «Higuerotes».
La población de Nicolás Guillén está formada por negros yoruba, de piel chocolate y ojos azules; y también por negros habaneros, mandingas, yolofos, indios taínos de piel lisa como la hierba, panches, kimbayas blancos que cantan a la lluvia, calimas, cimarrones de color aceituna, kikongos y otros pueblos maravillosos de gentes perfectas cuyos nombres, simplemente dichos en voz alta, hacen llorar.
La lengua de este pequeño país es el Sóngoro, un idioma bellísimo y musical formado por onomatopeyas, repeticiones silábicas y jitanjáforas. El Sóngoro, que los naturales conocen desde su mismo nacimiento, ha sido muy estudiado por filólogos y especialistas que sin embargo, nunca lo han llegado a descifrar. A los extranjeros nos resulta imposible aprenderlo: «Repica el congo solongo / congo solongo del Songo / baila yambó sobre un pie.»
¿Y yo qué puedo hacer?, de José Campanari (web) y Jesús Cisneros, es un álbum sin edad, claro, comprensible y medido para los pequeños, pero quizá de especial valor para los adultos que han experimentado la soledad, la zona gris de la vida en las ciudades y la desolación ante un mundo que, a juzgar por las noticias, siempre va a peor.
Empieza así:
«En la cuarta planta de un edificio sin ascensor, de un barrio con calles arboladas, de una de esas ciudades atiborradas de gente, vive el señor Equis. Todas las mañanas, mientras toma el desayuno, el señor Equis lee el periódico… sin saltarse un punto ni una coma. Algunas noticias no le mueven un pelo, otras le dibujan una sonrisa y muchas le dan escalofríos desde el dedo gordo del pie hasta la punta de la nariz. Entonces, el cuerpo se le llena de preocupaciones. Después de desayunar, el señor Equis, lleno de preocupaciones, se mete en la ducha. Mientras se enjabona, una pregunta empieza a darle vueltas a la cabeza: ¿Y yo qué puedo hacer? Cuando sale del baño, lleno de preocupaciones y con la pregunta dándole vueltas a la cabeza, se asoma a la ventana para ver cómo está el tiempo. Pero la pregunta le tapa los ojos, se le mete en la nariz, le entra por las orejas… y el señor Equis no puede ver ni oír».
Jesús Cisneros interpreta muy bien la voz baja del cuento, trabaja con una superficie ocre que empieza sin apenas detalles y la va iluminando, coloreando y alegrando conforme la pregunta, que una noche se acomoda en la punta de la lengua del señor Equis, va hallando respuestas pequeñas y concretas de multitud de cosas que uno puede hacer.
En conjunto, se trata de un cuento amable, de estructura metafórica simple y eficaz y carácter optimista sin por ello caer en imposibles o perder realismo: un álbum de los que arrancan una sonrisa incluso en la peor de las mañanas.
José Campanari y Jesús Cisneros, ¿Y yo qué puedo hacer? OQO, Pontevedra, 2008. ISBN: 978-84-9871-048-9.
La guerra de los números, de Juan Darién, es una historia de envidia incontrolada que, en combinación con un personaje perverso, acaba derivando en una guerra en la cual, como es de esperar, todos pierden; y como los protagonistas del álbum son números, esa pérdida, además de tener la intensidad moral propia del caso, salta a la vista con una matemática aplastante.
Esta la situación de arranque emocional:
Un rey venido de un país lejano le dará al Uno los planos para crear el arma Menos, que lo convertirá en el más grande, pues el mundo quedará reducido a unos (señores) y ceros (esclavos). La historia se desarrolla en una ambientación bélica simbólica, muy eficaz.
Para el final de la historia, es importante que el mediador haya comprobado que los niños conocen y comprenden tanto el número cero como el diez y, si no es así, que antes de la narración dedique a ello todo el tiempo necesario.
Juan Darién, La guerra de los números.OQO, Pontevedra, 2009. ISBN 978-84-9871-155-4. Este álbum recibió un premio de ilustración en los CJ Picture Book Awards de 2008.
El sábado 26 de septiembre, a las 18:00 h, Mendalerenda actúa en la librería zaragozana El pequeño teatro de los libros. «Tendremos cuentos y música con Ana Quílez y Beatriz Oseira, responsables de esta iniciativa musical pensada para hacer pasar muy buenos ratos a los niños y ¿por qué no?, a los mayores. Sin reserva de plaza. Entrada, 4€ por persona.»
Supe de El pequeño teatro de los libros gracias a Tökland.
La librería infantil y juvenil El pozo de los tres deseos (Cangas de Morrazo, Pontevedra) organiza en octubre un taller de bebés:
Este octubre retomamos un taller muy esperado: el Taller de Bebés del Pozo. Como muchos ya sabéis, podrán asistir niños desde los 4 meses hasta los 3 años, siempre acompañados de un adulto. A partir de ahora este taller pasa a ser mensual, aunque también existe la posibilidad de asisitir a sesiones sueltas. A continuación os contamos en que consistirán los talleres: (más…)
Filetes de lenguado (1971) es una recopilación de cuentos literario-biográficos de Gerald Durrell, con los rasgos característicos del autor: descripción humorística de su familia y conocidos, momentos intercalados de tensión, amor constante por los animales. Abarca varias épocas de su vida, de Corfú (cuando era niño) a Londres (cuando trabajó en un acuario, con dieciséis o diecisiete años) o la «recogida de animales» (caza de animales vivos para los zoos) en el Camerún colonial; sigue el relato de una estancia demencial en un sanatorio y el recuerdo de Úrsula, una novia de juventud. A mi juicio, los dos primeros relatos son memorables, pero más adelante, el libro pierde fuelle.
