Pantaleón se va, de Patxi Zubizarreta, es una novelita singular, que se adentra por el camino de la literatura sentimental (entiéndase como término descriptivo, no despectivo) dejando muchas cuestiones por el camino.
Así, ¿qué esperaríamos, de entrada y sin otro contexto, de la novela de un muñeco de nieve que se emperra en conocer el desierto? Por ejemplo, un relato de aventuras en el que el protagonista consigue su meta no sin sufrimiento, quizá con recursos técnicos de inventiva, quizá con magia o intervención sobrenatural de alguna clase, quizá con la colaboración del grupo. O por otra vía: un relato sobre la insistencia (y sus virtudes, creer en uno mismo, defender la propia ilusión) o la terquedad (y sus defectos).
Algo de ello hay, pero la historia obvia muchos de estos puntos, transita sobre todo por los caminos de la amistad y la generosidad y no se preocupa apenas de la verosimilitud de las soluciones, sino de las relaciones entre los personajes. No hay torpeza en ello, claro está, siendo como es una determinación de autor clara y meridiana; quizá haya algo de riesgo, que no sé medir; pero sobre todo, se dibuja con ello una voz propia, de acuarela antes que de fotografía, de pintura antes que de cine, con clara continuidad en El maravilloso viaje de Xía Tenzin, del que hablaré otro día.
Patxi Zubizarreta, Pantaleón se va. SM (Barco de vapor, serie azul), 2007. ISBN: 978-84-675-1711-8. Ilustraciones de Jokin Mitxelena.
Esta tarde ha entrado Sierra i Fabra en casa por la radio, y era un gusto escuchar la pasión con la que hablaba de todo, tantos años en el ajo y aún batallando por llenar el hueco de palabras y la vida de compromiso diario.
El corro chirimbolo
¡qué bonito es!
Con un pie, otro pie,
una mano, otra mano,
un codo, otro codo,
la nariz y el gorro,
una oreja, otra oreja
y el culo de la vieja.
.
Este final provocativo y burlón del «culo de la vieja» era habitual en la calle, aunque en las fuentes impresas (sobre todo en el ámbito de la edición escolar) se corta antes o se opta por otros finales políticamente más correctos.
En Moratalla, donde vivo, se canta una versión muy distinta:
Al corro chirimbolo,
mi padre fue a los toros,
mi madre más allá
y yo de la pesambre
me caigo una culá.
Quizá sea cosa del ser este un pueblo de encierros. Cuando menos, en la tradición popular abundan las apropiaciones al contexto local: aquí el «Palmas, palmitas» suele cantarse con un «que viene papá / por el caminito / de Caravacá» (Caravaca de la Cruz es el centro de la economía comarcal y el camino antiguo es una larga sucesión de curvas que hoy se conoce como el «caracolillo»). Pesambre (de pesadumbre)es un coloquialismo murciano por «pena, enfado, disgusto».
La casa de la abuela, de Pep Bruno (Por los caminos de la tierra oral) y Matteo Gubellini (web), es una divertida historia de miedo en la que la ilustración, repleta de guiños, cuenta más de lo que dicen las palabras, puesto que los que se llaman «la abuela» o «Francis» son en realidad, según vamos viendo, personajes salidos de las historias de terror («la casa de la abuela», claro, tampoco es que sea un lugar libre de lobos en el imaginario infantil).
Lo que iba a ser quizá un simple cumpleaños (aunque ya hay pistas claras, en la cubierta y las guardas, de que la ambientación no es la de una típica familia amable en día de fiesta) se convierte en una historia de miedo, alivio y finalmente, risa y aplauso con un desafío al lector.
Pep Bruno y Matteo Gubellini, La casa de mi abuela.OQO, Pontevedra, 2009. 36 págs., 25×23 cm. 978-84-9871-211-7.
El proceso creativo de cualquier obra es, a veces, tan interesante como la obra misma.
Alberto Gamón cuenta paso a paso cómo fue concibiendo el cartel de una nueva sesión de cuentos de Pep Bruno, titulada «Casas y cuentos», con las primeras asociaciones de ideas y el desarrollo y ajuste posterior.
El jardín de Babaï, de Mandana Sadat, es un álbum bonito y extraño. Incluye una versión española para leer de izquierda a derecha y una en persa, traducida al final, para leer de atrás adelante. En la primera versión, Babaï, el corderito, crea un Edén eligiendo el sitio, sembrando semillas y trayendo animales; todo se refleja en un gran tapiz final. En la segunda, un caminante encuentra una alfombra maravillosa en ninguna parte, se asombra por ello y Babaï le contará la historia de su creación.
No hay acción ni intriga; es solo (¿solo?) un relato mítico fundacional, de ilustraciones exquisitas, con el juego adicional de poder contarlo, verlo, leerlo y escucharlo de dos maneras.
Mandana Sadat, El jardín de Babaï. Kókinos, 2005. ISBN: 978-84-88342-97-3.
