Me ha gustado mucho The Giver, de Lois Lowry. En inglés resulta una lectura asequible, pero, como novela bien trabada que va más allá de la aventura, importa no perderse de más. Hay traducción castellana de la reconocida María Luisa Balseiro, publicada por Everest primero como El Dador y ahora, al hilo de una película próxima, como El Dador de recuerdos (con web incluida, donde la editorial la vende como novela polémica y censurada; pero eso se funda en agua de borrajas*).
El Dador empieza en un mundo cómodo, agradable, tranquilo, observado y regulado minuciosamente de forma que se garantiza la felicidad de todos. Imperan la cordialidad, la cortesía y el buen humor, y hay sitio, incluso, para la chanza colectiva sobre algunas Normas. No ocurre así con las Normas graves: si se incumplen tres, uno es «liberado». También se «libera», ahora con la alegría de una vida cumplida, a los Viejos. Y, con algo más de pesar, a los niños que resultan «inadecuados» por falta de salud. «Liberar» consiste en enviar «Afuera» (Elsewhere) y es algo que un ciudadano podría incluso pedirse para sí. Pero la comunidad lo toma como un chiste: ¿quién querría abandonar un lugar tan cómodo y feliz?
Sin desvelar más de la trama, la novela se mueve hacia dos puntos de reflexión: ¿con qué hondura vivimos la vida?, y ¿qué realidades oscuras disfrazamos, para nuestra comodidad, con eufemismos que nos adormecen? Pero eso no basta para una buena novela, claro está. Si destaca es porque desarrolla una aventura emocionante, en la que acompañamos —con el corazón cada vez más encogido— al protagonista en su descubrimiento de la cara oculta de su sociedad, en su determinación de actuar y la huida desesperada. E importa señalar también que es una novela muy bien trabada, cuyos elementos están hábilmente seleccionados para que la bola de nieve corra con intensidad creciente y todo cobre un sentido cada vez más claro.
Quizá por el eco obtenido, Lowry continuó el mundo del Dadorde recuerdos en dos novelas ya algo posteriores: Gathering Blue y Messenger. Pero El Dador es una novela autónoma y cerrada y me cuesta creer que esas continuaciones no diluyan su fuerza. Mi reacción de lector, al menos, no ha sido buscar más de lo mismo, sino releer The Giver con la alegría de captar detalles que me habían pasado por alto, fijarme más en su construcción y poder ahondar en la propuesta de reflexión, que abarca temas de importancia y actualidad.
Lois Lowry, The Giver. Bantam Books, 1993. 0-553-57133-8.
El Dador. Traducción de María Luisa Balseiro. Everest, 1995 (84-241-5953-5). Nueva edición en 2009 (978-84-241-3584-3).
* En agua de borrajas, porque siguiendo la pista del ruido, no hay más nueces que las protestas de algunos padres de alumnos estadounidenses porque aparezca un suicidio sin añadir «el suicidio es malo» en la típica negrita de las cajetillas de tabaco («El suicidio es perjudicial para la salud. El suicidio mata»). Esa lista de «censurados» la encabeza Harry Potter con su «apología de la magia negra» y sandeces similares y, en el fondo, obedece a algo que se cuece y sufre en todas partes: el ruido de unos pocos padres que creen que sus hijos son burros con anteojeras y la literatura, pastillas de «educación en valores» donde amablas y amables borreguit@s triscan castamente y comparten la comida en soleados piqueniques (pero saltarán al primer abismo del que alguien les hable). Darle importancia a eso venderá libros, pero ¡qué cutre! Eso sí, es divertido comprobar cómo, en el enorme juego del teléfono que es la red, hay quien afirma sin sonrojo que es una «novela prohibida por muchos años en Estados Unidos». Quevedo lo habría pasado en grande, en nuestros días.
Me ha picado hasta el final La última noche de La Luna, de Jorge Gómez Soto (web | blog) una novela de terror, misterio, amor romántico y crisis familiar, integrada en la colección Laberintro, de SM.
A primera vista, Laberintro recupera el modelo de gran éxito de Vive tu propia aventura, donde el desarrollo y el fin de la historia dependían de las decisiones del lector; pero considerado en detalle, introduce cambios y mejoras de alcance.
Así, es una novela más extensa (esta en concreto, 270 p.), para lectores mayores (+12) y sin ilustraciones. Por otro lado, más que cincuenta o setenta posibles historias, es una única novela cuyo desarrollo completo y final feliz solo se alcanza eligiendo bien o con suerte. El peso de la suerte es menos reducido; no abundan aquellas elecciones vacías de Vive…, donde se decidía al azar entre el camino de la izquierda o el de la derecha, sino que suele importar el haber pensado en qué es lo más idóneo (a veces, lo menos descabellado, como es propio de una novela de terror). El número de decisiones es menor y la lectura incluye siempre remisiones: o bien la historia avanza, o bien da un rodeo o toma un atajo, o bien llega a un final muerto en el que se nos indica por dónde seguir la lectura (qué decisión habría ido mejor y a qué página debemos ir). Eso evita el inconveniente de Vive…, donde uno iba marcando las páginas anteriores para poder retomar la historia y conocer todos los finales sin necesidad de comenzar otra vez desde el principio. Como esta novela en concreto de Gómez Soto es, en el sentido medieval, una comedia (empieza en el infierno y termina en el cielo, digámoslo así), se da la curiosa circunstancia de que todos los finales salvo el último son infelices, porque no solo no se resuelve el misterio, sino que tampoco se solventa la crisis familiar. Como anuncia el nombre de la colección, en realidad se trata de una novela-laberinto y el mecanismo anima a perseguir el centro.