Quizá en este libro destaca lo que el propio Durrell denomina «educación liberal y un tanto excéntrica», que permite ver frases y comentarios sin duda inusuales en nuestra literatura infantil y juvenil. Al principio destacan las provocaciones/procacidades de Larry, entre el chiste machista y la obsesión sexual, que despiertan la respuesta automática de la madre: «¡No digas esas cosas delante de Gerry!». Más adelante, el Gerald narrador dirá de un personaje: «Resultaba evidente … que lo que quería era seguir hablando conmigo … Mi educación liberal y un tanto excéntrica me había permitido llegar a reconocer sin ningún género de duda los ardides y las artes de un pederasta. Sabía, por ejemplo, que incluso los caballeros de porte militar con monóculo podían tener tales inclinaciones». La figura del Gerald narrador es como una anguila a la que no se atrapa: el coronel Anstruther resultará ser un viejo cariñoso y excéntrico, amigo solo de los juegos de guerra contra el «huno miserable» (pero no de otros juegos más graves). Sin embargo, dicho queda, y en la sombra del relato se perfilan los casos que conoció hasta llegar a ese juicio previo. En cuentos posteriores, las alusiones sexuales se mantienen, pero el narrador ya es adulto y trata solo con adultos.
Un defecto es, a veces, poco más que la cara negativa de una virtud; cuando simplificamos diciendo que una persona es ciega, la reducimos a una deficiencia concreta y pasamos por alto no ya su condición humana general, sino —puestos a hablar de capacidades y deficiencias— la admirable percepción auditiva que suelen desarrollar, a cuyo lado los demás somos en realidad auténticos pazguatos sonoros.
Esto no es un discurso que se pueda llevar tal cual a un libro infantil (o no, por lo menos, sin el riesgo de volver diabéticos a los lectores). Pero sí se puede hablar de cuestiones como esa por medio de las imágenes literarias y dejar que los niños y los mediadores lleven el libro hasta los terrenos que más les interesen.
Hace falta mucho cuento para entretener una semana entera al voraz ogro Mangetout, pero Crispín lo tiene, y, como un Sherezade en miniatura, irá arrullando al monstruo noche a noche con los cuentos del ogro de Ulfis, el de Frölick, el de Alejandría, el de Núremberg y el de Raga. Son cuentos de herencia popular (no los conozco todos, pero todos tienen aire tradicional); además tenemos las recetas de los postres, breves cancioncillas del ogro (una cuarteta) con su partitura y las ilustraciones del propio Miguel Ángel Pacheco.
Para lectores a partir de 9 años, si no les arredra un vocabulario rico.
Miguel Ángel Pacheco, Una semana con el ogro de Cornualles. Ilustraciones del autor. Anaya (col. El duende verde), 1993, 94 pp., ISBN 84-207-5665-2.
Campos verdes, campos grises (Die grauen und die grünen Felder, 1970), de Ursula Wölfel, es un conjunto de relatos de una clase que tal vez ha desaparecido del panorama infantil y juvenil: son cuentos sobre la pobreza (e incluso la miseria) con un aire general netamente triste, que sabe amargo incluso en el mejor de los casos. Se desarrollan en varias partes del mundo, con mayoría de ambientación en la Alemania de posguerra, y los protagonizan sobre todo niños.
Es la clase de libros que incluso parece molestar a quienes los editan: la cubierta alemana más reciente, que recojo arriba a la derecha, ¿cuánto tiene que ver con la descripción anterior? ¿No imaginamos al verla un libro alegre, casi de comunión intercultural? Lo que el libro cuenta (véase «Solo para blancos», en el que un niño negro sufre un apartheid que apenas comprende y al final le da la risa al ver el «culo de mono» de una niñita blanca, mientras los demás negros temen las consecuencias de esa risa) es mucho más amargo. Y mucho más cierto. Y por lo tanto, mucho más necesario. La segunda cubierta, de una edición anterior de Ravensburger, es simbólica y quizá tibia, pero más fiel al contenido.
El libro se tradujo al castellano en la editorial Lóguez, una de las pocas que deja sitio claro en su catálogo a la tristeza y la pobreza y, digamos, a las dificultades reales. En cierta línea de libros infantiles la pobreza es algo que se sobrelleva casi con felicidad y la tristeza, un sentimiento que se pasa y listos. A mi entender, es una mala educación social y sentimental: la pobreza es cruda y angustiosa (y resulta aún más insoportable cuando contrasta con la riqueza) y existen formas de tristeza mucho más hondas que pasajeras, que además a veces se tuercen y solo buscan ya causar más tristeza en los demás.
Si todo libro infantil comporta, de modo casi inevitable, un proceso de educación de sus lectores, ¿qué les queremos enseñar? ¿Que todo es rosa incluso cuando es negro? ¿O quizá que en el mundo —y dentro de cualquiera de nosotros— hay horrores que debemos conocer para poder evitarlos?
Me pregunto, por ejemplo, si no hay demasiado contraste entre la triste racha reciente de violaciones de menores por parte de jóvenes y niños y la convicción generalizada entre las editoriales juveniles e infantiles de que la violación es un tema de mal gusto. Sin duda, es una realidad vomitiva; pero si la literatura prefiere mirar hacia otro lado, está renunciando a su fuerza de interpretación, reflexión y convicción justo en un caso donde se la necesita, y mucho.
«Con la ayuda de un libro manuscrito que sostiene con una mano, el Contador de Historias va desgranando un episodio de la antigua épica árabe, que relata con gestos enfáticos y precisos, acompañándose de un sable con el que se dirige al público, con signos amenazadores unas veces, o con ruidosos golpes sobre la mesita de bronce, que sirve para galvanizar (y despertar) a la audiencia en los pasajes más dramáticos.