La última bruja de Trasmoz, de César Fernández García, ha obtenido el II premio La Galera Jóvenes Lectores-Club Kirico, que tiene la particularidad de ser elegido directamente por lectores jóvenes (un total de 217, que han participado a través de las librerías que forman parte de esa red). Podéis leer la noticia completa en el blog del Club Kirico.
The Bad Beginning, la primera novela de A Series of Unfortunate Events (traducida en España como Una serie de catastróficas desdichas y en América como Una serie de eventos desafortunados), de Lemony Snicket (seudónimo de Daniel Handler), es una perlita literaria muy recomendable. Diría incluso: recomendable guste o no, porque es una experiencia sin apenas paralelos en la LIJ.
La novela bebe de la tradición melodramática, pero no convierte el sufrimiento de los personajes en un camino de redención que los conducirá al triunfo final, como en el Dickens optimista, en Joan Aiken (The Wolves’ Chronicles) o en Pullman (Dark Materials, Sally Lockhart); lo que hace, y anuncia desde buen principio, es acentuar los padecimientos sin dejarles salida (más que las pausas que permiten continuar la serie) y recordarnos continuamente que el título colectivo de los acontecimientos desafortunados se cumplirá una y otra vez.
Pero no se trata de padecer porque sí: todo está vestido de literatura, ironía e humor, la construcción es pulcra y la medición de los tiempos, precisa (por ejemplo, el clímax de la risa de Sunny en el teatro, seguido por un anticlímax inmediato). El narrador es impresionante, lo impregna todo con su presencia, sus explicaciones, su ironía y sus varios juegos literarios. Como si el autor se burlara de la tendencia de corrección política que nos acosa, los personajes son «de perfecta crianza e infortunio perfecto»: Violet es una chica emprendedora (porque las mujeres también pueden estudiar Ingeniería) y Klaus, un chaval muy lector (porque a los chicos les interesan más cosas que el fútbol); y el narrador es exageradamente moral (para explicar un concepto, dirá: «por ejemplo, si eres un ladrón de bancos —aunque confío en que no lo serás—…»). Pero ni esos rasgos positivos de los personajes ni la empatía del narrador servirán de nada frente al conde Olaf. La pequeña Sunny no es un bebé adorable, por el contrario, sino una especie de animalito que solo muerde y farfulla palabras incomprensibles (que el narrador, sin embargo, interpreta con morosidad). Traducido a reacciones del lector, es fácil encontrarse sonriendo.
El carácter estudiadamente retórico (en el buen sentido) de la novela queda claro en la forma The A… A… de titular los libros: The Bad Beginning, The Reptile Room, The Wide Window, The Miserable Mill, The Austere Academy, The Ersatz Elevator, The Vile Village, The Hostile Hospital, The Carnivorous Carnival, The Slippery Slope, The Grim Grotto. Lamentablemente, los primeros títulos españoles no lo respetan: Un mal principio, La habitación de los reptiles, El ventanal, El aserradero lúgubre; los dos siguientes sí, pero repiten letra y añaden un «muy» huero, algo que el autor no hace: Una academia muy austera, El ascensor artificioso. No pongo esto de relieve porque sea condenatorio de las traducciones castellanas (que no he leído, aunque con la ventaja de hablar a posteriori, bien podríamos haber tenido El pésimo principio), sino porque creo que es un indicio claro de por dónde camina el autor y del cuidado con el que elige todos los aspectos formales de la serie.
El fallo principal del conjunto es, probablemente, su extensión: en un solo libro de doscientas páginas todo habría brillado sin desgaste, pero a lo largo de trece novelas, el humor se consume, las situaciones se repiten y comienza a emerger la retórica en el mal sentido.
Las lápices de Brett Helquist, muy limpios, también son retóricos (de nuevo en el buen sentido): dispuestos uno al principio de cada capítulo, más algunas láminas, me llama la atención que no presentan grandes escenas emotivas ni de conflicto, ni siquiera a los personajes completos (salvo vistos de muy lejos), sino ante todo detalles: ojos (los terribles de Olaf, los de Klaus leyendo), un brazo (que termina en un gancho, no en una mano), una pierna (de Olaf en el teatro). Parecen estar diciendo: no olvidéis que esto, amigos, es literatura.
Lemony Snicket, The Ominous Omnibus (The Bad Beginning. The Reptile Room. The Wide Window), il. Brett Helquist, HarperCollins, Nueva York, 2005.
Educar a los niños es, en buena medida, enseñarlos a pensar por sí mismos. Esa es, al menos, la teoría, y así dicha luce bastante. Pero ¿cómo manejamos la discrepancia? ¿Hasta dónde nos importa realmente el «hazme caso»? ¿Cuándo caduca el «yo sé lo que te conviene»? ¿Quién decide lo que está bien? Personalmente, no creo en los extremos —ni «los niños lo que necesitan es más autoridad» (léase tantos bofetones como me dieron a mí) ni «deben crecer libres como el aire»—, sino más bien en una educación para la libertad que vaya dando cuerda poco a poco, preparando los pasos pero sin darlos por nadie. Supongo (o quiero pensar al menos) que ese sistema ni ahoga ni exige que sepan nadar antes de hora, pero vaya, no hay camino fiable al cien por cien.