Jorge Gómez Soto, La última noche de La Luna. SM (Laberintro, 2), 2005. Cubierta de Marcelo Pérez. 270 p. ISBN 84-348-4215-7.
El sábado 6 de febrero, en Fnac Plaza de España de Zaragoza, se presenta el libro Máziel Spück y el misterio del cuadro (Ediciones Nalvay, 2009), una novela de misterio protagonizada por animales, para lectores a partir de unos 9 años. El acto contará con la presencia de Juan Bauty (ilustrador) y Pepe Serrano (autor).
Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle, es una novela breve imprescindible para los amantes del género de detectives, pues es aquí donde se presenta la que probablemente es la pareja más conocida —universalmente conocida— de todo el gremio.
No es, sin embargo, la mejor de las aventuras: Conan Doyle no confía aún lo suficiente en la magia de sus personajes y —como le ocurrió a Cervantes en el primer volumen del Quijote— opta por intercalar un relato melodramático que nos hace perder de vista durante muchas páginas a los auténticos objetos de nuestro interés. Por eso, aunque sea la primera y de presentación, no recomendaría leerla como iniciación al mundo holmesiano, sino cuando el lector ya ha consolidado su interés.
Como novela ya antigua, también da para hablar de varios temas: por ejemplo, de la transformación de la función social de la mujer, e incluso de su concepto literario (que incluía languidecer hasta morirse de pena); pero también de las sectas (aquí, con una descripción exagerada e implacable de los mormones) y en general de la tolerancia. Ahora bien, el genuino placer de la novela nos lo aportan las deducciones y la gozosa exhibición de Holmes.
No había leído aún El secuestro de la bibliotecaria, de Margaret Mahy, una simpática historia alegremente inverosímil, de amor, humor y bandidos, ilustrada con la gracia habitual de Quentin Blake mediante viñetas y algunas páginas enteras.
Los bandidos son de esa clase de ladrones que roban por ignorancia y falta de recursos, pero que, delante de un buen libro transmitido con cariño, quedan embobados y se convierten; más aún si es el amor el que los empuja. Diría que en la mente de unos lectores de 6 o 7 años pueden representar esa reconfortante figura que se equivoca (incluso mucho, o al menos lo siente como tal), pero no es mala por definición; el libro expresa también la confianza de que todos valen y valemos para algo bueno, solo hace falta que encontremos el sitio.
El título original —The Librarian and the Robbers— me parece más acertado que el de la versión española, que se centra solo en el primer episodio de la trama.
Margaret Mahy, El secuestro de la bibliotecaria. Ilustrado por Quentin Blake. 48 pp. Alfaguara (Serie Amarilla, a partir de 6 años). ISBN: 978-84-204-4848-0.
Un, don, din de la poli politencia,
me casé con la reina de Valencia,
a la cartajé,
a la basuré,
un, don, din, que se salve usted.
.
Esta es la versión que se canta hoy en Moratalla, para echar a suertes quién para o la queda. La poli politencia es, en otras versiones más comunes, politana o a veces politancia. Una de las formas más populares en toda España parece ser esta:
.
Un, don, din de la poli politana,
un camión que no sirve para nada.
—¡Niña, ven aquí!
—¡Yo no quiero ir!
Un, don, din, que te toca a ti.
.
Con frecuencia, el camión no era sino un cañón (como en tantas canciones populares nacidas de la guerra). Además, la politancia tiende a rimar con Francia, en frases como «el cañón la pasea por la Francia» (Bravo-Villasante, China china capuchina) o estas otras encontradas en la red: «el camión se los lleva para Francia», «en un camión que viene de Francia».
El ilustrador francés Sébastien Pelon tiene una serie de cuadernos de dibujo fácil en la editorial Combel, para niños de 5 años en adelante, que son resultones. (El proyecto original era de Père Castor, Flammarion.)
El cuaderno se abre hacia arriba; en la página superior, se ve el dibujo completo y las instrucciones para reproducir la figura central, en cuatro pasos; en la página inferior se reproducen los elementos de situación y el espacio de la figura central queda en blanco, para que el niño lo copie. Las páginas son plastificadas y se incluye un rotulador de tinta borrable, por lo que se puede repetir el dibujo una y otra vez, siempre que se borre al acabar. (Si no se borra a tiempo, luego quedan marcas en la página.) La pega principal del concepto es que, para poder incluir el rotulador y el papel-pizarra, solo cuenta con diez dibujos por libro; pero según mi experiencia, los niños disfrutan mucho siguiendo una y otra vez los pasos.
Sébastien Pelon, Ya sé dibujar: En el país de los esquimales. Combel, Barcelona, 2008. ISBN: 978-84-9825-347-4.
Pic-Nic, de Fernando Arrabal (Pique-nique en campagne, 1962), es una obra teatral muy breve que denuncia el absurdo de la guerra a través de personajes ignorantes e inocentes y el traslado al contexto bélico de las soluciones de la vida civil y cotidiana. Sería una obra cómica —que en ocasiones recuerda a Gila— si el final no dejara helado el optimismo. Parece fácil de adaptar para las tablas de un instituto; requiere cuatro actores principales y dos secundarios.