Aun sin entender un ápice de lo que decía, me dejé llevar por la vehemencia estudiada y medida del señor Abo Shadi, siempre repleta de ironía como sus ojos chispeantes delataban, al dirigirse sobre todo a los parroquianos habituales, con los que compartía secretas historias domésticas. Los extranjeros, la mayoría del público, seguíamos hechizados las palabras y los gestos de aquel hombre que encarnaba uno de los oficios más antiguos del mundo, anterior incluso al de los títeres, pues siempre se ha dicho que contar historias es la primera de las manifestaciones consideradas como propiamente humana.»
«La casa más grande del mundo es un álbum de los años sesenta en el que Leo Lionni, con su modo habitual de componer ilustraciones, presenta una nueva fábula. En una familia de caracoles, uno de los pequeños dice a su padre que, cuando sea mayor, quiere tener la casa más grande del mundo. Sabiamente, su padre le hace notar los inconvenientes contándole una historia de otro pequeño caracol que consiguió ese deseo y su casa llegó a ser tan grande como un melón…
El relato da una lección de prudencia en los deseos y muestra bien que “las cosas grandes no siempre son mejores”. En lo que se refiere al álbum como tal un pequeño fallo que no le quita valor pero sorprende en un maestro como Lionni: hacia el final hay dos dobles páginas consecutivas y descompensadas pues, contrariamente al modo de proceder en el resto del álbum, en el primer par va el texto que describe lo que contienen las cuatro páginas.
Leo Lionni. La casa más grande del mundo (The Biggest House in the World, 1968). Sevilla: Kalandraka, 2008; 32 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Xosé Manuel González Barreiro; ISBN: 978-84-96388-92-5».
La reseña anterior no es mía, sino de Luis Daniel González, que ha renovado el aspecto de Bienvenidos a la fiesta:
«La casa mas grande del mundo (¡cuánto me alegro de que las obras de Leo Lionni sigan editándose en este país!) es la historia de un caracol que desea una casa enorme, gigantesca, anhelo que se ve cumplido pero que a la larga le acarreará ciertos problemas. Y ahora la crítica (¡qué odiosos somos!)… Aunque es una historia con mensaje, muy cercana a la idiosincrasia que recoge Lionni en sus demás obras, no es de las mejores, e incluso podría decirse que son las ilustraciones, de corte realista y vivaz (les confieso que me quedé perplejo con la última ilustración donde, de un golpe de vista, están ilustrados los grupos principales de plantas: musgos, helechos, equisetos, gimnospermas y angiospermas, cosa que para cualquier botánico es una delicia), las que soportan enteramente el peso narrativo.»
La imagen de cabecera la he tomado de Sol-e.com (6-8 años), que, como siempre, adopta un punto de vista distinto a los dos precedentes, más expositivo, que pretende animar a leer sin voluntad de crítica literaria y sin que se note tanto el color del cristal con que miramos.
Las dos perspectivas son necesarias y complementarias, desde luego.
La pequeña editorial gallega Embora (su web está en proceso de remodelación) presenta sus nuevos libros de la colección Fardel de Soños, ahora disponibles también en castellano. Copio aquí algo de información sobre sus ilustradores y abajo, un enlace a un pdf sobre los libros con sus cubiertas, descripción y biografía de los autores.
Sopla en este agujerito (Antón Cortizas y Leandro Lamas)
Leandro Lamas Ermida, actor y director de teatro, se dedica desde 1998 a la pintura. Ha realizado numerosas exposiciones en su Galicia natal, y también en España y Portugal. Comenzó su trabajo como ilustrador en el mundo del cartelismo. Sus primeros libros han sido Sopla en este agujerito y Eu tamén son fonte (Galaxia).
Vestida de arco iris
(Antón Cortizas y Špela Trobec)
Špela Trobec (Eslovenia, 1974) estudió Comunicación Visual en la Universidad de Liublana. Ha trabajado en su país para la editorial Beletrina, responsabilizándose del diseño de más de 200 portadas. Igualmente se ocupó durante años de la escenografía y la realización de títeres para los teatros Labirint, Liublana y Maribor.
Las pitas bajo la lluvia
(Ricardo Carvalho Calero y Alberto Toval)
Alberto Toval (Ferrol, 1968) estudió Bellas Artes en Salamanca y es profesor de dibujo en un instituto de Secundaria. Ha realizado numerosos trabajos de diseño gráfico e ilustración para Edicións Embora desde 1993.
En situaciones de oscuridad —cuando se combina la represión moral con la hipocresía, como en la época victoriana o la franquista—, el ingenio suele salir adelante y subvertir el orden gracias a la ironía, de fondo más o menos amargo. Es el caso de El crimen de lord Arthur Savile, conocido cuento de Oscar Wilde donde el protagonista se ve «moralmente obligado» a cometer un crimen que le han anunciado como parte de su destino (en un contexto casi grotesco, pero sobre el que no se formulan dudas).
Después del crimen, podría llevar a Sybil en brazos con la certeza de que ella no se ruborizaría nunca por su culpa, no bajaría nunca la cabeza de vergüenza. Pero primero debía cometer el crimen y, cuanto antes, mejor.
Muchos hombres, en su misma situación, habrían preferido el camino de rosas y flores de la frivolidad a las escarpadas alturas del deber; pero la conciencia de lord Arthur era demasiado fuerte como para anteponer el placer a los principios.