¿Qué pinta la literatura en todo esto? No puede solventar nada, pero sí plantear temas para el conocimiento, la reflexión y el diálogo. La máscara del león, de Margarita del Mazo y Paloma Valdivia, narra el estallido de una crisis entre león padre e hijo: el que reina en la selva como devorador y el que prefiere la paz con sus amigos (incluida una cebra) y maneja mucho mejor la risa que el rugido. El padre comprará una máscara con la que su hijo adquirirá el aspecto terrorífico que desea para él, pero aun así, e incluso después de experimentar el poder que nace del miedo, el hijo escapará al modelo que se le quiere imponer y encontrará la felicidad en renunciar a la violencia y en la duda, obedecer antes a su corazón que a su padre.
Las ilustraciones de Paloma Valdivia son expresionistas, de pocos colores, vivos y muy contrastados, con juegos de transparencias. Unas imágenes de su blog:
Queda como interrogante la sombra del cuento: ¿qué habría ocurrido de haberse dado la situación contraria? ¿Daríamos la libertad de hacer el mal?
Margarita del Mazo y Paloma Valdivia, La máscara del león.OQO, Pontevedra, 2009. 44 pp., ISBN 978-84-9871-160-8.
Usa ropa
de madera.
Cuello fuerte
de latón.
Y sombrerito
de goma.
Mi lápiz
con borrador.
Lleva bajo
su vestido
la punta negra
de un pie.
Cuando yo
dibujo rápido
mi lápiz
baila ballet.
Si hago
las letras
muy feas
invierte
su posición.
Baila entonces
de cabeza
mi lápiz
con borrador.
.
Morita Carrillo (Nirgua, Venezuela, 1921-Caracas, 1998), según la cita Carmen Bravo Villasante, Historia y antología de la literatura iberoamericana, vol. 2, Doncel, 1982, p. 252.
A finales de este mes de noviembre sale el Gran Dicionario Xerais da Lingua, una obra de casi 2500 páginas, en dos volúmenes, que se anuncia con estas características. Durante lo que queda de 2009 se podrá comprar por un precio especial de solo 80 euros.
Un gran sueño, de Felipe Ugalde (premio Compostela 2009) es un relato inquietante, de desarrollo lineal y concepto muy sencillo, sobre la ambición y el deseo de hacer algo grande y dejar huella en la historia.
El álbum se abre con el nacimiento de un cocodrilo (que asoma la cabeza por un huevo quebrado) y el vuelo de una mosca: «Era un pequeño…»; en la segunda página, el cocodrilo se come a la mosca: «… con grandes sueños, …». A partir de aquí, comerá y crecerá cada vez más: peces chicos, peces grandes, a otro cocodrilo, árboles enteros, un catálogo imposible de cosas de toda índole (que será página favorita de muchos niños, por la propuesta lúdica de reconocimiento, y quizá punto de partida de otros cuentos) y todo el planeta, todo nuestro mundo. Luego da el salto al universo y continúa el proceso hasta que topa con la horma de su zapato al intentar devorar un sol descomunal. No desvelaré el final del todo, aunque advierto que a la hora de mediar con los niños, conviene que sepan primero lo que es una constelación (y preferiblemente, si se les ha de explicar, que sea unos días antes, para que no prevean de más).
La historia se mueve en los terrenos del mito, por lo que tiene de fundacional y de explicación mágica de las cosas que nos rodean, pero también por sus referencias. Hay algo de Eróstrato en este cocodrilo que prefiere vivir para siempre en la fama (buena o mala), antes que hacerlo en la escala de los seres vivos corrientes. Hay algo de Ícaro en su final, por querer igualarse al sol y preferir la muerte a la renuncia. Y recuperando la primera frase de esta nota, hay algo de inquietante en el relato, porque admiramos la belleza de las constelaciones y en general comprendemos la aspiración del gran sueño, pero el protagonista es destructor e incluso caníbal. Esta mezcla de admiración y horror puede parecer indeseable, según se mire, pero todos vivimos así la realidad y los niños, con más franqueza aún: no olvidemos, por ejemplo, que el nacimiento de un hermano les suele producir alegría y pesar, no solo alegría. Si alguien entiende que la LIJ solo debe presentar la cara bonita de nuestros deseos, este álbum le parecerá inadecuado. A mí me parece que da materia para conversar y que eso es positivo.
Felipe Ugalde, el autor, y Paz Castro, de Kalandraka, en un taller con alumnos de Arte del IES do Sar. En el juego de las diferencias, ¿qué distingue la lámina que sostiene Paz de la página que abre Felipe?
El álbum se acompaña de dos detalles simpáticos para los pequeños: una cubierta con elementos fosforescentes y una hojita anexa con círculos y estrellas asimismo reflectantes.
