
Zapatos de fuego y sandalias de viento (Feuerschuh und Windsandale, 1962) es una «narración sencilla y cordial acerca de los problemas de integración del niño en la sociedad y la importancia de que los padres sepan escuchar y dedicar tiempo a su hijo hasta conseguir que madure» (Bienvenidos a la fiesta; la nota de Wölfel aún no está disponible en la red). Es una historia hermosa, con aire netamente de otros tiempos, que da que pensar a los lectores adultos: quizá estamos demasiado enredados en cuestiones no esenciales que nos impiden prestar la atención que de verdad merecen los que están creciendo.
Pero es más que eso, porque como todo buen relato, no se puede reducir a los temas de los que se ocupa. Es un libro cervantino, hecho sobre todo de conversaciones y de suelas gastadas (y quizá también lo sea por la doble figura inseparable del alto y huesudo y el bajo y gordo). Es además una historia de amor por la palabra y fe en la palabra, en el valor sanador de los relatos: el último capítulo es «El regreso y el final de la historia sin fin», que era una historia abierta expuesta por el padre, en la que se narraba en clave la vida del hijo y que este asume por fin, continúa y finaliza (para bien).
Me llama la atención que, por la razón que sea, escasean las ilustraciones de cubierta que se atreven a dibujar a Tim como «el más gordo de su clase», alguien que despierta la burla allí por donde pasa. La estética imperante, al parecer, puede contradecir hasta ese punto al propio texto, que afronta el tema con más coraje que los editores. (En la cubierta española, el contraste es más claro que en numerosas ediciones alemanas.) Las ilustraciones interiores son de Heiner Rothfuchs: líneas gruesas, en negro, a veces con el simple uso de la silueta, con un estilo quizá característico de su época, adecuado a la sencillez general del texto.




6 respuestas hasta el momento ↓
Elisa // 16 12 2008 a 12:41 am |
Este es uno de los primeros libros que leí en mi vida. ¡Qué de tiempo! El padre zapatero, que hizo las sandalias para él y las botas para el niño y la comida que preparó la madre y que llevaban en sus mochilas es de lo único que me acuerdo. Seguramente estará todavía en la estantería del cuarto de juegos en casa de mi madre, el domingo, cuando vaya, lo releo. Seguro que me lo paso bomba. Gracias.
Ana Lorenzo // 16 12 2008 a 9:56 am |
¡Qué ilusión reencontrar aquí este libro, Darabuc! Es de los que tenía de pequeña y luego he pasado a mis hijas. Tienes razón: veo las otras ilustraciones que pones y echo de menos lo gordo que tiene que estar Tim; en la cubierta de Noguer sí aparece gordito, pero dentro solo en algunas, fijándose bien, se le pueden ver unos kilitos de más, aunque son preciosas así, en blanco y negro

Cuando yo lo leí me entraron unas ganas tremendas de ser vagabunda, y pensaba que no había mejor suerte en el mundo que tener un padre zapatero con el que poder ir por ahí, tan importante que, a cambio de los arreglos de los zapatos, te daban comida y cobijo.
No sé si los niños de hoy lo leerán así. Mi hija mayor me acusa, cuando le reprocho que quiera irse a vivir lejos y a la aventura, de que la culpa es mía por haberle aficionado a leer
Un beso.
darabuc // 16 12 2008 a 10:53 am |
Hola, Elisa.
Pues no está nada mal el resumen, en el sentido de que hay mucho del espíritu del libro, que es un libro sobre lo que hacemos y damos a los otros (el padre hace los zapatos, la madre hace la comida), y luego, con Dios y a caminar. Que lo redisfrutes.
Ah, me llevaré tu trabajo de recopilación de enlaces sobre Gloria Fuertes. No he podido subirle el homenaje que merecía.
darabuc // 16 12 2008 a 10:59 am |
Hola, Ana.
Enseñar a leer es bueno para los hijos y malo para las madres, eso está claro. Porque luego piensan y desean por sí solos y sueñan con toparse con sus Ojobruscos. Y nosotros, a sufrir desde el banquillo, con la duda de si el monstruo se sabrá el final del cuento y habrá previsto otro más negro. A mí a veces me supera Micaela con sus cuatro años, cuando se planta, la ves pensar y te expone, desnuda, la falta de lógica de un razonamiento. Pero más vale así, claro, lejos de cualquier fotocopia, obediencia o secta, aunque se pierda la seguridad de lo propio y conocido.
Es curioso lo de la envidia que pueden dar algunos libros (o en general, la ficción; a los quince años, yo no soportaba los anuncios de la coca-cola con sus veinte amigos felices). Y por otro lado, supongo que son libros que dan mucho, casi demasiado, que pensar a los adultos: ¿de verdad prefieres la hipoteca al vagar por el mundo? ¿A qué le estás prestando más atención? ¿No te estarás pasando de sentido común y te olvidas de inflar los ollares al viento, como animales que somos? Veo que repito lo dicho en la nota y me pregunto si no fue la sana siembra de aquellos Zapatos de fuego la que hoy me lleva, pasados los años, a no renunciar a vestir unas Sandalias de viento.
Miguel // 22 12 2008 a 12:55 pm |
Como Elisa, este fue uno de mis primeros libros. Recuerdo que fue una lectura muy emocionante.
Aunque creo que lo vendí o intercambié, con 12 o 13, años para conseguir otros….Al ver la portada he experimentado la sensación de toparme con un ser querido al que traicioné.
http://www.miguelnolla.com
http://www.miguelnolla.blogspot.com
darabuc // 22 12 2008 a 2:03 pm |
Pero yo quiero pensar que esas traiciones nos van haciendo crecer (necesitamos la muda de la serpiente y que lo viejo vaya dejando sitio a lo que crece por dentro), aunque luego no es menos verdad que lamentamos algunas.
Un saludo cordial