No es un cuento que entre fácilmente al lector joven, creo yo, porque la burla envejece con cierta rapidez y muchos de los blancos contra los que apuntaba Wilde han caído hace mucho (especialmente, la sociedad aristocrática) y abundan las referencias antiguas (que solo como mal menor resuelve una edición anotada, dado que humor y notas al pie son apenas compatibles). Pero vale la pena, porque cuando la bola de nieve cobra fuerza, es difícil sustraerse tanto a la risa como a una reflexión acompañada de escalofríos en el espinazo.
En Gutenberg.org se puede leer en inglés. Imagen de Aubrey Beardsley para Salomé.
El próximo sábado 25 de abril, a las 12:30, la narradora Margarita del Mazo contará Mosquito y otros cuentos en la librería Muga (Vallecas), «para niñas y niños mayores de 3 años».
De Mosquito os hablaré dentro de unos días: es un álbum estupendo —en la tradición de Los cuentos de así fue, de Kipling—, más estupendizado aún por las ilustraciones tan expresivas de Roger Olmos.
El reloj mecánico, de Philip Pullman, es un cuento fantástico y moral de tradición romántica, convenientemente situado en Alemania. Pullman sabe combinar cierta complejidad de la trama con una redacción simple y accesible; quizá no sea lo más habitual en la literatura infantil y juvenil, o no con esta pericia. La gracia esencial de este cuento estriba en la combinación de niveles: lo real, lo literario, lo demoníaco, lo moral y lo mágico. En la taberna, el cuento imaginado se hace real y entran en escena los personajes supuestamente ficticios; eso obligará a elegir y marcará destinos distintos para cada cual; el final es de recompensa y esperanzador o de castigo y aun muerte.
No tiene la fuerza inquietante pura de La asombrosa historia de Peter Schlemil o de El diablo de la botella, sin duda(y menos aún, de Fausto), pero puede servirles de introducción, como cuento mucho más desnudo. Son un centenar de páginas de letra grande y economía de medios.
Philip Pullman, El reloj mecánico, trad. de Carmen Netzel, Byblos (Ediciones B), Barcelona, 2007, ISBN 978-84-666-3266-9.
Extracto una nota de Palabras del Candil. No dejéis de asistir, si tenéis ocasión:
El próximo sábado 28 de febrero, a las 12.30, en la librería La Casa de los Cuentos (Barcelona), y el mismo sábado, pero a las 19.00, en la librería Rovafabes (Mataró), se presentará la editorial PALABRAS DEL CANDIL, especializada en la edición de libros y cuentos de narradores orales profesionales. Al acto asistirán los cuentistas Rubén Martínez y Pep Bruno, y dos de las ilustradoras de portadas de libros: Raquel Marín (premio Injuve 2008) y Noemí Bofarull. Pep Bruno presentará la editorial, algunos de sus libros y autores; y Rubén Martínez presentará su libro y contará algunos cuentos del mismo.
Esta actividad está especialmente recomendada para los amantes de los cuentos, narradores profesionales o gente curiosa, interesada y amiga de las tierras de ficción. Os esperamos.
La librería La Casa de los Cuentos está en Ramón y Cajal, 35, Gràcia, a veinte metros de la Plaça de la Revolució. Más información en el 932.105.429.
La librería Robafaves está en carrer Nou, 9 en el centro de Mataró. Más información en el 937.905.582.
Una de las grandes bases de la literatura es, a mi entender, la metáfora. No la metáfora porque sí, sino la buena metáfora, la que nos descubre sentidos, nos abre puertas, nos permite ver o imaginar el mundo de otro modo.
Una jirafa de otoño, de Andrés Guerrero (como autor e ilustrador), es un libro de temática nada original: se ocupa del que es diferente a todos los de su grupo y debe aprender a aceptarse tal y como es. El tono es sentimental y el ritmo narrativo es relativamente lento, con una gran crisis, una huida, el encuentro con otros diferentes, la aceptación y el regreso. La gran virtud del libro, creo yo, es que arranca en una metáfora de las que llegan para quedarse: las manchas de una de las jirafas son de pronto hojas que caen con el otoño. Me parece un acierto visual digno de un álbum sin palabras.
Soy el mostooo…, de Patxi Zubizarreta (Barco de vapor, serie blanca, 1997, traducción de Mustloa naaaiz…), con ilustraciones de Mikel Valverde, es el relato desenfadado de una noche entre divertida y desastrosa, una noche en la que lo bueno lo ponen los personajes al tomarse con humor los accidentes.
Desde el punto de vista formal, quizá lo más relevante, a mi juicio, sea que el libro no opta por la línea narrativa convencional, sino por una acción doble, presentada en páginas alternas, que converge en la línea central cuando los personajes se encuentran y diverge de nuevo al final. Con los primeros lectores no suele ser útil experimentar porque sí, pero eso no obsta para que haya que intentar sacar el máximo partido de ellos o, dicho de otro modo, iniciarlos en la educación literaria pidiéndoles siempre un pequeño esfuerzo (pero esfuerzo y placer son aspectos muy relacionados de cualquier actividad intelectual, no solo de la lectura). Este librito lo hace porque no aclara nada, antes al contrario, empieza con un pequeño enigma: una página en negro en la que solo se lee MMMMMM y ZZZZZ. La capacidad de abstracción, adivinación y juego de los pequeños da para eso y probablemente para mucho más.
En esta imagen, Valverde representa muy bien la convergencia de las acciones: pared de por medio y todos hacia el centro. En la página posterior, la pared desaparece y tenemos el accidente, más o menos previsible; a estas alturas, la cabeza del niño ha ido analizando posibles resultados del cruce, es decir, construyendo expectativas. (Dentro de las diversas teorías de la literatura, la Teoría de la recepción, con Jauss y Eco como representantes principales, tiene análisis teóricos bastante útiles sobre el proceso de la lectura.)