Felipe Ugalde, Un gran sueño. Premio Compostela 2009. Kalandraka, Sevilla, 2009, ISBN 978-84-92608-14-0.
«Durante 50 minutos el ambiente se podrá cortar en esta sesión. Las palabras se irán amontonando al final de la garganta, aunque de vez en cuando podremos chillar para tratar de desahogarnos…
Pero raro será que lo consigamos.»
Nota de Factoría K. Muchas felicidades a Pedro, que lleva una serie de premios realmente impresionante.
La obra titulada Ciudad laberinto, de Pedro Mañas Romero, es la galardonada con el II Premio Internacional de Poesía para Niños Ciudad de Orihuela. El certamen, convocado por la Concejalía de Educación del Ayuntamiento de Orihuela (Alicante) y la editorial Faktoría K, tiene una dotación económica de 7.000 euros —la mayor cuantía para concursos literarios de este género a nivel estatal— y conlleva la publicación del trabajo, en torno al 21 de marzo de 2010, con motivo del Día Mundial de la Poesía. A esta segunda edición se presentaron un total de 154 trabajos procedentes de numerosos puntos de España y Latinoamérica.
Pedro Mañas (Madrid, 1981) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Madrid. Además del trabajo como autor, destaca su faceta teatral, realizando montajes para público infantil y adulto con su compañía La cama sin hacer, fundada en 2006. Ha ganado diversos certámenes literarios: el Premio de Narrativa Breve (2004) de la Universidad Autónoma de Madrid, el XXVI Concurso de Narrativa Infantil Vila d’Ibi (2007) de la editorial Anaya, el XII Premio de Literatura Infantil «Leer es Vivir» (2008) de la editorial Everest y el III Premio de Poesía Infantil «El Príncipe Preguntón» (2009) de la Diputación de Granada y la editorial Hiperión.
El jurado del II Premio Internacional de Poesía para Niños Ciudad de Orihuela estuvo formado por el primer teniente alcalde del Ayuntamiento de Orihuela, Antonio Rodríguez Barberá; el escritor y editor Emilio Pascual, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil; la directora de la Biblioteca Pública Municipal de Cocentaina (Valencia), Dolors Insa; la directora del Colegio Público Nuestra Señora de Belén, de La Aparecida (Orihuela), Ana María Cayuelas; Beatriz Osés, ganadora de la primera edición de este certamen con la obra El secreto del oso hormiguero; y Xosé Ballesteros, en representación de Faktoría K de Libros.
Los miembros del jurado acordaron por unanimidad que Ciudad laberinto sea la ganadora del II Premio Internacional de Poesía para Niños Ciudad de Orihuela por la «buena construcción» de este poemario. Se trata de «un dibujo de la ciudad, con la suficiente cercanía —no exenta de distanciamiento— para que el lector reconozca el ámbito urbano, que se presenta con plasticidad y humor», según las conclusiones. También lo definen como un trabajo «muy creativo, con toques saludablemente críticos, que tiene imaginación y realismo, y consigue que todas las piezas encajen en una atmósfera sensorial de gran originalidad».
Croc Croc, de Stéphane Levallois (Libros del Zorro Rojo) es un relato bien trabado sobre la integración de la diferencia (y cómo la vive el diferente), que evita los excesos de azúcar de muchos de los libros escritos con esa intención y se narra y presenta de un modo original. Apenas tiene texto, es un cuaderno de apertura vertical en el que se ilustra la cara vista y se deja en blanco el revés, y se desarrolla en un mundo que no es el de Tim Burton, pero se aproxima, con un tono general de humor negro y páginas de crueldad (la crueldad característica de muchos grupos de niños frente al débil). Está ilustrado a dos tintas, rojo y negro.
Croc Croc es un niño esqueleto de cabeza roja, que vive en un mundo de esqueletos de cabeza blanca. Es torpe en la escuela y sus compañeros no se lo perdonan; su vida es un mal sueño y de noche sufre pesadillas. Pero en el transcurso de una excursión, un alud entierra a un grupo desorientado; nadie habría encontrado huesos blancos entre la nieve, pero por fortuna, la cabeza roja de Croc Croc destaca como un faro en la noche. A partir de entonces, tanto los compañeros como el propio Croc Croc cambian de actitud.
Además de los temas para el diálogo, el libro contiene muchos guiños divertidos en el proceso de traslación de la historia del plano de los niños al plano de los esqueletos, como por ejemplo la ilustración final, en la que Croc Croc alcanza alegremente el Cielo (de una rayuela); pero son muchos: la casa en la que vive, los cereales del desayuno, las cuentas de la pizarra, la mochila-losa, el autocar de la excursión (un largo coche fúnebre) o los guiños al cine mudo y sus pantallitas de texto.
Stéphane Levallois, Croc Croc (en la escuela de los esqueletitos). Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2009. 104 pp, 12 x 15 cm. ISBN 978-84-92412-34-1.