Zapo es un soldado de trinchera, que se encuentra solo entre el fragor de las bombas y las ametralladoras. Cuando este se interrumpe, saca un jersey a medio tejer y lo continúa. Suena el teléfono de campaña, que traerá las órdenes del capitán sin que oigamos su voz. Zapo demuestra no estar al cabo de lo que se espera de él («Y las bombas, ¿cuándo las tiro? ¿Pero, por fin, hacia dónde las tiro, hacia atrás o hacia adelante? … No se ponga usted así conmigo, no lo digo para molestarle»).
Nada más colgar, recibe la visita de sus padres, Seguir leyendo →
… y el Azarías la condujo bajo el sauce y, una vez allí, se detuvo, sonrió, levantó la cabeza y dijo firme pero dulcemente, —¡quiá!
y, de improviso, ante los ojos atónitos de la señorita Miriam, un pájaro negro y blando se descolgó desde las ramas más altas y se posó suavemente sobre el hombro del Azarías, quien volvió a tomarla de la mano y —¡atienda!
dijo,
y la condujo junto al poyo de la ventana, tras la maceta, tomó una pella del bote de pienso y se la ofreció al pájaro y el pájaro engullía las pellas, una tras otra, y nunca parecía saciarse y, en tanto comía, el Azarías ablandaba la voz, le rascaba entre los ojos y repetía, —milana bonita, milana bonita,
y el pájaro, —¡quiá, quiá, quiá!
pedía más y la señorita Miriam, recelosa, —¡qué hambre tiene!
y el Azarías metía una y otra vez los grumos en su garganta y empujaba luego con la yema del dedo y, cuando andaba más abstraído con el pájaro, se oyó el escalofriante berrido de la Niña Chica, dentro de la casa, y la señorita Miriam impresionada, —y eso, ¿qué es?
preguntó,
y el Azarias, nervioso —la Niña Chica es
y depositó el bote sobre el poyo y lo volvió a coger y lo volvió a dejar e iba de un lado a otro, desasosegado, la grajilla sobre el hombro, moviendo arriba y abajo las mandíbulas, rezongando, —yo no puedo atender todas las cosas al mismo tiempo,
pero, al cabo de pocos segundos, volvió a sonar el berrido de la Niña Chica y la señorita Miriam, espeluznada, —¿es cierto que es una niña la que hace eso?
y él, Azarías, cada vez más agitado, con la grajeta mirando inquieta en derredor, se volvió hacia ella, la tomó nuevamente de la mano y —venga,
dijo,
y entraron juntos en la casa y la señorita Miriam, avanzaba desconfiada, como sobrecogida por un negro presentimiento, y al descubrir a la niña en la penumbra, con sus piernecitas de alambre y la gran cabeza desplomada sobre el cojín, sintió que se le ablandaban los ojos y se llevó ambas manos a la boca, —¡Dios mío!,
exclamó,
y el Azarías la miraba, sonriéndola con sus encías sonrosadas, pero la señorita Miriam no podía apartar los ojos del cajoncito, que parecía que se hubiera convertido en una estatua de sal la señorita Miriam, tan rígida estaba, tan blanca, y espantada, —¡Dios mío!
repitió, moviendo rápidamente la cabeza de un lado a otro como para ahuyentar un mal pensamiento,
pero el Azarías, ya había tomado entre sus brazos a la criatura y, mascullando palabras ininteligibles, se sentó en el taburete, afianzó la cabecita de la niña en su axila y agarrando la grajilla con la mano izquierda y el dedo índice de la Niña Chica con la derecha, lo fue aproximando lentamente al entrecejo del animal, y una vez que le rozó, apartó el dedo de repente, rió, oprimió a la niña contra sí y dijo suavemente, con su voz acentuadamente nasal, —¿no es cierto que es bonita la milana, niña?
* * *
Esta breve maravilla de ternura y desolación, de la que he citado el final del libro cuarto, se lee especialmente bien en la edición de Domingo Ródenas (editorial Crítica, colección Clásicos y Modernos, 15), con un glosario útil (y no poco necesario), algunas notas de situación, una presentación razonable del autor, un análisis de la obra claro y asequible (sin abusos filológicos, aunque no dirigida expresamente a jóvenes) y algunos materiales de interés sobre su concepción.
… el que las editoriales aprovechen libros viejos y, sin cambiar las ilustraciones interiores, modernicen la cubierta en un estilo incompatible?
Un ejemplo: el que compre Cuentos para jugar, de Gianni Rodari, en Alfaguara, con la clara y alegre cubierta de Emilio Urberuaga, no espera un interior tan distinto y comparativamente recargado como el creado por Gianni Peg en 1974.
La narradora y escritora Gracia Iglesias (La domadora de cuentos, El vals de los elefantes) ha ganado el VII premio Luna de Aire de poesía para niños, que organiza el CEPLI, con su poemario El mundo de Casimiro. Memorias de un saltamontes, que «narra las aventuras de un saltamontes desde sus primeros recuerdos, cuando nace en un jardín, hasta que un día se cuela en una casa donde descubrirá un fantástico mundo de personajes salidos de los libros» (GuadaQué). «La obra, dotada con 3.000 euros, ha sido premiada por el jurado por tratarse de un libro original en su concepción y en su desarrollo. “La voz del narrador es la del saltamontes Casimiro que va contando, en versos muy rítmicos, su propia vida, con buen ritmo narrativo y mucha imaginación”, ha apuntado el jurado» (nota de la UCLM). Según cuenta Gracia, lo ilustrará Ángela de la Vega. ¡Felicidades!
