Inmigración, (des)integración y cambio: Mi hermosa lavandería, de Hanif Kureishi

El aumento de la xenofobia, nacida de la incomprensión mutua pero potenciada por intereses políticos claros, unido (al menos, en mi ciudad) al incremento de la población pakistaní y su dedicación a trabajos similares a los que esta ocupa desde hace tiempo en el mundo anglosajón, me hace rescatar Mi hermosa lavandería, de Hanif Kureishi, de la que leo el guión (My beautiful laundrette, Faber & Faber, 1986). No es un texto juvenil, en el sentido habitual del término (edad preuniversitaria, violencia contenida y sexo ausente o explicado), pero tiene una gran fuerza a la hora de explicar las relaciones de amor-odio de los «nuevos» loquesea (catalanes, españoles, ingleses).

También es muy sugerente el prólogo, «The Rainbow Sign», estructurado en tres bloques, Inglaterra, Pakistán e Inglaterra. Un comentario como «strangely, anti-British remarks made me feel patriotic, though I only felt patriotic when I was away from England», recoge, probablemente, un sentimiento típico en los entornos culturales asfixiantes (donde o comulgas o eres considerado un extraño, aun siendo «nacional»); igualmente, cuando un conocido le augura que «you will always be a Paki» (en ese terreno de nadie en el que, sin poder ser ya «Pakistani», tampoco lo aceptarán nunca como «English»), también da en la diana de lo que supone nuestra inclusión, a lo sumo parcial, del otro.

Citando más en extenso, y como afirmación directamente política, en tanto petición de cambio de la sociedad (fácilmente extrapolable a España y los «sudacas», a Cataluña y «els nous catalans», etc.; negritas mías):

I stress that it is the British who have to make these adjustments.

It is the British, the white British, who have to learn that being British isn’t what it was. Now it is a more complex thing, involving new elements. So there must be a fresh way of seeing Britain and the choices it faces: and a new way of being British after all this time. Much thought, discussion and self-examination must go into seeing the necessity for this, what this ‘new way of being British’ involves and how difficult it might be to attain.

The failure to grasp this opportunity for a revitalized and broader self-definition in the face of a real failure to be human, will be more insularity, schism, bitternes and catastrophe.

The two countries, Britain and Pakistan, have been part of each other for years, usually to the advantage of Britain. They cannot now be wrenched apart, even if that were desirable. Their futures will be intermixed. What that intermix means, its moral quality, whether it is violently resisted by ignorant whites and characterized by inequality and injustice, or understood, accepted and humanized, is for all of us to decide.

This decision is not one about a small group of irrelevant people who can be contemptuously described as ‘minorities’. It is about the direction of British society. About its values and how humane it can be when experiencing real difficulty and possible breakdown. It is about the respect it accords individuals, the power it gives to groups, and what it really means when it describes itself as ‘democratic’. The future is in our hands.

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