El admirable titiritero y narrador Rodorín (José Antonio López Parreño), contando la historia de La ratita presumida con campanillas y otros objetos de madera con música. Hay un álbum editado por Kalandraka en 2002, ilustrado por Pablo Mestre con fotografías de los mismos objetos usados en la narración, que a mi entender compensa tomar como un guión para animarse a rebuscar por los cajones y hacer teatro en casa con lo que sea que pueda moverse en las manos y sonar. Vi el vídeo de esta joya del arte de lo pequeño en Corre con el cuento.
Ilustración y animación son formas de arte cada vez más próximas, sobre todo en el formato de stop-motion. Daniel Monedero y Óscar T. Pérez promocionan su álbum La gran orquesta de los animales (Thule) con este vídeo que es casi un corto animado, de carácter narrativo y casi 7 m de duración.
Yo vivía en el fin del mundo, de Ramón Trigo (premio Biblioteca Insular de 2007), es un álbum sobre la curiosidad como motor de nuestras acciones.
Ambientado en un tiempo medieval simbólico, de gran simplicidad, el protagonista cuenta, en poquísimas palabras, que «yo vivía en el fin del mundo. En un lugar donde siempre sopla el viento. Mi mayor sueño era descubrir qué había más allá del horizonte. Todos me decían: —No hay nada más allá del mar. Solo una inmensa negrura». Pero el hombre del faro, por el contrario, habla de otro mar y de los paraísos que se hallan al otro lado del océano, y poco a poco, la sed se va haciendo más intensa y el protagonista se hará a la mar.
La ilustración trabaja con colores intensos, contrastes fuertes del azul (más o menos alterado) del mar y el naranja de la tierra, y algunos collages de imágenes antiguas (personajes religiosos, embarcaciones, el pueblo). El protagonista y el farero, los únicos dos personajes identificados, aparte de los monstruos, se dibujan con líneas modernas.
En conjunto, el álbum es de gran economía —y creo que de gran eficacia—, y abundan las páginas donde los elementos se pueden contar con los dedos de una mano; aunque no es en absoluto un álbum vacío, porque el pincel refleja con fuerza la intensidad del anhelo y de los miedos.
Ramón Trigo, Yo vivía en el fin del mundo. Edelvives, Zaragoza, 2007. ISBN: 978-84-263-6491-3.
Alfredo Gómez Cerdá (blog), autor de obra ya extensa tanto para niños como para jóvenes y voz crítica quizá particularmente comprometida con la juventud, ha ganado el premio nacional de literatura infantil y juvenil por su novela Barro de Medellín, que ya ha sido premio Ala Delta y White Raven y publicó Edelvives con ilustraciones de Xan López Domínguez.
Hace poco, el autor hablaba en su blog de su reciente nuevo viaje a Colombia, a las ciudades de Bogotá y Medellín:
Hace unos días regresé de Colombia. Tres días en Bogotá y ocho en Medellín. Hacía dos años que había viajado por primera vez a este país y a estas dos ciudades. … Esta vez me he sumergido más en Bogotá. ¡Qué inmensidad! Me viene a la memoria ahora mismo la biblioteca de La Marichuela, tan viva y orgullosa, en medio de unos barrios de pobreza sobrecogedora, muy cerca de los inmensos estercoleros de la ciudad. Y por contraste, las amplias avenidas, el transmilenio, los parques siempre verdes, los rascacielos, los rincones bellísimos de La Candelaria, la cresta de las montañas, el cielo plomizo, el teleférico a Montserrate… (Seguir leyendo).
La ventana infinita, del escritor Andrés Pi Andreu y el ilustrador Kim Amate (web | blog), ha ganado el premio Apel·les Mestres de álbum ilustrado de 2009, que convoca Destino, según se cuenta en esta fuente. El libro, que trata sobre la incomunicación y los prejuicios, se publicará en enero de 2010.
He leído con interés e intriga Las crónicas de Spiderwick, de Tony DiTerlizzi y Holly Black. Se suele citar a sus autores por este orden, contra la convención habitual de situar antes al escritor que al ilustrador; sin entrar en lo injusto o justo de ese hábito, no cabe duda de que en este libro hay un peso importante (principal, en algún aspecto) de la ilustración. Lo he leído en inglés (presentado en un cofrecito delicioso, que recoge los cinco libros con pasta dura, aire antiguo y corte irregular de las páginas) y no he visto aún la película. Se edita en cinco volúmenes, pero podría publicarse en un solo tomo de cinco libros (partes) que apenas superaría las 500 páginas.
A mi entender, la novela nace de un afán de juego tanto con la rica tradición feérica y de monstruos del mundo anglohablante (donde quizá tiene más vigencia actual que en el hispánico), como con varios cuentos populares de los más conocidos. Puede leerse un breve resumen del argumento de cada libro en El bosque de los cuentos.