También han concedido un accésit a mi propuesta Libro de las mandangas, «por su organizada y acertada estructura y sus juegos expresivos de claras reminiscencias populares», premio doble para mí, porque además de 1.000 euros también comporta la publicación. ¡Todo un regalo de Navidad! Las Mandangas verán la luz en abril de 2010, con ilustraciones, en principio, de un dibujante conquense (que indicaré cuando se confirme su nombre).
Estos días pasados se han fallado tres premios de narrativa infantil. El narrador y escritor Pablo Albo (web) ha ganado el premio Leer es vivir, de Everest (pdf del fallo, incluida lista de finalistas) con ¿Rinoceronte? ¿Qué rinoceronte?, mientras que el poeta y novelista José A. Ramírez Lozano (búsqueda en este blog) ha obtenido el Vila d’Ibi, de Anaya (noticia en la revista Babar), con Tino Calabacín.
También se ha conocido hace poco el fallo de los premios Lazarillo de literatura (Marcos Calveiro, O pintor do sombreiro de malvas) e ilustración (Los fabricantes de montañas, de Jorge del Corral, con texto de Alberto Pérez Villacampa). Esta es la nota de la OEPLI.
Por las Vegas de Granada iba el Cid a mediodía
con su caballo Babieco que al par del viento corría
y doscientos caballeros que lleva en su compañía.
Diban contando hazañas cadi cual de sus amigas.
Unos las dejan preñadas, otros las dejan paridas
y otros las dejan doncellas, ambas del amor rendidas.
—Ya que todos hais contado —respondió el Cid ensegui’a—,
ya que todos hais contado, voy a contarles de la mía.—
Echó la mano en su seno y sacó a la Virgen María.
—Cata aquí la que yo amo de noche y también de día,
siempre la tengo conmigo y la llevo en mi compañía.—
El rey que lo está mirando de un mirador que tenía:
—Bienvenido seas, el Cid, buena sea vuestra venida.
Si venís a ganar sueldo, doblado se vos daría;
si venís a tornear moro seráis señor en Turquía;
si vos venís a casar, te casaré con hija mía.
—Yo no vengo a ganar sueldo, no lo he ganado en la vida,
y tampoco a tornear moro, que mejor ley es la mía,
tampoco vengo a casarme, que mi Filumena es viva;
vengo a llevar unas parias de mi rey en Castilla.
—Ésas no las llevas, el Cid, qu’él a mí me las debía.
—O las ha de llevar, perro, o te ha de quitar la vida.
—Habla poco a poco, el Cid, mansito y con cortesía,
que quizá hay en mis Cortes quien vuelva por la honra mía.—
El Cid llevaba una espada que cinco o seis palmos tenía;
cada vez que la bandeaba hierro con hierro hería;
cada vez que la bandeaba temblaba la morería.
De tres en tres los mataba, de seis en seis los enjila.
Dos transcripciones con ligeras variantes en Paloma Díaz Mas (ed.), Romancero, Crítica, Barcelona, 1994. En el CD que acompañaba a esta cuidada y completísima edición hay una grabación de 1987, con tambor gomero y chácaras, del grupo Los magos de Chipude, recopilada por Maximiliano Trapero. Verde montaña florida / el verte me da alegría lo canta el grupo como respuesta a cada uno de los versos del romance, entonados por un solista.
La calidad es algo huidizo, hasta cierto punto opinable. Pero yo creo que se puede hablar de ella y se pueden aportar argumentos para, con criterio y diálogo, determinar una valoración crítica. Andábamos en eso enredados hace poco, en una nota y sus comentarios; un punto de vista paralelo, que entiendo que arroja más luz sobre el tema, puede ser el de este artículo de Quim Monzó, que protesta (o se mofa, con él nunca se sabe) por un ejemplo de mal periodismo, grandilocuente, huero y absurdo.
«Grandilocuente, huero y absurdo» son adjetivos que determinan la calidad y yo he usado deliberadamente, y creo que con justicia, aunque siempre abierto a que otras ideas me hagan matizar la opinión. Me parece, además, más útil que limitarse a decir: «el titular (no) me ha gustado». Es obvio que no se trata de una descripción científica; la elección de los adjetivos incide en que quien habla está algo harto del tema y la retórica de marras le parece risible. Podría haber sido más neutro, pero eso no quita razón, solo tiñe de colores e intenciones el lenguaje, algo que sin duda es una suerte, no una desventaja.
El artículo de Monzó:
«SOPA DE AJO A LA FRANCESA …
Me jugaría un huevo de codorniz a que no fue Lluís Uría quien puso título y subtítulo a su crónica del sábado pasado en las páginas salmón de este diario. La crónica iba sobre el documental que el jueves emitió la cadena de televisión Arte: La cara oculta de las nalgas.