El viaje de las mariposas, de Paula Carbonell y Chené (OQO), es una historia de colaboración y agradecimiento, muy bien contada (a mi juicio). Como muchos cuentos populares, incluye una estructura acumulativa de encuentro con varios personajes a los que se trata bien y que luego devuelven la ayuda cuando más se los necesita. Es una fórmula eficaz y, en el caso de los primeros lectores, diría que la eficacia importa mucho más que las (supuestas) bondades de la originalidad. El libro tiene méritos adicionales: el final da un giro hacia el amor (que explica el título y está contado con una sencillez deliciosa) y las ilustraciones de Chené son simpáticas y muy expresivas. (Entre otros detalles, a los alumnos de mi taller de cuentos les ha hecho mucha gracia ver, por ejemplo, cómo el dibujo transmitía las palabras «apenas cinco metros, [pero] ¡muchos para un gusano!», en el penoso camino del naranjo al limonero.)
Miquel Obiols ha sido un gran renovador de la literatura infantil, sobre todo en lo que respecta a los placeres de la experimentación, la sorpresa y la quiebra de expectativas. En un solo volumen de cuentos puede saltar las barreras de la realidad y la ficción (con una batalla entre los indios y el Séptimo de caballería que no se libra en la pantalla, sino entre una pantalla y un comedor, con un conciliábulo en la bañera, en el que es la madre de la casa la que toma la iniciativa), jugar con la ortografía y la tipografía, realizar homenajes (uno misterioso a los Beatles y otro poético a Joan Miró) o narrar una historia mágica explicada solo a medias. Tal es el caso de Una de indios y otras historias (SM, col. Catamarán, trad. Angelina Gatell). Si lo unimos a las ilustraciones próximas al cubismo de Miguel Calatayud, el panorama es de lo más refrescante y cumple la función primordial de la literatura, que a mi juicio no es distraer o entretener, sino ampliar nuestro campo de percepción y pensamiento.
Le quita un pelo de brillo al conjunto el hecho de que los juegos tipográficos y técnicos envejecen con la misma velocidad con la que la tecnología se desarrolla y se va enterrando a sí misma; pero eso afecta más a otros libros suyos (como las 77 Histèries), que a este volumen, que solo incluye un cuento de esa clase.
Os dejo con una imagen, que en el caso de Obiols suele hablar mucho más que una presentación. Como es lógico (lógico en su literatura), la figura pequeña y de voz debilísima es la del padre (en «El agua está enferma»). Sacar las cosas de su contexto puede generar errores de interpretación que prefiero aclarar: no tiene nada que ver con entronizar el criterio del niño como «rey de la casa» sino con cruzar el espejo y ver qué ocurre, igual que se comprueba qué ocurre si, por una vez, el Séptimo sufre una derrota clamorosa (o más en general, si las obras de ficción no se desarrollan ni terminan como todos esperamos que suceda).
El globo es una historia reducida al mínimo, pero a un mínimo muy jugoso. En general, siento devoción por los libros de Isol, tanto por los que solo ilustra como por los que escribe e ilustra, como en este caso (o Secreto de familia, o Cosas que pasan, o Intercambio cultural, entre otros). Pero quizá este de El globo resume especialmente bien su capacidad narrativa, tanto visual como lingüística y, en general, de concepción de los cuentos (que no solo no evitan tratar temas complicados, sino que logran hacerlo con frescura y humor).
Estas son las dos primeras páginas de El globo; luego la historia vuelve un poco atrás y se desarrolla con rapidez hacia su desenlace. Y… y nada, lo siento: no quiero contaros más.
Un día, a Camila se le cumplió un deseo.
Su mamá se convirtió en un globo y no gritaba más.
Uno de los mejores aspectos de la blogosfera es que todos podemos compartir nuestra experiencia, de modo que sea útil a quien comparte nuestros mismos intereses. Como ejemplo claro podría poner Cuentos con encanto, que se ha convertido en un espléndido y generoso recopilatorio de toda clase de cuestiones sobre títeres y narración.
En ese mismo sentido, Miguel Tanco ha reunido una serie de consejos sobre lo que a su juicio debe hacerse y evitarse a la hora de que un ilustrador presente una carpeta de trabajos a un editor. Podéis leerlos en esta nota de su blog. Os dejo con la cubierta de su adaptación de Los tres osos, narrado por Xosé Ballesteros, en Kalandraka (pulsad para ampliarla).
Coincide que, hace poco, OQO ha publicado también una adaptación de Los tres osos. En este caso, narrada por Marisa Núñez e ilustrada por Minako Chiba. Como uno de los puntos que señala Miguel es el de la importancia de la crítica, y esta nace en primer lugar de la comparación, dejo también la imagen que se utilizó para la cubierta de Chiba. (Lógicamente, yo no voy a comparar aquí ni me parece posible sacar conclusiones a partir de dos portadas.)
Mi aportación crítica personal, para Miguel o cualquier ilustrador y cualquier bloguero en general: para convertirse en una referencia (algo que no creo que tenga que ser un objetivo en sí, pero que no tiene nada de malo, aporta mucho y ayuda a crecer), yo entiendo que es importante cuidar cómo se escribe. Dos razones de entre muchas posibles: por la imagen de cuidado que transmite y porque el esfuerzo ayuda a aclarar las propias ideas.