Pero no solo: es tanto más importante el trabajo de DiTerlizzi, con numerosas ilustraciones a toda página (alguna de ellas, a color) que se declaran expresamente herederas de Arthur Rackham. Tanto es así que, entre el aspecto retro de las ilustraciones e incluso de los libros mismos, y la ambientación victoriana de la mansión, es fácil perder de vista que la acción transcurre en nuestro presente. Con frecuencia, adquirimos una imagen más clara de los seres fantásticos gracias a la imagen que gracia al texto; y en cuanto a su conducta, la novela tampoco entra en grandes detalles, muestra lo que muestra, y listos.
El tercer gran pie de la propuesta, a mi entender, es un relato familiar de final feliz: el reencuentro de Jared con sus hermanos y su madre, la aceptación de la ausencia del padre y el cierre de la historia inconclusa de Lucinda y su madre. En todo este proceso, los personajes yerran (por exceso de ira o falta de diálogo) y acabarán madurando tras comprender sus errores.
Nicolás Guillén, al que muchos por ignorancia consideran un poeta, es en realidad un país entero. Un país imaginario del que pocos han hablado y que debido a una confusión del impresor al enviar las galeradas, no llegó a aparecer en la primera edición de The Dictionary of Imaginary Places de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Algo que ambos autores han lamentado públicamente en repetidas ocasiones.
El país en cuestión tenía que estar por riguroso orden alfabético, entre Ngranek, el monte de la isla Oriaba del País de los Sueños y Nimmr, la legendaria ciudad fundada por los cruzados de Ricardo I en África. Pero no fue así y el error ha seguido reproduciéndose en las ediciones siguientes, por lo que confiamos en que al menos con la aparición de este breve artículo, el editor corrija en las próximas este pequeño defecto, seguramente el único en una obra tan hermosa.
Se desconoce la situación exacta de Nicolás Guillén, aunque se sabe con certeza que limita al norte con Camagüey y al sur con La Habana y Cienfuegos. Tiene una superficie de unos 130.845 kilómetros cuadrados, algo más que la isla de Cuba. El clima es templado y las temperaturas medias oscilan entre los diez y los veintidós grados centígrados. Su hermoso y accidentado territorio de montañas, selvas, cayos y vegas, bañado por los ríos «Dice Mi Abuela Negra», «Mayombé» y «Podré Trabajar al Sol», hace de esta pequeña república caribeña uno de los lugares más bellos del planeta, soñado por todos los hombres de bien. Entre los accidentes geográficos más hermosos de sus costas merece la pena citar el cabo «Soldado aprende a tirar, tú no me vayas a herir»; el golfo «Sensemayá»; y la majestuosa bahía de aguas blancas «San Berenito». En el interior abundan los yacimientos a cielo abierto de oro, plata y versos libres.
La flora de Nicolás Guillén es de una riqueza y singularidad incomparable. Existen más de diez mil especies vegetales repartidas por esta región, la mayoría endémicas, destacando entre ellas el «Mango de Sol», el «Pino de la Cumbancha», el «Mamey Colorao» y los grandiosos helechos arborescentes conocidos popularmente como «Higuerotes».
La población de Nicolás Guillén está formada por negros yoruba, de piel chocolate y ojos azules; y también por negros habaneros, mandingas, yolofos, indios taínos de piel lisa como la hierba, panches, kimbayas blancos que cantan a la lluvia, calimas, cimarrones de color aceituna, kikongos y otros pueblos maravillosos de gentes perfectas cuyos nombres, simplemente dichos en voz alta, hacen llorar.
La lengua de este pequeño país es el Sóngoro, un idioma bellísimo y musical formado por onomatopeyas, repeticiones silábicas y jitanjáforas. El Sóngoro, que los naturales conocen desde su mismo nacimiento, ha sido muy estudiado por filólogos y especialistas que sin embargo, nunca lo han llegado a descifrar. A los extranjeros nos resulta imposible aprenderlo: «Repica el congo solongo / congo solongo del Songo / baila yambó sobre un pie.»
¿Y yo qué puedo hacer?, de José Campanari (web) y Jesús Cisneros, es un álbum sin edad, claro, comprensible y medido para los pequeños, pero quizá de especial valor para los adultos que han experimentado la soledad, la zona gris de la vida en las ciudades y la desolación ante un mundo que, a juzgar por las noticias, siempre va a peor.
Empieza así:
«En la cuarta planta de un edificio sin ascensor, de un barrio con calles arboladas, de una de esas ciudades atiborradas de gente, vive el señor Equis. Todas las mañanas, mientras toma el desayuno, el señor Equis lee el periódico… sin saltarse un punto ni una coma. Algunas noticias no le mueven un pelo, otras le dibujan una sonrisa y muchas le dan escalofríos desde el dedo gordo del pie hasta la punta de la nariz. Entonces, el cuerpo se le llena de preocupaciones. Después de desayunar, el señor Equis, lleno de preocupaciones, se mete en la ducha. Mientras se enjabona, una pregunta empieza a darle vueltas a la cabeza: ¿Y yo qué puedo hacer? Cuando sale del baño, lleno de preocupaciones y con la pregunta dándole vueltas a la cabeza, se asoma a la ventana para ver cómo está el tiempo. Pero la pregunta le tapa los ojos, se le mete en la nariz, le entra por las orejas… y el señor Equis no puede ver ni oír».