En el titular había un detalle que descolocaba. La fascinación francesa por el culo, se leía. Descolocaba porque, dicho así, sugiere que los franceses están más fascinados por el culo que el resto de los humanos, y no es verdad. Que el canal de televisión Arte (franco-alemán, con estudios tanto en Estrasburgo como en Baden-Baden) le dedique un programa sólo demuestra que ese canal franco-alemán está más al corriente que otros canales de televisión de lo que de verdad interesa a la gente, y tienen menos remilgos a la hora de explicarlo como Dios manda. Qué fácil sería, llegados a este punto, sacar las vinagreras, el salero y el pimentero y aliñarlo todo con el cuento ese de que, históricamente, los franceses son los grandes expertos en artes amatorias. Pero no sacaremos ni las vinagreras, ni el salero ni el pimentero, porque lo mismo podríamos decir de los italianos, los españoles, los ingleses, los polinesios y los senegaleses. Y del resto de los habitantes del planeta, a la que nos olvidásemos por completo de los clichés.
El otro detalle que descoloca está en el subtítulo: Un programa del canal de televisión Arte y varios libros devuelven al primer plano el culto a las nalgas. ¿Devuelven al primer plano el culto a las nalgas? ¿Cómo van a devolver al primer plano algo que nunca ha dejado de estar en primer plano? …» [Seguir leyendo en La Vanguardia]
The Wolves of Willoughby Chase (1962), de Joan Aiken, es la novela de éxito que permitió a su autora independizarse y comenzar a vivir de la escritura. Es un melodrama de aventuras, con una institutriz perversa, una dulce abuela muy enferma, nobles nobilísimos y un huérfano criado en el bosque; los personajes principales son dos niñas que al convivir aprenderán a compensar sus caracteres (delicada, blanda y llorosa la una, dura y chicotona la otra). A diferencia de otros melodramas de los que he hablado aquí, como los de Pullman (1, 2, 3, 4), es más infantil que juvenil y apenas incluye carga ideológica (todas las novelas son ideológicas, según se mire; quiero decir que no pretende convencernos de la bondad o maldad de nada). Aiken lo ambienta en una Inglaterra ficticia en la que la Revolución Gloriosa no habría triunfado, los partidarios de la casa real de Hanóver irán tramando varios golpes y conjuras, y el país está invadido por los lobos.
La historia continúa en Black Hearts in Battersee, a partir de Simon, un personaje importante, pero aun así relativamente secundario de la primera parte. Los recursos del melodrama se acentúan más si cabe (incluida una historia de changelings o niños cambiados en la cuna), así como la ambientación en un Londres dickensiano y la reconstrucción del lenguaje cockney y otras variantes; también es un texto algo más satírico, como no es infrecuente que ocurra en las segundas partes. Una chiquilla londinense que en este libro se supone que muere, Dido Twite, «renace» (por petición popular, como Sherlock Holmes) y vivirá nuevas aventuras en otros volúmenes.
La serie consta en total de doce libros escritos entre 1955 y 2004 (año de la muerte de la autora; alguno se ha publicado póstumamente), y no se ha traducido, al menos en España. Supongo que el inglés no resulta particularmente accesible (por los arcaísmos y dialectalismos de la ambientación), pero el carácter melodramático y exagerado suele ser una buena compañía para superar esas dificultades: no porque a uno se le escape una palabra va a dejar que a los protagonistas los devoren los lobos…
En España, los libros de Aiken se editaron sobre todo en los años ochenta. A mí me gusta especialmente Mendelson y las ratas, una serie de cuentecillos bienhumorados de la que hablaré en otra ocasión; también se publicaron por ejemplo El gato Mog, El cuervo de Arabel o los primeros libros de los viajes de Félix (Vete a ensillar el mar, Ponle bridas al viento).
Joan Aiken, Omnibus: The Wolves of Willoughby Chase, Black Hearts in Battersea, Night Birds on Nantucket. Leopard, Londres, 1995. ISBN 075290132X.
El ojo de cristal. Charlie saldrá esta noche, de Cornell Woolrich, reúne dos cuentos policíacos en cuyo argumento resulta esencial la relación de padre e hijo. Me parece un ejemplo destacable de libro correcto —un libro más— convertido en un buen libro —un libro recomendable— gracias a la labor editorial: los cuentos se contrapesan y permiten varios temas de diálogo, la traducción es adecuada y no he encontrado erratas, se anotan al pie los términos difíciles, se incluyen al final unas pocas actividades claras de comprensión y comentario y no solo se ha elegido a un ilustrador —August Tharrats, «Tha»— capaz de extraer toda la expresividad a la historia, sino que se le ha permitido trabajar en color y en gran número de páginas. En la imagen inferior, un ejemplo extremo de un momento culminante del primer relato.
Cornell Woolrich, El ojo de cristal. Charlie saldrá esta noche. Ilustraciones de Tha. Vicens Vives (col. Cucaña, 8). 144 pp. ISBN 84-316-5358-2. Traducción de Jordi Arbonès.