Los libros de Media Vaca son siempre una buena noticia: una de las buenas noticias que deberían abrir los noticieros, en vez de las desgracias, las luchas por el poder o el ligero catarro de una desmotivada estrella del deporte. No he visto aún el Robinson Crusoeque ha interpretado Ajubel, pero Gustavo Puerta lo ensalza, con su pasión acostumbrada, en esta nota.
En palabras, ahora, de Leonardo Padura, responsable del Comentario interior del volumen: «Este libro, que pasa por ser uno de los clásicos indiscutibles de la literatura infantil y juvenil, es también una de las obras peor conocidas de todos los tiempos. Poca gente ha leído en realidad el texto original, y sin embargo todo el mundo conoce alguna de las múltiples versiones recortadas y adaptadas del clásico. De todas las ediciones mutiladas, ésta de Media Vaca es seguramente la que ha ido más lejos, puesto que se trata de un libro sin palabras. Es también la primera obra totalmente EN COLORES de la editorial, cuyos libros, además de por su cuidado, se han caracterizado siempre por el uso de las dos tintas.»
En el mismo suplemento de El Cultural, Puerta hablaba también del Rey Lear, de Kalandraka, y El viaje de Kuno, de Libros del Zorro Rojo. En total, tres editoriales imprescindibles que es muy difícil, si no imposible, ver en los hipermercados: así que, señores, pónganse las pilas.
Lisbeth Zwerger, la ilustradora austriaca que fue premio Andersen en 1990, «nació en 1954 en Viena, ciudad en la que estudió Bellas Artes. Cuando le dieron a conocer las ilustraciones de Arthur Rackham, empezó a interesarse por los ilustradores ingleses clásicos y obtuvo en ellos inspiración y orientación para su trabajo: ilustraciones en tinta y acuarela, refinadas, elegantes y con sentido poético, que modernizan sin traicionar el sentido de los relatos de siempre». Son palabras de Bienvenidos a la fiesta, que me parece resumen muy bien el estilo de la autora.*
En algún caso concreto, como el de El pequeño ruiseñor, de Hans Christian Andersen, de donde proceden las ilustraciones de arriba,** me ha parecido que además juega bien con la ironía, creando distancia con personajes que, en más de una ocasión, pecan de burocracia, respeto excesivo al poder o desconocimiento de la naturaleza. En la primera imagen, la niña y los cortesanos buscan al ruiseñor. En la segunda, el relojero intenta averiguar cuál es el problema del pájaro mecánico.
(Por otro lado, me parece de recibo advertir que el formato jpg no suele hacer justicia a la acuarela: las reproducciones de arriba son demasiado pálidas.)
* Luis Daniel González, Bienvenidos a la fiesta, CIE Dossat, 2.ª edición, 2006, p. 861.
** Die Nachtigall, Neugebauer Press, Salzburgo, ed. española en Gaviota, León, 1997.
Hay una parte del Taller de Cuentos que me gusta casi más que contar: ver leer. Dedicamos varios minutos, antes de empezar y al acabar, a que los niños cojan los libros, los ojeen y hojeen, se hagan sus conjeturas (los que aún no descifran la palabra escrita), descifren, recuerden lo que hemos explicado, observen detalles que les han picado la curiosidad, repitan, inventen… Tengo la convicción de que esos ratos son inseparables de los de teatro, acción y palabra oral; porque permiten que, de verdad, la lectura se vaya asentando como algo propio, ni impuesto ni, en general, traído desde fuera.
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Las fotos las tomamos en el CP León Felipe, de Socovos (Albacete).
La mora, de Anxos Garabana y Óscar Villán (ed. Kalandraka), es un álbum de estilo acumulativo que recoge un poema tradicional con una filosofía de la vida peculiar (algo pesimista, según se mire, o más bien realista, mirando quizá la vida cotidiana a la luz de la historia). «Estaba la mora en su moral, triste y sola. / ¿Se cree la mora que nadie le puede hacer mal? / Pues viene la mosca y la ha de tragar. / La mosca a la mora, que estaba en su moral, triste y sola. / ¿Se cree la mosca que nadie le puede hacer mal?…» Y con esta estructura tan simple, pasamos por la mosca, la araña, la rata, el gato, el perro, el palo, el fuego, el agua, la vaca, y el hombre. «¿Se cree el hombre que nadie le puede hacer mal? / Pues viene la muerte y lo ha de llevar. / La muerte al hombre, el hombre a la vaca…».
Hay muchas maneras de afrontar el tema de la muerte, incluida la de no afrontarlo. La religiosa, por descontado. La de la trascendencia humana, por decirlo de algún modo: la huella que dejamos en los que nos rodean y que pervive a partir de ahí, transformada como una semilla. También la desnuda, como en el caso de este álbum. Con respeto para otras posiciones personales, a mí esta me gusta esta perspectiva, me parece útil en una sociedad que a veces, cuando se encierra en coches de vidrios negros o se desboca en la carrera de la técnica, parece olvidada de la verdadera dimensión del ser humano: incalculable para unas cosas, pero ínfima en otras. Porque esta historia no es en realidad la de la muerte (y por eso no me parece pesimista), sino la del ciclo de la vida: cuando se descomponen los huesos, brota en ese mismo campo, de nuevo, una zarza, que dará su flor y dará su mora. Quizá la futura historia de este nuevo moral sea otra, alegre, vibrante… Quizá es a cada uno de nosotros a quien nos corresponde escribir la nuestra.
En la imagen, tomada de las páginas de Óscar Villán y reducida de tamaño, una témpera del libro: «Pues viene la araña y la ha de tragar. / La araña a la mosca, la mosca a la mora, que estaba en su moral, triste y sola. / ¿Pensaba la araña que nadie le puede hacer mal?». Probablemente, Óscar, por su trayectoria y su peculiar estética, era el mejor ilustrador posible para este libro.