Jesús Cisneros interpreta muy bien la voz baja del cuento, trabaja con una superficie ocre que empieza sin apenas detalles y la va iluminando, coloreando y alegrando conforme la pregunta, que una noche se acomoda en la punta de la lengua del señor Equis, va hallando respuestas pequeñas y concretas de multitud de cosas que uno puede hacer.
En conjunto, se trata de un cuento amable, de estructura metafórica simple y eficaz y carácter optimista sin por ello caer en imposibles o perder realismo: un álbum de los que arrancan una sonrisa incluso en la peor de las mañanas.
José Campanari y Jesús Cisneros, ¿Y yo qué puedo hacer? OQO, Pontevedra, 2008. ISBN: 978-84-9871-048-9.
Pajarito que cantas
en la laguna
no despiertes al niño
que está en la cuna.
Ea, la nana,
duérmete,
lucerito de la mañana.
Pajarito que cantas
en la alameda
no despiertes al niño,
bendito sea.
Ea, la nana,
duérmete,
lucerito de la mañana.
Pajarito que cantas
en el almendro
no despiertes al niño
que está durmiendo.
Ea, la nana,
duérmete,
lucerito de la mañana.
Detalle de la ilustración de Arcadio Lobato en Duerme, duerme, mi niño. Arrullos, nanas y juegos de falda, Edebé, 2003, de donde se toma también la versión del poema.
El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apóstolos Doxiadis, no interesará a todos los jóvenes, pero quizá interese mucho a algunos de ellos. A mí me ha hecho volver con intensidad a los 14 y los 18 años, cuando me tocó elegir camino de estudios y enfrentarme a los de casa con una decisión que ellos juzgaban irrazonable (y probablemente lo era, pero entendí que debía tomarla yo).
Petros es un matemático que empeña su vida en resolver un problema matemático de apariencia sencilla, pero enorme dificultad, que le habría valido la fama internacional; y en la aventura del todo o nada, su repercusión pública quedó en (casi) nada. Su familia lo considera un fracasado; el joven narrador, sin embargo, lo admira, e irá tirando del hilo de su vida de forma que emergerán los claroscuros del genio, la ambición y la obsesión.
Muchas páginas se ocupan de aspectos de la historia y la teoría de las Matemáticas, aunque sin abandonar por ello el terreno de la novela; es probable que la novela guste también a aquellos que comprendan la obsesión en otros campos, como el ajedrez, la composición de música o el montañismo extremo.
Apóstolos Doxiadis, El tío Petros y la conjetura de Goldbach(traducción de la versión inglesa: Uncle Petros and the Goldbach’s Conjecture). Ediciones B (sello Zeta Bolsillo), trad. M.ª Eugenia Ciocchini, ISBN 978-84-96546-56-1.
Maia se va al Amazonas, de Eva Ibbotson, es una novela de aventuras sobre la libertad personal y la importancia del afecto. Nace en la poderosa tradición del melodrama, con una niña huérfana que será adoptada por unos parientes, y se vincula directamente tanto con una obra de ese género, la historia de El pequeño lord, como con el cuento de Cenicienta. Curiosamente, Maia, la protagonista infantil, contará con la ayuda de una coprotagonista adulta, su institutriz, que aquí se opone del todo a la figura asimismo tópica de Rottenmeyer (papel que desempeñan en la novela la madrastra y las gemelas).
Sin embargo, se distancia del melodrama por una insistencia menor en la lágrima (de Clovis se dice varias veces, en la propia novela, que llora demasiado), un uso claro y suelto del humor (humor de cocción lenta, que se basa menos en el disparate que en una caracterización cuidadosa y frases irónicas) y un peso importante de la exploración, la aventura y el amor por la selva y lo desconocido. Ibbotson es, probablemente, una de las herederas más claras de Roald Dahl, y este libro es de los más redondos que yo le he leído.
Otro polo del libro —peor resuelto por la falta de matices con que se presenta, aunque con frecuencia lo salva el humor— es la oposición entre una Inglaterra antigua y opresora y un mundo indígena feliz consigo mismo y con su medio. La ideología de fondo es muy propia de nuestro tiempo, e incluso loable, si de ideología hablamos, a mi juicio; pero el tema se maneja como sopa de sobre, un ready-made de cocción superficial.
Eva Ibbotson, Maia se va al Amazonas. Salamandra, Barcelona, 2001. ISBN 978-84-7888-791-1-0.
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Amanhã é domingo,
pé de cachimbo;
galo monteiro
pisou na areia;
a areia é fina
que dá no sino;
o sino é de ouro
que dá no besouro;
o besouro é de prata
que dá na mata;
a mata é valente
que dá no tenente;
o tenente é mofino
que dá no menino;
o menino é valente
que dá em toda a gente. .