«En este país, en el que abundan quienes se calzan los guantes de terciopelo para hablar de literatura y donde el linimento de la autocensura (basada en el prudente principio del hoy por ti, mañana por mí) suaviza hasta desvirtuarlas no pocas críticas literarias, sería difícil que funcionara un galardón semejante al Bad Sex Award, instituido en 1993 por la prestigiosa Literary Review para “llamar la atención hacia el uso vulgar, de mal gusto y a menudo descuidado y redundante” del sexo en la novela contemporánea…»
Son palabras de Manuel Rodríguez Rivero en «“Esproemios” del “merpasmo”», que me hacen pensar en el estado de nuestra crítica literaria de LIJ. Hace poco leía una fantasía paramedieval muy vendida que a mí me ha resultado pesada y redicha hasta la extenuación: la frase más suave era del tipo «un páramo desprovisto de toda vegetación y arbolado», como si los páramos no fueran yermos por definición. Pero esa escritura chicletosa, al igual que los otros defectos de la novela (falta de matices, reflexiones pretenciosas de contenido pasado por agua, deformación histórica al capricho, diálogos insostenibles, personajes fotocopiados), solo se menciona en una de las críticas que he leído en diversos espacios que pasan por serios. Los otros hablan de «agilidad», calcando la contracubierta, pero sin precisar el dato clave: que se refieren a la de un caracol perezoso en mañana de domingo; y en cuanto al resto de defectos, o callan o mienten (¿o será que reseñan sin haber leído?).
Yo soy partidario de una crítica enamorada en lo posible de sus textos… pero con un amor realista, no ciego. Cuando lo que más destaca es lo malo, para mí vale callar (como yo callo autor y novela), pero no mentir. Aunque la editorial pague una página entera de publicidad o, en el caso de los blogs, envíe libros gratis que en Navidad me hacen quedar como un rey con mis sobrinos. Dejando a un lado la dimensión ética de la mentira (que sin duda importa, pero esto no es un púlpito), recomendar lo malo en espacios de literatura infantil y juvenil solo puede contribuir o a deformar o a desanimar la educación literaria de niños y jóvenes.
Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan.
Los del rey aserran bien,
los de la reina también.
Los del duque,
¡truque, truque!
*
Aserrín, aserrán,
maderito de San Juan.
Los de Juan
piden pan,
los de Pedro
piden queso,
los de Enrique
piden… ¡trique, trique, trique!
.
Habrá incontables versiones y formas de esta cantinela. La primera versión citada la recogió Rodríguez Marín; la segunda, Sánchez Rodrigo, y yo las tomo (con algunos cambios de puntuación) de Francisco Cillán, que explica: «Existen también cantinelas para realizar balanceo hacia atrás y hacia adelante. La persona encargada de cuidar al niño lo toma a horcajadas sobre su rodilla o lo sienta sobre algún objeto y, a la vez que lo balancea en la dirección señalada, le canta la retahíla en tono rítimico y monótono. Al llegar al último verso lo inclina más de lo normal, provocándole la risa» (Nanas y rimas de la primera y la segunda infancia, Universidad de Extremadura, 2003, pp. 136-137).
Vivan por muchos años los premios nacionales si sirven para que se reediten propuestas como el estupendo Libro de las M’Alicias, de Miquel Obiols y Miguel Calatayud, pareja con indudable lugar propio en la historia de la literatura infantil española por su inquietud experimental. He encontrado la noticia en Ladrándolle a Lúa y las gracias hay que darlas a Kalandraka.
Llevo un par de semanas en Bookmooch, una red de intercambio de libros (en general usados). El sistema es sencillo: uno sube a su inventario los libros que está dispuesto a enviar gratuitamente a quien los solicite (dentro de su país o a todo el mundo, según elija), describe su estado lo mejor posible y adquiere el derecho a pedir libros a los demás. Esto se rige por un sistema de puntos, que se suman o restan de acuerdo con la participación en el sistema: +0,1 punto por subir un libro al inventario o confirmar una recepción +1 punto por enviar un libro dentro del propio país +3 puntos por enviar un libro al extranjero -1 punto por pedir un libro dentro del propio país -2 puntos por pedir un libro al extranjero
Es más fácil ganar puntos que perderlos, lo que está bien: con solo participar, uno se mantiene.
¿Inconvenientes? Según mi corta experiencia, que la red española aún es pequeña y no muy activa, en comparación con la estadounidense y la británica (que van a buen ritmo; es un lugar estupendo para obtener libros en inglés, por lo tanto). No ruedan muchos libros nuevos o actuales, pero sí hay varios clásicos, sobre todo si han entrado en los institutos: Delibes, Cela, Lorca, García Márquez. Alguna pega menor, como que los datos se introducen en buena medida a partir de Amazon, que tiene más libros españoles de lo que uno pensaría, pero no todos ni siempre bien recogidos.
En este tiempo, me han pedido 16 libros y yo he pedido 25. Si después de leerlos no los necesito para mi biblioteca (en eso, mantener este blog es exigente), volverán a la rueda. ¿Qué se pide? A mí me han pedido por ejemplo El mago de Oz, Cuentos para jugar, dos Nicolás, El ponche mágico,El príncipe de la niebla, La casa de Bernarda Alba o Rayuela; quizá de lo mejorcito que tenía para ofrecer. ¿Qué se puede pedir? Yo he pedido por ejemplo dos novelas de detectives de Alexander McCall Smith, dos Elliot Tomclyde, Días de Reyes Magos, el Tirant lo Blanc en la estupenda edición escolar de Tria de clàssics o la preciosa Escolma poética de Celso Emilio Ferreiro pintada por Baldo Ramos (el 6 de enero publicaré un poema de ese libro con su respectivo cuadro). No son libros que abunden, supongo que hay que estar al caso; pero vaya, no veo motivo para quejarme… ¿Os animáis?