. Nadando, se alejó y se adentró en las profundidades de aquel húmedo mundo.
Estaba asustado, solo y muy triste
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Una anguila de cola tan larga que era casi imposible de recordar
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Swimmy (Nadarín, en castellano, eds. Lumen y Kalandraka) me parece uno de los álbumes más redondos del maestro Leo Lionni.
Se trata de una historia simple, pero eficaz, y muy bien contada, tanto en palabras como en imágenes. Un pececillo especialmente veloz y hábil es el único de todo un banco que logra escapar de las fauces de un atún. Emprende el camino en solitario, va descubriendo las maravillas del mundo y, al cabo de un tiempo, encuentra un grupo de pececillos similar al que había perdido. Tendrán que dar con una idea que les permita escapar de una vez por todas de los peces mayores y disfrutar sin miedo de todo lo bueno que les ofrece el mar.
«Distintas voces, distintas miradas, distintas formas de entender la vida y de contarla. El grupo Bolboreta tiene el placer de invitaros a la sesión de cuentos: ¿MAL O BIEN DE AMORES? Del amor, sus infidelidades, argucias y otros menesteres. Amores haberlos, haylos: filiales, paternales, maternales, fraternales, maritales y hasta extraconyugales. Se sufre, se disfruta, se padece, te enterneces, se te pone cara de espanto, de santo, de piedra, de fiera, de idiota y a veces hasta das la nota.
GRUPO BOLBORETA: Carmen Bárcena, Paula Carbonell, Carolina Lesa Brown, Cristina Letón, Malu Mangas, Mamen Sánchez.
El día 24 de febrero a las 21h en el Café Libertad8, en la calle Libertad, 8, Madrid. (Parada de metro más cercana, Chueca). Contacto: bolboreta8(at)gmail.com, 653864001.»
Paula Carbonell (en la foto) me envía esta nota y la reproduzco, un poco contra mi costumbre, por hacerme eco de vez en cuando de sesiones de narración para adultos. La oralidad no se restringe a los pequeños y, por otro lado, a la hora de hacer lectores (y favorecer el interés paralelo por la narración y la palabra oral, que no es lo mismo), es mejor apuntar al colectivo de la familia que solo a los niños. Porque aunque leer no es genético, es más fácil heredar el placer —la lectura, pero también la cocina, la charla amistosa: cualquiera— donde este se vive día a día que donde de hecho se lo mira como algo prescindible. Un buen espacio para estar al día de actividades de narración en toda España es Los cuentos de La Luna, de Zarándula. En Valencia, el café del Duende.
Echadle un vistazo también a la nota de Paula sobre Tres propuestas para niños, 1930-1935, de Ángel Ferrant, Melendreras y Tono. No he visto (aún) el libro, que tiene muy buen aspecto.
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Un comentario de Luz me lleva a este otro grupo Volvoreta, formado por Raquel Melero, Sofía Alaínez, Esther Muñoz, Esther Melero y Jose María Sendarrubia, Sigfredo Barba, Miguel Moltó y Bladfor.
Día tras día escondido na tobeira,
día tras día fuxindo dos gatos da casa,
día tras día corre que te corre por unha migalla de pan seco… Aquilo no era vida!
E meu dito, meu feito:
un bico para todos,
un queixo na mochiliña,
e alá se foi.
Anda que te anda,
cruzou un ollal,
saltou un botón
e botouse a navegar
polo Mar dos Manteis.
Ao chegar á outra beira,
atopou a Can:
—Rato, onde vas,
tan lonxe da rateira?
—Vou correr aventuras
e, se vés, somos dous.
E meu dito, meu feito:
un bico para todos,
un óso na mochila,
e alá se foron
don Rato e don Can.
Anda que te anda,
cruzaron un campo,
saltaron un valo
e botáronse a navegar
polo Mar dos Trigais.
Na outra beira,
atoparon a Elefante…
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Es una sensación muy curiosa, leerte en una lengua que comprendes, pero no hablas. La traducción es de Sara Monda.
… Anda que te anda,
cruzó un ojal,
saltó un botón
y se echó a navegar
por el Mar de los Manteles.
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Esta es una buena noticia personal: ya está disponible Ojobrusco, un álbum ilustrado por Maurizio Quarello. Edita OQO, en castellano y en gallego (Ollobrusco, trad. Sara Monda).
Yo reconozco que me gusta mucho el trabajo de Quarello. (Supongo que no soy imparcial, pero sí soy sincero.) Por añadir otra muestra: en uno de los varios juegos de imágenes del libro, Maurizio ha creado un Mar de los Manteles (arriba) que juega a recordar «La gran ola» de Hokusai (abajo). Pero hay otros. El cíclope me tiene enamorado… creo que le dejaría comerme una y otra vez.
Espero que os guste. Es un cuentecillo, no va a alterar la historia de la literatura. Pero me gusta la factura visual, lo cuento con ganas, los críos suelen disfrutar de la aventura… y mira, que me hace ilusión.
Que yo sepa, Ojobrusco y Ollobrusco pueden leerse gratuitamente en estas bibliotecas públicas de España y algún otro país. Por mi parte, ¡muchas gracias!
Nota: existe una lista paralela para La vieja Iguazú. Últimas actualizaciones: 2009: Alovera, Barcelona, Burgos, Barañáin, Erandio, Eskoriatza, Gijón (BP Jovellanos), Granada (Zaidín), Málaga (José Moreno), Orihuela (BPE), Oviedo, Sevilla, Usurbil, Tetuán, Zamora, Zaragoza.