Versión tomada de Estação Capixaba, donde se recogen algunas variantes. Puede leerse otra versión ligeramente distinta en Carmen Bravo Villasante, Historia y antología de la literatura infantil iberoamericana, vol. 2, pp. 293-294. Para un comentario con traducción al pie, véase este libro.
Historia de la resurrección del papagayo, de Eduardo Galeano y Antonio Santos, es un cuento mítico sobre la capacidad creativa del hombre (o quizá de algunos hombres) a partir de las emociones. Como es un cuento de Galeano, exhibe opciones ideológicas muy claras que contrastan con las mayoritarias de la tradición: el creador no es Dios ni un dios, sino un hombre; no es noble ni erudito, sino un humilde alfarero; y no es blanco, sino negro. La editorial, Libros del Zorro Rojo, indica que se trata de una leyenda del nordeste brasileño; desconozco qué cuota de autoría corresponde en concreto a Galeano, pero sea como fuere, no desmerece lo que uno espera de este autor particularmente conocido como voz crítica. El cuento se había publicado antes en Las palabras andantes (1993).
La historia está contada con gran sencillez (no como cuento acumulativo, pese a que en cierta medida lo es). «El papagayo cayó en la olla que humeaba. Se asomó, se mareó y cayó. Cayó por curioso y se ahogó en la sopa caliente. / La niña, que era su amiga, lloró. / La naranja se desnudó de su cáscara y se le ofreció de consuelo. El fuego que ardía bajo la olla se arrepintió y se apagó. Del muro se desprendió una piedra. El árbol, inclinado sobre el muro, se estremeció de pena, y todas sus hojas se fueron al suelo.» Es una cadena de reacciones de pesar, que continuará hasta alcanzar al hombre (que se queda sin palabras). En ese punto, «el alfarero de Ceará quiso saber» y, tras enterarse de lo ocurrido, «reunió toda la tristeza. Y con esos materiales, sus manos pudieron renacer al muerto». Pero ahora no tenemos un papagayo verde y monótono, sino el de vivos colores heredados de todos los que le han dado su pesar: «plumas rojas del fuego y plumas azules del cielo y plumas verdes de las hojas del árbol…»
Las ilustraciones de Antonio Santos nacen también de las manos de un artista que da forma a materiales, aunque no son esculturas de barro como las del alfarero de Ceará, sino de madera. ¿El ilustrador está reivindicando la autonomía de su lenguaje? Santos trabaja con figuras grandes, pocas por página y de gran nitidez, estáticas o de poco movimiento.
Eduardo Galeano y Antonio Santos, Historia de la resurrección del papagayo. Libros del Zorro Rojo, Barcelona y Madrid, 2008. Cartoné, 21 x 28 cm, 24 pp. ISBN: 978-84-92412-22-8.
33 abuelas, de Luis Cauqui y Sergio Bleda, es un cuento disparatado que sin embargo nace de la observación y el amor (de las abuelas por su familia y de la voz de los autores por las abuelas). Humor y cariño son, probablemente, la mejor combinación posible en la literatura infantil, sin los excesos de uno y otro por separado (y quizá no solo en la dirigida a ese público, a juicio del que esto escribe); sea como fuere, este libro funciona y arrancará más de una sonrisa con la doble capacidad, característica de la literatura, de inventar mundos y explicarnos este.
La anécdota es ínfima y no hace falta más: 33 abuelas van a algún sitio (allí) año tras año. Son abuelas fantásticas y diversas entre sí, con toques muy reales, sin embargo. Las veremos en todos los transportes imaginarios: moto con sidecar, tren, teleférico, silla de ruedas, bicicleta, globo, barco, coche antiguo, elefante, biplano, vehículo solar, caballo jubilado, autostop, quad y autobús, más la abuela «que vivía allímismo». De todas se cuenta algún detalle de su vida y alguna consideración general («A las abuelas les chiflan las historias de amor», «¿Qué es una abuela sin sus fotos?»). ¿Adónde van? Pues a un lugar muy propio, aunque normalmente no vayan de 33 en 33. Las ilustraciones de Blesa enriquecen el texto con un enfoque humorístico cargado de detalles.
En el álbum, texto e ilustración se disponen por separado, con imagen central y texto lateral; pero como no se utiliza nunca la doble página, entiendo que habría sido mejor disponer el texto en el centro y las ilustraciones en los laterales, para evitar algún efecto de disonancia o de falsa continuidad. Una pega menor para un libro que se disfruta.
Luis Cauqui y Sergio Bleda, 33 abuelas.Dibbuks, Madrid, 2009. 24 pp. 26,5 x 17,5 cm. ISBN: 978-84-937239-2-7.
O vindeiro xoves, 1 de outubro, ás 20:00 horas presentarase na Coruña Pirata, a novela máis recente de María Reimóndez. No acto, que terá lugar na Sala Maremagnum do Aquarium Finisterrae, acompañaran á autora a escritora Yolanda Castaño, o músico Xabier Díaz e o editor Manuel Bragado.