Según leo en el blog de María García Esperón (noticia, comentario) el poeta mexicano Marco Aurelio Chavezmaya ha ganado la edición de 2009 del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños con la obra El niño en su casa del Árbol de la vida. ¡Felicidades!
«En mi casa de Metepec, donde viví hasta entrada mi juventud, no había más que dos libros. Sin embargo, la tradición oral y las letras siempre estuvieron presentes a través de la escritura Palmer que me enseñó mi madre desde niño».
«“Mi madre me enseñó a escribir a los cinco años. Todavía recuerdo cuando arrastraba mi lápiz todas las tardes. Mi padre me contaba cuentos inventados antes de dormir. Por eso digo con certeza y de manera sencilla: soy escritor gracias a mis padres”. Chavezmaya confesó que jamás había escrito poesía para niños; sin embargo era una especie de deuda que tenía con sus hijos, una suerte de rescate de su infancia y una especie de homenaje a su tierra de alfareros, Metepec. Por fortuna, en el andar se topó con una frase emblemática dicha por el poeta Fernando Pessoa que lo motivó a asumir el reto: “El niño eterno me acompaña siempre”.»
… porque la Sopa de nada ya casi está lista. ¡En enero en las mejores mesas!
El cuento es mío, a partir de la historia tradicional de la Sopa de piedra, pero con nuevos personajes y un punto más feliz y gamberrote; y las imágenes del álbum las ha puesto, con buena mano, la ilustradora iraní Rashin Kheirieh. Edita OQO, en castellano y gallego.
Las obras de anticipación con mundos utópicos son curiosas, pasado el tiempo. En Óscar cosmonauta se narra esta «emancipación» de las mujeres:
«Óscar abrió la puerta del “Bólido” y vio tres hombres, tan parecidos a los de la Tierra, que le costaba trabajo pensar que eran habitantes de otro planeta … Los tres hombres de Telo eran el Piloto, el Radio y el Mecánico …
—Esto os irá bien —dijo el Mecánico dirigiéndose a Óscar y a Silbina—. Estas píldoras las acaban de inventar en nuestro planeta. Tienen mil calorías exactas. Con eso estamos comidos para todo el día y economizamos nuestro tiempo y el de nuestras mujeres … Con estas píldoras, el hambrón satisface su hambre, y el desganado, sus caprichos. Cuando se pusieron a la venta, nuestras mujeres hicieron una manifestación pacífica y pintoresca. Se pasearon por los jardines de Telo pidiendo una estatua para quien las había inventado. Para ellas, cada una de estas facilidades significa la total emancipación de lo que a las mujeres de la Tierra supone trabajo y cavilaciones. Tienen más tiempo libre para dedicarlo a la educación de los niños o a trabajos culturales y artísticos.»
Carmen Kurtz, Óscar cosmonauta, ils. Carlos María Álvarez, Juventud, Barcelona, 1988, 7.ª ed, pp. 106-108.
Óscar cosmonauta, de Carmen Kurtz (1911-1999) inauguró una serie muy popular de aventuras del personaje de Óscar, que tuvo incluso adaptación cinematográfica. Han pasado casi cincuenta años desde su primera edición, en 1962, y hoy la obra resulta antigua, pero no sin valor: es una narración alegre, en la que cuatro cosas aprovechadas sirven para vivir una auténtica aventura y la mayoría de los personajes están dispuestos a recibir a los demás tal como sean, con los brazos abiertos; la estructura simbólica, con el mundo utópico de Telo y el infernal de Marte, resulta expresiva y está bien medida. Probablemente, también es una buena narración alegórica para quien desee explicar una concepción cristiana del Dios atento y vigilante; y en cierta medida, diría que capta bien el fondo posbélico pero tenso que germinó en la guerra fría y las carreras armamentísticas.
En libros posteriores, el equilibrio global es distinto, pues se acentúan el carácter aventurero, con una sucesión casi imparable de encuentros peligrosos, y también el humor, con más personajes cómicos (a veces, risibles). Un buen ejemplo sería Óscar y el yeti, en la que pese a Kokotof, Micomichi y unos lamas ridiculizados se mantiene una propuesta de reflexión: la sociedad de los yetis es tecnológicamente avanzada y socialmente utópica, como la de Telo.
Carmen Kurtz, Óscar cosmonauta, ils. Carlos María Álvarez (C. Solís), Juventud, Barcelona, 1962; 7.ª ed., 1988, ISBN 84-261-0901-2.
Carmen Kurtz, Óscar y el yeti, ils. Pablo Ramírez, Cid, Madrid, 1964; ils. Odile Kurtz, Lumen, Barcelona, 1987, ISBN: 84-264-3304-9.
Un álbum troquelado en el centro, con rimas breves de Antón Cortizas e ilustraciones de Leandro Lamas, que animan al niño a soplar y celebrar así de forma expresa la magia de pasar la página. En el resto de álbumes, pasar la página resulta igual de mágico, pero se realiza discreta y anodinamente, casi como el respirar. Aquí no: para saber qué encontraremos después, primero habrá que soplar, con lo que al lector le pica más la curiosidad y, además, participa más directamente de la lectura.