Pere Calders (Barcelona, 1912-1992, aunque vivió muchos años exiliado en México) es un maestro del relato breve, que maneja a la perfección la ironía. En sus cuentos investiga las fronteras entre lo real y lo que suponemos real, la verdad oculta, la verdad transparente que quizá no es tal, la magia cotidiana. Además, es un escritor de estilo cuidadoso y preciso, que matiza muy bien para crear juegos de distanciamiento. Pese a su valía, por la razón que sea, en castellano apenas ha encontrado el eco que por su calidad merece. Como lector, os invito a aprovechar que Anagrama ha reeditado en su colección de bolsillo Ruleta rusa y otros cuentos.
Yo entiendo que la literatura juvenil debe dar cabida a los buenos autores que escriben con los jóvenes en mente, pero no menos, en ningún caso, a los buenos autores en general que escriben con pericia formal, buen estilo y capacidad de sorpresa. El paso de la adolescencia a la edad adulta debe hacer sin más andaderas que las necesarias, aunque para evitar naufragios convenga ajustar la dificultad de los textos. Calders es una buena opción, con la ventaja que le da el hecho de dominar, sobre todo, una forma breve como la del cuento. Por eso es un clásico de las aulas catalanas, pero no debería quedar confinado a ellas.
Como ya he escrito sobre Calders en otros sitios, creo que no vale la pena repetir aquí la introducción y la selección de cuentos hiperbreves que hay en el sitio web de nuestro club de lectura local. Dejo aquí, en cambio, unos pasajes de un cuento que tal vez habría gustado a Gila: “Hecho de armas” (en traducción de Joaquín Jordá).
… Me senté al margen de un camino … y hete aquí que, de repente, un paracaidista vestido de una manera extraña tomó tierra a mi lado. Debajo de la capa que llevaba, se veía una ametralladora y una bicicleta plegable, bien disimuladas, claro.
Se me acercó y con un acento extranjero muy pronunciado me preguntó:
—¿Podría decirme si voy bien para ir al Ayuntamiento de este pueblecito?
(Ahí cerca, la semana anterior, había un pueblo.)
—No sea asno —le dije—. Se nota en seguida que es un enemigo, y si va allí le cogerán.
Eso le desconcertó y, después de hacer un ruido con los dedos que denotaba su rabia, replicó:
—Ya me parecía que no lo habían previsto todo. ¿Qué me falta? ¿Cuál es el detalle que me delata?
—El uniforme que lleva ha caducado. Hace más de dos años que nuestro general lo suprimió, dando a entender que los tiempos habían cambiado. Ustedes están mal informados.
—Lo hemos sacado de un diccionario —me dijo con tristeza.
…
Pensando, encontré una solución:
—¡Ya está! Nos lo podríamos jugar al tres en raya. Si gana usted puede utilizar mi uniforme correcto y hacerme prisionero; si gano yo, el prisionero será usted y el material de guerra que lleva pasará a nuestras manos. ¿De acuerdo?
Se avino, jugamos y gané yo. Aquella misma tarde, entraba en el campamento, llevando mi botín, y cuando el general, lleno de satisfacción por mi trabajo, me preguntó qué recompensa quería, le dije que, si no le importaba, me quedaría con la bicicleta.
Traducciones al castellano, según la base de datos del ISBN español:
Antología de cuentos de Pere Calders, Polígrafa, Barcelona, 1969
Cepillo (para niños), Hymsa, Barcelona, 1981
Aquí descansa Nevares, Grijalbo, Barcelona, 1985
Ronda naval bajo la niebla, Anagrama, Barcelona, 1985
De lo tuyo a lo mío, Laia, Barcelona, 1986
El principio de la sabiduría, Llibres del Mall, Barcelona, 1987
Todo se aprovecha, Ediciones B, Barcelona, 1987
El primer arlequín. Crónicas de la verdad oculta. Gente del alto valle, Alianza, Madrid, 1988
Los niños voladores, Argos Vergara, 1984; Toray, 1991
Ruleta rusa y otros cuentos, Anagrama, Barcelona, 1984, 2007
Dejando a un lado la traducción, este año es de más actividad que los anteriores, pero a la vez trabajo más cerca. Sigue en marcha el Taller de cuentos en Moratalla (aquí podéis ver algunos de nuestros «animalicos»); ahora comienza el de Socovos; y en la semana del libro estaré narrando y mostrando Ojobrusco y otros cuentos para los colegios de Moratalla, en el salón de actos de la Biblioteca (días 22, 23 y 25 de abril, de 10 a 13 horas; estáis invitados). Quizá haya próximamente alguna actividad de poesía, ya os informaré por este medio. A los que estéis suscritos al boletín os digo que en breve enviaré el último número; desde la creación del blog, con la posibilidad de suscribirse a las fuentes rss, parece que el boletín apenas tiene sentido.
Antonio Rubio, del que ya hemos recogido un poema, que luego se convirtió en un juego, ha trabajado también en la adaptación de cuentos populares.
El pollito de la avellaneda, editado por Kalandraka, es un cuento acumulativo —fácil de contar incluso para los que se atrevan poco— en el que un personaje tiene que conseguir toda una serie de objetos para resolver un problema urgente («¡Ande, no se haga de rogar / que se me puede ahogar!»). Las ilustraciones de Gabriel Pacheco son claras, expresivas y con rasgos de humor e irrealismo. La combinación es, a mi modo de ver, excelente, y funciona bien con niños de tres años en adelante (o incluso algo menos, si se cuenta individualmente).
Actualización: Anoto aquí un premio reciente para este libro y de paso pruebo el nuevo formato de galería de imágenes (y añado una).