Antón Cortizas y Leandro Lamas, Sopla en este agujerito...Edicións Embora, Ferrol, 2009. ISBN: 978-84-92644-02-5.
Original en gallego: Sopra neste furadiño… (nota en Blix)
En las nanas, ha abundado siempre la referencia a los monstruos que se llevarán al que no duerma. Personalmente, no puedo decir que me gusten para cantarlas a los niños, aunque algunas sean solo metáfora de la muerte o los malos azares; pero sí debe uno saber de dónde viene, así que me apasiona conocerlas.
Esta versión, rica en imágenes y con un giro final, es mexicana.
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Duérmete, mi niño
con todo y tambache,
tu madre la zorra
tu padre el tlacuache.
Duérmete, niñita,
que ahí viene el viejo,
a llevarte viene
con todo y pellejo.
Duérmete, niñito,
que ahí viene el coyote,
a llevarte viene
y a comerte al monte.
Duérmete, mi niño,
que estás en cajón;
tu madre la zorra,
tu padre el tejón.
Duérmete, niñito,
no venga el caucón,
te quite la vida
y a mí el corazón.
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Carmen Bravo Villasante, Historia y antología de la literatura infantil iberoamericana, vol. 1, p. 360. Se cita sin más título que «Nana»; el de «Nana del caucón que a llevarte viene» lo he elegido yo.
Un tren infernal, de Michel Amelin, es un thriller breve de acción constante, violenta y desagradable, bien tramada, cuya lectura atrapa. Pero los recursos literarios que emplea para atrapar son pobres —esencialmente, la brutalidad contra los inocentes; en una medida mucho menor, la tensión entre los dos protagonistas— y unir en apenas 160 páginas a mafiosos —que patean y disparan a todo ritmo y mueren uno arrollado por un tren, dos por disparos y el capo, degollado por un doberman— con soldados borrachos, intentos de abuso sexual, navajas en el cuello y viejos verdes, para concluir con el niño desangrándose en el suelo y la niña, vomitando del miedo, sin apenas personajes positivos, me parece un despropósito para las edades recomendadas de a partir de 11 o 12 años. Aunque en las cuatro páginas finales se cumpla con la entrega de la información secreta, se homenajee a los niños como a héroes y Toni entre una familia de acogida donde es feliz, ello no basta a equilibrar mínimamente la balanza.
¿Por qué me parece un despropósito? Quizá vale la pena entrar en más precisiones. Seguir leyendo →
Pantaleón se va, de Patxi Zubizarreta, es una novelita singular, que se adentra por el camino de la literatura sentimental (entiéndase como término descriptivo, no despectivo) dejando muchas cuestiones por el camino.
Así, ¿qué esperaríamos, de entrada y sin otro contexto, de la novela de un muñeco de nieve que se emperra en conocer el desierto? Por ejemplo, un relato de aventuras en el que el protagonista consigue su meta no sin sufrimiento, quizá con recursos técnicos de inventiva, quizá con magia o intervención sobrenatural de alguna clase, quizá con la colaboración del grupo. O por otra vía: un relato sobre la insistencia (y sus virtudes, creer en uno mismo, defender la propia ilusión) o la terquedad (y sus defectos).
Algo de ello hay, pero la historia obvia muchos de estos puntos, transita sobre todo por los caminos de la amistad y la generosidad y no se preocupa apenas de la verosimilitud de las soluciones, sino de las relaciones entre los personajes. No hay torpeza en ello, claro está, siendo como es una determinación de autor clara y meridiana; quizá haya algo de riesgo, que no sé medir; pero sobre todo, se dibuja con ello una voz propia, de acuarela antes que de fotografía, de pintura antes que de cine, con clara continuidad en El maravilloso viaje de Xía Tenzin, del que hablaré otro día.
Patxi Zubizarreta, Pantaleón se va. SM (Barco de vapor, serie azul), 2007. ISBN: 978-84-675-1711-8. Ilustraciones de Jokin Mitxelena.
Esta tarde ha entrado Sierra i Fabra en casa por la radio, y era un gusto escuchar la pasión con la que hablaba de todo, tantos años en el ajo y aún batallando por llenar el hueco de palabras y la vida de compromiso diario.
El corro chirimbolo
¡qué bonito es!
Con un pie, otro pie,
una mano, otra mano,
un codo, otro codo,
la nariz y el gorro,
una oreja, otra oreja
y el culo de la vieja.
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Este final provocativo y burlón del «culo de la vieja» era habitual en la calle, aunque en las fuentes impresas (sobre todo en el ámbito de la edición escolar) se corta antes o se opta por otros finales políticamente más correctos.
En Moratalla, donde vivo, se canta una versión muy distinta:
Al corro chirimbolo,
mi padre fue a los toros,
mi madre más allá
y yo de la pesambre
me caigo una culá.
Quizá sea cosa del ser este un pueblo de encierros. Cuando menos, en la tradición popular abundan las apropiaciones al contexto local: aquí el «Palmas, palmitas» suele cantarse con un «que viene papá / por el caminito / de Caravacá» (Caravaca de la Cruz es el centro de la economía comarcal y el camino antiguo es una larga sucesión de curvas que hoy se conoce como el «caracolillo»). Pesambre (de pesadumbre)es un coloquialismo murciano por «pena, enfado, disgusto».